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viernes, octubre 30, 2015

La convicción


Pintura de Alex katz
Acaba de echar a rodar la decimotercera edición del curso de Especialista en Mediación de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla (UPO). El curso lo impartimos docentes de la Escuela Sevillana de Mediación dirigida por Javier Alés y Juan Diego Mata. Hace unos días compartí con los alumnos mi primera de las varias clases que daré a lo largo del curso.  Intenté demostrar dos principios críticos en la gestión y resolución de las diferencias que nacen de ese destino irrevocable para cualquiera de nosotros que es la convivencia. El primer elemento rector es que en situaciones de interdependencia es literalmente imposible alcanzar una solución si no se cuenta con la cooperación de la otra parte. Un escenario de interdependencia es aquel en el que uno no puede satisfacer un interés de manera unilateral. Necesita la participación del otro, y no una participación cualquiera, sino llena de singularidades. De no ser así, el conflicto se podrá terminar, aunque no solucionar. Concluir un conflicto y solucionarlo pueden parecer semánticamente términos análogos, pero no lo son. Muchos conflictos se terminan sin solucionarse y es una mera cuestión de tiempo que vuelvan a erupcionar. De ocurrir así, su erupción será más virulenta. Recuerdo una metáfora de Siri Hustvet en su novela El mundo deslumbrante que me sirve ahora para ilustrar aquí la imagen de los conflictos cerrados en falso: «las hojas dejan de  moverse justo antes de una gran tormenta». Un conflicto terminado pero no solucionado tiende a «volcanizarse» y a «balcanizarse». Nada recomendables ambos escenarios.

El segundo gran principio engrana con el primero. La dimensión cooperadora y sobre todo el compromiso de mantenerla sólo se conquista con la emergencia de la convicción (a mí me gusta recordar que una negociación no persigue un acuerdo, sino el compromiso de respetar el acuerdo alcanzado). Aquí podemos rotular el epicentro de todo. Ni imposición, ni manipulación, ni coerción, ni convención, sólo la convicción como génesis de la solución de un problema entre dos o más personas, instituciones u organizaciones. En la clase cité una hermosa reflexión de Malala, premio Nobel de la Paz en 2014, la niña paquistaní que con doce años recibió un balazo que le atravesó la cara rozándole un ojo y cuya bala huyó milagrosamente por uno de sus hombros. Los talibanes la quisieron asesinar porque desobedeció el mandato de no ir más a la escuela. Malala siguió yendo todos los días. Entonces defendió que «se consigue más con un lápiz que con una pistola». La explicación es sencilla. Las palabras encapsuladas pacífica y educadamente llevan en germen un poderoso poder transformador, un dinamismo demiúrgico, una inercia creadora. Una palabra puede cambiar el cerebro del que la almacena y puede modificar el cerebro del que la recibe. En esta realidad y en la preciosa y sucinta afirmación de Malala se cimenta toda la arquitectura de la convicción. A explicarla me dediqué el resto de la clase. Tangencialmente haré lo propio el resto de clases.



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martes, octubre 27, 2015

Humillar al otro es humillarte a ti



Face, de Vianey
En uno de los pasajes del revelador y recientemente publicado ensayo Capitalismo canalla, su autor, el profesor de Sociología de la Complutense César Rendueles, afirma que la lógica de subordinación y algunas de sus propensas conductas de humillación que se toleran en los lugares de trabajo serían impensables en cualquier otra parcela de nuestra vida. La explicación de esta tolerancia es muy sencilla. Al no tener otra alternativa de subsistencia que la asalariada, y comprobada la brutal carestía de empleos y la masiva demanda de ellos, aceptamos en los dominios laborales abyecciones cotidianas destinadas a magullar nuestra dignidad con tal de mantener el puesto de trabajo. En la literatura de la negociación esta situación se denomina negociación desigual, nacida de una paupérrima capacidad de presión sobre la contraparte. Pero yo quiero colocar la lente reflexiva en otro ángulo de observación. La pregunta que a mí me borbotea en un escenario así es por qué alguien desde el blindaje de la jerarquía sojuzga a un semejante. Desde visiones éticas es algo no sólo reprochable, sino incomprensible. En el aforismo 135 del libro Aflorismos,  Carlos Castilla del Pino explica por qué lacerar la dignidad del otro es atentar contra la propia: «Respetar al otro es respetarse. No hay manera de sentirse digno faltándole al respeto a alguien. Porque el otro soy yo, no por consideraciones morales sino porque, de hecho, ese otro es el que me hace ser. En suma, el otro no es ni siquiera mi prój(x)imo: soy, en parte, yo». De este modo degradar al otro es degradarme a mí. Más degradación todavía si me aprovecho de un contexto de vulnerabilidad y sumisión en el que mi conducta ominosa no puede ser objetada por quien la padezca. 

