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jueves, marzo 06, 2014

Yo es otro



Obra de Rene Magritte
Siempre me ha fascinado el verso del jovencísimo Arthur Rimbaud en el que afirma que «yo es otro». La primera vez que lo leí siendo adolescente no lo entendí, pero su enigmática contradicción quedó reverberando en las paredes de mi cabeza. Hace muchos años mi mejor amigo y yo nos reíamos a menudo con otro tic lingüístico que apuntalaba la definición de Rimbaud. Lo habíamos encontrado leyendo un libro de relatos de Benedetti, en el que su autor, que no dejaba de hacer piruetas con la elasticidad del lenguaje, en un momento dado en vez de hablar a secas  de  «yo»  citaba al yo acompañándolo de otro yo.  Acabábamos de descubrir la todopoderosa expresión «yo y yo». Aquel hallazgo nos sirvió a mi amigo y a mí  para aquellos días hablar con absoluta precisión no exenta de comicidad. Recuerdo todavía las risas cuando soltábamos perlas como la descriptiva «esta semana yo y yo nos hemos llevado bastante bien». Esta mañana continuando la lectura del ensayo de la escritora y exploradora del cerebro Siri Hustvedt me encuentro de nuevo con esta misma idea: «En la memoria autobiográfica nos convertimos en otro para nosotros mismos».  Creo que se puede matizar que no sólo en la memoria episódica se produce este desdoblamiento, sino en cualquier instante en que opera la dimensión autorreflexiva. Necesitamos la duplicación del yo que se clona en su igual para dirigirse la palabra.

Al hablarnos, al observarnos, al aplaudirnos, o al mortificarnos, surge un yo que habla a otro yo.  Para señalar  el peligro que supone el abuso de instrospección, tan repetido por los expertos, yo empleo siempre el verbo merodear. «Olvídate de ti, deja de merodearte», es la prescipción con la que suelo concluir conversaciones en las que sin saber muy bien cómo al final aparece el tema de la felicidad. También me la repito a mí mismo muchas veces. Es palmario que si uno se merodea a sí mismo es porque se convierte en merodeador y merodeado a la vez, en el yo y yo de la feliz expresión de Benedetti. Lo escribí en el último artículo, pero lo repito aquí. Podemos dar el paraguas nominal que queramos a ese yo hablando a otro yo, pero a mí a me gusta definir el alma como la conversación que entablamos con nosotros mismos hablando a cada instante de lo que hacemos a cada minuto. Al relatarnos nos desgajamos de nosotros para paradójicamente poder formar parte de la narración. Es un portentoso ejercicio de funambulismo, una jugada de la inteligencia que nos duplica. La posibilidad de que yo sea otro, lo que susurró en aquel enigmático verso Rimbaud. El autor que con diecinueve años había dejado por escrito lo acontecido una temporada en el infierno.



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