martes, mayo 26, 2026

Las pasiones alegres

Obra de Eva Navarro

Las pasiones alegres se definen como la vitalidad que el cuerpo expresa cuando hacemos uso de nuestras potencias. Es un término acuñado por Spinoza que le sirvió para enseñarnos que la alegría es la transición de una perfección menor a una mayor en el ser humano. Lo que nos potencia en el obrar nos alegra, y lo que nos alegra nos potencia en el obrar. Estas potencias están vinculadas en bucle con la creación y el aprendizaje: cultivar afectos, trazar lazos de comunidad,  jugar a configurar artefactos culturales, amistarse con el conocimiento, urdir proyectos colectivos, delinear ideas que involucren nuevas ideas.  Las pasiones alegres son la fuerza afín a la vida, aquellas que imprimen deleite y nos invitan a proseguir. Emanan cuando le decimos sí a la vida y la vida acepta la propuesta. Gracias a este maravilloso acontecimiento lo que hacemos y lo que somos se celebra sincronizadamente. Su fruto es el florecimiento humano. 

Con las pasiones alegres la vida se da vida a sí misma. Es una autoafirmación que configura sentido y energía deseante. Aquí el deseo no es la plasmación de una carencia, sino el despliegue de una potencia. Ocurre algo idéntico pero en la dirección contraria con las pasiones de signo opuesto. Cuando las pasiones tristes irrumpen, la vida se quita vida a sí misma, drena fuerza hasta hacer del ser una entidad lánguida. Con las pasiones tristes la vida se contrae. El miedo, la inseguridad, la intranquilidad, el desasosiego, el odio, la angustia, la abulia, la servidumbre a propósitos en cuya configuración nuestra voluntad no participa, son sentimientos y predisposiciones que expropian a la vida del empuje de la vida. Hay muchas pasiones de este cariz enmascaradas en narratividades que gozan de un elevado predicamento social en la racionalidad neoliberal: meritocracia, esfuerzo, disponibilidad, éxito, realización, competencia, productividad, utilitarismo, lucro. Son disposiciones que infligen sufrimientos releídos como problemas de salud mental. Huelga decir que no son problemas de la mente. Son problemas derivados de la organización política de la vida compartida. 

Hay una obviedad que cualquiera habrá experienciado en su biografía. Aunque la alegría brota desde lo más hondo del ser, es centrífuga, y a pesar de que la tristeza proviene del mismo lugar, es centrípeta. Las pasiones alegres brotan en un hacer que al hacerse nos hacen ser, pero también promocionan encontrarnos con otros seres que nos intensifican. Las personas aspiramos a que la ecología de la alegría se apodere de nuestro vivir, y nadie por voluntad propia se aferra a padecer tristezas y desalientos. Anhelamos lo alegre con el mismo ímpetu que intentamos sortear la pesadumbre. En un sinfín de ocasiones nuestra vulnerabilidad nos impide elegir qué sentir, pero nuestra capacidad de reflexión sí sabe qué contextos y qué quehaceres nos proveen de pasiones alegres y cuáles nos abastecen de pasiones tristes. 

Solo con la comparecencia de las pasiones alegres y su consustancial capacidad de extender el poder de vivir se puede aprender lo muchísimo que la vida enseña si le prestamos atención. ¿Qué hacer entonces cuando las pasiones tristes colonizan nuestros días? ¿Cómo apartar esa tristeza que aparece súbitamente sin que le hayamos concedido permiso? En su maravilloso Manual de filosofía portátil, Juan Arnau sintetiza la propuesta de Spinoza: «La receta moral de Spinoza es simple. Combatir las inclinaciones negativas con inclinaciones positivas más poderosas. No ofrecer una resistencia directa al mal. Sortearlo, esquivarlo, pasar a otra cosa. La razón nunca podrá someter a las pasiones. La mejor estrategia es sustituir unas por otras». Lo que no puede alcanzar nuestra racionalidad, lo corona nuestra alegría. Ojalá seamos lo suficientemente inteligentes para que las pasiones alegres se alcen en el criterio de validación para elegir el modo más idóneo de articular la vida compartida.

