martes, junio 09, 2026

¿Qué significa verdaderamente ser un ser humano?

Obra de Eva Navarro

Todos los cursos comienzo mis clases escribiendo en la pizarra mi definición de ser humano: «el ser humano es el ser que aspira a ser un ser humano». Con la colaboración del alumnado desentraño el enigmático jeroglífico. Somos una entidad biológica que ha inventado la cultura, y merced a esta invención ahora aspiramos a comportarnos con nuestros semejantes de forma ética. La humanidad no es solo el conjunto de seres que pueblan la tierra, también revela una categoría ética. Cuando afirmamos de alguien que no tiene humanidad, no le estamos despojando de ninguna esencia, simplemente queremos señalar con ese adjetivo descalificativo que esa persona es impávida ante el dolor que inflige a otras personas con sus decisiones, o que es impertérrita y por lo tanto incompasiva ante el sufrimiento ajeno. Dicho con la contundencia breve de un aforismo: es inhumana aquella persona que trata a las demás personas como si no fueran personas. 

Cuento todo esto porque el pasado domingo estuve siguiendo atentamente el encuentro del Papa con la sociedad civil española celebrado en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. Si tuviera que resumir su intervención, la podría condensar en una sucinta interrogación con la que León XIV interpeló a los doce mil asistentes, y que me sirve ahora para titular este artículo: «¿Qué significa ser verdaderamente humano?». La pregunta es muy pertinente en un momento epocal en que se suscribe sumisamente la subordinación de todos los valores humanos a los criterios de productividad y extracción de beneficio económico (como reseñó varias veces el Sumo Pontífice) de las grandes corporaciones. Se concede sin cuestionamiento ni ético ni político que el valor de cualquier persona se instituye en el valor que el mercado le designa en función de cuán útil es para su operatividad. En Civilización o barbarie, Alán Barroso resume irónicamente esta configuración axiológica al señalar que formamos parte de «una sociedad que ha sustituido los sueños colectivos por hojas de Excel». La lógica de ganancia turbocapitalista que expropia de vida a la vida de las personas se puede sintetizar en «más, siempre más». Este voraz más siempre más es económico y sostiene que los intereses del ser humano se reducen exclusivamente a la índole monetaria. Como esta unidimensionalidad opera en demedro de todas las demás dimensiones humanas y de las condiciones de sostenibilidad del planeta, que derruye sin dilación, en vez de capitalismo se podría hablar de capitaclismo

Ser humano no es una esencia que hay que alcanzar, sino algo que construimos comunitariamente en conformidad con aquellos valores a los que conferimos predominancia. En un artículo reciente Javier Sádaba escribía que «ser humano es sentirse y construir en igual con otros»Aristóteles afirmó que el ser humano es un animal político por naturaleza. En otras de sus definiciones el estagirita aclaró que somos el único animal que habla con el propósito de poder discenir junto a sus congéneres en torno a lo justo y lo injusto, lo conveniente y lo inconveniente, lo deseable y lo deleznable. En el luminoso ensayo Dignos de ser humanos, Rugter Bregman no tiene el más mínimo atisbo de duda en subrayar nuestra condición vincular al sentenciar que «el ser humano es una máquina de aprendizaje hipersocial. Estamos hechos para aprender, establecer contactos sociales y jugar». En Breve historia de los Derechos Humanos nos explica Pasqueale Gianniti que para el personalismo la persona es una unidad ontológica fundadora de acciones materiales, que se correlacionan con valores e irradian un contenido normativo en todos los niveles de la acción humana.  También la define como un centro irradiador de derechos y deberes. Esta irradiación ratifica su carácter comunitario.

Cuando los seres humanos tuvimos la deslumbrante ocurrencia de dotarnos de dignidad al considerarnos entidades valiosas, también fuimos muy conscientes de que sin una infraestructura material común nadie puede construir una biografía, solo puede aspirar a sobrevivir. Se admitió que la cobertura de las necesidades humanas era un asunto insoslayable que nos competía como sujetos políticos. Si somos valiosos como prescribe nuestra dignidad, ningún ser humano debería supeditar su vivir a la zozobra de sobrevivir dirimiendo sin pausa cómo alcanzar los recursos mínimos. Estas tribulaciones eran ineludibles en épocas primitivas, pero resulta ominoso que lo sigan siendo en la era de la democracia, los avances tecnológicos y el acceso masivo al conocimiento. La historia de la humanidad puede corroborar con un sinfín de ejemplos que la precarización y la pauperización crean las condiciones idóneas para que afloren los abusos de poder. Inventamos los Derechos Humanos para evitar estos abusos y el abrumador deterioro social que traen adosados. La dignidad se alzó en el derecho a tener derechos, a que en la vida de cualquier persona se cumplan íntegramente los treinta artículos que conforman la Declaración Universal. No solo los derechos cívicos y políticos, también los económicos y sociales. Los primeros se desvanecen sin los segundos, los segundos languidecen sin los primeros.  Se necesitan mutuamente.

Nos hicimos titulares de dignidad porque los seres humanos somos subjetividades susceptibles de elegir aquello que brinda sentido y puntos cardinales a  nuestra vida. Todas las personas hemos experimentado en alguna ocasión que nos desvivimos con aquellas predilecciones que elegimos hacer cuando podemos elegir. Desvivirse por algo escogido voluntariamente es el instante en que una persona está más viva. La dignidad como derecho propulsa que puedan acontecer muchos momentos así. A todas y todos nos atañe cuidarla para llegar a ser el ser humano que aspiramos a ser.

