martes, mayo 05, 2026

El número Dunbar y la rebelión del afecto

Se le atribuye al etólogo Konrad Lorenz la tesis de que solo podemos mantener relaciones afectivas de calidad con grupúsculos de no más de once personas. Colmada esta cantidad, el afecto y sus atributos de cuidado, ternura y atención se difuminan, las interacciones se espacian y se vuelven más efímeras y superfluas. La dilatación en el tiempo y la dispersión geográfica favorecen que las relaciones terminen pivotando en torno a otros intereses. El antropólogo británico Robin Dunbar amplió la cifra de Lorenz y teorizó que nuestro orbe afectivo puede acoger aproximadamente hasta ciento cincuenta personas. Traspasada esta cifra los nexos afectivos se fragilizan, pierden calidad y profundidad. El afecto es una miscelánea sentimental de afinidad, conectividad y complementariedad hacia alguien, pero para su despliegue se requiere un cultivo y una dedicación difíciles de llevar a cabo en un mundo apresurado y atestado de tareas y personas. Nuestra capacidad cognitiva solo puede articular un número limitado de relaciones con vinculación estable y significativa: el célebre número Dunbar. Estas cincuenta personas no conforman una afectividad homogénea, sino distintas capas de relaciones que se distribuyen entre personas cercanas, familia, amistades, personas íntimas, contactos significativos, etc. Este número aparece en estudios de comunidades ancestrales (como los cazadores-recolectores), no obstante, en ciudades donde la pauta es el anonimato, el guarismo decrece drásticamente hasta las diez o quince personas. 

Si Lorenz y Dunbar nos recuerdan que el afecto tiene límites biológicos, el capitalismo emocional los desborda. Las plataformas digitales metrifican y monetizan nuestra necesidad de afecto, a pesar de contravenir nuestra propia infraestructura afectiva y su radio de acción. La caza y captura de likes se convierte en moneda de validación social, los mensajes de texto reemplazan a las conversaciones, las relaciones se orquestan como inversiones con plazos y objetivos que en caso de incumplirse se desechan. La hybris capitalista ha encontrado un filón en la esfera de los afectos, aunque su lógica lucrativa de siempre más atente contra la naturaleza del propio afecto contaminándolo de instrumentalidad. El afecto nos constituye y la configurabilidad de la persona que somos es el resultado de nuestra vida trenzada con otras vidas en un reducido círculo empático inmerso a su vez en un gigantesco tejido social.  El afecto se alza en un gesto de disidencia en un mundo economizado cuyo criterio de valor está supeditado a  la productividad, el rendimiento y la utilidad. Cuando abrazamos, escuchamos o simplemente estamos con alguien sin esperar otra contrapartida que la propia gratificación inserta en esa acción afectiva, desafiamos la lógica del capital que todo lo convierte en mercancía con valor de cambio. 

Si el afecto es un acto de resistencia, ¿qué ocurre cuando no sentimos cariño por alguien?, ¿estamos capitulando ante las lógicas mercantilistas? El mundo pantalla y la masificación demográfica nos exponen a un sinfín de personas, pero el afecto solo florece en círculos muy pequeños. Para que lo que presumimos más humano no se diluya hasta desaparecer, hemos inventado una poderosa estrategia: que el sentimiento ceda paso a la virtud. La virtud es el modo de conducirnos de acuerdo a unos principios que consideramos irrevocables para que la convivencia sea un lugar acogedor y afable. La estratagema estriba en que donde no llegue el afecto llegue la ética. El afecto opera en las distancias cortas, en cambio, la ética lo hace en las distancias largas. El afecto se cuela en las relaciones cercanas, requiere proximidad, tiempo y reciprocidad. La ética se despliega en las relaciones con cualquier persona por muy alejada que se encuentre de la nuestra, precisamente porque es una persona que nos insta al deber de cuidar la dignidad de la que es portadora. Como quizá no sintamos cariño hacia ella, debemos exigirnos una conducta virtuosa. Es imposible ser amigo de quienes no conocemos, pero sí podemos tratarlos con la consideración que merece su dignidad en tanto miembros de la especie humana. He aquí la amistad cívica. Una forma de buen trato que desborda cualquier número. Cualquier círculo. Cualquier distancia geográfica. 


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martes, abril 28, 2026

¿Cómo se llama la forma de organizar la convivencia?

