jueves, septiembre 17, 2015

Sin imaginación no hay compasión



La compasión es el sentimiento que emerge cuando hacemos nuestro el dolor del otro.  Es un sentimiento muy loable que nos hace compartir nuestra condición de seres humanos, nuestra filiación con la fragilidad y la menesterosidad, apreciar el yo como el único territorio del que disponemos para vivir, pero que siempre es susceptible de ser herido. El dolor (en todas sus ramificaciones) nos vuelve comprensiblemente egocéntricos, monopoliza nuestros relatos, entumece nuestra capacidad de elección. Si ese dolor es especialmente invasivo y déspota, quien se siente sojuzgado por él borra todo lo demás de su espacio tanto visual como cognitivo. En el lenguaje llano existe una expresión muy elocuente para cuando uno quiere medir con cierta exactitud el gigantesco tamaño del dolor que le tiraniza: «No te puedes ni imaginar el dolor que siento», o «no te puedes ni imaginar el daño que me han hecho», o «no te puedes ni imaginar lo mal que lo estoy pasando». Son expresiones pronunciadas casi siempre con abrasiva sinceridad que sin embargo son inciertas. Si queremos hacer nuestro el dolor del otro, si queremos compadecernos, si queremos ver y sentir con la mirada y la sensibilidad del otro, la única herramienta que tenemos a nuestro alcance es la imaginación.

La piedad necesita de la ficción para ubicarnos en el dolor de nuestro igual. Creamos una ficción que nos ayude a aproximarnos a sentir lo que siente el afligido, a que su dolor nos duela, pero simultáneamente ayudamos a convertirlo en bálsamo, a que el dolor repartido sea menos lacerante (y si el dolor es de índole social aparece la idea de justicia). Frecuentemente nos compadecemos de aquellas desgracias que pueden ocurrirnos algún día a nosotros, y esta inclinación delata que la compasión limita hasta confundirse con la autocompasión. Existe un presentimiento de similitud, la previsión de que ese dolor nos puede invadir a nosotros, y precisamente hacer nuestro el dolor del otro es aceptar y corroborar que somos «semejantes». No es casual que este término como sustantivo sustituya en muchas expresiones a la de «seres humanos». Quizá por eso empleamos la expresión «no te lo imaginas» cuando queremos enfatizar la insondable profundidad de nuestro dolor. Ese dolor es tan voluminoso y tan hondo que incluso aunque seamos semejantes no poseemos la capacidad de imaginarlo. «No te lo imaginas», nos pueden decir a cualquiera de nosotros. Aunque precisamente imaginarlo como semejantes que somos es lo más inmediato que podemos hacer.