martes, octubre 17, 2017

¿Qué es eso de «aprender a venderse bien»?




Obra de Nigel Cox
Resulta llamativo cómo el lenguaje va indicando sin demasiado estruendo las mutaciones sociales. Las mismas palabras de ayer guardan hoy un significado no solo distinto, sino que en algunos casos representa su propia antítesis. Hoy me quiero detener en un verbo que refrenda esta metamorfosis. Hasta hace poco tiempo ser un vendido era el mayor insulto que podía recibir una persona. Ahora «saber venderse» es la mayor aspiración de cualquiera que desee adquirir un empleo o encarecer el que ya posee. La expresión «saber venderse» se ha expandido por el lenguaje ordinario con velocidad epidemiológica. Yo la conocía, pero tomé conciencia exacta de su condición vírica en un episodio que me ocurrió hace unos años. Durante un tiempo coordiné y tutoricé varias ediciones de un curso universitario on line de negociación. En la zona de los foros de debate abrimos un espacio específico para que los alumnos se presentaran y comentaran qué les había motivado a matricularse. Para mi asombro, una gran mayoría de ellos realizaba el curso de negociación porque quería, y cito literalmente, «aprender a venderse bien». Fue tan recalcitrante esta expresión que un día no pude por menos de matizarla. «Cuando decís que queréis aprender a negociar para aprender a venderos bien, me imagino que os referís a que os gustaría adquirir habilidades y tácticas para promocionar mejor vuestras competencias y de este modo ampliar vuestras posibilidades de empleabilidad». Nunca nadie refutó esta puntualización.

Aunque creamos que optar por una palabra en vez de otra es algo inane, su elección nunca es neutra. Nombrar es conocer, anunciaba el aserto latino, pero también es delatarse. En las expresiones aparentemente superficiales asoma el fondo profundo de una época. Vender consiste en traspasar a alguien la propiedad de lo que se posee por un precio convenido. En su segunda acepción, más acorde con el significado de la expresión que protagoniza este artículo, vender es exponer y ofrecer al público los géneros o las mercancías para quien las quiera comprar. «Venderse» indica que el objeto en venta es uno mismo, lo que a su vez presupone que el sujeto se convierte en objeto venal a través de la cosificación o reificación de la propia persona. Ser portador de competencias adecuadas para llevar a cabo una tarea por la que un tercero te retribuirá pecuniariamente a cambio de obtener y quedarse la plusvalía generada no tiene nada que ver con ser un objeto. La quintaesencia del capitalismo es haber convertido en mercancía el trabajo a través del empleo (no es lo mismo trabajo que empleo), pero mercantilizar nuestro trabajo no debería llevar implícita la mercantilización de la persona que lo lleva a cabo, por mucho que trabajar sea entregar voluminosas cantidades de tiempo de nuestra vida para colmar los fines de otro. No al menos si queremos ampliar la humanización del animal humano que somos. 

Es fácil que el verbo vender colonice el vocabulario y reduzca nuestra imaginación. Si el acceso de un ser humano a una vida digna  pasa por vender el trabajo para conseguir un empleo,  y cada vez se dificulta más esa venta (nunca antes en la historia de la humanidad se ha tenido que trabajar tanto para ser empleado en algo), es casi un efecto reflejo confundir la venta del trabajo con la venta del que lo realiza, conjugar el marketing de las propias habilidades con el yo como marca o como proyecto empresarial que anhela ser subsumido por otro que lo retribuya. Empleando terminología de Ulrich Beck, que tanto ha reflexionado sobre la desregulación laboral y su endémica precariedad, el compulsivo deseo de «participar en el trabajo pagado» no debería desfronterizar léxicamente el tiempo vital propio del remunerado y aglutinarlo en un todo. Como todo es susceptible de enturbiarse, hace unos días leí la expresión «autovenderse». En un texto una mujer solicitaba persuasoras tácticas de divulgacion porque le urgía «autovenderse» lo antes posible para encontrar trabajo (o sea, un empleo). Sé que vender es el antónimo de comprar, aunque el verbo comprar también comienza a utilizarse en la misma triste dirección que venderse. Hace unos días leí en un periódico que una persona «vende optimismo aunque algunos se resisten a comprar su mensaje». Cada vez se emplea más la expresión «te compro la idea», o «te compro el argumento». Como quien tiene el poder sobre las palabras tiene el poder sobre la realidad, resulta descorazonador que la visión binaria de comprar y vender de la terminología economicista invada nuestro lenguaje para describir aquello que nada tiene que ver ni con vender ni con comprar. Ocurre lo mismo con los espacios, los recintos, las competiciones deportivas, que ahora se rebautizan con nombres corporativos. El mercado ha impuesto su retórica. Imposible mayor muestra de hegemonía.


martes, octubre 10, 2017

Que se peleen las palabras para que no se peleen las personas



Obra de Didier Lourenço
El pasado jueves 5 de octubre di una conferencia sobre un libro que ni me he leído ni he escrito ni existe aún. En mi descargo diré que ese libro lo tengo pormenorizadamente redactado en mi cabeza desde hace un tiempo bajo el título “El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Una ética del diálogo”. Cuando concluya su redacción (estoy con ella) se convertirá en el tercer ensayo con el que cerraré la trilogía Existencias al unísono, que inauguré en 2016 con La capital del mundo es nosotros (ver) y continué en 2017 con La razón también tiene sentimientos (ver). Si la Musa y yo mantenemos intacta nuestra vieja amistad, verá la luz el próximo año. La conferencia estaba encuadrada en el 13 Congreso de la Abogacía de Málaga celebrado en el Palacio de Congresos de Marbella. Mucha gente que se enteró de en qué consistía mi participación me comentó que era una conferencia muy idónea para estos días en los que se vindican el uso de la palabra y el diálogo como praxis para compatibilizar las discrepancias. Ha sido una bonita casualidad que hable de este tema en estos días porque la conferencia y su contenido estaban cerrados desde finales del año pasado. También era una casualidad adicional que el título de mi intervención naciera de una definición de diálogo escrita por mí precisamente en la ciudad que ahora monopoliza toda la atención mediática: «El diálogo es el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza».  

En mi exposición defendí cinco tesis para explicar en qué consiste y qué hay que hacer para celebrar el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. La civilización nace gracias a ese triunfo en el que pasamos de la animalidad a la humanidad, pero siempre es un triunfo en tránsito, siempre precario, siempre con la amenaza de la involución y el retroceso. La historia nos enseña que la paz en la que se remansa nuestra convivencia se puede quebrar en cualquier inopinado instante y por tanto mantenerla es una obligación colectiva que requiere cultivo diario. Terminé mi explicación con una coda en la que exhortaba a que se peleen las palabras para que no se peleen las personas. Esta idea la vengo divulgando desde tiempos inmemoriales, pero sin embargo hace unos años me caí de mi particular caballo camino de mi particular Damasco y me he corregido. No creo que sea una buena idea que las palabras se peleen para que las personas eviten esgrimir el temible lenguaje de la fuerza. Es muy fácil prender fuego a las palabras para que se incendien los sentimientos de las personas y se desencadenen conductas primitivas que suponen una regresión civilizatoria. Es tremendamente sencillo inflamar emociones básicas, o profanar los territorios sagrados de la identidad, o provocar un dolor lancinante en lo más profundo del ser que somos simplemente eligiendo malévolamente la palabra adecuada. Por culpa de una palabra se puede romper una relación entre dos personas, pero también se puede desencadenar una guerra en la que mueran millones de ellas. Lo contrario de la violencia no es el despliegue de la palabra, como muchas veces se insiste con recalcitrante equivocación. Lo contrario de la violencia es el despliegue de la palabra respetuosa con la dignidad del otro. El diálogo es el ecosistema en el que esa palabra respetuosa florece ante la presencia de otras palabras educadas y pacíficas, el único procedimiento que satisface nuestra condición de ciudadanos (tan defenestrada últimamente por el feudalismo económico) para ahondar en cuestiones vinculadas a la cosa pública.

