jueves, junio 30, 2016

Sentir antipatía y rechazo no es sentir odio



Obra de Alyssa Monks
En mi último texto publicado en este Espacio Suma No Cero escribía sobre el rencor, el odio rancio que se acumula en los almacenes más umbríos y desconchados del alma. Al hilo del artículo (ver), un lector me preguntaba cuál era la diferencia entre rencor y resentimiento. Para mi respuesta cito el Diccionario de los sentimientos de Marina y Marisa López.  El rencor es enemistad antigua e ira envejecida. El resentimiento es el amargo y profundo recuerdo de una injuria particular. En mi texto yo los utilizo como sinónimos, siguiendo a la RAE, cuyas definiciones son circulares. La definición del rencor se apoya en la del resentimiento y la del resentimiento en la del rencor. Yo considero que el rencor es más animosamente belicoso porque se nutre de rumiaciones muy dispares y muy diseminadas cronológicamente. No deja de ser paradójico que en  un mundo tan líquido como el contemporáneo donde todo es insustancialmente episódico, donde los compromisos férreos y vinculantes viven en un acelerado proceso de desintegración, el rencor mantenga intacta su capacitación de convertir en indestructiblemente sólido el relato biográfico compartido con el odiado. Está tentacularmente más arraigado que el resentimiento, que suele circunscribirse a un hecho claramente rotulado en el calendario. Un momento desagregado de otros momentos.

En este punto conviene hacer una diferencia cualitativa que a veces nos desorienta sentimentalmente. Que no nos llevemos bien con alguien, que no queramos compartir retales de nuestra vida con esa persona, o que nos provoque rechazo, no significa que la odiemos. No hay correlación entre ambos sentimientos. No nos queda más remedio que ponernos manos a la obra y distinguir conceptualmente entre odio, antipatía, repulsión, rechazo y escasa o nula conectividad. Son notorios sentimientos de clausura en contraposición a los sentimientos de apertura al otro (amistad, cariño, afecto, amor, cuidado).  Insisto en que el odio es el deseo de dañar o procurar un mal a alguien, desear que su biografía aparezca cuajada de episodios aciagos, lastimada por alguna contrariedad severa que obstruya la coronación de sus metas. Incluso, en odios muy furibundos y muy concentrados, se anhela el exterminio de la propia persona, la supresión de su presencia física en el reino de los vivos. La malignidad de este deseo no cursa con la antipatía que podamos sentir hacia una persona. El odio pertenece al linaje de la ira. La antipatía a la familia de la alegría, en este caso al déficit de esa emoción básica. La antipatía es el deseo de no compartir ni tiempo ni espacio ni propósitos con alguien con quien albergamos sentimientos displacenteros. Surge como un antónimo de la simpatía, que es la inclinación a aadherirnos a ese otro que despierta en nosotros afectividades amables que nos incitan a entretejer lazos emocionales a través de actividades compartidas. En la antipatía desaprobamos la conducta del otro y se lo hacemos saber a través de la función punitiva de la separación o el ostracismo, o anhelamos la desconexión por un lance mal resuelto, o la oquedad mostrada por el otro en la interacción, o etéreas incompatibilidades difíciles de puntualizar, o  admitimos una insalvable divergencia entre los valores privados que capitanean su vida y la nuestra, o sentimos que se abren simas drásticas en los estándares que ambos reclamamos para el marco público.

La intensidad y la perdurabilidad de esos sentimientos marcan las líneas divisorias entre antipatía, rechazo, repulsión, enemistad. Cuanto mayor sea la irradiación de estos sentimientos aversivos, más nos iremos adentrando en el rechazo, la repulsión, la animadversión o la ojeriza. Pero en estos territorios afectivos no se desea causar un mal al otro, sino repeler su presencia y eludir el contacto y las áreas de intersección. Se desea o bien desmantelar el vínculo o bien evitar su edificación, fragilizar o eliminar en la medida de lo posible la cohabitación a la que impelen los propósitos sociales o las tareas compartidas (familiares, laborales, comunales, vecinales, etc). De hecho, cuando en ocasiones es imposible soslayar la interacción, los instantes de contacto se llevan a cabo en esas zonas de absoluta extraterritorialidad mental que no confieren demasiada implicación. Y aún hay otro aspecto sustancial que subraya la gigantesca diferencia. El odio nos empareja y nos suelda al otro en una siderurgia que altera nuestra atención. Su fuerza motriz nos desposee de autonomía, de la soberanía de nuestra propia atención, y es el propio odio el que elige dónde debemos focalizarla para su propia nutrición. Sin embargo, la antipatía, el rechazo o la aversión no se emancipan de nuestro control, no manipulan nuestro estado de atención, no nos convierten en sujetos pasivos frente al oleaje de una antigua ira. Sólo atendemos su solicitud cuando la persona que despereza esos sentimientos aparece compartiendo momentáneamente nuestro espacio. No antes. Tampoco después. Sólo aquí y ahora.

