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| Obra de James Coates |
Resulta muy alentador descubrir que en las encuestas sobre qué nos gusta de las personas, los dos aspectos que más valoramos de ellas sean la amabilidad y el sentido del humor. Nos congratula estar con personas con las que sentimos confortabilidad y nos apresuran a hacernos reír. Nuestra socialidad está tan enraizada que nos encantan las personas risueñas, y de forma innata tendemos a segregarnos preventivamente de las hurañas, o de las que moran la existencia con irascibilidad y suspicacia. Quienes se prodigan en el mal humor son proclives a destilar iracundia y a afilar una mirada avinagrada sobre su derredor que oscurece la convivencia. En las antípodas se ubica el buen humor. Suele manifestarse en personas que hacen la vida fácil a los demás, quitan peso a lo que acaece, atribuyen pronta revocabilidad a los reveses cotidianos, entonan palabras que rezuman cordialidad. Aunque la risa es involuntaria, es indicativo de la inteligencia modificar los marcos de referencia y reírnos de ellos para escamotear importancia a lo que no la tiene, que es casi todo lo que envuelve nuestro día a día, y conferírsela a las cosas serias, que si nos detenemos a reflexionar son bastantes menos de las que nos hace admitir la precipitacion diaria de la vida. Y sin embargo cada vez resulta más difícil vernos reír. Cada vez concedemos más seriedad y trascendentalidad a lo que no se lo merece. O dicho con otras palabras. La distancia que el humor nos permite tomar de nuestra propia persona cada vez es más estrecha. Y sin la colaboración de esta perspectiva poco a poco vamos empequeñeciendo la vida.
A medida que va cumpliendo años, el ser humano deja escalonadamente de reír. En la infancia nos reímos infinidad de veces al día, en la adultez infinidad de veces ningún día, a pesar de que nada nos imanta a los demás con tanta intensidad como el magnetismo del humor. La racionalidad humorística es una estrategia para hurtarle gravedad a las cosas que nos suceden, una herramienta ética para combatir pasiones tristes como el miedo, puesto que reírnos de la realidad es un ardid iconoclasta de la inteligencia para minar su temible jerarquía de dominación. Movilizar la risa sin humillar, sin ridiculizar, sin apelar al físico de las personas o a aquello que les provoca inseguridad frente a los demás, sin recurrir a esa imputación velada que es el sarcasmo, sin alinear nuestra gracia con la desgracia ajena. Xavi Puig, del desternillante y crítico El Mundo Today, lo aclara en el ensayo Hacer reír: «el humor sin el humanismo es un arma peligrosa». En cambio, constituye una señal de clarividencia reírnos de nuestra futilidad, trastocar en cómica la gravedad hiperbólica y tergiversada que le conferimos a la trama de la vida, interpretar como hilarante el rebuscado sentido que le damos a todo lo que nos rodea para que no nos asedie el sinsentido y la obtusidad. Quien se ríe accede asimismo a la práctica de estar presente en la instantaneidad del presente. El regocijo del que emana la hilaridad imprime sabiduría, puesto que hace que la persona se encuentre donde se encuentra, y evite el autosabotaje tan frecuente de no estar donde está. Aunque parezca un enigmático juego de palabras, se trata de una de las aspiraciones más meritorias del conocimiento práctico en un mundo atestado de pantallas y una industria de la distracción que no para de sofisticar sus mecanismos captores.
Bernat Castany Prado vindica el humor con ternura para no ponernos por encima del objeto de la risa. Como todo aquello que deviene funcionarial, el humor puede tener un uso liberador o sometedor. En su libro Una filosofía de la risa, Castany Prado apremia reconocernos no solo como ignorantes, sino también como insignificantes. Cuando el humor expresa las singularidades humanas (vulnerabilidad, mortalidad, intrascendencia, imperfección, ambigüedad, contradicción), cuando nos restamos importancia y nos sumamos inanidad, invertimos la autoría de la risa. La realidad deja de reírse de nuestra persona porque es nuestra persona quien se adelanta a adoptar la liberadora práctica de reírse de sí misma. Castany lo sumariza en un aforismo precioso: «Debemos aprender a estar a la altura de nuestra pequeñez». Ojalá atesoremos humor suficiente para reafirmar esta pequeñez, dejar atrás un sitio tan reducido como nuestra persona, y salir a disfrutar y a agradecer la inconmensurable grandeza del mundo.