La mitología bíblica nos recuerda que una palabra tuya bastará para sanarme, pero también una palabra tuya seleccionada ominosamente bastará para matarme, o para que nos matemos. Para escenarios así he acuñado una término que aparecerá en el nuevo libro: verbandalismo, aquella acción verbal en la que las palabras son pronunciadas con el deseo vandálico de destrozar sin miramientos todo lo que se les ponga por delante. Es harto sencillo verbandalizar el discurso y conseguir el traumatismo interior de nuestro interlocutor que, probablemente, mimetizará ese comportamiento y contestará del mismo modo, pero recrudeciendo la carga dañina en la selección de sus imprecaciones. Bienvenidos a la descarnada visceralidad de una cadena esquismogenética en estado puro. Propongo una máxima categóricamente distinta. En vez de que se peleen las palabras para que no se peleen las personas, que las palabras hablen, interactúen, intimiden, indaguen, se interpelen, se interroguen, se objeten, se cincelen con argumentos. Que cada vez que haya que construir horizontes compartidos en situaciones de interdependencia las palabras se conozcan para que las personas dejen de ser desconocidas, que las palabras se encuentren para que las personas se reconozcan. Lo he escrito muchas veces en este Espacio Suma No Cero y siempre lo repito en mis talleres y conferencias como si fuera un mantra, pero conviene recordarlo una vez más. Hablando no siempre se entiende la gente, pero si no se habla se antoja imposible poder entenderse. Nuestra irrevocable vida en común nos exige el deber humano de que esa palabra sea educada, dialogante, cívica. Una palabra inspirada por la concordia y la fraternidad, imprescincidibles para una sana deontología ciudadana. Lo contrario ya sabemos en qué consiste.

martes, octubre 03, 2017

La derrota de la imaginación

Obra de Marc Figueras
He titulado este artículo parafraseando el título del ensayo de Alain Finkielkraut, La derrota del pensamiento. En sus páginas el filósofo francés postula el hundimiento de la cultura al haber sido ligada al entretenimiento y la amenidad, el pensamiento ha hincado la rodilla en la arena doblegado por la instantánea superficialidad de una imagen aislada que prescinde de explicar qué acontenció para llegar a lo que ahora nos muestra. La derrota de la imaginación sufre síntomas parecidos, aunque sus causas difieren. La imaginación es la capacidad de pensar posibilidades, discernir con criterios novedosos, proveernos de perspectivas críticas, hipotetizar sobre cómo serían las cosas si empleamos premisas diferentes a la hora de urdir conclusiones. La capacidad creadora del ser humano consiste en hacer existir lo que antes no existía, es decir, hacer posible lo que antes nos resultaba imposible.  Imaginar la posibilidad es el paso previo para hacerla posible. Dicho en sentido negativo. Es imposible hacer posible lo que no se imagina como posibilidad.

«Faltan soñadores, no intérpretes de sueños», aullaban mis añorados 091 entre guitarrazos y distorsión greñuda. La esterilización de la imaginación reduce drásticamente el número de soñadores. Hace unos meses leí una entrevista al cineasta Jonas Mekas cuyo titular era muy ilustrativo: «Aunque fracasen, lo que necesitamos son soñadores». En la entrevista Mekas aclaraba algo que parece haber sido extirpado del debate social.  «Ahora la gente solo habla de pan y trabajo, hemos olvidado todo lo demás». Precisamente todo lo demás son aquellas cuestiones de la vida de las que todos nos acordamos cuando la vida se nos empieza a escurrir de las manos. Padecemos una imaginación cooptada por el credo económico en el que ningún mundo puede ser imaginado salvo aquel que favorece el paradigma productivo y la dominación del capital sobre todas las cosas. Cualquier narrativa que proponga un sentido de descomercialización y de cuestionamiento de la ganancia como modo de interacción social sufre un silencioso destierro. El poder consiste en lograr la obediencia, pero sobre todo en lograr que alguien imagine exclusivamente lo que tú quieras que imagine. Drenar la imaginación del otro, miniaturizarla, desmantelarla, es detentar un poder exorbitante. Posee poder sobre nosotros todo aquel que pastorea nuestra imaginación e impide que salte del redil señalado por su discurso. En las páginas de La capital del mundo es nosotros defino el miedo vinculándolo al poder y a la imaginación: «Tiene poder aquella persona, organización o institución que a través del miedo es capaz de atrofiar nuestra imaginación, o llevarla a un ángulo muerto para que no percibamos otras posibilidades en la realidad que las dictadas por ella».

Es muy sencillo inhibir la imaginación. Basta con apropiarse del discurso del sentido común y estigmatizar con la utilización del temor todo aquello que no se atiene a lo que señalan los autoproclamados propietarios de ese sentido común. En el potente ensayo Inventar el futuro, los profesores de sociología Nick Srnicek y Alex Williams explican que «un proyecto hegemónico construye un sentido común que instaura la visión específica de un grupo como el horizonte universal de toda una sociedad». El grupo dominante se erige en dueño y señor del sentido común y desprecia las ideas imaginativas que aminorarían su dominación. Resulta curioso cómo se psiquiatriza a toda persona que imagina un mundo que contravenga el discurso que perpetúa éste. «Tú estás loco», «eso es imposible», son respuestas usuales cuando uno se atreve a fabular un mundo alternativo. Tengo comprobado que los mismos que exhortan a ser creativos son los que consideran imposible cualquier idea que pongan en entredicho su monolítico sistema de creencias. Ocurre algo análogo con los apologetas del cambio. No cejan en escribir e impartir ditirambos sobre lo saludable que es cambiar, penalizan la renuencia al cambio y señalan la fosilización a la que condena esa actitud, pero cuando se esbozan ideas de organización social que refutan las de la civilización del trabajo para articular un mundo más humano saltan inmediatamente con el soniquete de que eso es imposible.Yo les suelo dar la razón, pero agregando un matiz:  «Sí, es imposible, pero para tu cerebro». El pensamiento dominante margina y ridiculiza cualquier idea que transgreda los límites de su dogma ideológico. Pero la historia nos dice que toda idea sin la cual ahora la vida no nos parece posible fue en un principio tildada de herética e imposible. Fue ninguneada por quien tenía poder cuando alguien la imaginó por vez primera.

martes, septiembre 26, 2017

El silencio agresivo



Obra de Javier Arazabalo
Existe mucha literatura que ensalza el silencio. Muchas veces yo lo he elogiado. Recuerdo que le dediqué un epígrafe en el ensayo La educación es cosa de todos, incluido tú. Allí defendía que el silencio es un argumento irrefutable, el único del que nunca tendremos que desdecirnos. Groucho Marx proponía que era «mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas», y Shakespeare también nos aconsejaba que era «mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras». El silencio abroga tantas sugerencias como tipos de silencio existen. Hay silencios aprobatorios y reprobatorios, silencios condenatorios, silencios retadores, silencios cómplices, silencios balsámicos, silencios saboteadores, silencios críticos, silencios punitivos, silencios prudentes, silencios diplomáticos, silencios atrabiliarios, silencios sediciosos, silencios enigmáticos, silencios estúpidos, silencios burlones, silencios chillones, silencios otorgadores, silencios libidinosos, silencios disuasorios, silencios pedagógicos, silencios interrogativos, silencios afirmativos, silencios simbólicos, silencios respetuosos. La panoplia de silencios es voluminosa, pero yo quiero hablar aquí de un silencio pocas veces citado. El silencio agresivo.