martes, junio 28, 2016

«Guardar rencor», o cómo apilar odio



Obra de Martine Johanna
«Guardar rencor» es una expresión de una poderosa capacidad evocadora. Este sedimento lingüístico transparenta una redundancia dinámica, porque lo único que podemos hacer con el rencor es guardarlo, depositarlo,  apilarlo, acumularlo. Dentro de la organización sentimental, el rencor es un odio almacenado cuya característica más singular es su enmohecimiento. Se trata de un odio rancio, envejecido, senil. El rencor es la institucionalización sentimental del odio que pierde su condición de estallido episódico para, alejado del epicentro cronológico y geográfico que lo despertó, investirse de perennidad. El proceso que nos lleva de la ira en plena erupción a la lava solidificada alrededor de un corazón que exhala bilis y humo cada vez que verbaliza los acontecimientos se puede cartografiar con meticulosa precisión. El odio es el sentimiento que nace cuando se desea o se inflige daño a alguien al que le imputamos actos imperdonables, o una ofensa que nos lastimó gravemente en mitad de los afanes cotidianos, o la autoría de heridas irrestañables en nuestra baqueteada biografía. Una vez atribuida la paternidad del mal, decidimos compensarlo de alguno de los muchos modos que oferta la vida para el propósito de amargar la existencia ajena, ejecutar una devolución que equilibre los daños causados, reembolsarse un sufrimiento del que uno se siente acreedor y por tanto con derecho a ajusticiar por su cuenta al ominoso deudor. A veces no solo se anhela dañar, sino que asimismo se desea la eliminación real o metafórica del otro. Nos sentimos impotentes para erradicar el daño recibido, pero tremendamente creativos para pulverizar a la persona que nos lo provocó. Si ese sentimiento se prolonga en el tiempo, entonces el odio se transfigura en resentimiento. Repetir el mismo sentimiento de entonces, pero desplegado y sentido en un punto cronológico muy alejado del origen. 

Ahora mismo estamos incursionando en las cloacas más sórdidas y hediondas del alma humana, pisando el limo que descansa en las profundidades y que no suele aparecer en la superficie gracias a la intervención de otros sentimientos afanados en pertrecharnos de pudor y vergüenza. Saber que estamos zigzagueando por la zona más pestilente de la geografía humana es sencillo y fácilmente reconocible. Allí se está en contra de la vida, bien de la propia, bien de la del prójimo que una vez atentó contra nuestros intereses. El odio es ubérrimo en el arte de inventar calamidades. Espolea laboriosamente la inventiva fantaseando con infligir algún mal al odiado, o fabula con que la vida le zancadillea con alguna fatalidad, o incluso exhorta a esa propia vida a que sea despiadada y ponga todo su empeño en dificultarle cruelmente la existencia. Frente a la escenografía aparatosa de la irascibilidad y el enojo, el odio suele presentarse en una silenciosa febrilidad en la que se confinan la venganza y la furia. La longeva fertilización de ese odio se va metamorfoseando en rencor, que puede traducirse como la belicosidad de un odio que no caduca nunca, permanece activado en el tiempo, inmune a la obsolescencia que sin embargo sí asola a otros sentimientos. Si el odio y el sentimiento de amor (que no el amor como sistema de motivación) son desviaciones de la atención, el rencor es la atención posada sobre alguien que sigue parasitando nuestra mente mucho después de desencadenarse el episodio que ahora se rebobina en nuestro sistema límbico cada poco tiempo. Es alienante porque asienta su imperecedera mirada obsesiva en alguien que no somos nosotros, ni nuestros propósitos. El otro deslocaliza nuestra atención y la canibaliza hasta despojarnos de ella. Según Carlos Castilla del Pino, como odiamos todo aquello que consideramos una amenaza para lo más medular de nuestra identidad (sólo odiamos a quienes otorgamos superioridad sobre  nosotros), el rencor vincula con la contemplación de aquello que despreciamos en nosotros mismos y que el odiado nos ofrece a través de un doloroso y eterno espejo desfavorecedor. El rencor reafila diariamente ese odio ya oxidado, esa imagen displacentera de nosotros en un ejercicio de renovación que nos va jibarizando y agrietando por dentro. El  rencor sella las ventanas del alma e impide airear el pasado. Se convierte en aire viciado, odio opresivo y claustrofóbico que encarcela al que lo padece y no al que va dirigido, que en ocasiones puede ni conocerlo ni imaginarlo tan siquiera.  Es una mirada girada hacia atrás que se pierde todo lo que aparece por delante, que es donde se empadrona el flujo que llamamos vivir. El silogismo es sencillo. Donde habita el rencor no habita la vida.

