Entre las muchas frases célebres que escribió Ortega y Gasset se encuentra esta tremendamente aclaratoria: «Dime a qué atiendes y te diré quién eres». Esta afirmación puede voltearse y convertirse en un recurso retórico muy útil para responder al interrogativo qué somos: «Somos aquello que sabemos recibir del lugar en el que habita nuestra atención». Una buena e incisiva pregunta no es inquirir a alguien a qué se dedica, sino en dónde suele permanecer más tiempo su atención. La atención no es solo una laureada habilidad cognitiva, es también y sobre todo una virtud ética. Lo que elegimos atender transforma nuestra experiencia de la vida, y es a la vez una manifestación de nuestros valores y nuestras prioridades, más aún en un momento epocal en que decrece la eficacia contemplativa en favor de las atenciones pasajeras. El ecosistema digital en el que estamos domiciliados secuestra con suma facilidad nuestra atención, pero sobre todo erosiona sus mecanismos para inutilizarla. Frente a la profundidad, se enfatiza la horizontalidad y su inescindible superficialidad. Frente a la parsimonia serena en la que se complace la elaboración de lo valioso, la impulsividad propia de la digitalización nos apremia a saltar apresuradamente de un estímulo a otro sin arraigarnos en ninguno. Subordinados a estratégicos reforzadores intermitentes, acabamos viviendo un presente expropiado del presente.
En el ensayo coral El declive de la atención, su coordinador, el filósofo Amador Fernández-Savater, expone que «la atención es, en primer lugar, un trabajo negativo: vaciar, quitar cosas, de-saturar, suspender, abrir un intervalo, interrumpir, parar y detener. Es Simone Weil, pensadora por excelencia de la atención, quien ha sabido ver y explicar mejor esto». Unas líneas después Amador nos recuerda que para Weil «la formación de la atención es el verdadero objetivo del estudio y no las notas, los exámenes, la acumulación de saber o de resultados». Solo aprendemos cuando estamos a lo que estamos, una forma de residir en el instante a cada instante que se opone al malabarismo de hacer varias cosas a la vez y no aprender apenas nada de ninguna de ellas. Estar presente en el presente es algo muy serio que cada vez se topa con más adversidades para llevarse a cabo, lo que supone el deceso de la autonomía entendida como la habilidad de colocar la atención donde lo requiere nuestra voluntad, y no otra instancia ajena a ella.
Recuerdo una viñeta de la humorista gráfica Daniella Martí en la que están hablando unas mujeres sentadas en un parque. Una de ellas le dice a sus compañeras: «Quién nos iba a decir hace veinte años que hoy usaríamos la realidad para escapar de Internet». Para que atenúen la tentación de ser distraídos por sus dispositivos móviles y sortear las estrategias adictivas del algoritmo, a mis alumnas y alumnos les suele proponer que intenten que su atención esté en el mismo lugar en el que se encuentra su cuerpo. Probablemente el magisterio más relevante que puede adquirir una persona es aprender a estar donde está y a no estar donde no está, poseer el discernimiento necesario para distinguir una acción de la otra, y disponer de la voluntad adecuada para ejecutar la valiosa y desechar la superflua. La anhelada sabiduría podría resumirse en el arte de saber dónde poner nuestra atención y saber de dónde retirarla. Porque, y volviendo a citar a Ortega y Gasset, «todo es extraño y maravilloso para unas pupilas bien abiertas».
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