martes, mayo 09, 2017

No es lo mismo ser listo que inteligente




Obra de Alyssa Monks
La semana pasada escribí un artículo titulado La bondad es el punto más elevado de la inteligencia. Muchos lectores comentaron (ver aquí) y compartieron conmigo la alegría que les había supuesto leer que la bondad cursaba con la inteligencia. Afirmaban que en un mundo cada vez más competitivo y afanado en la lógica depredadora de la razón económica la conducta bondadosa era catalogada de tonta, y les aliviaba toparse con un texto que defendía rotundamente lo contrario. A mí me resulta muy paradójico comprobar cómo los sentimientos de apertura al otro se malentienden como sentimientos ingenuos y poco funcionales, pero siempre y cuando esos sentimientos broten en el segmento público. En el reducto privado estos sentimientos (compasión, bondad, generosidad, amor, perdón, concordia, gratitud) son festejados como lo más excelso que anida en el alma humana. Me provoca perplejidad que, simplemente mutando el escenario, el mismo sentimiento pueda ser la aspiración más loable de un ser humano y simultáneamente la más inocente.

«¿Se puede ser bondadoso sin ser inteligente?», me preguntaba una lectora. Para responder a una pregunta así no nos queda más remedio que definir qué es la inteligencia (la bondad la desentrañé en el artículo citado). Como todas las grandes palabras, la inteligencia guarda varias acepciones, y la respuesta varía según cuál de ellas utilicemos. La inteligencia puede ser entendida como la capacidad cognitiva que al desplegarse sobre una actividad nos permite hacer una tarea concreta de manera resolutiva. Es habilidad y proceso a la vez. Pero la inteligencia también es la capacidad afectiva que nos va constituyendo como la persona que somos y nos va acomodando sentimentalmente en el mundo. No se trata de una actividad destinada a hacer, sino a ser. No posee valor instrumental, sino vital. Teniendo en cuenta ambas dimensiones, mi tesis es que la bondad te hace afectivamente inteligente y la inteligencia afectiva bien empleada te hace bondadoso. Este es el  motivo de que se pueda dar la paradoja de que una persona muy inteligente cognitivamente pueda ser poco o nada bondadosa. Para que la inteligencia, tanto la cognitiva como la afectiva, funcione correctamente es necesario que aplique en sus cálculos el pensamiento creativo, el pensamiento crítico y el pensamiento ético. Estos tres vectores marcan la diferencia entre el listo y el inteligente, según la elocuente terminología del lenguaje llano.

El listo posee envidiables tasas de inteligencia, pero está magnetizado para emplearla con pocos escrúpulos en exclusivo beneficio propio. Nada de los otros que oblitere sus intereses le conmueve, o se muestra perezoso y empatícamente laxo. El inteligente también abriga altas tasas de esa misma inteligencia operativa, pero, además de utilizarla para el interés propio, no se olvida de la importancia que supone que los demás asimismo puedan alcanzar sus intereses. Se preocupa de la suerte colateral del prójimo con el que le anuda la interdependencia. Por eso es mucho más inteligente que el listo. Cuando esta inteligencia se imanta de mirada ética hablamos de sabiduría. Michael Tomasello explica en las páginas de Por qué cooperamos el motivo para defender que estamos delante de una persona netamente inteligente: «Cuanto te brindo ayuda para que desempeñes tu rol también me estoy ayudando a mí mismo, pues el feliz término de tu actividad es necesario para el feliz término de la actividad común».  El listo sufre miopía para avistar el rédito mutualista, o para desearlo en el espacio comunitario del que sin embargo se nutre. En su ensayo Supercooperadores, el biólogo y matemático Martin Nowak postulaba que si en un ecosistema habitan muchos listos (él los denominaba parásitos, aquellos que solo aspiran a satisfacer sus intereses aun a costa de perjudicar el interés de todos) los inteligentes (los cooperadores) se acabarían convirtiendo en primos (aquellos que piensan en el interés común en un contexto en el que la gran mayoría intenta optimizar el interés privado). Con su conducta el listillo no transforma en tonto al inteligente, como divulga cierto discurso social. Sin proponérselo, el listo convierte al inteligente en un ser todavía más bondadoso y generoso.