martes, junio 30, 2026

Reírnos para restar importancia a lo que no la tiene

Obra de James Coates

 

Resulta muy alentador descubrir que en las encuestas sobre qué nos gusta de las personas, los dos aspectos que más valoramos de ellas sean la amabilidad y el sentido del humor. Nos congratula estar con personas con las que sentimos confortabilidad y nos apresuran a hacernos reír. Nuestra socialidad está tan enraizada que nos encantan las personas risueñas, y de forma innata tendemos a segregarnos preventivamente de las hurañas, o de las que moran la existencia con irascibilidad y suspicacia. Quienes se prodigan en el mal humor son proclives a destilar iracundia y a afilar una mirada avinagrada sobre su derredor que oscurece la convivencia. En las antípodas se ubica el buen humor. Suele manifestarse en personas que hacen la vida fácil a los demás, quitan peso a lo que acaece, atribuyen pronta revocabilidad a los reveses cotidianos, entonan palabras que rezuman cordialidad. Aunque la risa es involuntaria, es indicativo de la inteligencia modificar los marcos de referencia y reírnos de ellos para escamotear importancia a lo que no la tiene, que es casi todo lo que envuelve nuestro día a día, y conferírsela a las cosas serias, que si nos detenemos a reflexionar son bastantes menos de las que nos hace admitir la precipitacion diaria de la vida. Y sin embargo cada vez resulta más difícil vernos reír. Cada vez concedemos más seriedad y trascendentalidad a lo que no se lo merece. O dicho con otras palabras. La distancia que el humor nos permite tomar de nuestra propia persona cada vez es más estrecha. Y sin la colaboración de esta perspectiva poco a poco vamos empequeñeciendo la vida.

A medida que va cumpliendo años, el ser humano deja escalonadamente de reír. En la infancia nos reímos infinidad de veces al día, en la adultez infinidad de veces ningún día, a pesar de que nada nos imanta a los demás con tanta intensidad como el magnetismo del humor. La racionalidad humorística es una estrategia para hurtarle gravedad a las cosas que nos suceden, una herramienta ética para combatir pasiones tristes como el miedo, puesto que reírnos de la realidad es un ardid iconoclasta de la inteligencia para minar su temible jerarquía de dominación. Movilizar la risa sin humillar, sin ridiculizar, sin apelar al físico de las personas o a aquello que les provoca inseguridad frente a los demás, sin recurrir a esa imputación velada que es el sarcasmo, sin alinear nuestra gracia con la desgracia ajena. Xavi Puig, del desternillante y crítico El Mundo Today, lo aclara en el ensayo Hacer reír«el humor sin el humanismo es un arma peligrosa». En cambio, constituye una señal de clarividencia reírnos de nuestra futilidad, trastocar en cómica la gravedad hiperbólica y tergiversada que le conferimos a la trama de la vida,  interpretar como hilarante el rebuscado sentido que le damos a todo lo que nos rodea para que no nos asedie el sinsentido y la obtusidad. Quien se ríe accede asimismo a la práctica de estar presente en la instantaneidad del presente. El regocijo del que emana la hilaridad imprime sabiduría, puesto que hace que la persona se encuentre donde se encuentra, y evite el autosabotaje tan frecuente de no estar donde está. Aunque parezca un enigmático juego de palabras, se trata de una de las aspiraciones más meritorias del conocimiento práctico en un mundo atestado de pantallas y una industria de la distracción que no para de sofisticar sus mecanismos captores.

Bernat Castany Prado vindica el humor con ternura para no ponernos por encima del objeto de la risa. Como todo aquello que deviene funcionarial, el humor puede tener un uso liberador o sometedor. En su libro Una filosofía de la risa, Castany Prado apremia reconocernos no solo como ignorantes, sino también como insignificantes. Cuando el humor expresa las singularidades humanas (vulnerabilidad, mortalidad, intrascendencia, imperfección, ambigüedad, contradicción), cuando nos restamos importancia y nos sumamos inanidad, invertimos la autoría de la risa. La realidad deja de reírse de nuestra persona porque es nuestra persona quien se adelanta a adoptar la liberadora práctica de reírse de sí misma. Castany lo sumariza en un aforismo precioso: «Debemos aprender a estar a la altura de nuestra pequeñez». Ojalá atesoremos humor suficiente para reafirmar esta pequeñez, dejar atrás un sitio tan reducido como nuestra persona, y salir a disfrutar y a agradecer la inconmensurable grandeza del mundo.  