miércoles, junio 22, 2016

A sentir también se aprende


Obra de Donatella Marraoni
Cada vez que felicito un cumpleaños acompaño mi felicitación deseando al protagonista que la nueva edad le trate bien y sea dócil con sus deseos. Creo que es difícil desearle algo mejor a alguien. La más breve pero más incontestable idea prescrita para articular congruentemente el mundo afectivo (esa amalgama en la que incluyo emociones, sentimientos, deseos y actitudes) se la leí hace tiempo al neurocientífico y escritor Jonah Lehrer en el ensayo Cómo decidimos. Allí preceptuaba que «la mejor manera de gestionar las emociones y los deseos es pensar en ellos». «Pensar bien en ellos», me gusta puntualizar. Yo suelo repetir que la educación no es otra cosa que aprender a desobedecer deseos (el deseo es la borboteante presencia de una ausencia), aprender a elegir el monosílabo «no» cuando optar por el cómodo «sí» te gratifica en el corto plazo pero te empeora en el largo. La libertad consiste en la capacidad de posar la atención allí donde queremos, y no donde el deseo apunta inquisitivamente en contra de nuestra voluntad. Hace unos días mantuve una conversación con una mediadora catalana en la que le explicaba que desobedecer unos deseos implica indefectiblemente obedecer otros, así que la educación se encuentra con la tarea previa de discernir qué deseos son más convenientes y qué  deseos son más desaconsejables, qué deseos nos mejoran y qué deseos nos desencuadernan. Como en todo, la conveniencia o no de los deseos descansa en función de la estratificación de nuestros intereses y nuestras motivaciones, tanto de genealogía personal como social. Un deseo puede ser muy útil para emplearlo en una dirección concreta, pero ese mismo deseo puede empantanarnos si nos invade cuando perseguimos la dirección contraria. Platón redujo todo este posible guirigay conceptual en una glosa  llena de belleza en la que afirmaba que la educación no es otra cosa que enseñar a desear lo deseable. Parafraseándolo, podemos afirmar que la educación consiste en desear bien (desear lo digno de ser deseado), que no es otra cosa que sentir bien, que a su vez no es otra cosa que elegir bien. 

Y aquí irrumpe con fuerza lo más medular de todo este texto. Cuesta aceptarlo, porque creemos que los sentimientos son entidades impermeabilizadas a la racionalidad, pero a sentir también se aprende. Más todavía. Sentir bien es el resultado de haber aprendido a segregar con idoneidad unos deseos de otros, a no sucumbir a la labilidad y volatilidad del deseo, a diferenciar entre deseo sentido y deseo pensado, entre apetencia y proyecto. En el ensayo Trampas mentales, el filósofo italiano Matteo Motternini condensa este dinamismo propio de la indeterminación de algunos contextos señalando que en nuestro cerebro se inicia una competición entre dos sistemas neuronales distintos. El sistema límbico, centro del placer y de la recompensa, pugna con el área de la corteza prefrontal, destinada al razonamiento abstracto y al mantenimiento del objetivo. Quien posea mayor pugilato se alzará con una victoria que guarda crudas consecuencias en nuestra conducta. La tarea de ser persona consiste en la adhesión de sólidos marcos de evaluación que, a través de  la deliberación, la decisión y la acción, permitan el acceso a unos deseos y denieguen la entrada a otros. Uno puede adoptar una decisión muy buena pero dentro de un encuadre evaluativo muy malo, y viceversa. Por eso ser persona es el único trabajo que requiere dedicación plena. No podemos dejar esa tarea ni un sólo instante, porque somos el individuo que habita entre la persona que estamos siendo y la que nos gustaría ser después, y es en esa pequeña falla donde se acurruca el deseo.

