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lunes, junio 08, 2015

Contigo soy más



El título del artículo de hoy es una refutación que escribí hace ya ocho años en un libro dedicado a desmontar tópicos. También es el estado que figura en mi wassap. En las páginas de aquel ensayo traté de demostrar que la afirmación «sin ti no soy nada» encierra una sonoridad lírica ideal para acariciar los oídos, pero un análisis sosegado de su verdadero contenido semántico demuestra que conducirse así hace tambalear interacciones sanas. Mal asunto que una relación se sostenga en una conclusión en la que uno de sus miembros sale tan mal parado. No niego la necesidad humana de interdependencia (somos existencias vinculadas a otras existencias y no podemos ser de otra manera), pero sí cuestiono una interdependencia que patentiza tanta asimetría y delata la depreciación de una de las partes. Uno tiene que construirse como un sujeto valioso al que luego puede anudar la valía de otro sujeto. Esa valía puede ser afectiva, creativa, intelectual, identitaria, sentimental. Compartirla quizá despierte energías adormecidas, afiance la autorreferencia de la propia eficacia,  ayude a que los ojos del otro permitan releernos con un sesgo que nos mejora, que la presencia y el estilo sentimental de la otra parte posea efectos multiplicadores en nosotros. Todo muy diferente a la desoladora idea de que la posible ausencia de esa persona nos convertiría en una momificada nada. Colegir que la privación afectiva de alguien nos reduce al esclavizante rango de nada es una aseveración muy dramática. Acaso satisfaga el tremendismo que requieren algunas situaciones límite, pero devalúa al que la pronuncia.

El amor es un sentimiento que aglutina muchos sentimientos para desembocar en el deseo de querer hacer con otra persona un copioso repertorio de acciones. «No me digas que me quieres, dime mejor qué quieres hacer conmigo», es una sencilla prescripción que evitaría muchos equívocos emocionales y la utilización de frases hechas como la que nos ocupa. Hace tiempo Amaral publicó una exitosa canción que se titulaba así, Sin ti no soy nada, cuyo estribillo empaquetaba esta idea con una insistencia musicalmente tan hermosa que la acorazaba de picajosas objeciones. No es descabellado pensar que muchos han elevado ese estribillo al arrullo más repetido en momentos de amartelamiento. «Sin ti no soy nada» es la conclusión de un silogismo que suele acampar en el argumentario de muchas parejas, sobre todo de aquellas que buscan un eslogan que desbroce el siempre díscolo lenguaje sentimental. La arquitectura discursiva de esta idea parece indicar que cuanto más insignificante es uno sin la presencia del otro, más demuestra lo mucho que lo quiere. Anclar una biografía a otra biografía por semejante motivo no vaticina horizontes amables. Otra cosa muy distinta es cobrar conciencia de que «sin ti me convierto en una versión miniaturizada de mí mismo». O dicho en un tono positivo, alegre, que habla bien de uno y que se aproxima más a lo cierto: «Contigo soy más».