martes, febrero 17, 2026

La ejemplaridad inversa

En una comunidad educada bien el comportamiento valorado como modélico irradia magnetismo. Hay algo atrayente en su despliegue que induce a la mímesis en quien lo observa, la tentativa de replicarlo en el propio obrar a sabiendas de que mejora la praxis vital. El estudioso de la ejemplaridad pública y autor de la acuñación de este sintagma, Javier Gomá, afirma que lo excelente emana seducción. El propósito último de la educación radica en que las personas aprendan a discernir y acaben sintiendo la imantación de lo idóneo para convivir bien. En realidad, estamos hablando de la admiración, el sentimiento que nos mejora al contemplar lo mejor y ponerlo en práctica. 

Desgraciadamente la seducción que emana de lo excelente palidece en este momento epocal. Hemos transitado de la ejemplaridad edificante a una ejemplaridad inversa que ha cercenado lo que hasta ayer considerábamos valioso y por tanto acreedor de recibir atención y cuidado. Podríamos definir la ejemplaridad inversa como la estima social hacia la transgresión sórdida, donde el modelo a imitar ya no es quien encarna la virtud, sino quien ostenta con orgullo su contravalor. Lo que seduce no es lo excelente ni lo admirable, sino lo execrable y lo reprobable. La ejemplaridad inversa se regodea en mostrar insensibilidad, grosería, autoritarismo, mendacidad, desconsideración, narcisismo, desvergüenza, excentricidad, despotismo, engreimiento. El malismo atrae y recluta militancia. Hacer ostentación del mal se ha erigido en instrumento para sumar correligionarios. Mauro Entrialgo ha publicado un ensayo recogiendo múltiples ejemplos de este giro histórico del que nos ha tocado ser apesadumbrados testigos directos. La fuerza de atracción se ha degradado. Se admira el mal, pero sobre todo la libertad de quien lo perpetra. Quien muestra imperturbabilidad ante el padecimiento ajeno, o implementa medidas para originarlo arbitrariamente, o desdeña cualquier alusión a la dignidad humana, recibe aplausos y vítores. Lo abyecto opera como una fuerza centrípeta que nos arrastra hacia lo que antes nos repelía. No se trata de calcar la excelencia, sino de disponer de la impunidad de la que hacen gala los nuevos bárbaros. 

Los grupos se cohesionan a través de la liberación de las emociones menos proclives para una convivencia cívica. Azuzar el orbe emocional y el sobredimensionamiento de la mala intención de los demás es la baza del verbandalismo, el lance en el que el verbo se hace acto vandálico. El magnetismo de la bondad ha sido suplantado por la espectacularización de la ley del más fuerte. La desinhibición ha derrotado a las restricciones cívicas y celebra el advenimiento de un brutismo irrestricto. La ejemplaridad inversa extiende un barniz monocromo sin apenas oposición, como si vindicar un mundo que no maltrate a quienes lo habitamos fuera una petición extemporánea formulada por personas ingenuas. Estos contravalores ofrecen réditos electorales, garantizan adhesiones, incrementan la simpatía ciudadana, se enarbolan como modelos. Esta avalancha de ejemplaridad inversa ha precipitado el declive de la hipocresía. Nadie necesita urdir estratagemas de enmascaramiento, desgranar argumentos meramente cosméticos, elegir los pretextos y las coartadas más arteras para ocultar las verdaderas intenciones. La hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud. Este enojoso tributo ha dejado de ser pagado. 

Para quienes aún consideran la dignidad un valor inalienable, contemplar cómo se extrema la ejemplaridad inversa trae en su envés el anhelo irrenunciable de la vieja ejemplaridad. En este escenario de desinhibición bruta admirar la belleza y la excelencia se convierte en un gesto de disidencia política. El bárbaro necesita el aplauso constante para validarse, en cambio, la virtud se sostiene por sí misma creando núcleos de resistencia sin precisar ruido alguno. Solo con sentimientos buenos en el interior  y justicia en el exterior de las personas se puede crear apacible vida humana. Un dominio vetado por completo a la ejemplaridad inversa.

 

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martes, febrero 10, 2026

«Nunca nos ocupamos de la costumbre porque sus atenciones son invisibles»

Obra de Tim Etiel

«¿Qué son las costumbres?», se pregunta Javier Gomá en su último libro, Fuera de carta. Responde que son imitaciones de un modelo. «¿Y las buenas costumbres?». Afirma que se tratan de imitaciones de un modelo específico que, debido a su carácter ejemplar, invitan a una civilizada vida en común. Podemos anticipar que aunque la costumbre no es un decreto explícito, decreta implícitamente. No en vano la génesis etimológica del término moral proviene de moralis, que a su vez deriva de mos-moris, que en latín significa costumbre.  