Obra de Eva Navarro

Cada vez que escucho a alguien autodefinirse orgullosamente como apolítico, pienso para mis adentros:  «¿Pero es que a ti no te importas tú?».  Quien se autorretrata apolítico malentiende qué es la política, o desconoce que se trata de organizar la convivencia de una manera justa para que una comunidad funcione bien. Lo que probablemente quiera resaltar la persona apolítica no es su dejación o su alejamiento de la cosa pública, sino que profesa poca simpatía a cualquier partido político. En vez de apolítico querría decir apartidista. Ser apolítico es una empresa tan imposible como lo es no ser un ser cultural, un ser técnico o un ser autodeterminado. Aristóteles sostenía que «el ser humano es un animal político por naturaleza», pero apostilló algo cardinal que sirve para comprender la magnitud exacta de la política: «y quien crea no serlo o es un dios o es un idiota». En griego el término idiotes señalaba a la persona que se desatendía de los asuntos públicos y solo ponía atención y celo en los propios. Por eso precisamente se la definía como idiotes. Lo público era condición necesaria para configurar lo propio. 

El pensamiento griego convino en que la ciudad había surgido porque ninguna persona se bastaba a sí misma, y esa interdependencia encarnada en la ciudadanía delataba la continuidad entre la esfera pública y la esfera privada. No es que lo personal también sea político, sino que desde el instante en que hemos hecho de la convivencia un destino insoslayable, la política es ineludible en tanto que su concepción radica en articular esa misma convivencia. Cuando los clásicos griegos pensaban en cómo vivir juntos ya vivían juntos, así que sus ideas políticas se encaminaban a desvelar cómo vivir juntos de la mejor manera posible, para lo cual se tornaba impostergable dilucidar alternativas sobre lo posible. De aquí se desprende que quien en nuestros días niega lo posible está cercenando cruentamente la dimensión política de la vida humana. La política consiste en una negociación siempre inacabada ente lo necesario y lo posible, y luego llevar a los dominios de la acción el acuerdo alcanzado. Ser ciudadanía es deliberar en la conversación pública sobre las posibilidades de administrar lo común para que toda persona pueda acceder a una vida buena (aquí hay que puntualizar que no es lo mismo la vida buena que la buena vida escorada hacia la opulencia mercantilizada). La política estriba en armonizar los desacuerdos sobre qué queremos hacer con la vida compartida en virtud de qué es lo que valoramos como comunidad, y luego urdir el modo de trocarlo en práctica. Hacer un uso público de la razón en torno a nuestras existencias al unísono es la forma de gobierno ciudadano que da sentido a la democracia.  Nos concierne pensar los problemas comunes para delinear y crear unas condiciones idóneas merced a las cuales toda persona pueda desplegar sus potencias en el mundo. Que cualquiera albergue la posibilidad de hacer de su vida una vida alegre. 

Afirmar la condición apolítica teniendo todo lo anterior en cuenta es subrayar un elevado grado de descuido ante las circunstancias que nos atraviesan y condicionan. Ortega y Gasset nos enseñó que «yo soy yo y mis circunstancias, y si no cuido mis circunstancias no me cuido a mí». Somos hijos de nuestro tiempo, vástagos de las circunstancias que modelan el mundo en el que se inscribe nuestra vida y su forma de actuar en él. Negligenciar las circunstancias o resignarse con fatalidad irresoluta a ellas es ser negligente con la persona que somos. Para hacer hincapié de un modo hiperbólico del influjo poderoso de las circunstancias políticas que nos permean, en reiteradas ocasiones les comento a mis alumnas y alumnos que son más hijos de Donald Trump que de sus padres. El mandato del inquilino de la Casa Blanca y su forma de detentar el poder («mi único límite son mis deseos») infligen nuestra vida a través de decisiones y pautas de comportamiento que desgraciadamente muchas personas están mimetizando y transfiriendo a sus parcelas cotidianas de acción. Despolitizarnos e ignorar estas inercias supone un profundo vaciamiento de la democracia. Sería permitir sin nuestro consentimiento que otras personas elijan por nosotras qué queremos para nuestra persona y nuestra vida. Las más de las veces serán tecnócratas que con sus acciones y omisiones beneficiarán a quienes nos quieren clientes, contribuyentes, competidores y espectadores, pero no actores con ciudadana potencia autodeterminadora. A quien se declara apolítico con cierto aire ufano dan ganas de recordarle una obviedad: «la política no es lo que hacen los políticos, es lo que te hacen a ti».

   
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