Pintura de Alex Katz |
La envidia es el daño que nos inflige la
contemplación de algo apetecible y que sin embargo posee otro, la tristeza que nos
invade cuando alguien disfruta con un bien o una experiencia vetados para
nosotros. No vincula ni con la admiración ni tampoco con la construcción de
referentes. Hace cuatro siglos Hobbes separó la emulación que nos permite
crecer con esa envidia que intenta frustrar el disfrute del otro para
amortiguar la desdicha que provoca observarlo. En La tragedia de la
envidia, Jorge Kahwagi Macari distingue entre la envidia común (sana) y la
destructiva envidia amarilla. En Pequeño tratado de
los grandes vicios, José Antonio Marina la define como el dolor por la
prosperidad ajena. En Las experiencias del
deseo, Jesús Ferrero la cartografía como puro movimiento del deseo en su
eterno apetecer lo que no tiene, y se refiere a ella como un deseo concentrado
y coagulado de lo que el otro posee y que calcina todo lo demás hasta reducirlo
a ceniza. Como todos los deseos, su arquitectura se basa en la presencia de una
ausencia, en una insujetable fuerza borboteante que intenta suplir un vacío que
araña y duele. Estos arañazos se combaten a través del mimetismo, si se puede,
o devaluando el bien ajeno, aunque se anhele. La envidia es un sentimiento muy
peligroso y alienante porque elige como referente a otro, y cuando posa su
mirada sobre uno mismo sólo es para detectar ausencias. Un auténtico pasaporte
para la infelicidad. No es extraño que, en ese mapa de los sótanos del alma que
son los siete pecados capitales, figure con letras de oro.
A pesar de estas temibles certezas, he comprobado
cómo en los últimos años uno de los nuevos señuelos publicitarios es dar
envidia. Hace poco me topé con el siguiente anuncio en la prensa. Era de una
agencia de viajes: «el mejor momento para viajar al Caribe es en otoño porque
es cuando más envidia puedes dar a tus conocidos». La semana pasada me encontré
otro en el que se apelaba a las bondades de un coche porque era perfecto «para
que te miren con envidia». Como la retórica de mercado se ha instalado en la
manera de interpretar realidades ajenas por completo al mercado, este reclamo
comercial se ha desplazado velozmente al ámbito personal. Hace unos meses una
amiga mía muy joven me contó una anécdota que le había ocurrido con un cantante
solista de cierta popularidad en el mundo indie español. En un bar el cantante
le propuso una aventura de cama esgrimiendo como argumento que «así mañana
podrás darle envidia a tus amigas». Lo que se relee en estas prácticas que
aluden a dar envidia como elemento motivador de nuestras acciones, es que, al
parecer, el ego se engola cuando vemos cómo el ego de los demás se raquitiza al
descubrir gracias a nosotros una carencia que lo tritura y lo atormenta. Dicho
de otra forma. Nuestra satisfacción no reside en lo intrínseco de la
experiencia que llevamos a cabo ni en los posibles sentimientos placenteros que
nos pueda procurar, sino en que esa experiencia estimule la envidia ajena.
Nuestra autoestima se siente bien no porque disfrute con lo que hace, sino con
la contemplación de la tristeza que provocamos en el otro al señalarle una
ausencia. Sin comentarios.