Solemos acotar las agresiones al empleo de la fuerza física para provocar un daño o la amenaza de infligirlo con el fin de que se complazca una demanda. Buss estableció en los años sesenta una taxonomía de la agresión en la que además de la agresión activa señaló la pasiva. Toda la violencia psicológica se produce en este estadio. Es muy sencillo lacerar a una persona sobre la que se ostenta poder laboral, sentimental, afectivo, familiar, económico, sin necesidad de agredirla ni física ni verbalmente. En Los sentimientos también tienen razón (ver) hablo de ello en el epígrafe titulado La violación del alma, término impactante que le leí al profesor Iñaki Piñuel en una de sus obras dedicadas al acoso laboral.  Una de esas formas de agredir se  encarnaría en el silencio. Se trata de una agresión pasiva verbal directa, el silencio muñido para soslayar el diálogo y por extensión dejar inerme al interlocutor. En su Manual de antifilosofía, Michel Onfray nos regala una definición de violencia que casa con la que Buss le confiere al silencio: «Violencia es la incapacidad para liquidar la querella por medio del lenguaje». No querer hablar en contextos pacíficos presididos por la bondad del diálogo es una deliberada bofetada a la razón discursiva. El silencio decapita el intercambio verbal y precipita al diálogo a su propia muerte.

No hay nada más desalentador que argumentar una tesis e interpelar a nuestro interlocutor a que la secunde o la refute, y contemplar aterrados cómo se precipita sobre nosotros un gigantesco alud de silencio. Hay palabras que hieren, pero hay silencios que sajan el alma. Una palabra elegida pérfidamente para inducir dolor puede dejar maltrecha a una persona el resto de su vida, pero un silencio cuando alguien solicita información perentoria o entablar un diálogo sanador puede desangrar a su víctima. Las palabras son el instrumento que empleamos para transferir información compleja del modo menos equívoco posible, pero hay silencios que transportan tanta o más que un tumulto de palabras.

Aunque ni las palabras ni los silencios matan directamente, por una palabra inadecuada o por un silencio tozudo se han declarado guerras en la que han muerto miles de personas, o se han abierto heridas insondables que siglos después se antojan imposibles de suturar. Una palabra o un silencio pueden malograr tanto la existencia de una persona como la vida de un país de millones de habitantes. Igual que existen muchos tipos de silencios, también existen diferentes encarnaciones de este silencio inicuo. En un momento de exacerbada comunicación digital y por tanto de relaciones presididas por la deslocalización y la asincronía, no querer hablar o guarecerse en un mutismo humillante se manifiesta de muchas novedosas maneras. Un silencio no es solo sellar los labios y no añadir nada en mitad de un diálogo, o sortear la propia opción de dialogar, también lo es no responder a un mensaje o demorar la respuesta, eludir un encuentro, no coger el teléfono, no recibir o ningunear a la persona con la que sin embargo se han concordado tácitamente ciertos compromisos. Yo entiendo el diálogo como una exigencia ética, como un deber humano, y no como un comodín al albur del interés personal. Donde el diálogo muere, donde la ética expira, empieza el banquete caníbal de la selva.



martes, septiembre 19, 2017

Cuando la empatía y los sentimientos son insuficientes



Obra de Marc Figueras
Acabo de terminar la lectura del ensayo Vivir éticamente. Cómo el altruismo eficaz nos hace mejores personas del filósofo norteamericano y experto en temas éticos y bioéticos Peter Singer. Me ha llamado la atención la bifurcación conceptual que Singer establece en el campo de la empatía. No es un asunto periférico. Creo que es justo ahí donde se halla la tabla de salvación de la aventura civilizatoria. Desde sus instantes aurorales, la humanización  ha consistido en aceptar que el otro es un compañero en el acontecimiento humano (somos biológicamente homínidos, pero queremos humanizarnos). No es una tarea especialmente difícil cuando el otro es un ser con el que nos eslabona la afectividad, pero deviene en empresa faraónica cuando el otro es alguien del que no sabemos nada, vive a  miles de kilómetros, o es una referencia abstracta. La bifurcación propuesta por Singer parte de una distinción capital. No es lo mismo entender los sentimientos que compartirlos. Es la misma diferencia que existe entre empatía y compasión. Gracias a los aspectos emocionales de la empatía nos identificamos de un modo rápido y sencillo con los congéneres de carne y hueso que pueblan nuestra vida privada, pero también con la individualidad desconocida que se presenta ante nuestros ojos en el espacio público. Esta empatía emocional nos moviliza. Sin embargo, se torna poco eficiente cuando la otredad no está delante de nuestro peinado ocular, o no nos sutura a ella ningún nexo afectivo, o se reduce a una abstracción nominal. 

En el planeta Tierra nos hospedamos casi ocho mil millones de personas, y la irradiación afectiva de cualquiera de nosotros alcanza ridículamente a tan solo unas ciento cincuenta de ellas, según certifica el célebre número Dunbar. Esta insuficiencia emocional sólo se puede resolver si entran en juego los aspectos cognitivos de la empatía. El altruismo eficaz que analiza Singer se preocupa mucho más por la empatía cognitiva que por la empatía emocional. Es muy fácil sentir empatía emocional, requiere mucha instrucción sentimental sentir empatía cognitiva. Cualquiera que haya acudido a mis presentaciones de La razón también tiene sentimientos me habrá escuchado decir algo idéntico, aunque con terminología diferente. El sentimiento es muy útil en las distancias cortas, pero se vuelve inoperante e incluso irresoluto en las largas. La racionalidad es imprescindible para entender y asir el mundo de los valores universales con los que queremos engalanar nuestra condición humana, pero adolece de la falta de arranque que sin embargo sí posee la vibrante emoción. Necesitamos racionalizar el sentimiento para convertirlo en acción, pero no en una acción cualquiera, sino en una valiosa y decente. Esa acción recibe el nombre de virtud, el conjunto de las conductas que consideramos nos mejoran a todos los que participamos de la expedición humana.

La virtud logra una proeza inaudita. Se sirve de la fuerza propulsora del sentimiento de donde procede en primera instancia, pero también de la jurisdicción de la racionalidad para adentrarse en la abstracción de los valores y guiar así el comportamiento. Recuerdo que en El gobierno de las emociones Victoria Camps lo expresaba como uno de los más grandes hallazgos éticos. Estamos en un punto muy excitante que nos debería enorgullecer como especie. La racionalización del sentimiento alumbra unos sentimientos distintos de los emocionales y de los sociales. Genera el sentimiento ético. Su trazado es maravilloso y me atrevo a afirmar que es el ideal al que aspira el impulso humanista: nace de una emoción, se transforma en un sentimiento por la participación de la cognición, pasa por el tamiz de la racionalidad y su vocación universal y se acaba transfigurando en un sentimiento ético que nos aboca a la virtud. Es muy probable que no sienta ningún afecto por alguien que no conozco, pero me comportaré afectuosamente con él, o tomaré decisiones que le respeten, porque he logrado racionalizar el afecto que sí siento por los próximos y cuyo despliegue con el prójimo en forma de virtud es lo mejor para todos.

Entre las virtudes gestadas por la racionalización del sentimiento acaso la más nuclear sea la del respeto. El respeto consiste en tratar al otro como una entidad valiosa por ser un ser humano (el autorrespeto es algo análogo pero con nosotros mismos). A este sorprendente valor le hemos dado el nombre de dignidad. La dignidad es una invención ética por la que hemos decidido apreciar a toda persona por el hecho de serlo. La dignidad es la vitrina de nuestra humanidad, pero como ficción ética no se percibe a través de ninguna emoción, sino a través del ejercicio de la racionalidad. Es en la intelección donde podemos comprender que el otro es un ser que solicita el mismo valor y el mismo interés que reclamamos para nosotros porque es un ser humano que comparte idénticas afinidades. Donde no llega ni la emoción ni el sentimiento, sí puede llegar la ética, que es la reflexión del sentimiento. El altruismo es ayudar al otro desinteresadamente, pero puesto que compartimos la tarea de humanizarnos, puesto que la dignidad se sostiene en el respeto de la dignidad del que es mi igual siendo mi prójimo, ayudar con nuestras acciones directas e indirectas a preservar la dignidad del otro es ayudar a preservar la nuestra, y simultáneamente a hacer del mundo un sitio más humano. Ayudar al otro es ayudarme yo. El llamado altruismo egoísta debería bautizarse como altruismo inteligente. O sea, virtud.