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martes, junio 23, 2026

Hacer mundo al declararlo

Obra de Edward B. Gordon

En muchas ocasiones las palabras  abren una sima infranqueable entre lo que una persona afirma y lo que querría haber afirmado. Se trata de un riesgo inherente a un lenguaje condenado a correr apresuradamente detrás de la realidad para verbalizarla y poder así comprenderla. Aunque resulte antitético, hablar, y sobre todo escribir, es intentar que las palabras digan lo que parece que se oponen a que pueda ser dicho. La realidad se presenta en ocasiones tan díscola que parece sabotear cualquier intento de domesticación lingüística. Cuando Wittgenstein confesó que «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» debía haber experimentado reiteradamente la frustración de no encontrar la palabra idónea para desencriptar algo del mundo. Las palabras pretenden dibujar una realidad que es dinámica y transitoria, justo lo contrario que la naturaleza de las propias palabras, artefactos sonoros o codificados en signos hechos de la sedimentación de la experiencia humana. La contumaz renuencia de la que hace gala la vida no admite una exacta gubernamentalidad empalabrada. Sin embargo, sin la participación de la palabra no es viable la vida políticamente compartida. Podemos formar una densa urdimbre social porque hemos inventado la alquimia del lenguaje. Somos alquimistas porque transformamos el mundo en palabra, pero sobre todo somos genios creadores porque estamos facultados para generar mundo simplemente declarándolo a través de la palabra. 

A día de hoy albergamos mas que suficiente  biografía de la humanidad para poder inferir que son las palabras cívicas elegidas con bondad y pronunciadas con respeto las posibilitadoras de la confortabilidad de la vida en común. Esta certeza no obsta para que nos aqueje un momento epocal en que el argumento más aceptado no es el discursivamente mejor construido, ni tampoco el esgrimido con respetuosa asertividad, sino el más envalentonadamente enconado. El enfado, la grosería, la barbaridad insidiosa, el relato estereotipado, la imputación de mala intención, el lugar común defendido con animosidad, suelen premiarse con la ultraviralidad y la difusión mediática. La espectacularización de la salida de tono opaca el uso moderado de la razón pública. La belicosidad y el irrespeto obstruyen la cooperación sin la cual es insostenible el mantenimiento del diálogo. La palabra lacerante restringe la avenencia recíproca con la que se tejen los nexos y se edifica toda posible convivencia. El estruendo sepulta el silencio requerido para pensar y deliberar en unas mínimas condiciones de higiene argumentativa. Cuando en vez de la palabra fraternal se emplean estas estrategias, no se busca solución ni consenso, sino azuzar la confrontación. La violencia discursiva ofrece muchos más réditos en el corto plazo que la palabra sosegada, pero solo desde la razón cordial se puede armonizar el desacuerdo hasta convertirlo en un pacto parcialmente satisfactorio para quienes son afectados por él. Aunque es sorprendente la cantidad de personas que no deben saberlo por cómo actúan, la palabra educada monopoliza la solución de cualquier desavenencia. Tanto en la conversación pública como en los círculos íntimos.

La violencia física puede destrozar un cuerpo, pero la violencia discursiva puede destrozar la totalidad de la persona. Con los estudios de ontología del lenguaje de Rafael Echeverría aprendimos que el sufrimiento descansa sobre los juicios que hacemos sobre aquello que sucede. Significa que podemos intervenir sobre los hechos que ocurren, pero que también pueden intervenir los demás. Aquí radica el compromiso que supone hacer un cuidadoso uso público de la razón, el deber cívico de elegir aquellas palabras que, a pesar de conllevar crítica, impugnación o cuestionamiento, no inflijan daño ni deterioro. Las declaraciones son extremadamente intrusivas en la vida de las personas, porque quien declara algo está construyendo el mundo con sus palabras, a pesar incluso de toparnos los límites del lenguaje. En este punto se demarca la sustancial diferencia entre recibir un golpe en el cuerpo y que alguien introduzca de golpe un mundo en nuestro mundo solo con declararlo. Tenemos una responsabilidad pública en todo lo que decimos y cómo lo decimos (o en aplaudir a quien lo dice). Al decirlo o al aplaudirlo construimos un mundo hecho a imagen y semejanza de nuestras palabras y nuestros aplausos. Pocas acciones demandan  tanta responsabilidad. 


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