martes, abril 07, 2015

«No quiero que se compadezcan de mí»



La compasión es el sentimiento que hace suyo el dolor ajeno, las punzadas de daño que asesta observar el sufrimiento y las penalidades de otro. Surge cuando la contemplación de la desgracia que padece alguien prende en nuestro interior como si su titularidad nos perteneciera.  La socióloga Helena Béjar en su fantástico ensayo El mal samaritano (Anagrama, 2001) se refiere a ella como asumir la aflicción del otro como si fuera nuestra. En los noventa el filósofo Aurelio Arteta dedicó un libro a la compasión con el fin de limpiar su mala fama intelectual y elevarla hasta donde realmente se lo merecía. El subtítulo de su obra era elocuente: «Apología de una virtud bajo sospecha». Arteta trasvasó la compasión de sentimiento a virtud en tanto que la virtud pertenece a la esfera moral. La compasión sería «una virtud capaz de extender la solidaridad desde nuestro sentido del nosotros a los que hasta entonces eran simplemente ellos». En sociedades individualistas donde priman el interés y el beneficio propios, no sólo se privatiza el dolor, también la posibilidad de que alguien pueda sentirlo honestamente al contemplarlo, como si el dolor fuera una propiedad privada que no puede abandonar la reclusión del yo para adentrarse en el territorio compartido del nosotros. De aquí surge esa interpelación que se ha convertido en una muletilla, ese «no quiero que se compadezcan de mí», una frase malograda que veta a que alguien haga suyo el dolor o la fragilidad que ve en un congénere y la posibilidad de contrarrestarlos a través del amparo, la ayuda o la prestación de recursos.  

Desdeñar la colaboración nacida de la empatía del dolor supone un duro revés para el discurso cívico. Como le leí hace poco a Leonardo da Sandra en su Filosofía para desencantados, «el lema rector de toda civilidad debe ser buscar el mayor beneficio para la mayor cantidad de gente el mayor tiempo posible». Pero ¿alguien se puede embarcar en una tarea cívica así de descomunal si nos negamos a que nos ayuden porque no deseamos compartir nuestro dolor? La legitimidad o ilegitimidad de la compasión, su narcisismo o su altruismo, parece que estriba en las motivaciones que nos impulsan a ella. Podemos compadecernos por una pura lógica de la reciprocidad, tanto directa o indirecta, para que nos ayuden a nosotros si alguna vez nos encontramos en una infausta situación similar. Podemos  actuar por la gratificación intrínseca que supone aliarse con el desdichado, lo que hace que utilicemos al otro para sentirnos bien nosotros. Pero también podemos guiarnos desinstrumentalizadamente al comprobar que todos pertenecemos al género humano y que nuestra condición de seres frágiles deambulando por la vida sin destino fijo, ni certezas, ni inmunidad a la adversidad biológica (cuitas, dolor, enfermedad, decrepitud) que tarde o temprano nos visitará, requiere la participación de nuestros congéneres para reducir nuestra vulnerabilidad. Nos impulsaría una cuestión ética, el humanismo que destila nuestra identificación de equivalencia con el otro, lo que, como defiende Arteta, convierte la compasión más en una virtud que en un sentimiento. La filósofa norteamericana y experta en el estudio de las emociones Martha Nussbaum explica que la compasión como emoción racional se transforma en justicia. La compasión se transfigura en ética, en civismo, en sociabilidad, en conciencia de nuestra interdependencia de seres frágiles que conviven con otros seres frágiles en espacios compartidos en un lapso concreto de tiempo que llamamos vida. El clásico susurró: «Nada humano me es ajeno». Podemos parafrasearlo aquí: «Todo dolor humano me es propio».