viernes, diciembre 09, 2016

El derecho a tener Derechos Humanos



Obra de Duarte Vitoria
Mañana es el día en que celebramos la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Yo siempre cuento la anécdota de cómo la Carta Magna estuvo a punto de no firmarse aquel 10 de diciembre de 1948 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas se reunió en París. Los representantes de los cincuenta y un países  convocados no se ponían de acuerdo para fundamentar la idea de dignidad. Unos querían vincularla con alguna entidad sobrenatural, otros  con alguna de las varias deidades monoteístas que figuran en el catálogo antropológico, los laicos renegaban de la participación divina en estos trajines tan netamente humanos. Al final la idea de dignidad no se fundamentó en nada. He aquí el milagro de esta creación insuperable, la antología de la inteligencia que decidió que poseemos dignidad porque los seres humanos somos valiosos y, frente a cuaquier otro ser vivo de la ecosfera, podemos orientar la vida por fines que van mucho más allá de los dictados por la biología. La dignidad, que no se sostiene en nada, nos sostiene a nosotros. Se produce el bucle creador del que hablaba Vigotsky.  El hombre crea la cultura y la cultura crea al hombre en un proceso inacabable que a cada rotación va pormenorizando ambos vectores. O, dicho desde el prisma neurobiológico y empleando el título de un ensayo de Antonio Damasio, el cerebro creo al hombre, y el hombre fue desarrollando el cerebro y sobre todo utilizando sus mecanismos emocionales y corticales para ponerlo a trabajar en la aventura de humanizarnos.

Los Derechos Humanos orbitan en torno al eje axial de la dignidad. La dignidad es una idea portentosa que a pesar de no tener correlación extramental se transforma en funcional si todos los que participamos en el proyecto mancomunado de humanizarnos la respetamos en nosotros mismos y en los demás.  En los últimos años he comprobado con sorpresa que se habla mucho de dignidad y sin embargo apenas nadie sabe qué es. Su definición es muy sencilla. Toda persona por el hecho de serlo posee el derecho a tener derechos. Existir te hace titular de esa carta de derechos y por supuesto también de sus deberes (mi derecho es el deber de los demás, mi deber es su derecho).  Esos derechos son los inalienables Derechos Humanos. Matizo aquí que tanto los derechos de primera como los de segunda generación, que son yuxtapuestos. Sin los primeros los segundos no tienen validez real, y viceversa, sin derechos sociales y económicos los derechos civiles son papel mojado.

En mis paseos por la capital del mundo (o sea en las presentaciones del libro La capital del mundo es nosotros),  o en alguna de mis conferencias que comparto por ahí, siempre acabo reinvidicando explícita o tangencialmente el cumplimiento de estos Derechos. Como los Derechos Humanos no son obligatorios ni vinculantes, aunque por ahora ningún mandatario ha tenido la procacidad de denigrarlos públicamente en sus discursos, algunos de los asistentes siempre objetan lo quimérico de ponerlos en práctica.  Ante sus dudas a que los Derechos Humanos se puedan cumplir en cualquier persona que habite el planeta Tierra, les pregunto si ellos querrían que se realizaran en la vida de sus hijos, o en la de sus seres queridos, o en la suya. La respuesta siempre es afirmativa. En esta contestación reside la esperanza de un mundo más decente y más acogedor para vivir y degustar la vida. Es palmario que en muchísimos lugares estos Derechos se vulneran, y  en otros tantos se aceptan de una manera parcial, pero parece que hay consenso en que el ser humano tendría una vida más plena y con menos tentativas depredadoras y de subyugación del otro si se cumplieran en su totalidad y en todos los rincones del orbe.  No me quiero extender mucho, pero los Derechos Humanos son el desiderátum de la humanidad. Es decir, la aspiración máxima de un deseo máximo. Este ideal es estrictamente ético. Lo que nos gustaría ser como seres humanos porque todavía no lo somos. En nuestra mano está llegar a serlo. Un primer paso sería tratar al otro con la misma equivalencia que solicitamos para nosotros. A partir de ahí, todo es muy sencillo, si se quiere.