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martes, abril 06, 2021

Cuando la inteligencia se trastabilla consigo misma

Obra de Seger Najjar

El ser humano es el animal que se jacta de ser un animal racional. Nuestra racionalidad es la facultad que tenemos para elaborar cálculos, balancear riesgos y beneficios, anticipar consecuencias, inventar el futuro, fijar metas, establecer juicios, hacer valoraciones, releer sentimentalmente cómo nos van las cosas, religar narraciones que conviertan nuestra biografía en un relato congruente, hallar motivaciones, elaborar sentido a nuestra infiltración en el mundo. Sin embargo, son tantas las veces que usamos mal la racionalidad, o directamente sorteamos su usabilidad, que si fuéramos honestos tendríamos que admitir que efectivamente el ser humano unas veces infiere de un modo racional, pero otras tantas lo hace de un mundo que contraviene categóricamente esta afirmación.  En Pensar rápido, pensar despacio (Debate, 2012), Daniel Kahneman dedica unos cuantos cientos de páginas a demostrar tras décadas de investigación cómo la inteligencia se trastabilla consigo misma en un sinfín de ocasiones al armar un juicio o adoptar una decisión. Cuando a nuestro cerebro le da por hacer auditorías sobre sí mismo o sobre los demás le interesa mucho más alcanzar un confortable estado de tranquilidad que realizar sofisticadas operaciones silogísticas. Si el cerebro no encuentra certezas por una excesiva ilegibilidad, o directamente porque hay sobreabundancia de opacidad, no se queda en suspensión, ni acepta sumisamente la indeterminación, ni asume su ignorancia, es decir, no reconoce el enorme volumen de desconocimiento con el que se topa cuando se pone a conocer algo. No, el cerebro no maniobra así. De forma mecanizada activa los resortes de la economía cognitiva y propende a procesar e inteligir la información de la manera más rápida y con el mayor ahorro energético posible para proseguir sin sobresaltos la gobernabilidad del cuerpo. El neurólogo Facundo Manes lo explica con su habitual sencillez pedagógica: «Nuestra mente hace asociaciones automáticas e ignora información contradictoria porque en un momento de la evolución esta característica ha sido funcional para la supervivencia». El cerebro anhela certezas para poder dedicarse cómodamente a sus cosas, y las anhela preferentemente sin la inversión ni de mucho tiempo ni de mucho denuedo. Normal que haga uso del prejuicio, una operación mental con la que ahorra una ingente cantidad de energía sin menoscabo de recibir una ingente cantidad de suposiciones atribuidas como certidumbres.  

En el Diccionario de la Real Academia se puede leer que un prejuicio es «una opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal». Esta definición me recuerda la de Gordon Allport, autor del clásico La naturaleza del prejuicio, escrito en los años cincuenta del siglo pasado: «Tener un prejuicio es estar absolutamente seguro de una cosa que no se sabe». En El animal social (Alianza Editorial, 2000), Elliot Aronson lo define como «actitud hostil o negativa hacia un grupo distinguible basada en generalizaciones derivadas de información imperfecta o incompleta». Como resultado de la conducta prejuiciosa estereotipamos. El estereotipo asigna características idénticas a los integrantes de un grupo sin tener en cuenta ninguna singularidad y variación personales. Es una táctica que permite recolectar datos de un modo económico y acelerado para que el cerebro sepa apresuradamente a qué atenerse. El verdadero peligro del prejuicio no es la genealogía de su composición, sino la extrema dificultad que supone deconstruirlo y demostrar cómo sus inferencias están mal estructuradas. En el incisivo La inteligencia fracasada (Anagrama, 2004), José Antonio Marina clasifica el prejuicio como un fracaso cognitivo que transparenta un mal uso de la inteligencia ejecutiva. «Se caracteriza por seleccionar la información de tal manera que el sujeto solo percibe aquellos datos que corroboran su prejuicio». A nuestro cerebro le disgusta enormemente admitir yerros en la creación de sus razonamientos, no le hace ninguna gracia saberse acreedor de deméritos cognitivos. Así que se incapacita a sí mismo para verlos. He aquí como el animal racional se comporta de un modo que invita a dudar de su racionalidad.

En La razón también tiene sentimientos (CulBuks, 2017) sostengo que «anclamos nuestra atención en aquella información entrante que corrobora nuestros pensamientos y se torna invisible aquella otra que pudiera argüirlos, o que nos obligue a repasar cabalmente la elaboración de nuestros juicios. Sólo nos apropiamos de aquella información que da crédito a nuestras elecciones previas». Toda idea que pudiera desdecir la naturaleza del prejuicio se soslaya o se considera fuera de lugar, y por tanto inútil como argumento que cuestione la rocosidad discursiva del prejuicio. Al prejuiciar acotamos aquella información que refrenda el contenido de lo prejuiciado y mostramos mucha reticencia a emplear aquella otra que lo contraste y lo ponga en crisis. El perjuicio por tanto se inmuniza contra las evidencias que lo desarbolan y se autoerige arrogantemente en saber experto. Marina pone un sencillo ejemplo. «Un racista solo recordará del periódico la noticia de un asesinato cometido por un negro, pero olvidará los cometidos por los blancos». Esta distorsión cognitiva se alimenta del heurístico de disponibilidad, la ágil disposición para recordar aquellos ejemplos concretos que ratifican nuestro prejuicio. Ahora se entenderá por qué no hay ni un ápice de hipérbole en la afirmación de Albert Einstein cuando atestigua que es mucho más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. La razón es sencilla. El prejuicio somos nosotros.