En El gobierno de las emociones, Victoria Camps, Catedrática de Ética en la Universidad Autónoma de Barcelona, nos explica que las emociones y la racionalidad son un continuo. Matizo aquí que Camps homologa el término emociones a toda esa panoplia compuesta por emociones, sentimientos y deseos. Siguiendo a Aristóteles y a Spinoza, postula que nos movemos por deseos y sentimientos más que por evaluaciones cognitivas, pero la construcción del deseo y el sentimiento se realiza con los materiales que proporciona la reflexión. La gobernabilidad o la insumisión de nuestras emociones determinan nuestro pensamiento, y nuestro pensamiento hace que nuestra emociones sean dóciles o díscolas. Si no recuerdo mal, Claudio Naranjo defiende la integración de intelecto, amor e instinto, algo así como que el instinto se alíe con nuestros intereses, forjados reflexiva y afectivamente, en vez de que nuestros intereses se dejen arrastrar por el instinto. Spinoza también hablaba de algo análogo cuando teorizaba sobre la importancia de utilizar la fuerza del deseo (connatus) en la consecución de nuestros proyectos, que es un epítome perfecto de desear lo deseable. En su ensayo, Victoria Camps hace también una lectura de la repercusión social de las emociones. Sólo desde la armonía de la razón y el sentimiento se puede actuar con racionalidad y responsabilidad moral, sólo así se pueden inculcar normas sociales. Sentimientos como la indignación, la compasión, la vergüenza, son necesarios para orientar la conducta. La autora cita a Hume y su tremenda aunque irrefutable reflexión en la que el filósofo inglés recuerda que no hay nada irracional en preferir que se hunda el mundo a que nos pinchemos un dedo. Es cierto, pero en esa preferencia sí hay déficit ético. Hay que intentar una educación sentimental en la que casen emoción y razón, génesis de un buen comportamiento, porque  el objetivo de la ética, y aquí Victoria Camps cita a Rorty, consiste en eliminar la crueldad y ensanchar el nosotros. La construcción de la organización social pasa inevitablemente por la sentimental, pero también ocurre a la inversa. De este modo la política necesita la ética, la ética necesita la política, y ambas necesitan la docilidad del deseo para poner su fuerza al servicio de la inteligencia.


martes, junio 21, 2016

La capital del mundo es nosotros

Los seres humanos somos existencias vinculadas. Esta condición insoslayable protagoniza todos los acontecimientos que jalonan nuestra biografía desde antes incluso de nacer. Un cordón umbilical nos une con otra persona al ser engendrados y, desde ese preciso momento, el nexo con el otro será sempiterno, nuestro auténtico estandarte. Aunque el uniformizador individualismo y una errática idea de autosuficiencia tratan de amortiguar la centralidad de las otredades en el paisaje de cualquier vida, basta con experimentar un episodio de soledad prolongada para constatar cómo en lo más íntimo de cada uno de nosotros habita alguien que no responde a nuestro nombre, pero que sin embargo guarda coincidencias nominales con las personas con las que deseamos compartir los afectos más hermosos que configuran el alma. En una de sus maravillosas novelas, Paul Auster explicaba en boca de uno de sus personajes cómo en los instantes en los que la soledad más arreciaba era cuando percibía de una manera diáfana el vínculo entretejido con los demás. Parece una idea antitética, pero cuando uno está solo se hipertrofia la presencia ausente de los otros. La vorágine cotidiana de todos los días, la voracidad de horarios y tareas, la neurosis de regatear tiempo al tiempo, la supervivencia cada vez más precaria, la ludópata optimización del lucro de una élite que en colusión con nuestros representantes exprime la vida de todos los demás, opacan las redes de dependencia que forman la comunidad granular en la que habitamos. Pero insisto en que en el centro más profundo de uno mismo no hay nada que no sea la nosotridad. Más todavía. Resulta imposible surtir de sentido nuestra vida si apartamos a los demás de ella. Este hallazgo guarda poderosas consecuencias sentimentales, pero también sociales. Nuestro bienestar material y emocional necesita el bienestar material y emocional del resto.

El título de este libro fue la última de las seis tesis que defendí escalonadamente en una conferencia titulada O cooperamos o nos haremos daño. Todo orbitaba en torno a la interdependencia y las lógicas que se derivan de ella. Aquella misma tarde me dije que si algún día escribía un ensayo sobre las interacciones humanas lo titularía con la metafórica constatación de que la capital del mundo es nosotros. No hay ni una sola conurbación más habitada, ninguna megalópolis con tantos conciudadanos, ningún lugar con una densidad de población tan alta. Además tomé conciencia de un hecho que pasa muy inadvertido de puro obvio. El rincón más peligroso de todo el planeta Tierra es un cerebro educado mal. Para combartirlo sólo tenemos a nuestra disposición la educación y el afecto (que después de muchos años de estudio me atrevo a decir que son la misma cosa, aunque para entendernos necesitamos disgregarlos nominalmente). En la educación incluyo la cultura, la ética, el conocimiento, la conducta, los recursos intelectuales, la producción de significados, el diálogo como procedimiento para coordinar las inevitables divergencias de los seres autónomos que somos. Con la palabra afecto incluyo todo el orbe de la afectividad: emoción, sentimientos, amor, dignidad, reciprocidad, equidad, ética de máximos. La capital del mundo es nosotros. Un viaje multidisciplinar al lugar más poblado del planeta (CulBuks, 2016)  no es una mera acumulación de algunos artículos procedentes de este Espacio Suma No Cero donde escribo varias veces a la semana, sino la construcción de un viaje sentimental sobre nuestra condición de existencias al unísono. A mí me ha resultado un paseo fascinante recorrer las calles de la capital del mundo. Cómo repartimos los recursos, cómo sentimentalizamos las interacciones, qué valores personales y sociales protagonizan el paisaje compartido, qué criterios empleamos para articular la convivencia, qué pluralidad de formas de habitar la realidad surgen de nuestra condición de existencias entrelazadas. Pero lo más relevante de este paseo es que los nexos con nuestros semejantes (afectivos con los próximos, éticos con los lejanos) han nacido no sólo para amortiguar nuestra vulnerabilidad, sino para posibilitar nuestro florecimiento en la aventura de humanizarnos. Espero haber sido hábil para explicarlo y para hacerlo sentir en cada una de las líneas del libro.




