martes, abril 14, 2026

La irreflexión moral

Obra de Eva Navarro

Poder imaginar el dolor y la alegría de otra persona por la sencilla razón de que esa persona es constitutivamente semejante a todas las demás es la entrada de acceso al pensamiento ético. La sensibilidad ética se asienta en un tipo de imaginación que no es creativa ni tampoco necesariamente empática. Hannah Arendt resume así esta práctica: «Uno piensa sus propios pensamientos, pero en el lugar de otra persona». Se trataría de una mixtura de reflexión crítica y sympathia, calibrar cómo le afectarían a los demás nuestras acciones en tanto que directa o indirectamente desembocarán en el espacio común en el que la vida se torna vida humana al compartirse. Anticipar las consecuencias de nuestras obras, hechos y palabras es un acto de profunda reflexividad, pero solo se puede llevar a cabo con el concurso de la ideación imaginativa y la admisión de un terreno político común sobre el que deliberar. La irreflexión propende a invisibilizar las consecuencias de aquellos actos que pueden infligir abundante daño en la vida concertada de los demás. Es muy fácil anular este sentido de responsabilidad cívica erradicando la idea de interdependencia y reemplazándola por la de sojuzgamiento, coerción o subalternidad.  Si la reflexión está desprovista de ética, la interdependencia (que es la condición de posibilidad de la autonomía humana) deviene ininteligible y se propicia una desatención hacia el otro que cristaliza en indiferencia. 

En Universalismo radical, Omri Boehm sostiene que «sin una idea abstracta de la humanidad, no queda claro qué puede haber de malo en el racismo». Se puede cambiar la palabra humanidad por dignidad y racismo por totalitarismo o autoritarismo. Arendt era más sencilla en su análisis: «No son grandes ideas abstractas sobre la humanidad las que derrotarán al totalitarismo (…) Para un alemán y un judío bajo el Tercer Reich apenas habría sido un signo de humanidad que los amigos se dijeran: ¿no somos ambos seres humanos?»«El totalitarismo había extirpado de lo humano el sentido de la responsabilidad», escribe Arendt en su estudio sobre el origen de esta cruenta forma de habitar la realidad. Las ideaciones totalitarias se implantan cuando se pierde la dimensión del otro como una singularidad provista de dignidad, y se le cosifica descalificativamente. A mis alumnas y alumnos les comento muchas veces que son personas extraordinarias, y cuando esbozan una sonrisa de satisfacción, les apostillo que lo son exactamente igual que todas las demás. Ser persona es extraordinario porque nos autodetermina, aunque para este cometido resultan  insoslayables la cooperación de los demás y  disponer de un copioso repertorio de estrategias de apoyo mutuo. 

En las ficciones totalitarias las personas pierden centralidad en las construcción de los juicios en favor de romantizadas e idílicas abstracciones vacías (a mí me gusta conceptualizarlas como palabras catedral, porque al igual que esas colosales construcciones son mayestáticas por fuera pero están huecas por dentro). En los regímenes totalitarios o autoritarios las entelequias aparecen prestas a sustituir a las personas, que es el primer paso para que prenda la deshumanización y el nihilismo antidemocrático o el resentimiento antipolítico tanto en la palabra como en la acción política. Esta deriva deshumanizadora toma dos direcciones: deshumaniza a quienes en su toma de posición mandataria y administrativa solo atienden al arribismo neoliberal y a los absolutos (nación, patria, bandera, riqueza), y a sus víctimas, a miles y miles de personas  a quienes se les niega la titularidad de una dignidad común a toda persona sustanciada en el derecho a tener derechos. Cuando estas dimensiones se van apoderando del espíritu del tiempo que nos toca vivir, ya sabemos qué mundo acontecerá porque ya aconteció una vez. En su libro sobre Adolf Eichmann, Hannah Arendt alerta que la banalidad con la que se ejecutaron los crímenes del holocausto fue posible por la persistencia de irreflexión moral. Es un diagnóstico cuya vigencia debería precavernos e instarnos a pensar la vida compartida de un modo radicalmente distinto. 

  

 
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martes, abril 07, 2026

Dime dónde pones la atención y te diré quién eres

Obra de Marcos Beccari

Entre las muchas frases célebres que escribió Ortega y Gasset se encuentra esta tremendamente aclaratoria: «Dime a qué atiendes y te diré quién eres». Esta afirmación puede voltearse y convertirse en un recurso retórico muy útil para responder al interrogativo qué somos: «Somos aquello que sabemos recibir del lugar en el que habita nuestra atención». Se puede colegir que una buena e incisiva pregunta no es inquirir a alguien a qué se dedica, sino en dónde suele permanecer más tiempo su atención. La atención no es solo una laureada habilidad cognitiva, es también y sobre todo una virtud ética. Lo que elegimos atender transforma nuestra experiencia de la vida, y es a la vez una manifestación de nuestros valores y nuestras prioridades, más aún en un momento epocal en que decrece la predisposición contemplativa en favor de las atenciones pasajeras. El ecosistema digital en el que estamos domiciliados secuestra con suma facilidad nuestra atención, pero sobre todo erosiona sus mecanismos para infrautilizarla. Frente a la profundidad, se enfatiza la horizontalidad y su extensa superficie. Frente a la parsimonia serena en la que se complace la elaboración de lo valioso, la impulsividad propia de la digitalización apremia a saltar apresuradamente de un estímulo a otro sin arraigar en ninguno. Subordinados a estratégicos reforzadores intermitentes, acabamos viviendo un presente expropiado del presente. 

En el ensayo coral El declive de la atención, su coordinador, el filósofo Amador Fernández-Savater, expone que «la atención es, en primer lugar, un trabajo negativo: vaciar, quitar cosas, de-saturar, suspender, abrir un intervalo, interrumpir, parar y detener. Es Simone Weil, pensadora por excelencia de la atención, quien ha sabido ver y explicar mejor esto». Unas líneas después Amador nos recuerda que para Weil «la formación de la atención es el verdadero objetivo del estudio y no las notas, los exámenes, la acumulación de saber o de resultados». Solo aprendemos cuando estamos a lo que estamos, una forma de residir en el instante a cada instante que se opone al malabarismo de hacer varias cosas a la vez y no aprender apenas nada de ninguna de ellas. Estar presente en el presente es algo muy serio que cada vez se topa con más adversidades, lo que supone el debilitamiento de la autonomía entendida como la habilidad de colocar la atención donde lo requiere nuestra voluntad, y no otra instancia ajena a ella.

Recuerdo una viñeta de la humorista gráfica Daniella Martí en la que están hablando tranquilamente unas mujeres sentadas en un parque. Entonces una de ellas afirma: «Quién nos iba a decir hace veinte años que hoy usaríamos la realidad para escapar de Internet». Para que atenúen la tentación de mirar compulsivamente sus dispositivos móviles y al mismo tiempo sorteeen las estrategias adictivas de la inteligencia algorítmica, a mis alumnas y alumnos les suelo proponer que intenten que su atención esté en el mismo lugar en el que se encuentra su cuerpo. Probablemente el magisterio más relevante que puede adquirir una persona es aprender a estar donde está y a no estar donde no está, poseer el discernimiento necesario para distinguir una acción de la otra, y disponer de la voluntad adecuada para ejecutar la acción valiosa y desechar la superflua. La sabiduría podría resumirse en el arte de saber dónde y cuándo poner nuestra atención y saber cuándo y de dónde retirarla. Porque, y volviendo a citar a Ortega y Gasset, «todo es extraño y maravilloso para unas pupilas bien abiertas». 

 

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