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martes, enero 31, 2017

Cuando el amor es líquido, el miedo es sólido

Obra de Enrique Collar
Para que el sistema productivo genere necesidades ficticias que cubran su cada vez más gigantesca oferta se necesita volatilizar el deseo. Esta cultivada fragilización se ha propagado tentacularmente a todos los círculos de la vida. Da igual si nos encontramos en el segmento público o en el ámbito privado. En las páginas de Vigilancia líquida, Zygmunt Bauman explica cuándo se produjo el Big Bang que nos depositó en este nuevo paisaje: «la gran ruptura en el progreso de la sociedad de consumo fue el paso de la satisfacción de las necesidades (es decir, de la producción que responde a la demanda existente) a la creación de necesidades (es decir, el ajuste de la demanda a la producción existente) mediante la tentación, la seducción y el incremento del deseo». Para lograr esta subversión fue necesario operar sobre la capacidad deseante de las personas con el fin de excitar su insatisfacción. La manipulación del deseo para que secundara una mutabilidad trepidante en aras de satisfacer la oferta productiva contaminó todos los deseos. Y debilitó nuestros vínculos. El amor es una de las víctimas de la labilidad del deseo. El amor no es estrictamente un sentimiento, es un deseo que elicita una panoplia de sentimientos y actividades en el binomio amoroso. Como el deseo en la hipermodernidad es evanescente, el deseo del amor también. Bauman bautizó a este nuevo hábitat afectivo como amor líquido, una parcela significativa del mundo líquido que topografió con tanta lucidez. José Antonio Marina se refiere a este tipo de amor como amor mercurial. Rojas Marcos lo bautiza como amor eólico, término que me gusta mucho, pero no la explicación esgrimida que adolece de la falta de muchos matices. Según la taxonomía desgranada por Steinberg en El triángulo del amor, podríamos referirnos a este amor como una miscelánea de amor romántico y amor insensato. Relaciones flotantes expuestas al vaivén del deseo inconsistente.

La emancipación del marco colectivo de la vida en pareja, su autonomización y desvinculación de la esfera religiosa, fue un avance que benefició al amor. En épocas pretéritas había fidelidad a la relación marital, pero no necesariamente al amor. Ocurría que si el amor periclitaba, la relación, que era la osamenta civil del amor, continuaba en pie, aunque estuviese huera. Surgían así cautiverios en los que la conducta privada se asfixiaba bajo el peso de lo institucionalizado. Desarticular la presión social y la normatividad sobre la vida compartida trajo la consagración del amor, pero en su dorso también trajo, debido a la exacerbación del deseo en todos los ámbitos, la debilitación del vínculo. Como cualquier unión puede deshacerse en cualquier momento, empleamos tanta energía en vivir la relación como en habilitar la salida de incendios para evitar que esa relación no nos provoque quemaduras de cierto grado en caso de que termine. Para tramar una salida de emergencia es necesario pensar en la conclusión de la relación y por supuesto en negarle todos los recursos, que habrá que repartir entre la vivencia de la relación y una alternativa por si la relación fenece. Es harto difícil madurar una relación si flota permanentemente la idea de su defunción. El pacto amoroso se puede derogar, el contrato rescindir, el deseo se puede disolver, y esta realidad, verificada por la sucesión monógama de parejas efímeras, o por una colección de fracasos y sufrimiento, es un fértil territorio para la desconfianza y la cautela. Puesto que cada vez nuestros deseos son más mutátiles, la fidelidad al deseo del amor trae en su anverso el recelo a la relación amorosa. He aquí la paradoja.

La plausible lealtad al amor se ha convertido en un problema nada trivial. Al ser el deseo tan volátil, esa fidelidad es líquida. Hoy es sí, pero mañana por la mañana no sé. En La capital del mundo es nosotros yo retraté esta tesitura y el increíble paralelismo que mantiene con los contratos temporales que se firman actualmente en el ecosistema laboral. Fluctuamos entre lo renovable y lo revocable. El amor vincula con lo más integral de nosotros, y si ese amor se puede revocar en cualquier instante, el miedo se instala en las estancias más profundas del ser que somos. Miedo a ser un amante de paso, a ser víctimas de la trashumancia de las relaciones, de un deseo que se enciende y se apaga aceleradamente ante la llegada de otro que procure la paradisíaca efervescencia de las inauguraciones sentimentales. La socióloga del amor Eva Illouz defiende esta tesis en el formidable Por qué nos duele el amor. En su ensayo De la ligereza, Guilles Lipovetsky habla del miedo a que nos conviertan en «una subjetividad canjeable». También hay miedos en la dirección contraria. Miedo a cargar con el otro al que, si nos comprometemos con él, le otorgamos el derecho a reclamar el cumplimiento de lo que prometimos. El antídoto profiláctico contra la posible decepción o contra la posible reclamación es limitar la inversión sentimental en el proyecto, o directamente descartar que se trate de un proyecto. Así que nada de promesas, nada de compromisos, nada de grandes inversiones afectivas, nada de dibujar horizontes en común. Entramos en un bucle mórbido bajo la constatación de que la anorexia del amor provoca obesidad en el miedo a la relación. Si el vínculo adelgaza, los temores cogen inmediato sobrepeso. Y si los temores engordan, el vínculo enflaquece todavía más. Panorama poco halagüeño a la vista.



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