Casualmente la semana pasada leí en las páginas de Ciencia del diario El País una entrevista a Michael Tomasello. Se trata de un investigador norteamericano y profesor de Antropología cuyo ensayo Por qué cooperamos a mí me ayudó mucho para el proyecto educativo Pedagogía de la cooperación. En la entrevista le preguntaban por qué, aunque seamos cooperadores y competidores simultáneamente, muchas personas no se preocupan de tratar a los demás de un modo justo. La respuesta de Tomasello fue muy perspicaz: «Eso puede suceder, sí. Otra forma de pensar sobre ello es fijarte en cómo tratan a sus amigos y su familia. Incluso gente que es muy competitiva en otros contextos, como en los negocios o donde sea, son muy generosos en su entorno de amigos y familia». Surge aquí otra pregunta inevitable. ¿Cómo es posible que alguien pueda ser en unas situaciones tan amable y ser luego tan despiadado en otras? La respuesta de Tomasello es de una sencillez parvularia: «Lo que pasa es que estas personas juzgan de manera distinta qué condiciones aplican a las personas que pertenecen a su grupo y a las que no». 

En esta respuesta se encierra la perentoria necesidad de educarnos en aspectos cardinales vinculados a las Humanidades. Necesitamos tomar conciencia de que todas las personas formamos parte de un mismo y mancomunado proyecto. Hemos advertido que convivir es mucho más enriquecedor que simplemente vivir. Hemos querido dejar deliberadamente atrás la selva y civilizarnos al considerarnos sujetos valiosos y por tanto acreedores de una dignidad cuya validez descansa en que todos la consideremos recíprocamente intocable e inalienable. Deberíamos tratar al otro con la misma consideración que solicitamos para nosotros porque el otro también somos nosotros (puesto que con él compartimos la ficción malabar de la dignidad y nos necesitamos mutuamente para convertirla en real). El respeto que el otro muestra por mi dignidad y yo por la suya hace que la dignidad deje de ser una ficción y se convierta en un valor que dirige y eleva nuestra conducta. Si se extingue la conciencia de interdependencia, si suprimimos la vinculación afectiva o la capacidad empática con quienes no compartimos proximidad física, si no sentimos que los fines de los demás son mis propios fines y viceversa, si nos sentimos inconexos del contrato social y ético que es la convivencia, es muy sencillo caer en la inercia de humillar al otro y cosificarlo como medio para nuestros intereses. Pero si fortalecemos la conciencia de un proyecto compartido llamado Humanidad, se incrementan mágicamente las posibilidades de ver en el otro una prolongación de nosotros mismos y de comportarnos conforme a ese hallazgo. A todos nos atañe fomentar unos escenarios u otros sabiendo qué consecuencias traen anexionadas. O colaboramos con el macroproyecto o lo saboteamos. No hay más opciones para nuestro comportamiento.



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jueves, octubre 22, 2015

Tiempo remunerado / tiempo libre


Paseo, de Didier Lourenço
Por increíble que parezca existen personas que poseen dos vidas. Yo siento decepcionar a los que de vez en cuando se dan un paseo tranquilo por este Espacio Suma NO Cero, porque confieso públicamente que solo dispongo de una. Cuando señalo que existen personas que dan simultánea hospedería a dos vidas, no estoy esgrimiendo una hipérbole, lo único que hago es repetir con rigurosa literalidad sus propias palabras. Los propietarios de dos vidas suelen emplear la expresión vida profesional en contraposición a su vida personal, o a la inversa, como si efectivamente hubieran logrado la proeza biológica de multiplicar o dividir por dos la experiencia de estar vivo. Los que se relatan a sí mismos desde el ángulo de observación de sus dos vidas suelen citar mucho todo lo relacionado con su vida profesional, aunque sea para quejarse de la vampirización que esta vida aplica a la otra vida. Esta multiplicación o división de la unidad indisoluble que es vivir puede provocar situaciones controvertidas. ¿Es vida personal o es su antagonista levantarse todos los días para ir a trabajar? El café con tostadas de la mañana, ¿es un café para que coja fuerzas la vida profesional, o se trata de un simple tentempié para que espabile la vida personal? Por muy evidente que sea que en el ecosistema laboral uno elige qué quiere compartir y qué contenidos considera apropiados o no para conversar con sus compañeros, cuando uno entra en el lugar de trabajo, ¿quién es el que realmente se mete hasta allí dentro? ¿Se puede dejar a la persona que somos en el recibidor y a la vez acercarnos hasta la mesa donde nos espera una jornada por delante? 