(*) La capital del mundo es nosotros. Un viaje al lugar más poblado del planeta se puede adquirir en la tienda de la editorial Culbuks (10 + envío). Clic aquí.

miércoles, junio 15, 2016

Todo lo hacemos para que nos quieran


Obra de Harding Meyer
Nos cuesta aceptarlo porque cuestiona por completo esa idea del pensamiento positivo que nos señala como sujetos autosuficientes, pero nos pasamos la vida intentando recolectar cariño y reconocimiento. A veces lo conseguimos, a veces no, y en esa actividad ubicua y pendular transcurre el lance de vivir. Somos seres en falta, seres que necesitamos a los otros para ser nosotros, para que nos suministren ese afecto que evita que devengamos en sujetos destartalados. Somos el ser que habita en nuestras palabras, en ese diálogo inagotable entre el yo que habla y el yo que escucha, pero esas palabras se convierten en un territorio insular y claustrofóbico si no hay unos tímpanos atentos con quien compartirlas. Emilio Lledó recalca que somos indigentes por la sencilla razón de que necesitamos de lo otro y de los otros. Esta indigencia será vitalicia, habitará permanentemente en nuestro cerebro y nos convertirá de por vida en mendigos de cariño y aprecio. Quizá nos avergüence asentirlo, quizá afirmarlo públicamente nos convierta en seres dependientes y por tanto fácilmente vulnerables, pero el principio rector de lo que hacemos y de lo que no hacemos no es otro que el que nos quieran y nos aprueben. La conducta de los niños, que no dejan de ser una versión miniaturizada y culturalmente menos neutralizada de nosotros mismos, lo corrobora de manera irrefutable. Cada vez que un niño hace algo especialmente valioso delante de otros, su primer gesto consiste en buscar la aprobación y el aplauso de alguien que sea una autoridad para él. Este tropismo se instalará para siempre en sus interacciones, una inercia depositada en los circuitos neuronales que vincula con el deseo de encontrar bienestar psíquico a través de la producción de afecto y filiación, o la zozobra de no hallarlo en su derredor.  Podemos hacer cosas para sentirnos bien con nosotros mismos, pero si vamos a la estancia más profunda de nuestro yo nos encontraremos con la sorpresa de que allí no vive nadie que responda por nuestro nombre, pero sí por el de otros que con sus ires y venires han ido tejiendo nuestra biografía hasta convertirla en un nudo de relaciones e intercambios. Buscamos amparo, abrigo sentimental, protegernos del relente de la soledad, y por eso intentamos compartir aquello que consideramos que habla bien de nosotros. En la cosa aparentemente más banal estamos haciendo méritos para conseguir cariño, o para no perderlo. Para que en esa estancia a la que me refería antes habite alguien. Alguien que nos responda cuando preguntemos.