  

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martes, mayo 19, 2026

Cuando la ira y la tristeza se abrazan

Obra de Claire Elan

 

El sentimiento de ira surge cuando nos infligen un daño inmerecido. Es una reacción afectiva que indica que alguien ha lastimado nuestra dignidad a través de una acción que muestra irrespeto o desconsideración. Dependiendo de la relevancia del daño, la ira puede adquirir cantidad, intensidad y tonalidad variables que operan en la materialidad del cuerpo. Esta pluralidad hace que dispongamos de diversidad léxica para nominar las especificidades de este sentimiento. No es lo mismo molestarse que enfadarse, enojarse, disgustarse, irritarse, enrabietarse, cabrearse, indignarse, enfurecerse, encolerizarse, desmesurarse. En toda esta variedad hay un elemento común. El inmerecimiento es el detonante de los mecanismos de la ira. Nos enfadamos no solo por el daño sufrido, sino porque consideramos que no nos lo merecemos. La condición inmerecida nos confronta con la injusticia, cuya contemplación nos enfada. Si ese enfado es intenso, nos indigna. La indignación es la versión corpulenta del enfado.  

Si el móvil que origina el daño es intencional, una de las características de la ira es que propende a retribuir con daño el daño infligido. Se activa la contestación primaria de la venganza. En ocasiones el enfado busca justicia y en otras su impotencia acaba manufacturando resentimiento. En cambio, y curiosamente, cuando nos entristecemos no se anhela la comisión de daño, ni se actúa desde lógicas resentidas o vengativas, sino más bien se procede a tomar medidas para restaurar la expectativa lastimada y enmendar su comportamiento con el objeto de que no se vuelva a repetir. Algunos autores sostienen que la tristeza es enfado que el sujeto agente no se atreve a exteriorizar. Desgraciadamente la tristeza está muy patologizada. Parece que entristecerse revela un problema de salud mental, cuando quizá el problema de salud mental estriba en no entristecerse ante la contemplación de realidades que merecerían nuestra más honda aflicción. Es muy ilustrativo comprobar las diferencias operativas de la ira y de la tristeza. La ira se enfoca en el pasado, la tristeza mira al futuro. La ira ansía una retribución, la tristeza ahonda en la restauración. Una persona muy enfadada aparta cualquier ponderación, cancela el horizonte y se enemista con el futuro. En cambio, la tristeza es analítica, cuidadosa, evalúa con afinada calma lo perdido para reequilibrarlo en un enclave de porvenir mejorado. Nunca es destructiva. Es reflexiva e introspectiva. La tristeza todo lo que toca lo convierte en alma. Ahora bien, su punto débil es su naturaleza pasiva e irresoluta. La tristeza sin enfado puede concluir en resignación.

Para nuestra epistemología la ira y la tristeza son dos sentimientos claramente delimitados, pero quizá podríamos aprovechar sus funcionalidades operando en puntos en los que podrían interseccionar. ¿Qué ocurriría si entrelazáramos en nuestra configuración afectiva la aparente oposición de ambos sentimientos? La ira transforma el dolor en una fuente de energía que solicita una respuesta rápida, la tristeza invita a una indagación pausada que descubre pliegues hasta ese instante ignotos. Podríamos fusionar la irrigación energética de la irascibilidad con la profundidad reflexiva de la tristeza. Combinar el dolor de la aflicción con la potencia expansiva de la ira, aunque orientada a una acción que llegaría auspiciada por la cautela meditativa en vez de por la mera impulsividad. Consistiría en transformar ambos afectos en un ejercicio compartido de pensamiento y movimiento. Los sentimientos son construcciones socioculturales que se nutren simultáneamente de las emociones, de las respuestas fisiológicas que emanan del cuerpo y de las valoraciones personales y éticas tras auditar nuestra instalación en el mundo. ¿Qué nombre le pondríamos a este sentimiento? ¿Cómo lo codificaríamos lingüísticamente para que una comunidad política pudiera referirse a él? Quizá podríamos llamarlo afliracción, un término cuyo desglose indicaría que procede de una fusión léxica de aflicción (dolor, tribulación,  pena), ira (enojo, enfado, indignación) y acción (movimiento, transformación, realización creativa). La afliracción sería una tristeza mezclada con ira que impele a actuar reflexivamente en una realidad con el propósito de transformarla.  Un impulso sin impulsividad. Una reflexión con resolución.