A mí me gusta emplear la distinción más razonable de tiempo remunerado y tiempo libre. Resulta difícil separar estas regiones de tiempo en un mundo en el que cuando alguien te pregunta qué eres en realidad te está preguntando en qué trabajas. Esta coloquial sinonimia delata con sencilla transparencia que los resortes identitarios de una persona y su cotización en los entramados sociales se abrazan a su destino laboral. Lógico que se haya instalado en la producción de significados compartidos el sofisma de que el trabajo dignifica, cuando paradójicamente es por la obtención de un trabajo cada vez más escaso y después por no perderlo cuando más fácil y más personas la pierden. La nueva retórica ha colonizado el imaginario hasta el extremo de que mucha gente utiliza el término absoluto vida adosándole un adjetivo para referirse a la realización de un menú de tareas retribuidas, por muy absorbentes y por mucha capacitación que exijan. Puesto que a diferencia del tiempo libre (y por eso precisamente se llama así) el tiempo remunerado es tácitamente obligatorio (aunque luego uno intente elegir o competir con otras personas en qué ocuparlo), si realmente queremos obtener información valiosa de una persona, no le preguntemos en qué trabaja, sino qué hace cuando no trabaja. Si queremos hacernos una idea del tipo que tenemos delante, no intentemos averiguar que piensa, sino qué desea; no nos detengamos en sus palabras, sino en lo que deletrean sus actos. Como todas estas verificaciones requieren una inversión muy elevada de tiempo y energía, tendemos a economizar calibrando rápidas asociaciones para convencernos de que sabemos algo de alguien simplemente porque ahora ya sí hemos conocido cómo rellena su tiempo remunerado. Leyendo hace unos días el libro de aforismos que publicó Carlos Castilla del Pino con el genial título de Aflorismos, me encontré con uno tremendamente perspicaz: «Diferenciar entre quién se es y qué se es. Lo segundo es accesorio y, como tal, perecedero». Pura pedagogía.



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martes, octubre 20, 2015

Sentir para saber, saber para sentir


Pintura de Keiyno White
Recuerdo una objeción a un artículo en el que escribí que los sentimientos son el cálculo informativo del grado de incursión de nuestros deseos en la realidad. Un lector dejó un comentario en el que se quejaba de por qué hay que complicarlo todo tanto, que dejemos que el corazón se manifieste por sí mismo, que hay que pensar menos y sentir más. Esta aparentemente inocua objeción transparenta el enorme batiburrillo conceptual y semántico que existe en torno a las emociones y los sentimientos. La mayoría de las veces los utilizamos como sinónimos, cuando no lo son. En conversaciones coloquiales se esgrimen gigantescas sinonimias en las que la palabra emoción significa cosas muy distintas, o diferentes palabras (emoción, afectividad, sentimientos, pasión, inteligencia emocional) acaparan un significado análogo. Este es uno de los motivos por el que muchas de estas conversaciones desembocan en la más absoluta ininteligibilidad. Pero este tremendo extravío no sólo se produce en el lenguaje llano y en las charlas espontáneas. Yo he leído a reputados investigadores hablar de los sentimientos embalsamándolos bajo el concepto de emociones, y a la inversa, referirse a emociones señalándolas como sentimientos. Un auténtico galimatías. 

Una de las definiciones más diáfanas con la que me he topado en los últimos quince años se la leí a Antonio Damasio en su segundo ensayo En busca de Spinoza, el punto de partida para su inmediato El error de Descartes: «Si las emociones se representan en el teatro del cuerpo, los sentimientos se representan en el teatro de la mente». Las emociones son mecanismos automatizados del organismo que se activan para procurarnos una adecuada respuesta adaptativa a la situación en la que nos encontramos, o a aquella en la que anticipamos nos encontraremos. No son el resultado de una deliberación, sino manifestaciones rápidas para equilibrarlo todo de manera veloz. Ahora bien, cuando somos conscientes de la emoción, cuando la absorbemos racionalmente y la hacemos operar en el umbral de la conciencia junto al acervo adquirido de otras experiencias tanto propias como vicarias, la convertimos en un sentimiento, concretamente en un sentimiento emocional.