Recuerdo un poema del primer Nobel de Literatura, Sully Prudhomme, en el que describía la costumbre como «una forastera que suplanta a nuestra razón, una vieja ama de casa que se instala en el hogar. Es discreta, humilde y leal. Conoce todos los rincones. Nunca nos ocupamos de ella porque sus atenciones son invisibles. Conduce los pasos del ser humano por el camino que hubiera elegido. Sabe los fines que este persigue sin que haya de señalárselos, y le dice con voz queda: por aquí». Aunque el poema se refiere a la costumbre, su contenido se puede extrapolar a las virtudes o a los modernos valores. Prudhomme emparenta la costumbre con la monotonía, pero no con la rutina, que es la fórmula urdida por la inteligencia creadora para que los seres humanos economicemos la energía que requiere acometer la tarea de vivir. Sin embargo, esta laudatoria descripción de la costumbre sufre un giro repentino y el poeta francés preconiza un peligro inminente: «¡Pero imprudente quien se abandone a su yugo una vez conocido! Esta vieja de paso monótono va adormeciendo la joven libertad, y todos los que insensiblemente se han dejado ganar por su fuerza oscura, son humanos por su fisonomía, pero son cosas por los movimientos»

Si Prudhomme temía que la costumbre nos deshumanizara y nos convirtiera en autómatas, hoy la amenaza toma una dirección opuesta que se resume en la desaparición de suelo firme en el que pisar. El paradigma neoliberal ha identificado costumbre con conformidad, y la ha desacreditado enconadamente acuñando el  sintagma amonestador zona de confort. Esta zona sería aquella en la que nos encontramos tan cómodos que al parecer nos sabotearíamos la posibilidad de poner tesón en descubrir realidades nuevas. Como para el capitalismo neoliberal nada nunca es suficiente,  precisa devaluar la satisfacción denostándola como conformismo o mediocridad. Estigmatiza la permanencia en la placidez y entroniza la inestabilidad revistiéndola de superación. Desde este prisma es fácil asentir con Byung-Chull Han que la autoexigencia es la nueva forma de autoexplotación. Ocurre que quienes reprueban la zona de confort se olvidan de que para salir de ella primero hay que entrar. En el tardocapitalismo cada vez es más difícil tener un refugio que guarezca de las muchas intemperies que asolan la vicisitud de existir, un conjunto de costumbres que presten calor hogareño y solidez vital frente a la precariedad y la liquidez del mundo. Si la zona de confort es el espacio donde las personas logramos ser plenas soberanas de nuestro tiempo y nuestras prácticas, entonces habitarla no es adocenamiento. Es resistencia.

Provoca perplejidad que las costumbres, los valores y las virtudes sean construcciones que adolecen de falta de autoría. Es fascinante la inescrutabilidad de su procedencia, lo imposible de rotular el punto cero en el que una costumbre se convirtió en modelo para el ánimo colectivo y se alojó finalmente en la interioridad de las personas determinando su manera de proceder. Hay un origen indefinido en la sedimentación de los actos que engendran costumbre y se metamorfosean en cultura. La costumbre expresa la decantación de la vida tras desplegarse sobre sí misma en su afán de crear belleza y formas de expresión para dotarse de sentido. Cristaliza en conducta cuando un gesto se revela tan fértil que la comunidad acuerda sin necesidad de hablarlo que merece ser reproducido. Pero siempre hay que estar alerta y tener presente el peligro deshumanizador vaticinado por Sully Prudhomme. El pensamiento crítico tiene la responsabilidad de poner en entredicho la favorable o desfavorable perennidad de la costumbre. Existieron costumbres que nuestra sensibilidad ética juzga horripilantes en el presente en el que vive, y por ello se han hecho acreedoras del arrinconamiento y el olvido. ¿Cuántas costumbres, ideas, paradigmas, que ahora impregnan lo cotidiano serán desechadas por quienes nos descenderán al someterlas a nuevas inspecciones y considerarlas irracionales, injustas, discriminatorias? Emplear la memoria para escrutar el pasado ayuda a estimular la imaginación para vaticinar el futuro, pero también para desvelar la oculta inercia de la costumbre. Para pensar por qué pensamos como pensamos y no de cualquier otra manera.


 

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