Cualquiera de nosotros lleva toda su vida actuando así, incluso los que no han llegado a inteligirlo y creen que la motivación última de sus actos reside en otros aspectos alejados por completo de lo más singular del alma humana. Aunque mucha gente crea que realiza tareas para autorrealizarse, o para sacar filo a sus habilidades, o para sentir la estimulante eficacia comprobada, o para colmar una visión, y todas esas cosas periféricas con las que el neolenguaje empresarial ha colonizado nuestro imaginario, todo lo que uno hace en la vasta geografía de la economía comportamental acaba subordinado a algo tan simple pero tan nutricio como que los demás nos quieran. Enmascaramos nuestras prácticas sociales bautizándolas con nombres rimbombantes, pero finalmente tanta advocación equívoca se reduce a que alguien se sienta orgulloso de nosotros y desee compartir su afecto con el nuestro. Detestamos el entumecimiento afectivo que nos desposee de nuestra condición de personas y nos va mineralizando por dentro poco a poco. Orientamos nuestras tareas hacia un resultado, y el único resultado que no se subordina a ningún otro es que nos quieran. Este deseo no se extingue jamás, pertenece a ese catálogo de deseos que, como canta mi admirado Battiato, «no envejecen a pesar de la edad». Hacemos algo valioso para que alguien nos preste atención y nos considere interesantes, y así surja esa sustancia mágica que se cuela entre las personas que se aprecian. El afecto es ese vínculo invisible que anuda a una persona con otra a través de la valoración positiva que se establece entre ellas. Somos cazadores/recolectores de afecto porque él es el auténtico salteador que desvalija las fatalidades de la vida y multiplica sus goces. Anhelamos la conectividad, el calor que emana de las relaciones plenas, el aprecio de los demás, el sentimiento de pertenecencia a una comunidad de iguales. Ahora bien, si esa necesidad de reconocimiento es embriagadoramente obsesiva entonces nos podemos convertir en vanidosos. Si además de recolectar alabanzas se las negamos a los demás, nos volveremos soberbios. Si verbalizamos inmoderadamente los elogios cosechados o los autoatribuidos tropezaremos con el horrible narcisismo. Si nuestro yo no deja espacio para que se exprese otro yo, nos convertiremos en egocéntricos o en egotistas. Instrumentalizaremos el cariño y el reconocimiento para escalar puestos en la cotización social, para ostentar nuestra opulencia, para degradar el aprecio en competición por el estatus y los galones. Parecerá antitético, pero son precisamente estas conductas desmesuradas las que delatan al mendigo que somos por naturaleza.



martes, junio 07, 2016

«El roce hace el cariño», y nos sentimentaliza



Obra de Didier Lourenço
Siempre me ha maravillado una expresión coloquial que evoca con una sencillez adorable las mecánicas del mundo afectivo. La expresión es la familiar «el roce hace el cariño». Yo la utilizo mucho para explicar la ocurrencia de conflictos, porque del mismo modo que el roce facilita la emanación del cariño también provoca el advenimiento de la fricción (cuya definición señala literalmente el roce de dos cuerpos en contacto). Es harto difícil padecer fricciones y divergencias si no hay contacto, si la relación es una estructura en la que no se comparte apenas nada. El conflicto y el cariño sólo dimanan en las interacciones iteradas. He estado investigando las distintas definiciones de «cariño» y el resultado ha sido decepcionante. He comprobado la circularidad de las palabras, significados que apelan a otros significados, palabras que se sujetan en otras palabras a través de una urdimbre que se sostiene a sí misma sin ofrecer nada clarividente. Pongo un ejemplo con mis propias definiciones. El cariño es una miscelánea sentimental de afinidad y conectividad hacia alguien. Un cariño es una atención destinada a mostrar afecto. El afecto es la manifestación por la que alguien se siente querido por otro. Queremos a alguien cuando nos afectan su alegría y su tristeza. Nos encariñamos con aquellos que nos muestran afecto. Nos afectan las personas que queremos. Las queremos porque nos une el cariño que nos profesamos. He aquí el callejón sin salida. 

«Afecto» es una palabra muy poco utilizada por su llaneza, pero en ella anida la materia de la que está hecha nuestra humanidad. Doctrinalmente se define como las pasiones del ánimo, especialmente el amor y el cariño, pero podríamos acotarlo como un vínculo invisible que anuda a una persona con otra a través de la valoración positiva que se establece entre ellas, y que se solidifica con la continuada demostración de cariño. Si ese cariño es muy intenso puede acarrear amor, un sistema de motivación que desencadena la proeza de que las personas hagan que los fines propios y ajenos terminen ensamblándose hasta ser exactamente los mismos. En mis textos cada vez empleo con más frecuencia la palabra afecto. De hecho, he decidido enarbolar el término «entramado afectivo» para referirme a toda la intrincada amalgama sentimental que hace que las personas seamos las que somos, sintamos lo que sentimos, valoremos lo que valoramos. Llamo entramado afectivo al conjunto de las experiencias evaluativas emocionales, sentimentales y cognitivas que interactúan en cualquiera de nosotros. Las experiencias afectivas no es que sean sancionadas por la intelección, como he leído alguna vez, es que son su resultado. Al tratarse de una actividad interactiva, todo este calidoscopio de experiencias opera sobre todas simultáneamente, sin principio ni final. Cada alteración que se da en un punto, por minúscula que sea, repercute en distintas gradaciones en todos los demás, y a la inversa, en un proceso que no conoce reposo. Por eso resulta deshonesto desvincular el orbe afectivo de la cognición, o las emociones de la racionalidad, o el pensamiento del sentimiento. En un sistema todo depende de todo, existe una inseparabilidad real que sajamos en fragmentos pedagógicos para intentar entendernos, pero que ya en nuestras troceadas explicaciones aparece de un modo artificialmente desvirtuado con respecto al entramado original donde no hay partes ni constructos.