Pondré un ejemplo. El miedo que se dispara desde la amígdala sin pasar por la neocorteza ante una amenaza inopinada es una emoción, pero el miedo tamizado por la racionalidad ante una futura situación amenazante es un sentimiento. De ese sentimiento pueden derivarse comportamientos como la huida, la sumisión, o el ataque. Los sentimientos pueden ser sentimientos emocionales y sentimientos cognitivos. Los sentimientos emocionales son las emociones conscientes, y los sentimientos cognitivos son el resultado de la interacción intelectiva de nuestros sentimientos emocionales con nuestros pensamientos privados, y luego con los sentimientos emocionales de los demás para alumbrar los sentimientos sociales. El sentimiento social abandona el lenguaje primario del yo y se adentra en el lenguaje secundario de lo cívico. Basta con echar un vistazo a cualquiera de esos sentimientos para constatar que siempre aparece la figura del otro.

Los sentimientos sociales pueden ser sentimientos de apertura al otro (amor, amistad, compasión, altruismo), sentimientos de animadversión al otro (envidia, celos, odio, etc.), o sentimientos preventivos para no resquebrajar el espacio y los propósitos compartidos (culpa, vergüenza, equidad). Puesto que son sentimientos en los que interviene el conocimiento, tenemos la infinita suerte de que se pueden modular y por tanto educar en aquella dirección que permita construir una convivencia amable. La ética coloca justo aquí su lupa observadora cuando reclama incluir a los demás en nuestras deliberaciones. También la educación reglada cuando nos educa como ciudadanos y no como meros instrumentos destinados a la empleabilidad. En este punto exacto mi mejor amigo y yo inventamos y verbalizamos hace siglos el lema que delata la triple entente que han pactado las emociones, los sentimientos y la racionalidad: «Sentir para saber, saber para sentir». Hasta creamos una dinámica que yo a veces empleo en cursos para demostrar empíricamente este círculo virtuoso.

Esta aventura sería pedagógicamente muy sencilla si no agregáramos que todo opera de un modo vertiginosamente nodal. La conciencia de una emoción genera un sentimiento emocional, pero ese sentimiento emocional puede intermediar en la emoción que siempre permanece atenta al choque con lo inesperado. A su vez los sentimientos emocionales se pueden modificar gracias a la intervención de la inteligencia, que simultánea e hipostatizadamente está condicionada por los factores contextuales (somos inteligencias compartidas en un momento histórico concreto y en una cultura concreta también) y por los valores personales, y la inteligencia, que comete muchas torpezas, puede educarse gracias a la participación de los sentimientos emocionales, que dan paso a sentimientos sociales, que a su vez intervienen sobre la miríada de los emocionales y sobre la propia inteligencia que los ha construido, todo en una urdimbre tupida de bucles infinitos y siempre en permanente actividad. Toda esta gigantesca red que convierte cualquier saber en un saber muy precario la solemos bautizar como entramado afectivo. Y esta reducción lingüística provoca muchos grandes equívocos. O frases sin sentido, como afirmar que hay que sentir más y pensar menos.



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jueves, octubre 15, 2015

El propósito, el mejor amigo del ser humano



Passenger, de Hossein Zare
Hace unas semanas participé en un juego inocente. Consistía en contestar a la siempre analítica y a la vez evocadora pregunta «¿qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?». Mi primera respuesta fue devolver la pregunta con otra pregunta aparentemente picajosa, pero que es nuclear en la urdimbre de la inteligencia social: «¿en vez de cosas pueden ser personas?». Nadie me contestó. Así que mi participación en el juego se redujo a una contestación lacónica. A una isla desierta yo no necesitaría llevarme tres cosas, me bastaría con una. Me llevaría conmigo un propósito. La explicación de mi decisión se la cedo a Nietzsche: «el que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo». En las páginas del ensayo El hombre en busca de sentido, su autor, el psiquiatra Viktor Frankl, llega a una conclusión tremendamente ilustrativa. En el campo de concentración nazi en el que estuvo recluido durante la Segunda Guerra Mundial, pudo constatar que sobrevivían los prisioneros que albergaban un propósito. Configurar un propósito era un acto volitivo, una elección deliberada, posiblemente la única elección que tenían a su alcance en la ciénaga moral y material del campo, y precisamente mantener viva esa capacidad de elegir era lo que les permitía sentir que todavía seguían perteneciendo a la condición humana.