martes, septiembre 12, 2017

Primer día de clase, primera lección: educar es educar deseos



Obra de Nigel Cox
Ayer se inauguró la vuelta al cole, el primer día de clase, el regreso a los procesos de inculturización para aprender a vivir, a convivir cívicamente y a proveernos de habilidades y conocimiento. La definición más bonita que conozco de educación pertenece a Platón. La educación consiste en enseñar a desear lo deseable. En mi ensayo La capital del mundo es nosotros (ver) la parafraseé para bautizar su cuarto y último capítulo: Admirar lo admirable. Después de haber estudiado minuciosamente los engranajes sentimentales de la admiración («el sentimiento específico del valor», subraya Aurelio Arteta en el monumental ensayo dedicado a esta conducta La virtud en la mirada), y si admitimos que el conocimiento se adquiere pero la sabiduría se descubre, me parece que admirar, interiorizar y reproducir lo admirable resume de un modo perfecto en qué consiste la cima de la sabiduría. Utilizo aquí la definición de sabiduría que esgrime José Antonio Marina en el prólogo de El aprendizaje de la sabiduría, el ensayo que agrupa los anteriores Aprender a vivir y Aprender a convivir: «La sabiduría es la inteligencia aplicada a nuestro más alto proyecto, que es la vida buena, feliz y digna». Al igual que su maestro, Aristóteles también advirtió que la educación no es otra cosa que educar los deseos para estratificarlos de tal modo que faciliten una vida en común justa y construyan con sensatez una felicidad siempre perteneciente a la esfera privada. Vivir bien entraña desear bien.

Recuerdo haberle leído a Carlos Castilla del Pino que los seres humanos nos regimos por dos lógicas. Por un lado se halla la lógica de la razón, que nos coge de la mano para llevarnos hacia la conducta conveniente. Por otro lado emerge la del deseo, que nos dirige hacia la conducta apetecible. La conclusión del psiquiatra no admite sombra de duda: «Si ambas conductas coinciden, mejor que mejor. Si no, suele ganar la última, y sobreviene la catástrofe». He aquí otra definición de sabiduría: que lo que quieras sea lo que te conviene, que la fuerza propulsora de la deseabilidad concuerde con la capacidad de la inteligencia de establecer buenas metas. Es otra forma de presentar el enunciado platónico de desear lo deseable, el cénit de una buena educación  En algunas ocasiones esta misma idea la he presentado de un modo provocador: la educación consiste en aprender a desobedecer. Se sobreentiende que a desobedecer los deseos que empantanan llegar a ser lo que nos gustaría ser.

No quiero caer en el discurso angelical al hablar de una educación que probablemente vive momentos crepusculares ensombrecida por la febril adquisición de competencias que avalen nuestra valía para el mercado. Hace un par de años el entonces Ministro de Educación José Ignacio Wert regaló para la posteridad una definición de educación tan desilusionante que nada más escucharla la manuscribí en uno de mis cuadernos: «La educación consiste en que los alumnos aprendan a competir por un puesto de trabajo». Cualquiera que haya estudiado la tensión antagónica en espacios de interdependencia colegirá que, puesto que en la dimensión capitalista empleo y acceso a una vida digna forman una unidad indisoluble, y el empleo es un recurso cada vez más escaso, esta afirmación nos devuelve a la selva y degrada la educación a simple supermercado de la empleabilidad. Competir es satisfacer los intereses propios a costa de que nuestro oponente no pueda satisfacer los suyos. Si rivalizamos por algo banal, la mecánica no acarrea riesgo  alguno. Si competimos por satisfacer necesidades primarias, este escenario nos arroja al canibalismo y al sálvese quien pueda, la proclama que suelen gritar los que ya están a salvo. El pragmatismo académico educa para el mundo que tenemos. Nos convendría a todos que también educara para el mundo que sería bueno que tuviéramos.





jueves, agosto 10, 2017

El «Espacio Suma No Cero» coge vacaciones

Gracias por visitar una temporada más el Espacio Suma No Cero. Este lugar dedicado al estudio de la inteligencia social y al análisis de las acciones humanas permanecerá cerrado por vacaciones desde hoy jueves 10 de agosto hasta el próximo mes de septiembre. Es un cierre metafórico que se repite desde su inauguración en 2014, o desde 2008 si computamos también los años del blog de ENE Escuela de Negociación, de donde el Espacio Suma No Cero tomó el inmediato relevo.

Se podrá acceder a la lectura de cualquiera de los textos editados hasta la fecha, pero no se publicará ningún artículo nuevo semanal. Para la artesanal tarea de la escritura tan irrevocable es leer y escribir como dejar de hacerlo y descansar durante un lapso de tiempo. Más aún cuando en 2018 me he comprometido a publicar el tercer ensayo con el que completaré la trilogía "Existencias al unísono" compuesta por La capital del mundo es nosotros. Un paseo multidisciplinar al lugar más poblado del planeta, La razón también tiene sentimientos. El entramado afectivo en el quehacer diario y El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Una ética del diálogo (ver). Ética política, ética sentimental y ética discursiva para sondear nuestra condición de existencias anudadas a otras existencias. Esperamos verte paseando por aquí en el inicio del nuevo curso académico. A la vuelta, este espacio compartirá una fantástica noticia de la que vosotros, los lectores, formáis indisoluble parte. Hasta entonces. Un abrazo.

martes, agosto 08, 2017

Los conflictos no se resuelven solos, aunque se bastan para estropearlo todo


Obra de Marc Figueras
En la literatura del conflicto existe una máxima que defiende con muy buen criterio que los conflictos nunca se resuelven solos. No es gratuito recordarlo, porque muchos actores deciden precisamente lo contrario y apelan a conductas evitativas, a la dejadez como metodología exitosa. Para ellos la mejor manera de solucionar un conflicto es abandonar los derechos de tutela y dejar que el paso del tiempo conduzca al conflicto hacia su propia disolución. Esperan que con el transcurrir de los días, los meses o los años cambie alguno de los elementos que lo originaron y todo vuelva al cauce de lo que ellos consideran natural. En casos de divergencias inanes (en algunas bibliografías se refieren a este tipo de conflicto como "picaduras de mosquito"),  es saludable no convertir en problema lo que unos minutos después se habrá olvidado o será anecdótico. Otra cosa es calcar esta táctica en incompatibilidades que se presentan con temperatura en ebullición. Desatender un conflicto o cometer la imprudencia de orientar los sensores hacia la dirección contraria al foco de las disensiones en el momento en que lo más idóneo es articularlo trae anexada una consecuencia muy peligrosa. Abdicar de la gestión del conflicto y permitir que se infecte de podredumbre emocional, impulsará una curiosa inercia que lo hará desplazarse velozmente hacia el lugar en el que infligirá más daño y acrecentará su momificación. Sé que el conflicto no posee realidad extramental, que vive en la narración tramada por los actores que lo protagonizan, pero también sé que ese relato despereza sentimientos de exclusión en una de las partes si la otra muestra desinterés por construir una historia común que sustituya satisfactoriamente a la que ha inaugurado la divergencia. Teniendo esto muy presente, no deja de maravillarme la contradicción que supone que un conflicto sea inoperante para solucionarse por sí mismo, pero sea tan resolutivo para agigantarse sin necesidad de que nadie haga nada con él.  

Ante la emergencia de un conflicto podemos desplegar distintas respuestas. Cuando sólo pensamos en la salvaguarda de nuestros intereses sin atender los del otro, competimos. Cuando pensamos en satisfacer nuestros propósitos y también los de nuestro interlocutor para amortiguar así el desacuerdo, colaboramos. La acomodación consiste en darle una mayor estimación a los intereses del otro que a los nuestros. Cuando somos creativos para colmar nuestros intereses y también los de nuestro interlocutor y rastreamos opciones conjuntamente a fin de dar con las mejores, entonces nos comprometemos y cooperamos. Cuando deseamos que todo siga igual y nos resulta indiferente el interés del otro, entramos en la evitación. Sin embargo, la incomparecencia ante un conflicto no significa la volatilidad del conflicto. Si uno no presta atención a un conflicto, ya se encargará él de que cambiemos de opinión. La experiencia insiste en recordarnos que los conflictos nunca se resuelven solos, pero ellos solos se bastan y sobran para multiplicar mágicamente su inhospitalidad y la cantidad de daño con la que arponear a quienes lo ningunearon.

