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martes, enero 13, 2026

La ley del más fuerte

Se le atribuye al gánster Al Capone la siguiente afirmación: «Puedes llegar mucho más lejos con una palabra amable y una pistola que solo con una palabra amable». Nos encontramos ante una máxima en la que la bondad discursiva se subordina al lenguaje de la fuerza siempre propenso a crear relaciones verticales de dominio. Según el cinismo pragmático de este aserto, en los asuntos friccionales la palabra alberga cierta utilidad, pero solo atesora genuina eficacia si aparece escoltada por una amenaza creíble de daño en caso de que esa misma palabra sea desatendida, puntualizada o impugnada. Lo que nos enseña Al Capone es que cuando en una interlocución se advierte que el desacuerdo comporta consecuencias fatídicas, las palabras se cargan de convicción para su destinatario. La amenaza del uso de la fuerza o la punición de la violencia encierran en una falsa elección al interlocutor, al que tácitamente se le ofrece una disyunción carente de disyuntiva: «o aceptas mi propuesta, o  de lo contrario tendré que hacer uso de la fuerza para que la aceptes».   

En muchos seminarios y talleres he utilizado este ejemplo de Al Capone para preguntar si la lógica que trata de implantar es realmente eficaz en la vida ordinaria compartida. Mayoritariamente las personas niegan la solvencia operativa de este dinamismo coaccionador. Entonces, les pregunto, ¿por qué se recurrriría a la violencia si la violencia no reporta réditos, como estáis postulando? Lo que propone Al Capone es lo mejor para él, pero es lo peor para todas, si todas las personas secundamos su prescripción. La imposición coercitiva instiga una lógica de suma cero que encona a las personas y disuelve los vínculos afectivos y comunitarios imprescindibles para crear espacios cívicos en los que se expresa una vida democrática. Quien decide proponer este escenario tiene que saber anticipatoriamente que todo lo que se construye con coacción solo puede mantenerse con más coacción. En casos así el imperativo categórico que propone Kant es tremendamente esclarecedor para averiguar si hay racionalidad ética o no en nuestra forma de vehicularnos: «Actúa de tal manera que el principio de tu acción sirva a la vez de ley universal». Después de analizar las especificidades y particularidades de la situación que tratamos de resolver, ¿la resolución que hemos decidido implementar adecentaría el mundo si todo el mundo la aplicara también, o lo degradaría convirtiendo la convivencia en un hito imposible de alcanzar?  

Hace unos años publiqué un libro titulado El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Este título nació una mañana mediterránea en la que me dediqué a pensar una definición de diálogo con la que abrir una conferencia en un congreso al que había sido invitado. Pensé que una forma de captar la atención del auditorio de manera inmediata sería definiendo que el diálogo es el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Evidentemente este triunfo no ocurre en todas las ocasiones, y cuando ocurre siempre es provisional, precisa actualizarse sempiternamente. Sin embargo, su contracara, el triunfo de la fuerza sobre la inteligencia, sucede cuando la decisión adoptada beneficia de manera arbitraria solo a una de las partes en detrimento del bien común al que aspiran todas las demás. Por eso se recurre a la fuerza, o se conmina con emplearla. Conviene traer a la memoria que la fuerza puede trastocar la conducta de una persona, pero no su voluntad. Ese es el motivo de que ante una amenaza las personas se vean forzadas a actuar en contra de su consentimiento, pero sin la cooperación de la voluntad de las personas se torna inviable construir nada digno y próspero con ellas, con quienes sin embargo la interdependencia propia de la vida humana nos obliga a compartirnos. El mundo solo se humaniza cuando se construyen contextos y situaciones bien avenidos (paz positiva, conglomerado de sentimientos de apertura al otro, sensación de equidad) en que una persona, organización o estado puede decir no a algo que juzga injusto sin que nada ni nadie peligre por ello. Lo contrario es la barbarización. La acivilidad. La fuerza.




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