En un poema que leí hace siglos de un surrealista francés recuerdo que definía soñar como ese momento en que damos forma al futuro. El propósito no es algo muy distinto. Es una manera poética de confeccionar lo que está por venir, esa pirueta intelectiva que nos permite crear ficciones fiables de lo que aún no ha ocurrido precisamente para pugnar por su ocurrencia. El ser humano inventó en el lenguaje la forma verbal del futuro. Fue una invención antológica porque de repente le permitió calibrar como posible lo que aún no existía, es decir, abrió la espita creadora, el impulso de trasladarse al lugar que indicaban sus propósitos, y eso supuso brincar del pensamiento a la acción. Resulta muy revelador que en la lengua inglesa  la palabra «will» sirva tanto para construir los tiempos verbales de futuro como para señalar la voluntad. Esta coincidencia se puede releer como que el futuro depende de la voluntad que nosotros tengamos de aprovechar nuestras circunstancias, aunque en nuestros análisis conviene tener muy presente que existen factores ambientales que nos sobrepasan y coyunturas que aunque las padezcamos a título individual su resolución es de genealogía social. 

La neurociencia nos recuerda que sin meta el concepto mismo de inteligencia se vuelve errático. El propósito no sólo regula, dirige y prolonga en el tiempo la energía, sino que posee la capacidad demiúrgica de multiplicarla. El propósito saca de la somnolencia a nuestras emociones («al principio de todo está la emoción»), estimula y salvaguarda la motivación, que como todos sabemos tiende a biodegradarse si se encuentra en entornos que la hostiguen, convierte la realidad en materia prima, permite transfigurar increíblemente las cosas en sustancia nutritiva para el contenido del propósito. Hay una mala noticia. El mundo líquido en el que vivimos confabula contra la construcción de propósitos que anhelan adentrarse en el tiempo, que suspiran por ser férreos en vez de gelatinosos. Por ahí planean en incansable ubicuidad la amenaza del despido, la improrrogable y rítmica devolución del crédito hipotecario, el fantasma ululante de la exclusión, la precariedad (que es el Carpe diem de los pobres y que constriñe la inteligencia al aquí y ahora), la ausencia de garantías sobre los compromisos adquiridos (emocionales, sentimentales, laborales, sociales), la volubilidad de los apegos, el imperialismo de los deseos sentidos sobre los deseos pensados. Cada vez es más complicado tener un propósito sólido. Cada vez es por tanto más necesario.



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martes, octubre 13, 2015

«Te lo dije», el oráculo de los profetas del pasado





Composición de Hossein Zare
Una de las afirmaciones más deshonestas y menos consideradas con su destinatario es la autocomplaciente y dañina «te lo dije». Se pronuncia cuando los resultados de una acción se revelan desafortunadados. Se suele acompañar de un movimiento acusatorio de cabeza y un marcado tono de voz mitad catequista, mitad declaración testamentaria. Hace años yo sufrí la presencia semestral de una vecina que poseía un cerebro superlativo para la tarea de profetizar el pasado. En cada aterradora reunión de vecinos siempre bramaba lo mismo ante hechos ya consumados: «ya lo dije yo». Quizá aquella mujer no era muy consciente de ello, pero su latiguillo encerraba una lógica profunda que iba más allá de un alarde adivinatorio. Enunciar al principio de cada reunión su salmódico «ya lo dije yo» era una manera de eximirse tanto de la autoría del problema como de la responsabilidad de solucionarlo. Hacía buena la táctica que exhorta a acusar para ser absuelto. Un enunciado tan simple mutaba en una estratagema que al resto de la comunidad nos empujaba a inferir en su rostro un argumento imbatible: ella ya lo había advertido, así que nos tocaba apechugar a los demás que no habíamos hecho nada por evitar el anunciado desastre. Pero en realidad las cosas no eran exactamente así. Ella no lo había advertido, creía que lo había advertido, que es muy distinto. 