El conflictólogo Deutsch cita tres escenarios distintos ante un conflicto. El conflicto está en la realidad y es percibido, el conflicto está en la realidad y no es percibido y, por último, el conflicto no está en la realidad pero es percibido. Creo que falta un cuarto escenario. El conflicto está en la realidad, es percibido por las partes pero una de ellas se inhibe como parte implicada. Aunque parezca una tautología, el conflicto sólo se soluciona si los implicados desean solucionarlo, lo cual exige como premisa que las dos partes se sientan implicadas. Resulta una perogrullada, pero para resolver un conflicto necesitamos inexorablemente la colaboración de aquel con quien nos ha estallado. Partiendo de esta premisa, un conflicto no se soluciona por más empeño que ponga uno en su resolución, si la otra parte no está por la labor. He escrito solucionarlo y no zanjarlo o terminarlo, que no es lo mismo.

Existe profusa bibliografía en la que se listan qué elementos intervienen en un conflicto. Sintetizando podemos señalar una abigarrada mixtura en la que aparecen las personas que lo protagonizan, las posiciones que mantienen, los intereses que persiguen, los grados de poder que esgrimen, los sentimientos que afloran en la interacción, el tipo de relación, la percepción del problema, los valores personales, los protagonistas secundarios que muchas veces no se ven pero que guardan una incidencia estelar. Creo que un elemento primordial que habría que añadir en la fisonomía del conflicto es el deseo de solucionarlo, y su anverso, el deseo de eternizarlo. En las clases y talleres yo suelo repetir que del mismo modo que dos no riñen si uno no quiere, dos no compatibilizarán jamás la discrepancia si uno de ellos no está dispuesto a ello. El deseo de solucionar el conflicto prologa y posibilita la gestión y la posible resolución del conflicto. Ese deseo se nutre de la salud cívica, el alfabetismo sentimental, la epidérmica conciencia de interdependencia, la cultura del acuerdo, la pedagogía del diálogo, el ideal regulativo de la paz, la sensibilidad ética, el conocimiento del politeísmo de valores personales en la acción humana y por tanto la necesidad de aprender a convivir con la disparidad y la contradicción. Ese deseo no solo ejerce de vanguardia. Ese deseo evita la soledad del conflicto. Y ya sabemos que nada bueno puede ocurrir cuando el conflicto anda por ahí él solo.





martes, agosto 01, 2017

El diálogo no es posible cuando los sentimientos son los únicos argumentos



Obra de Osamu Obi
La práctica deliberativa es radicalmente humana. Aristóteles lo advirtió al constatar que los dioses no abrigan dudas en sus decisiones y los animales viven bajo el irreversible mandato de un instinto que no admite controversia. Sin embargo, los seres humanos somos autónomos, podemos elegir qué hacer y cómo para convertir en acto lo que cobijamos embrionariamente en potencia. Podemos transportar la posibilidad a la realidad. La propiedad humana más reseñable es la posibilidad, que trae anexada la capacidad creadora. Somos creadores porque somos capaces de ver posibilidades, imaginar lo que no existe para hacerlo existir. El ser humano es un ser que elige y en esta singularidad radica nuestra autonomía. Por eso deliberamos, que es el ejercicio creativo destinado a descubrir y barajar opciones; decidimos, actividad consistente en decantarnos por la opción más idónea a costa de sacrificar todas las demás; y actuamos, que es el instante en que la decisión se troca en impulso volitivo, la posibilidad seleccionada se transborda a la acción. Este proceso no es nada fácil cuando se realiza a título individual, pero su complejidad se ensancha sobremanera cuando entran en juego terceras partes. Si hemos de compartir una decisión con alguien que disiente de la que nos gustaría elegir a nosotros, la deliberación puede llegar a ser larga y sinuosa hasta lograr la hazaña discursiva de compatibilizar la discrepancia. Necesitamos dialogar.

Puede ocurrir que en este proceso deliberativo una de las partes implicadas exponga sus sentimientos como los únicos argumentos que respaldan su decisión. «Son mis sentimientos» es una alocución tristemente usual cuando una persona quiere indicar una postura inamovible, una razón que anuncia la muerte del diálogo porque no se puede interpelar. Los argumentos se pueden refutar, pero los sentimientos que no atentan contra los Derechos Humanos se deben respetar. ¿Quiénes somos cualquiera de nosotros para cuestionar esos sentimientos de alguien que no somos nosotros? Se delibera sobre lo que puede ser de otra manera, pero exigir esta máxima a los sentimientos descritos por una persona denota falta de consideración a la persona, arrogarse una ficticia soberanía sobre ella y una severa profanación a su templo afectivo. Entrar sin permiso en ese rincón sagrado para ponerlo en crisis es una apostasía contra la religión del respeto. En La razón también tiene sentimientos (ver) pormenorizo la construcción sentimental. Se puede resumir en que los sentimientos son imbricados conglomerados  de incidencias emocionales, fisiológicas, cognitivas, axiológicas, desiderativas, biográficas. Desde hace unas décadas las industrias del sé tú mismo han uncido a los sentimientos de una  aureola de autenticidad  que no admite la comparecencia de la duda bajo el muy discutible axioma de que el corazón nunca se equivoca. Con estas condiciones preliminares se antoja difícil entablar diálogo alguno con quien enarbola la infalibilidad de los sentimientos. El diálogo es precisamente lo contrario. Buscar mancomunadamente evidencias mejorables que mermen la falibilidad humana.

Quien trae a colación sus sentimientos en mitad de un proceso argumentativo es porque no quiere abordar un diálogo que requiere la exposición de argumentos, no de sentimientos. Los sentimientos están embebidos de argumentos, pero quien cita en bloque su aparataje sentimental lo suele utilizar a modo de proteccionismo argumentativo. Se puede explicar discursivamente la construcción del sentimiento, pero cuando el sentimiento se anuncia solo nominalmente y sin explicación alguna es una fortaleza inexpugnable para cualquier argumento. Su presencia clausura el diálogo llevándolo a un lugar en el que no es posible dialogar. En Ética de la hospitalidad, Daniel Innenarity diagnostica que «cuando no se cultiva la argumentación los seres humanos se atrincheran en la única posición que consideran propia: sus sentimientos ante las cosas. Nuestros sentimientos no son un principio suficiente para hacer respetar nuestra posición, porque no pueden determinar qué es significativo». Si alguien se amuralla en sus sentimientos como único argumento,  la inteligencia no tendrá argumentos que discriminar, no habrá espacio para construir esa intersección que requiere el diálogo en su función de empresa cooperativa. Solo se puede argumentar con el interlocutor que también desgrana argumentos, y los sentimientos no lo son, aunque paradójicamente, y como escribí antes, estén plagados de ellos de un modo velado. Otra cosa muy diferente es que nuestro interlocutor esgrima los argumentos sobre los que se edifican sus sentimientos. Ahí sí se puede deliberar. Ahí sí se puede llevar a cabo la ejercitación de la palabra que se enreda con otras palabras para encontrar la mejor posibilidad que nos podamos llevar a la realidad. Esa posibilidad elegida y compartida la solemos bautizar como solución.



martes, julio 25, 2017

«Soy responsable de mis palabras, no de lo que los demás interpreten con ellas»



Obra de Javier Arizabalo
El primer axioma de la teoría de la comunicación humana de Paul Watzlawick señala que es imposible no comunicar. Creo que la afirmación es más exacta sin canjeamos el verbo comunicar por el de informar. En la comunicación hay intención de trasvasar información, pero en muchas ocasiones transmitimos información de nosotros mismos a los demás sin necesidad de comunicar nada. Al tener valor como mensaje, cualquier minúscula interacción informa de algo de nosotros, aunque si fuéramos más precisos tendríamos que matizar que más que informarles se informan ellos. En esta trashumancia de información el observador mediatiza lo observado y sesga ineluctablemente cualquier conclusión. En su ensayo sobre conducción de disputas y comunicación Marines Suares cita al psicoterapia Bradfor Keenay para explicar que en vez de datos deberíamos hablar de captos por la sencilla razón de que estamos captando la realidad y construyéndola. En esa construcción interviene el dispositivo emocional, la cognición, todo el aparataje sentimental, la rutinización del sistema de creencias, el capital empírico, la irradiación axiológica, la estratificación de valores éticos y personales, la constelación de deseos, la fuerza palpitante de las expectativas, el componente nada desdeñable de la irracionalidad. Kant ya advirtió la diferencia entre la realidad (el incognoscible noúmeno) y lo observado en ella (el fenómeno). Humberto Maturana expresa parecida bifurcación epistemológica cuando habla de realidad entre paréntesis y realidad sin paréntesis. Por mucha distancia analítica que tomemos, cualquiera de nosotros solo percibe la realidad entre paréntesis. La explicación es muy fácil. El paréntesis somos nosotros.