La afectividad es una esfera vinculada nominal y poéticamente al corazón.  Resulta curioso que hayamos creado toda la iconografía sentimental en torno al músculo donde se producen los movimientos de sístole y diástole, cuando sabemos muy bien que el dinamismo afectivo ocurre en el cerebro. Y el cerebro creo al hombre es el elocuente título del último ensayo de Antonio Damasio. Shakespeare lo sabía muy bien cuando se refirió a él como «el frágil lugar donde habita el alma». Y la gran Emily Dickinson cambió el verso por el metro y afirmó con rotundidad que «el cerebro es más amplio que el cielo». Ese cerebro nos socializó y nos sentimentalizó. El afecto se hace inteligente cuando la inteligencia lo dota de un valor participado por la interacción comunitaria. Nos afecta aquello que posee valor, es decir, aquello que consideramos sustancioso para nosotros (valor personal), pero también aquello que consideramos conveniente para una saludable convivencia entre todos (valor ético). Por eso educarnos es educarnos sentimentalmente.  Aunque suene extraño, se puede y se debe aprender a sentir. Sentir bien es elegir bien los significados y el valor de nuestros afectos y de su encarnación en nuestra conducta. Según el etólogo Konraz Lorenz, solo podemos mantener relaciones afectivas con grupúsculos de no más de once personas. Colmada esa cantidad, el afecto se difumina y las relaciones pivotan en torno a otros intereses. El científico Robin Dunbar amplió la cantidad, y teorizó que nuestro orbe afectivo podía acoger aproximadamente hasta ciento cincuenta personas, el célebre número Dunbar. Traspasada esa cifra los lazos emocionales se debilitan y la relación con el otro pierde irradiación emocional y se transfigura en instrumental. Este es el motivo por el cual educativamente el sentimiento debe ceder paso a la virtud en nuestra interacción con personas con la que no nos anuda el afecto, con las que la ausencia de roce también trae ausencia de cariño. La virtud es el modo de conducirnos de acuerdo a unos ideales que consideramos irrevocables para que a todos nos vaya bien. Yo defiendo que donde no llega el afecto debería llegar la ética, que es la disciplina que se pregunta qué es lo más justo y lo más conveniente para todos. El afecto opera en las distancias cortas. La ética en las distancias largas. El afecto se cuela en las relaciones cercanas. La ética en las relaciones con cualquiera por muy alejado que se encuentre de nosotros. El motivo es sencillo. Compartimos con todos los demás la increíble tarea de ser humanos. Como quizá no sintamos afecto, debemos al menos exigirnos una conducta virtuosa. Tratar al otro con la misma equivalencia que solicitamos para nosotros porque, aunque nunca lleguemos a rozarnos, somos semejantes.

miércoles, junio 01, 2016

Un abrazo tuyo bastará para sanarme


Obra de Donatella Marraoni
Se ha instalado peligrosamente en el argumentario social la idea de que una imagen vale más que mil palabras. La metáfora se ha extendido a otras realidades que pueden permitirse soslayar el planeta lingüístico. Yo mismo he escrito unas cuantas veces que un ejemplo vale más que mil palabras, y lo corroboro aquí, pero en mi descargo diré que al lado de esta sentencia siempre he agregado una coda que singulariza la tecnología pedagógica del ejemplo. Los apologetas del lenguaje no verbal también han utilizado la devaluación de las mil palabras y la han empleado para ensalzar el silencio (un silencio vale más que mil palabras), una mirada (una mirada vale más que mil palabras), o un abrazo (un abrazo vale más que mil palabras). Siento disentir profundamente. Ningún gesto vale más que mil palabras si antes no sabemos qué palabras exactas queremos convocar con nuestro gesto. Una imagen vale más que mil palabras siempre y cuando conozcamos las palabras que nos permiten inteligir la imagen que se cuela por nuestros ojos. Un ejemplo vale más que mil palabras si previamente conocemos qué palabras queremos ejemplificar, y simultáneamente los que nos observan saben qué palabras se están ejemplificando. La génesis de la mayoría de los conflictos nacen de malentendidos originados porque las personas utilizamos las mismas palabras pero con significados diferentes, o realizamos acciones a las que otorgamos valoraciones disímiles, que no deja de ser una forma de atribuir palabras concretas al comportamiento concreto. Creo haberle leído a la gran Suri Husvedt que las personas usan nombres diferentes para referirse a las mismas cosas, dependiendo del interés que tengan en ellas, pero yo defiendo que también ocurre que las personas usamos las mismas palabras para retratar situaciones netamente diferentes. En las palabras que pronunciamos se sedimenta nuestra experiencia del mundo, y experiencias tremendamente desiguales a veces se verbalizan con un término gemelo. Por eso cuando a veces entablamos conversaciones fértiles nos llevamos sorpresas y alucinamos con las cosas que hemos almacenado en esa geografía imaginaria que son nuestras suposiciones.