Los suministradores de predicciones ya consumadas son fáciles presas de una trampa cognitiva. Cuando se conoce el resultado de una acción se tiende a creer que ya se sabía lo que iba a suceder. El andamiaje de esta construcción se sostiene en dos pilares tremendamente tramposos. Solemos anticipar muchas cosas, pero solo nos acordamos de aquellas que aciertan, o que se aproximan a lo que finalmente ha sucedido. A veces ni tan siquiera es así, y se produce un espejismo sobre nuestra capacidad de recordar lo que pensábamos que iba a suceder. Nos hacemos trampas a nosotros mismos y modificamos inconscientemente nuestros pensamientos pasados. Se trata de una distorsión retrospectiva. Cuando sabemos algo a posteriori, se modifica la percepción del hecho que teníamos a priori. Al deducir ahora lo sucedido, al coger el cadáver del pasado y hacerle la autopsia, sesgamos el ayer, porque transfiguramos la valoración de lo que vemos con lo que sabemos. Con la información que poseemos ahora inferimos lo ya ocurrido y nos resulta palmario aceptar que ya lo sabíamos, aunque se nos olvida que en el momento en que las cosas todavía no habían ocurrido carecíamos de esa información. Analizamos en función del resultado, como por ejemplo suelen hacer los periodistas deportivos, que coligen no desde las estimaciones de la probabilidad sino desde el ventajoso conocimiento de lo que ya ha ocurrido. Esta práctica también es muy frecuente cuando uno se mortifica escrutando los hitos que ahora ensucian su patrimonio biográfico, o culpándose de hechos que ahora parecen tan transparentes que no podemos entender cómo no vimos el advenimiento del desastre (y de esa dolorosa evidencia se alimenta nuestra mortificación). Resumiendo todo este artículo en una sola idea. Cuando el futuro se hace presente se cuela en nuestras estimaciones del pasado. Dicho queda.



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jueves, octubre 08, 2015

¿Y si nuestras certezas no son ciertas?



Pintura de Alex Katz
Suelo empezar cualquiera de mis cursos y charlas citando una reflexión de Daniel Kahneman, psicólogo con el premio Nobel de Economía bajo el brazo. Recuerdo una entrevista en la que en una sola frase Kahneman resumía su descomunal obra Pensar rápido, pensar despacio: «el mayor error del ser humano es ignorar la ignorancia que posee sobre su propia ignorancia». En esa voluminosa obra Khaneman nos invita a que recelemos de nuestros juicios. Lo más probable es que se hallen intoxicados de irracionalidad, aunque investidos de lo contrario  gracias a la perezosa participación del intelecto. Una trampa mental frecuente en nuestros análisis consiste en el marco de referencia. El mismo enunciado se puede presentar en versiones distintas que generan respuestas diametralmente opuestas en quien ha de adoptar una decisión. Existe una extendida anécdota que ejemplifica la relevancia nuclear del encuadre como elemento distractor del juicio, cómo el pensamiento se ancla en las palabras con que elegimos expresarnos y establece sus balances desde ese punto de referencia. Un sacerdote le pregunta a su superior si puede fumar mientras reza. La propuesta se considera casi una apostasía y la incendiada respuesta es un airado no. Sin embargo, días después este sacerdote le sugiere lo mismo a otro superior, sólo que modificando el marco de referencia. «¿Podría rezar mientras fumo?». La respuesta es un sonriente y angelical «por supuesto», con palmada en el hombro incluida. Al hilo de esta anécdota recuerdo a un músico de rock que tenía dudas para enjuciarse correctamente a sí mismo. Con buen criterio contemplaba cómo su conclusión variaba según el elemento de comparación establecido: «Si me comparo con un santo, soy un demonio. Si me comparo con un demonio, soy un santo». San Agustín hace ya diecisiete siglos recomendaba utilizar la maleabilidad del encuadre como protección de la autoestima: «Cuando yo me considero a mí mismo, no soy nada. Cuando me comparo, valgo bastante».  A veces somos nosotros las víctimas del sencillo marco que elige otro. En las páginas de Sociofobia César Rendueles narra una anécdota tremendamente ilustrativa de lo que quiero explicar: «Cuando algunas gasolineras estadounidenses empezaron a cobrar un recargo a los usuarios que pagaban con tarjeta de crédito, se produjo un movimiento de boicot de los consumidores. La respuesta de las gasolineras fue subir los precios a todos por igual y ofrecer un descuento a quienes pagaban en efectivo. El boicot se canceló».

