En el folclore lector y en el universo de las personas letraheridas se suele afirmar que leer es un placer. Como todas las aseveraciones categóricas, esta afirmación merece matices. A veces leer es una práctica muy placentera, pero en otras ocasiones no es así, incluso en algunas circunstancias desfavorecedoras puede llegar a ser un momento tortuoso. Leer deviene placer cuando ha arraigado el hábito de la lectura, pero puede resultar una agonía si se trata de una práctica aislada o perpetrada de manera puntual por exigencias utilitaristas. Para quien ha adquirido el hábito, leer sí es un placer, por supuesto. Es una experiencia fruitiva, pero también constitutiva. En realidad, no leemos, nos leemos a través de lo que leemos, y mientras nos leemos nos escribimos, vamos sedimentándonos en una narración que convierte la contingencia de lo que nos acontece en un relato que intenta sujetar lo incierto y la imprevisibilidad que nos circunda. Gracias a esta capacidad narrativa nuestra vida muta en una biografía.
Ante la inminente llegada del precioso Día del Libro este jueves 23 de abril, hay que ser precavidos en la idealización de la lectura (leer no nos hace mejores personas como predica quienes militan en los libros) y en su
demonización (leer no sirve para nada). Cabe puntualizar que leer no nos hace virtuosos, nos
hace virtuosos comportarnos con virtud. Pero también conviene rebatir que afirmar que leer no sirve
para nada es una enmienda a la totalidad absolutamente falsa. La
infravaloración de los saberes prácticos en favor de los saberes
instrumentales y técnicos ha perjudicado notablemente la merecida valoración de la
lectura. Llevamos varios decenios desdeñando la utilidad de lo inútil, por emplear el juego de palabras esgrimido irónicamente en el célebre libro de Nuccio Ordine. Aunque es una aburrida redundancia, hay que constatar una vez más que la lectura va mucho más allá de esas funcionalidades cuantificables e inmediatas que tanto idolatran los feligreses del dataísmo y la medición burocrática. Si la cultura es como el aire que respiramos, tal y como afirma Antonio Monegal en el libro que le hizo merecedor del Premio Nacional de Ensayo, la lectura es el alimento que ingerimos sin ser muy conscientes de que nos estamos alimentando. La lectura es una generosa proveedora de herramientas lingüísticas con las que poder organizar mejor la realidad. Facilita nuestra condición de seres narrativos. Abastece al cerebro de su nutriente natural. Configura nuestra persona como el resultado de
una ilación semántica y relacional que demanda sentido y congruencia y cuya construcción solo es posible con el concurso crítico del verbo. Cuando nacemos y abandonamos el útero materno llegamos a un útero cultural que el lenguaje atestigua, y que solo
podemos entenderlo recurriendo a él. Advenimos a un mundo empalabrado, y serán las palabras las que colaboren a instalarnos en él. La lectura es imbatible para este cometido.
La práctica lectora fomenta la atención, la pausa, el recogimiento, la concentración, dimensiones muy dañadas por la celeridad del mundo y la voracidad de los tiempos exigidos por la productividad y la extracción del beneficio económico. Cada vez es más difícil poseer soberanía sobre grandes cantidades de tiempo, y leer requiere no solo tiempo, sino tiempo de calidad. La falta de soberanía sobre nuestro propio tiempo es el gran escollo de la vida vivible. Lo podemos sentir cuando la lectura nos devuelve esa potestad, aunque sea momentáneamente. Pero aún hay mas. Leer estimula la memoria y la imaginación, dos elementos cognitivos que instan a no resignarse a admitir que el mundo es como es y no puede ser de otra manera. La memoria certifica que la realidad humana fluye y muta de manera permanente, una constatación que nos protege de ese pesimismo complaciente en insistir que nada se puede cambiar. Pensar es ante todo concebir posibilidades, y toda posibilidad es la constatación de que todo es susceptible de ser mejorado (también empeorado). Resulta muy curioso cómo la doctrina neoliberal insiste en que a través del esfuerzo cualquier persona puede convertir su vida en aquello que desee, pero es refractaria a admitir que el cambio pueda plasmarse también en la organización social. Leer nos pone en contacto con
las ideas y los sentires de personas que escapan a nuestra esfera de
actuación. Es un ejercicio insuperable para agregar a los demás en los
diálogos que entablamos con nuestra interioridad. También para conversar con lo posible. No hay instante más subversivo que aquel en que las palabras aproximan el mundo que declaran al pronunciarse como posibilidad. Buen Día del Libro 2026.
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