Susurraba Octavio Paz que los cuerpos son jeroglíficos sensibles. Totalmente de acuerdo. El lenguaje no verbal es una herramienta tremendamente útil siempre y cuando acepte su condición auxiliar del lenguaje verbal. Cierto que en muchas ocasiones la gramática del cuerpo se ha independizado de su rango subalterno, sobre todo cuando responde con los automatismos de las emociones, pero en el orbe afectivo su emancipación se debe a que hemos asignado un significado verbal a cada gesto corporal, hemos hallado las proporciones exactas de vida que hay en el léxico del cuerpo. El ser humano es homo faber, el hombre es el animal capaz de producir, y entre la inmensa panoplia de posibilidades nos encontramos con la producción de significados. La cultura no es otra cosa que el conjunto de significados que comparte una comunidad. A pesar de consensuar los significados que se acurrucan en nuestras acciones y en nuestro parlamento e instrumentalizarlos sentimentalmente, seguiría siendo temerario universalizar lo que hay detrás de cada gesto cuya ambivalencia sólo se puede sortear entendiendo el contexto y las palabras que quiere expresar nuestro interlocutor. Esta temeridad es difícil de corregir porque nos pasamos el día tratando de explicar la conducta de la gente con la que interactuamos. Ya no estamos en el paleolítico, pero seguimos siendo cazadores/recolectores, ahora de indicios que ayuden a nuestro cerebro a hacer predicciones lo más acertadas posible. Spinoza escribió que «la razón permite la consensualidad por parte de los seres humanos», pero también efectuamos procesos de individuación con los que organizamos el mundo de una manera subjetiva. Y aquí empieza la ceremonia de la confusión.

La gramática del cuerpo tiene en el abrazo, el beso y la mirada su triada perfecta para expresar el catálogo de vicisitudes que nos brinda la experiencia humana. Nadie necesita explicar con palabras lo que significa un abrazo, cierto, pero la ausencia de explicación ahora reside en que nos lo han explicado miles de veces antes. El abrazo permite a dos personas convertirse en un animal de dos espaldas (robándole a Shakespeare una metáfora), el beso es una manifestación de afecto que abriga miles de variantes, y la mirada es el escaparate en que mostramos lo que ocurre en el alma. Aunque en muchas ocasiones no seamos muy conscientes de ello, los seres humanos nos pasamos el día realizando tareas con el propósito último de cosechar el cariño de los demás. El abrazo es una poderosa forma de transmitir información afectiva, de solidificar ese cariño que mendigamos las personas para sentirnos personas. Puede servir para explicar la alegría que supone que contigo me inauguro a cada instante, para ratificar que en tus ojos se suicidan los míos, para cauterizar las heridas que delantan nuestra fragilidad humana, para mostrar aprecio, agradecimiento, expresar el júbilo de coincidir, o saludarse tras una prolongada ausencia. Rodeamos con nuestros brazos a alguien y ese alguien hace lo mismo con nosotros en una especie de órbita que hace que dos cuerpos burlen la distancia de cortesía y se acoplen como si fueran una unidad. Su verdadero significado patrimonial no reside solo en darlo, sino sobre todo en elegir a quién se lo damos. Como hay muchos tipos de abrazo y muchas personas a quienes podemos agasajar con él, el abrazo se convierte en maravilloso cuando el que lo da y el que lo recibe conocen el significado inestimable que guarda para cada uno de ellos. Si el significado es muy valioso para ambos, si hay un punto de coincidencia, si hay reciprocidad semántica y se sabe con antelación, darse un abrazo como experiencia clausural de unas palabras ya innecesarias es una siderurgia afectiva en la que durante un breve instante dos cuerpos se hacen uno porque algo recíprocamente importante los une. Entonces un abrazo no vale más que mil palabras. Se convierte en un dioma propio.