   
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martes, junio 02, 2026

La autenticidad

Obra de Tim Etiel

La autenticidad se podría definir como la cualidad de una persona en la que no se percibe una pronunciada distancia de separación entre su mundo discursivo y sus prácticas de vida. La persona auténtica habitaría en las palabras con las que se enuncia, articularía su mundo aferrada a unos valores elegidos voluntariamente, se configuraría como una subjetividad incanjeable en tanto que los hitos de su autodeterminación han sido levantados desde una opción personal. Las personas somos idénticas en lo sustantivo (nos constituye la tríada compuesta por la vulnerabilidad, la afectividad y la mortalidad), pero diferimos en lo adjetivo. Es en la esfera de esta adjetividad de donde emanan las condiciones de la autenticidad. En Ser y tiempo, Heidegger distinguía entre una existencia auténtica y otra inauténtica. En la inautenticidad el ser vive plegado al discurso social dominante, se estructura con expectativas heterónomas, se presenta expurgado de narrativas escritas de su puño y letra. Por el contrario, en la autenticidad el ser vive conforme a lo que espera de sí mismo, y por tanto su día a día se engalana de acciones en continuidad con lo que predica su verbo y experiencia su universo afectivo. La contemporánea individualización del sentido nos enfrenta a la construcción incesante de autenticidad, o a su fracaso, a una vida alienada y disociada atestada de los dolorosos sentimientos de expropiación e insuficiencia. La creciente vindicación de autenticidad connota la abundancia de  artificios, impostura, mendacidad, estrategias de marketing, relatos publicitarios, la exigencia neoliberal de convertir al yo en una marca. Todo un tupido conglomerado de inautenticidad. 

En el ensayo Yo siendo yo,  Hans Laguna escruta la autenticidad en el mundo de las celebridades del universo pop, y en sus primeras páginas aclara de qué está hablando cuando se refiere este término tan vago: «Una persona es auténtica cuando es fiel a sí misma. Es decir, cuando se comporta conforme a ‘quien es realmente’. A su ‘yo verdadero’. Es este un concepto metafísico del que, sin embargo, todos tenemos una noción intuitiva. Nos parece de sentido común que, al margen del mundo exterior, cada uno de nosotros tiene una esencia que nos define. Y, todavía más, que es mejor vivir de acuerdo con ella. La realización personal no sería otra cosa que estar en armonía con esa identidad que sentimos como propia». Parece ser que es auténtico quien se erige en autor de su vida y declina ser espectador pasivo de su propia biografía. Es auténtica toda persona que se autodetermina conforme a idearios no demasiado polucionados por los mandatos del hábitat socioeconómico y político, o por los de la cultura y el destino de clase en el que sin embargo recala toda existencia al desembocar en la vida compartida. 

Atendiendo a estas definiciones, y en un mundo que entroniza al yo como mónada autárquica, la mayor acusación que puede recibir alguien es la de inauténtico. Ser un falsario, pretender parecer lo que no se es, vivir en la impostura, son imputaciones gravísimas que pueden hundir la reputación de cualquiera. La difundida autenticidad es un valor muy preciado, pero no necesariamente un valor ético. Se puede ser muy auténtico y muy abyecto a la vez.  En la era de la fantasía de la individualidad (cito el título del ensayo de Almudena Hernando), la sobrevaloración de ser tú mismo no garantiza ningún comportamiento cívico.  De hecho son muchas las ocasiones en la que seguramente cualquiera de quien ahora esté leyendo estas líneas habrá deseado espetarle a alguien:  «Por favor, deja de ser tú mismo y empieza a ser alguien mejor». 

Con la autenticidad ocurre una paradoja similar a la que sucede con la humildad. Quien presume de autenticidad ya no es una persona auténtica, igual que quien se apresura a autodenominarse humilde abandona el seno de la humildad. Los soportes donde se asienta la autenticidad son percibidos por los demás, jamás por el propio sujeto. Si alguien se cree auténtico, ya no lo es. Si quien es auténtico lo escenifica, deja de serlo. Si se suscribe como auténtico porque así se lo hacen saber los demás, su aura de autenticidad se desvanece. La persona genuinamente auténtica lo es porque no sabe que lo es. Probablemente ni tan siquiera se habrá planteado en qué consiste la depuración de serlo. Este es el motivo por el cual la persona auténtica naturaliza y no ve en su proceder nada de lo que para sus observadores resulta digno de admiración.

Frente a la blancura que descubrió David Le Breton en personas que querían desaparecer por el agotamiento de ser, las personas que exhiben su autenticidad quieren aparecer, extender su visibilidad, crear marca, manufacturarse del tal modo que descollen para que la mirada ajena se fije en ellas. La pedagogía neoliberal prescribe que el yo debe guionizarse por el mismo relato normativo que el del emprendimiento empresarial. Es manifiesto que el ser que somos (sea lo que sea el ser que somos) no es una empresa ni un proyecto lucrativo, lo que no obsta para que prolifere la retórica motivacional que se empecina en que nos tratemos como si fuéramos entes corporativos obcecados en encontrar una ventaja personal que nos posicione en el mercado. Ser auténtico es un criterio que puntúa alto en esta competición en la que se da el contrasentido de que para que te vean como auténtico hay que dejar de serlo.  A fuerza de hiperdemandarla, la autenticidad se desvirtúa hasta degradarse en artificio o recurso. Ser auténtico para alcanzar un fin es abiertamente inauténtico.