El anclaje cobra un protagonismo central en nuestras deliberaciones. Anclar la percepción en un punto en vez de en otro discrimina aspectos que serían sobresalientes mirados desde otro prisma, y, al contrario, enfatiza aspectos que desde otro ángulo de observación serían catalogados como marginales. Matteo Motterlini en su libro Trampas mentales dedica un epígrafe a esta tendencia cuyo título es una lacónica pero perfecta explicación: «el marco modifica el cuadro». Cualquier profesor se ha adherido involuntariamente a los mecanismos mentales del efecto marco en la corrección de exámenes. Un ejercicio regular se relee como nefasto si con anterioridad han caído en nuestras manos un par de ejercicios brillantes. O al revés. Si uno lleva varias horas leyendo ejercicios mediocres, considerará notable un ejercicio que en otro marco sería meramente aceptable. Se colige por tanto que la secuencia determina nuestro juicio (efecto halo), y esta propensión es extendible a balances de muy distinta genealogía (ética, estética, creativa, etc.). Aunque nos cueste aceptarlo, construimos y parangonamos desde las emociones. La racionalidad de la que tanto presumimos los seres humanos no es el cálculo confeccionado más racionalmente, sino el que mejor regula la participación de las emociones en la convalidación de un juicio. Nuestro pensamiento (sistema 2 en la nomenclatura de Kahneman) tiende a la pereza y se deja arrullar por patrones de ideas, asociaciones, intuiciones y sesgos (sistema 1) para caer en una somnolencia mental confortable que declina realizar grandes esfuerzos y recabar demasiada información. La intelección subroga sus obligaciones. Nacen así los tópicos (soy coautor de un libro sobre ellos, los conozco bien), los prejuicios, las suposiciones, los estereotipos, las inferencias sin base, la evaluación torpona que deduce lo fácil y rápido para economizar energía y tiempo. Nacen nuestros juicios, certezas redondeadas por encima cuya escasa fiabilidad no impide que las utilicemos para construir otras certezas. Mejor dicho. Supuestas certezas.



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martes, octubre 06, 2015

Empatía y compasión, primas hermanas



Pintura de Michele del Campo
Resulta muy curioso comprobar cómo en el discurso social se promociona la empatía y al mismo tiempo lo desacreditada que se halla la compasión. Son dos sentimientos que comparten estrechos lazos familiares. La compasión es hacer propio el dolor del otro, y la empatía es la identificación afectiva con el otro, vivir la vivencia aversiva o efusiva del otro. En un programa educativo llamado Pedagogía de la Cooperación, destinado a alumnos de la ESO y de Bachillerato, yo definí la actitud empática como «habitar en los ojos del otro para sentir y entender cómo se  ve la realidad desde allí». Es un sentimiento muy útil porque permite absorber situaciones (y los sentimientos que se derivan de ellas) sin la agotadora necesidad de protagonizarlas. El término empatía ha ganado centralidad frente a la palabra compasión. Actualmente nos encanta que empaticen con nosotros, pero nos enoja que «se compadezcan» de nosotros. La compasión está fiscalizada acerbadamente porque se interpreta que hay en ella señales de desprecio y humillación al otro o, peor aún, de gratificación y superioridad propias, como si en vez de sentir dolor se estuviera llevando a cabo un ejercicio de gozosa autocomplacencia. Sin embargo, ambos sentimientos, la compasión y la empatía, nacen de un hallazgo maravilloso. Los seres humanos hemos descubierto un mecanismo que correlaciona con nuestra condición de animales sociales y con nuestro constituyente deseo de ampliar y profundizar los nexos emocionales con los demás. Compartir el dolor y que el otro lo sienta como suyo aminora la intensidad de ese dolor en quien lo padece. Más todavía. Hacer nuestro el dolor del otro es el primer paso para auxiliarlo yendo a sus orígenes. Si ese dolor posee causas sociales, surge el sentimiento de justicia y el deseo de un mundo menos inhóspito. La compasión muestra una acérrima enemistad con la indiferencia. 

Otra paradoja estriba en que señalamos como inhumanas a las personas que no son capaces de sentir compasión cuando contemplan el sufrimiento de los demás (o muestran aséptico desinterés por él), pero nos revolvemos ante aquel en el que podemos intuir que siente compasión por nosotros (aunque la merezcamos). Quizá lo que verdaderamente nos repele es dar lástima. En la gramática sentimental actual dar lástima no balsamiza el dolor, lo subraya y lo reafirma, y últimamente la lástima emerge sobre todo cuando contemplamos comportamientos tan abyectos que llega a afligirnos el hecho de que un ser humano, un semejante a nosotros, los pueda llevar a cabo. Este tipo de conductas las calificamos como miserables. Hace poco le leí a Aurelio Arteta, autor del reputado ensayo La compasión. Apología de un sentimiento bajo sospecha, que el término miserable etimológicamente significa compadecible. El miserable era el que por su situación era digno de compasión (al igual que memorable, explica Arteta, es lo que merece ser recordado). Con el tiempo el término borró su significado seminal, (ahora señala como miserable al que actúa de un modo indigno y se hace acreedor de un pliego de cargos por conducirse así), del mismo modo que la compasión ha sido arrinconada en favor de la empatía. La compasión se dirige al tuétano de la naturaleza humana. La empatía es un contagio afectivo que se queda en la piel, aunque es paso previo para adentrarse hasta el fondo. La compasión delata en el dolor del otro nuestra condición de seres humanos y por tanto nuestra ineluctable vulnerabilidad. Nos recuerda nuestra fragilidad biológica y la necesidad de ayudarnos unos a otros para aminorar su despotismo. Logra una torsión de la mirada. Al ver al otro me veo a mí, y al verme a mí veo al otro. Despierta la dimensión ética.La dimensión humana.