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viernes, abril 17, 2020

La inteligencia se mide por el volumen de incertidumbre capaz de soportar


Obra de Malcom T. Liepke
Hace unos días me preguntaban por qué hay tanta gente que necesita imperiosamente encontrar culpables y no concibe la presencia de acontecimientos alrededor de su vida sin la intervención explícita de una voluntad humana. En conflictología se insiste mucho en esta idea. La frecuente obnubilación de los actores en conflicto hace que en vez de rastrear soluciones dediquen toda su capacidad cognitiva y sentimental a la señalización de culpables y a la pureza de los motivos que les impulsa a concluir así. Encontrar culpables no elimina el conflicto, normalmente lo recrudece y lo cronifica, lo que no es óbice para que esa búsqueda presida mayoritariamente estos procesos. Esta derivada se puede contemplar estos días con la catástrofe vírica del covid-19. Es llamativo el afán de muchas personas de inculpar a un tercero por la pandemia que estamos padeciendo y las consecuencias que trae anexadas. Cuando uno se siente víctima busca la criminalización de alguien que brinde sentido a su victimización. El coronavirus como agente patógeno tiene un origen inatribuible a una intencionalidad, o sea, a nadie, y ese nadie choca frontalmente con la necesidad de un alguien que pretexte esa predicción y certidumbre a la que aspira el funcionamiento de nuestro cerebro en episodios de miedo, frustración, impotencia, abatimiento, duelo, resignación. Este afán de inculpación se agrava y se filtra todavía más en los imaginarios cuando simultáneamente la política folclórica persigue lo mismo en el adversario parlamentario en aras de extraer ventajismo electoral. 

Sabemos muy bien que cuando el cerebro no dispone de toda la información rápidamente suple ese vacío informativo con la elasticidad fantasiosa de las suposiciones. Se aprovisiona de economía cognitiva y sesga la realidad sin ningún remilgo epistemológico para que la realidad encaje perfectamente en los esquemas narrativos previamente redactados. En su ensayo Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahneman ilustra con ejemplos muy elocuentes este tropismo en la construcción de juicios. Ante un marcado déficit de certezas nuestra inteligencia se encarga de mirar allí donde se corrobora la suposición, que por tanto deja de ser un supuesto para releerse como evidencia, pero falla estrepitosamente cuando no se da cuenta de que la aparta inmediata e involuntariamente del sitio en donde el diagnóstico de la suposición es objetado y desbaratado. Se trata de un peligroso sesgo de confirmación. A esta inercia prejuiciosa la denominé hace años como Efecto Richelieu, y la desmenucé con una anécdota paradigmática de este sesgo atribuida al célebre cardenal. Nuestra atención solo se encamina hacia el lugar donde encuentra información que verifica lo que vaticina. En vez de admitir honestamente la ignorancia que albergamos sobre la vastedad de nuestra propia ignorancia, nos ufanamos de conocerlo todo aunque sea a expensas de levantar ficciones más empeñadas en su condición inculpatoria, o ansiolítica, o balsámica, que en su compromiso con lo veraz. Normal que abunden las teorías conspiratorias, los bulos, las tramas que hipotetizan relatos de hegemonía geopolítica, las tesis de imbricados complots, las confabulaciones distópicas, etc. Nos cuesta aceptar que a la vida no le importa lo más mínimo nuestra vida, que una amenaza inintencional puede llevarse por delante nuestra existencia, esa a la que al parecer el coronavirus le ha devuelto su condición vulnerable y mortal.  

Nuestro cerebro tolera tan mal la falta de certezas que Kant llegó a afirmar que la inteligencia de un individuo se puede medir por el volumen de incertidumbre que es capaz de soportar. Esta incertidumbre se amontona de manera muy variada pero muy persistente en nuestra vida. Ahí están la impredicibilidad (la comparecencia de algo que no se podía augurar), la aleatoriedad (lo azaroso como prescriptor biográfico goza de mucha más centralidad en nuestras vidas de lo que somos capaces de admitir), la contingencia (la posibilidad de que las cosas sucedan o no, y que no pasa nada ni por lo uno ni por lo otro), la imponderabilidad (los sucesos que no tienen cabida en nuestras programaciones y que por tanto nos pillan siempre de imprevisto), lo accidental (un acontecimiento adverso independizado de nuestra voluntad pero que altera la regularidad en la que se intenta acomodar nuestra vida ordinaria), lo arriesgado (cursos de acción que pueden salir bien o malograrse al interponerse en su trayectoria un actor o actores con intereses incompatibles con los nuestros). A lo largo de su historia el ser humano ha inventado una retahíla de sustantivos que sirven para dar respuesta a las interrogaciones en las que no encontró respuesta. Son comodines conceptuales o imaginaciones empalabradas para que las piezas encajen cuando precisamente no hay forma humana de ensamblarlas. Confundir opiniones acríticas con hechos concretos y creencias confortables con certezas acérrimas predispone al dogmatismo, al fundamentalismo, a lo prejuicioso. Estos días de cuarentena es fácil descubrir comodines y sesgos por todas partes. Lo difícil es aceptar que estamos infectados por ellos y que se propagan con la misma celeridad que la pandemia que tratamos de combatir con el aislamiento social. Esta es su fortaleza. Este es su corrosivo peligro.


* Este texto aparece íntegramente en el libro editado en papel Acerca de nosotros mismos. Ensayos desde el confinamiento (Editorial CulBuks, 2020). Se puede adquirir aquí.
















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