Si aplicamos esta constatación al proceso comunicativo, tenemos que anunciar que los demás, más que escuchar lo que encapsulamos en nuestras palabras, se dedican a interpretarlas. Nuestra realidad es captada por nuestro interlocutor, pero al captarla, la desedimenta y la amolda a sus esquemas autorreferenciales. En este automatizado proceso, el sujeto convierte en objeto nuestras palabras y las poluciona inconscientemente, las  sesga, las evalúa con el mismo criterio que instala su existencia en el mundo de la vida. Aquí radica la explicación de que cualquier crítica revela más del crítico que de lo criticado. Lo cardinal por tanto en la acción comunicativa no es solo lo que decimos, es sobre todo lo que interpretan quienes nos escuchan. Existen dos tesis de alta nocividad que se propagan alegremente en cursos de comunicación y habilidades sociales que entroncan con lo que yo intento explicar aquí. En la primera se pregona que «no es verdadero lo que dice A, sino lo que entiende B». Es una frase muy llamativa, pero es muy difícil aceptarla como cierta. Hacerlo sería admitir el papel periférico del que habla frente al papel estelar del que escucha. Lo que dice A puede ser un enunciado cuya verdad o falsedad se puede demostrar y, sin embargo, lo que entienda B sea algo por completo desconectado de lo que dijo A. Otra cosa muy distinta es defender que «en una acción comunicativa es importante lo que dice A, pero es muchísimo más importante saber lo que entiende B».

La segunda tesis postula que «cuando B interpreta erróneamente un mensaje de A, la responsabilidad es siempre de A». Es una sentencia inicua que condena al hablante por la acción de alguien que no es él. Aun partiendo de la buena voluntad de B a la hora de interpretar el mensaje de A, si el mensaje se distorsiona en su recepción, la responsabilidad siempre es del distorsionador, no del que emite el mensaje. El principio rector de la acción comunicativa ha de responsabilizar a uno del control de lo que afirma, pero no de lo que entiende el otro cuando la idea migra a sus tímpanos. Somos propietarios exclusivos de nuestras palabras, pero no de las conclusiones que alcancen quienes absorben nuestros argumentos. Dándole la vuelta al célebre aforismo de Shakespeare, prefiero ser esclavo de mis palabras que rey de las interpretaciones que hagan los demás de ellas. Aunque se podría añadir una puntualización. Somos responsables de lo que decimos, pero también de lo que el otro entiende, cuando, pudiéndolo llevar a cabo, desatendemos voluntariamente el necesario hábito discursivo de averiguar si existen unos mínimos de concordancia entre lo afirmado y lo interpretado. A pesar de esta saludable prescripción, resulta ineludible aceptar la existencia de un hiato entre nuestras afirmaciones y el significado que tienen para nuestro interlocutor. Nuestra realidad observada o comunicada es, en su pura totalidad, inextricable para el que la observa o para el que la oye. Solo puede acceder a una estimación. Solo puede captar el fenómeno, pero no el noúmeno del que nos hablaba Kant hace doscientos años.

martes, julio 18, 2017

El sentimiento de lo mejor es el mejor de los sentimientos



Obra de Ryo Shiotani
Los valores morales son abstracciones muy difíciles de explicar. No es nada sencillo definir lo justo, lo bueno, lo ejemplar, lo digno. Sin embargo, estos valores abandonan su condición abstracta y se entienden con facilidad cuando se encarnan en acciones concretas llevadas a cabo por individuos concretos. Aristóteles advirtió que las virtudes éticas no se pueden enseñar, pero sí aprender al contemplarlas en las acciones de los demás e incorporarlas como hábitos en la conducta propia. Para que esta transacción se lleve acabo urge la participación afectiva de la admiración. En el íncipit de La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral, Aurelio Arteta define la admiración como «el sentimiento de alegría que brota a la vista de alguna excelencia moral ajena y suscita en su espectador el deseo de emularla». En La capital del mundo es nosotros (ver) le concedí tanta importancia a este sentimiento que recurrí a él para titular el último capítulo: Admirar lo admirable. En La razón también tiene sentimientos (ver), en la sección dedicada a los sentimientos de apertura al otro, de nuevo volví a traerla a colación en el epígrafe Sentir admiración. Estaba persuadido de que la admiración es un sentimiento irrenunciable en la edificación personal, pero también en la configuración del espacio compartido. En el tremendamente crítico con el paisaje social contemporáneo Tantos tontos tópicos, el propio Aurelio Arteta escribe que la admiración, el sentimiento de lo mejor, es también el mejor de los sentimientos. De aquí he extraído el título de este artículo. Si en mis clases y charlas hablo siempre del papel medular de la compasión en las interacciones humanas, no creo que  la admiración posea un estatuto menor. Estamos ante un sentimiento mayúsculo. Su grandeza no corresponde con su promoción. Muchas veces ninguneado, o directamente olvidado, o malinterpretado como envidia, en otras ocasiones confundido con idolatría (admiración excesiva aunque con fundamento superfluo) o con inferioridad, siempre desplazado del podio de los grandes sentimientos.

Aurelio Arteta diferencia admirar de expresiones del lenguaje ordinario como «me gusta», «me encanta», o «me parece interesante». Las dos primeras son habituales en el fragor de las redes sociales, pero admirar se sitúa bastantes peldaños por encima. Admirar es una actividad mucho más activa que la que señalan esos verbos en los que el sujeto puede ser un mero agente pasivo. La admiración es un sentimiento que trae entrañada la mimetización de lo excelente, impele a la acción, a emular al admirado, a aquel que recopila en su comportamiento aquellas conductas que consideramos irrevocables para mejorar nuestra aventura de animales humanos. Para admirar las acciones modélicas hay que saber qué es lo admirable, pero también asumir la polaridad de los valores y ubicar lo denigrante. Debemos evaluar, calibrar, sopesar, indagar, interpretar, pensar, jerarquizar, comparar. Admirar es establecer juicios de valor, conferir un sentido al mundo y beligerar contra la indistinción. Sucede que juzgar como práctica está muy desacreditada en bloque. La abstención de juzgar es plausible cuando la carencia de información raquitiza o estupidiza nuestros posibles juicios y los convierte en prejuicios, pero juzgar para evitar la desjerarquización de la conducta humana es un ejercicio que nos permite segregar lo encomiable de lo execrable, lo notable de lo repudiable, lo empobrecedor de lo multiplicador,  la vileza de la nobleza, lo excelente de lo pésimo, lo plenificante de lo esclavizante, la bondad de la maldad, lo digno de lo indigno, lo justo de lo injusto. Deslindar estos territorios parece una labor que solicita años de estudio e investigación, pero, como le leí a Innenarity, la costumbre ayuda más a discernir cuestiones morales que cualquier tratado de ética.