jueves, octubre 01, 2015

Una obviedad olvidada: las condiciones condicionan



Looking for somewhere to live, de Hossein Zare
Siempre he defendido que no es muy meritorio ser digno cuando la vida no te pone en disposición de dejar de serlo. Cuando hablo de comportamiento digno o ético me refiero a la conducta de un sujeto que prefiere seguir un curso de acción en el que sabe que perderá una oportunidad valiosa para él, a cambio de no quebrar su estratificación de valores. Renunciar a un beneficio en aras de no traicionar algún principio vector de tu vida hace que la dignidad aparezca siempre escoltada de la sensación de derrota, de pérdida, de taponar el acceso a una situación mejor, de ver cómo la prosperidad pasa a tu lado pero prefieres que se aleje de ti antes que desembolsar por ella una deslealtad a tus preceptos éticos. Conviene apuntar inmediatamente aquí que para mantener intacta la capacidad de elegir en dilemas tan desestabilizadores es necesario tener satisfechas las demandas de la fatalidad humana. La elección ética empieza allí donde termina el hambre y todos sus modernos sucedáneos (penuria material, exclusión social, privación de Derechos Humanos, incluidos los de segunda generación, etc.). Recuerdo que mi admirado aunque omnívoramente pesimista Cioran escribió que todas nuestras humillaciones provienen de que no podemos resolvernos a morir de hambre, y que pagamos muy cara siempre esta cobardía. Sí, así, es. Morirnos de hambre no entra jamás en nuestros planes.

Hace unas semanas leí una conferencia transcrita del siempre distendido Fernando Savater. En mitad de la charla ratificaba con un ejemplo muy didáctico la idea  que yo trato de explicar en este artículo. Savater estaba en una tarima hablando del desafío moral de la alegría, y en un determinado momento interpela al auditorio (cito de memoria, las palabras no son textuales): «Es muy fácil que ahora mismo todos ustedes se comporten de un modo ético. Están cómodamente sentados escuchando a este conferenciante,  se encuentran a gusto, disfrutan con sus palabras. Es más fácil ser éticos en estas condiciones que si de pronto hay un incendio. ¡No, no se asusten, no veo ninguna señal de que lo haya! Pero si hubiera un incendio se crearía una situación en que la moralidad se convertiría en algo más difícil. En ese instante habría que decir, espere usted, abran las puertas, pase usted primero, señora, etc., etc.». De esta  hilarante anécdota se puede inferir algo que ya no es tan hilarante. Agregar factores estresantes al medio ambiente social hace peligrar el equilibrio ético de todos aquellos que lo conforman. Si se deprimen condiciones directamente relacionadas con necesidades vitales de las personas, afloran en simétrica yuxtaposición ciertas conductas.

Yo mismo lo he comprobado muchas veces realizando un experimento con los alumnos de algunos de mis cursos. Se trata de un juego en el que exacerbo la lógica competitiva para que los participantes pugnen por satisfacer a toda costa el propósito del juego. Cuanto más apremiantes son las circunstancias, más se deteriora el comportamiento ético, más abyectas son las tácticas que emplean sus protagonistas, más probabilidades para que surja la defección y la mentira. John M. Steiner habló de una inclinación en los seres humanos que denominó durmiente. «Es la inclinación a cometer actos violentos que está hipotéticamente presente en un individuo aunque permanece invisible, y que puede emerger en determinadas condiciones propicias: presumiblemente cuando los factores que hasta entonces reprimían dicha tendencia se debilitan o desaparecen de forma abrupta». La fronteriza línea que separa la conducta ética de la que la transgrede es muy delgada. Basta con fragilizar condiciones básicas del tejido social o del microcosmos personal de un individuo para que todo se pueda resquebrajar sórdidamente. Ojalá la vida no nos ponga en ninguna situación en la que nos llevemos la desagradable sorpresa de comprobar que en la persona que creemos ser habita otra muy diferente de la que no teníamos ni la más remota idea. A todos nos conviene preservar las condiciones sociales propicias para que nadie descubra a su particular durmiente.  



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