Cada vez que veo o escucho un anuncio publicitario narrando las bondades felicitarias que ese producto podría prestar a nuestras vidas me viene a la memoria el aviso admonitorio de Jorge Riechmann: «Hay que desconfiar de quienes nos hablan de felicidad mientras en realidad se refieren a la venta de mercancías». Precavernos de quienes predicen plenitud si compramos lo que promocionan no es un asunto fútil. La mercancía es la quintaesencia del capitalismo de producción, de ahí su empecinamiento en que se afronte la felicidad como una cuestión monetaria, puesto que será el dinero el que nos permitirá adueñarnos de esas mercancías. Desde sus orígenes, el capitalismo de producción no solo tenía que producir mercancías para obtener beneficio, sino que su inherente lógica acumulativa empujaba a la compulsión de reciclar la ganancia para producir mayor número de mercancías e incrementar el beneficio, que a su vez permitía reinvertir el lucro acumulado para de nuevo multiplicar la ganancia, así en una circularidad irrefrenable.
El profesor Carlos Fernández de Liria lo explica con mucha más claridad expositiva: «El capitalismo es un sistema en el que se produce más para producir más. Se acumula capital para acumular más capital. Los capitalistas son como ratones en una rueda, que corren más deprisa a fin de correr aún más deprisa». Esta inercia acarrea el imperativo de que las personas compren lo que se produce, aunque ni sea necesario producirlo ni quien lo compra necesite comprarlo. Este tropismo se sofisticó hasta el punto de que ya no se produce para cubrir necesidades humanas, sino que se inventan nuevas necesidades para garantizar el incremento gradual de la producción en aras de no detener la escalada del beneficio.
Los excedentes monetarios del capitalismo de producción y consumo pronto adivinaron que el lucro generaría mayor beneficio aún si en vez de retornar a la producción brincaba a la financiación. Se comprobó que los márgenes se expandían más financiando la adquisición de mercancías que vendiéndolas. El fabricante de automóviles Henry Ford afirmó a principios del siglo pasado que para su cuenta de resultados le rentaba más conceder préstamos para las ventas de sus coches que la venta misma de los coches. La hybris monetaria dio la bienvenida al capitalismo de ficción, un mundo donde las mercancías desaparecen ante el encanto de los valores financieros, cuyo valor reside en aumentar su propio valor. El capital ya no necesitaba la materialidad de la mercancía, le bastaba con la inmaterialidad de la especulación.
Para evitar que la nueva forma de articular la vida en común pudiera ser saboteada, el rasgo más distintivo del capitalismo consistió en establecer unas condiciones en las que toda persona para subsistir necesitaba indefectiblemente la intermediación del capital. No era algo optativo, era tácitamente coercitivo. El trabajo se convirtió en mercancía, y como en el sistema capitalista nadie podía subsistir sin trabajo, se naturalizó la mercantilización de la propia vida humana. Esta naturalización, categóricamente fundamental para convertir el capital en riqueza, se exacerbó tanto que cuando a una persona se le quiere inquerir en qué está empleada basta con preguntarle qué es. La mercancía del trabajo se elevó a vector identitario y proveedor de prestigio social. Las inclinaciones y propensiones vitales quedaban reducidas al tiempo en que una persona era empleada por otra. Este hecho se eufemizó como autorrealización.
Lo meritorio del capitalismo es que desde sus albores se asentó una narrativa donde se releía a sí mismo como un orden acomodado a la supuesta tendencia natural del ser humano hacia el lucro. A día de hoy son muchas las personas que esgrimen este argumento, a pesar de que lo desdicen con un abrumador lote de actos en los que no hay atisbo alguno de que los realicen para lucrarse. Los bienes externos, los bienes del cuerpo y los bienes del alma se fundían en una sola categoría que podía satisfacerse con la mediación del dinero. Una buena vida se resumía en disponer de poder adquisitivo porque el discurso hegemónico anunciaba que con el valor de cambio que proporciona el dinero se podía satisfacer cualquier deseo. Por eso cuando calificamos a alguien como persona rica desdeñamos matizar en qué. Se sobreentiende que lo es en dinero. Pero el matiz no es que sea relevante, sino que en su utilización o no radica la forma de clasificar las prioridades de la vida y cómo ocuparnos de ellas.
Una persona puede ser rica y pobre a la vez dependiendo en qué: capital, bienes materiales, vínculos sociales, conocimiento reglado, salud, nexos afectivos, goces estéticos, creatividad, aprendizaje invisible, sabiduría, habilidad de descubrir belleza, atención, sentimientos de apertura al otro, discernimiento, gobernabilidad desiderativa, bondad discursiva, serenidad, etc., etc. El dinero es prioritario cuando escasea, pero deviene actor secundario cuando se obtiene de forma estable en cantidades que cubren la sostenibilidad material de la vida. A partir de ese umbral, lo felicitario se desvincula por completo del capital, aunque el capital jamás respaldará esta afirmación que acarrearía su propia devaluación.