Un mal entendido igualitarismo nos ha hecho creer que todos somos iguales y por lo tanto también el valor de nuestras acciones, pero no es cierto. Somos, o deberíamos ser, iguales en dignidad y derechos, pero no necesariamente esa igualdad ciudadana nos calca en virtudes. Aplaudir y encomiar al que las practica no trae adjuntada ninguna desigualdad jurídica, lo que trae es un beneficio social incalculable. Conexada con la admiración está el buen ejemplo, el mejor proveedor de buenos valores. Hanna Harent explicaba que «los seres humanos decidimos nuestras nociones de lo bueno y lo malo en la selección de las compañías con las que desearíamos pasar la vida y de los ejemplos que nos aleccionan». En los textos educativos se cita permanentemente lo nuclear del ejemplo en el aprendizaje, pero con frecuencia se omiten ciertos presupuestos necesarios para que el ejemplo no pierda fecundidad pedagógica. Es cierto que todos los ejemplos ejemplifican, pero no todos ellos son ejemplarizantes. El ejemplo para convertirse en valioso instrumento de imitación necesita la ejemplaridad, una conducta que, en palabras de Javier Gomá, progenitor del término ejemplaridad pública y autor de una tetralogía dedicada a su estudio, puede formularse en un imperativo: «que tu ejemplo produzca en los demás una influencia civilizadora». Hace ya unos cuantos años yo escribí que el ejemplo es el único discurso que no necesita palabras. Tiempo después maticé que sin embargo sí se necesita saber qué palabras ejemplarizantes se quieren ejemplificar. Ahora añado que esta tecnología milenaria además requiere para su máximo aprovechamiento la mirada cómplice y asombrada del que contempla la acción ejemplar. Sin admiración la ejemplaridad queda mutilada de valor  para el que mira. Mira, pero no admira. Ve, pero no emula.  Observa, pero no hace.  Ojalá nunca estemos tan desentrenados del uso cívico,  o suframos la atrofia de la admiración, o  la colonización de la indiferencia, que nos ofusquemos para desemparejar lo admirable de lo miserable. Si nos desorienta algo tan antagónico, difícilmente distinguiremos entre lo bueno y lo mejor.



martes, julio 11, 2017

Aporofobia: aversión y rechazo al pobre por ser pobre



Obra de Cornelius Volker
Estos días estoy leyendo el ensayo Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós, 2017) de Adela Cortina. Aporofobia es el término con el que se describe el desprecio a las personas en situación de pobreza. Es un concepto acuñado por la propia Adela Cortina hace dos décadas. Mi mejor amigo y yo nos topamos con él en uno de sus artículos de aquellos días. Recuerdo que hablamos mucho al respecto y desde entonces esa palabra forma parte de nuestro vocabulario cotidiano. Aporofobia proviene del término griego áporos, sin recursos, y gracias a esta reciente palabra podemos referirnos a la animadversión que se vierte hacia una persona exclusivamente por el hecho de ser pobre. El ejemplo de la inmigración es paradigmático. Se rechaza al inmigrante pobre, pero incluso se sugiere cambiar la legislación del país receptor para que se instale a su conveniencia el inmigrante rico. En realidad, como señala Cortina, es repulsión al que está en una situación de debilidad, cruel estigmatización de los peor situados. El pobre se convierte así en abyecto objeto de repudio (que no sujeto, en tanto que no se le reconoce dignidad). Creo que también se podría tachar de aporofobia el denigrante discurso que vincula la pobreza no a una consecuencia económica y política de la escandalosamente desigual distribución de los recursos, sino a un fracaso personal, al demérito o a la escasez de esfuerzo y su subsiguiente ausencia de premio. Es el colmo de la pobreza y el cinismo de la riqueza: el pobre además de ser pobre es culpable de serlo. Se antoja harto difícil erradicar la pobreza del espacio compartido cuando un elevado número de los que comparten ese espacio creen que quien la padece es porque se la merece. Esta visión despolitiza el problema social de la pobreza y lo relega a asunto privado. Imposible así establecer escenarios de diálogo y deliberación en torno a la génesis de las tremebundas desigualdades económicas.

Se suele definir la pobreza como la incapacidad de establecer unos mínimos elementales para la protección y el cuidado de la existencia material. Esta afirmación es irrefutable, pero presenta una lectura muy reduccionista. En Sentimentalismo tóxico,  de Theodore Dalrumple,  se especifica  la pobreza como la situación en la que una persona recibe unos ingresos inferiores al sesenta por ciento de la renta media. Luego explica qué consecuencias trae adosada una pobreza crónica: menos esperanza de vida, mayor frecuencia de enfermedades, dolores y discapacidades sin acceso a un tratamiento, trabajo continuo y monótono que solo sirve para sobrevivir en pésimas condiciones, ansiedad e inseguridad sobre el futuro. La situación de pobreza  ratifica el Principio Mateo: «al que más tiene, más se le dará, y al que tiene poco, hasta lo poco que tiene se le quitará». La usurpación más severa de la penuria viene a continuación. Adela Cortina cita al Premio Nobel de Economía Amartya Sen para presentar la pobreza en su dolorosa totalidad: «la pobreza es falta de libertad, imposibilidad de llevar a cabo los planes de vida que una persona tenga razones para valorar».  La ausencia de recursos básicos provoca disturbios en todos los flancos de la experiencia humana, pero sobre todo en la construcción de un horizonte vital. La pérdida de lo más primario de la soberanía individual expulsa ferozmente del léxico la palabra proyecto. La pobreza y sus contemporáneos vecinos (la precariedad, la inestabilidad, la incertidumbre, la volubilidad, la indefensión, la pobreza salarial) desdibujan el presente poco a poco, pero su verdadera víctima es la desintegración de cualquier idea de futuro.

En Temas básicos de ética, Xabier Etxeberría ofrece una afirmación similar: «En la pobreza no hay más proyecto de autorrealización que el de sobrevivir». En La felicidad paradójica, Guilles Lipovetsky explica muy bien cómo la pobreza no es solo la insuficiencia de recursos económicos, sino vivir sumido en la carencia de autonomía y proyectos. Dicho con el vocabulario de la filosofía moral. Si no hay unos mínimos (condiciones y bienes materiales) que garanticen la supervivencia, no puede haber ningún máximo (proyectos personales de autonomía). El artículo 22 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos intuye esta condición y la convierte en derecho: «Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional y en conformidad con la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables para su dignidad y para el libre desarrollo de su personalidad». Hace poco un muy amable lector de La capital del mundo es nosotros me comentó que lo que más le había gustado del libro es cómo se transparentaba que sin un mínimo de recursos es inalcanzable la autonomía de cualquier sujeto. Ser pobre no es morirte de hambre, es que el proyecto en el que uno encarna su dignidad está muerto. 

martes, julio 04, 2017

Cuidar y ser cuidado



Obra de Javier Arizabalo
Cuidar y ser cuidado es un hecho consustancial a nuestra condición de seres que necesitamos a los demás para vivir una vida significativa. Nuestra debilidad es tan omnímoda que no nos valemos por nosotros mismos para prácticamente nada. Platón lo advirtió y en La República es tajante cuando escribe que «ninguno de nosotros se basta a sí mismo». Cualquiera que esté leyendo ahora este texto, además de provenir del cuerpo de otra persona, ha sido cuidado de manera explícita a lo largo de unos cuantos decisivos lustros, y de manera implícita todos los días hasta hoy. Somos seres tan sociales que no existe una realidad alternativa que contraponer a la sociabilidad. Nuestra indisoluble interdependencia hace que el cuidado forme parte intrínseca de cada uno de nosotros y se erija en la bóveda de clave de nuestra irrenunciable condición de existencias al unísono. Existir es una tarea muy compleja que exige tiempo completo, pero esa tarea quedaría muy destartalada, o se clausuraría en breve, sin el cuidado y el apoyo de los demás. Cuidarnos los unos a los otros es el sedimento natural de haber nacido, la evidencia de que no somos individuos insulares. El cuidado es la ayuda destinada a paliar las necesidades del otro sin que haya transacción económica de por medio. Esta apreciación es cardinal y la distingo de la profesionalización de los cuidados dirigidos a niños, ancianos y enfermos cuando esta cronófaga labor rebasa nuestras posibilidades. Cuidamos a aquellos con los que nos une el afecto y el afecto emana entre quienes nos cuidamos. Me atrevo a aventurar que cuidado y afecto son dimensiones gemelas. Como afortunadamente el afecto está blindado a la monetarización, el cuidado se ha invisibilizado como práctica social (realizada mayoritariamente por mujeres y minusvalorada secularmente por la mirada androcéntrica). También se ha opacado su gigantesca centralidad en el paisaje comunitario. Sin la constelación de los cuidados la vida tal y como la entendemos ahora sería impensable.

Se ha instalado un tropismo psicológico que conceptúa el cuidado como la asistencia al otro en exclusivos episodios de adversidad. El cuidado se relee como una fuerza de oposición a los sinsabores con los que la vida desordena nuestros propósitos o el itinerario pronosticado para nuestra biografía. Se entiende así que solamos emparejarlo con apaciguar los contratiempos más lóbregos con los que la vida ostenta jerarquía sobre nuestra existencia. Cuidamos al otro o nos cuidan a nosotros cuando una enfermedad sitia el organismo, cuando se avería alguna parte del cuerpo que interrumpe la autonomía, cuando la carne anciana convoca a la decrepitud o a la finitud, cuando nos vemos rodeados por la precariedad y la indefensión, cuando algo o alguien nos magulla el alma, cuando la reiterada violación de expectativas nos despierta peligrosísima astenia existencial. Sintetizando. El cuidado es el encargado de mitigar la miserias con las que ineluctablemente la vida ensucia o ensuciará nuestra estancia en el mundo. Me atrevería a decir que es sobre todo un suministrador de tranquilidad, el tesoro más preciado por cualquier ser vivo con capacidad de hacer predicciones.

Esta orientación unidireccional del cuidar escamotea las experiencias del gozo y el disfrute, aparta cualquier vestigio de alegría entre las tareas del cuidado. Existe una expresión coloquial que a mí me hace mucha gracia y que confirma esta unidimensionalidad: «Si te encuentras mal, sabes que puedes contar conmigo». Ante una invitación así, yo suelo responder: «Y si me encuentro bien, ¿también puedo contar contigo?». El matiz no es ocioso. Muchas personas sólo prestan cuidado para amortiguar la tristeza, pero lo repliegan para la alegría. Acuden a sedar la desgracia, pero no a propiciar la gracia. El sentimiento de la compasión nos enseña a diario que compartir la pena diezma la pena, pero compartir la alegría multiplica la alegría. El cuidado también es participar o hacer partícipe al otro de esta prodigiosa multiplicación. Iré más lejos todavía.  En el ensayo La capital del mundo es nosotros (ver) postulo que «cuidar al otro es hacerle poseedor de los Derechos Humanos, prestarle atención, expresar afecto, recepcionar su cariño y devolvérselo, establecer estructuras de equidad, compartir, hablar, hacer, reír, llorar, jugar, degustarse, mejorarse, ampliarse, compadecerse, ayudarse, solidarizarse, respetarse, considerarse, reconocerse, dignificarse». Se pueden añadir más verbos. Todos relacionados con la experiencia del goce y la conservación de la tranquilidad, todos vinculados con el ideal de vida que nos gustaría vivir. No hay mayor cuidado posible.

martes, junio 27, 2017

«Consideración, reconocimiento, amor», ahí está todo



Obra de Peter Blake
Con motivo de mi último artículo Humillar es humillarse (ver), contestaba a una lectora recordando que el antónimo de la humillación es la consideración. Es muy fácil explicar en qué consiste la consideración. Se trata del interés y el valor positivo que toda persona se concede a sí misma. Paralelamente ser considerado con alguien estriba en prodigarle ese valor en el marco de nuestras interacciones tanto directas o indirectas con él. Muchas veces la consideración se reduce a algo tan simple y a la vez tan complejo como prestar atención al otro, que nuestra mirada se pose en él y nuestras palabras se enreden inteligible y respetuosamente con las suyas. ¿Qué ha de poseer el otro para que le aprovisionemos de consideración? La respuesta es mecánica y simple: nada. El otro es un equivalente de nosotros mismos y un aliado en la aventura siempre en tránsito de humanizarnos. El hecho de ser un ser humano es requisito suficiente para ser tratado con consideración. Ser un ser humano lo dota de valor, y al ser valioso es digno, y al ser digno posee dignidad (el derecho a poseer derechos), y esa posesión de dignidad nos acarrea a los demás el deber de tratarlo con consideración. También ocurre a la inversa. Nuestra condición de personas nos amerita a que a nosotros nos traten del mismo modo. Adam Smith postulaba que «aspiramos a que nos observen, se ocupen de nosotros, nos presten atención con simpatía, satisfacción y aprobación. Que nos tomen en consideración es la esperanza más amable y a la vez el deseo más ardiente de la naturaleza humana». Cuando alguien me trata con consideración percibo el valor que ostento como individuo que soy.
 
Schiller escribió que el amor y el hambre dirigen el mundo. El hambre nos puede convertir en un competidor feroz en la sabana social, pero la necesidad de amor avala el deseo de encontrarnos con el otro. El amor testifica la sociabilidad. En su ensayo La vida en común, Tzvetan Todorov aclara que donde Schiller utiliza la palabra amor como una de las dos grandes palancas motivadoras de las acciones humanas, Rousseau habla de consideración, Hegel de reconocimiento y Adam Smith de atención.  En mi ensayo La razón también tiene sentimientos (ver) hablo de afecto, o de cariño, palabra sinónima que me gusta mucho pero que vive desterrada del vocabulario académico, y que yo defino como el nexo afectivo que anuda a dos corazones que sienten una afinidad y una aprobación recíprocas que los conecta con lo mejor de sí mismos para cuidarse, y que en su cénit llamamos amor. En ese nexo se estiman los valores que nos singularizan, las actividades, los propósitos, los ideales, las cosmovisiones, la forma de instalar la existencia en la vida. Mendigamos cariño y afecto de manera omnipresente, y todas nuestras acciones se subordinan en última instancia a que nos sigan queriendo los que nos quieren, y que nos quieran también aquellas nuevas personas con las que nos cruza la vida y que nos encantaría sumar al cupo de seres queridos. Todos somos solicitantes y surtidores de afecto, agentes y pacientes de cariño, cazadores recolectores pero también suministradores de consideración y reconocimiento. Buscamos la mirada aprobatoria, queremos que nos quieran, y para eso intentamos construirnos como sujetos valiosos.

Tanto la consideración que nos merecemos como el afecto que perseguimos están siendo suplidos cada vez más por el deseo febril de un reconocimiento que sin embargo difiere de ambas magnitudes. El reconocimiento confirma nuestro valor en la urdimbre social (reconocimiento de distinción, según Todorov, éxito, según la vaporosa terminología coloquial), pero apenas vincula con el afecto ni con la consideración. Hace poco mi mejor amigo me confesaba que «yo no quiero reconocimiento, yo quiero cariño». En las presentaciones de mis libros yo siempre afirmo públicamente que podría esbozar teorías muy filosóficas de por qué escribo, pero que en el fondo lo hago para algo tan sencillo pero tan relevante como que me quieran. Mientras que el reconocimiento pertenece al dominio público y se distribuye a través del estatus y la reputación (que la imaginación capitalista ha ligado a la división del empleo y a la pluralidad de ingresos que proporciona), el afecto opera en la esfera privada y su adquisición no proviene del trabajo remunerado, sino de valores inmateriales elicitados por el comportamiento: la bondad, la generosidad, la humildad, la ternura, el afecto, el cuidado, la preocupación, la gratitud, el respeto. Utilizando la célebre dicotomía de Erich Fromm, el reconocimiento vincula con el tener, el cariño conexa con el ser. Si confundimos reconocimiento con consideración, o reemplazamos el afecto por el reconocimiento, las acciones no venales perderían centralidad. Se privilegiarían los valores que son mercancía para el intercambio económico (bienes, servicios, propiedades, titulación, capacidad adquisitiva para el consumo). El credo económico habría logrado virar nuestro psiquismo hacia lo que lo perpetúa y ensalza. Un triunfo de la lógica económica. Una derrota de la vida afectiva.