martes, junio 23, 2026

Hacer mundo al declararlo

Obra de Edward B. Gordon

En muchas ocasiones las palabras  abren una sima infranqueable entre lo que una persona afirma y lo que querría haber afirmado. Se trata de un riesgo inherente a un lenguaje condenado a correr apresuradamente detrás de la realidad para verbalizarla y poder así comprenderla. Aunque resulte antitético, hablar, y sobre todo escribir, es intentar que las palabras digan lo que parece que se oponen a que pueda ser dicho. La realidad se presenta en ocasiones tan díscola que parece sabotear cualquier intento de domesticación lingüística. Cuando Wittgenstein confesó que «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» debía haber experimentado reiteradamente la frustración de no encontrar la palabra idónea para desencriptar algo del mundo. Las palabras pretenden dibujar una realidad que es dinámica y transitoria, justo lo contrario que la naturaleza de las propias palabras, artefactos sonoros o codificados en signos hechos de la sedimentación de la experiencia humana. La contumaz renuencia de la que hace gala la vida no admite una exacta gubernamentalidad empalabrada. Sin embargo, sin la participación de la palabra no es viable la vida políticamente compartida. Podemos formar una densa urdimbre social porque hemos inventado la alquimia del lenguaje. Somos alquimistas porque transformamos el mundo en palabra, pero sobre todo somos genios creadores porque estamos facultados para generar mundo simplemente declarándolo a través de la palabra. 

A día de hoy albergamos mas que suficiente  biografía de la humanidad para poder inferir que son las palabras cívicas elegidas con bondad y pronunciadas con respeto las posibilitadoras de la confortabilidad de la vida en común. Esta certeza no obsta para que nos aqueje un momento epocal en que el argumento más aceptado no es el discursivamente mejor construido, ni tampoco el esgrimido con respetuosa asertividad, sino el más envalentonadamente enconado. El enfado, la grosería, la barbaridad insidiosa, el relato estereotipado, la imputación de mala intención, el lugar común defendido con animosidad, suelen premiarse con la viralidad y la difusión mediática. La espectacularización de la salida de tono opaca el uso moderado de la razón pública. La belicosidad y el irrespeto obstruyen la cooperación sin la cual es insostenible el mantenimiento del diálogo. La palabra lacerante restringe la avenencia recíproca con la que se tejen los nexos y se edifica toda posible convivencia. El estruendo sepulta el silencio requerido para pensar y deliberar en unas mínimas condiciones de higiene argumentativa. Cuando en vez de la palabra fraternal se emplean estas estrategias, no se busca solución ni consenso, sino azuzar la confrontación. La violencia discursiva ofrece muchos más réditos en el corto plazo que la palabra sosegada, pero solo desde la razón cordial se puede armonizar el desacuerdo hasta convertirlo en un pacto parcialmente satisfactorio para quienes son afectados por él. Aunque es sorprendente la cantidad de personas que no deben saberlo por cómo actúan, la palabra educada monopoliza la solución de cualquier desavenencia. Tanto en la conversación pública como en los círculos íntimos.

La violencia física puede destrozar un cuerpo, pero la violencia discursiva puede destrozar la totalidad de la persona. Con los estudios de ontología del lenguaje de Rafael Echeverría aprendimos que el sufrimiento descansa sobre los juicios que hacemos sobre aquello que sucede. Significa que podemos intervenir sobre los hechos que ocurren, pero que también pueden intervenir los demás. Aquí radica el compromiso que supone hacer un cuidadoso uso público de la razón, el deber cívico de elegir aquellas palabras que, a pesar de conllevar crítica, impugnación o cuestionamiento, no inflijan daño ni deterioro. Las declaraciones son extremadamente intrusivas en la vida de las personas, porque quien declara algo está construyendo el mundo con sus palabras, a pesar incluso de los límites con los que el lenguaje nos escinde de una realidad siempre atravesada de recovecos indecibles. En este punto se demarca la sustancial diferencia entre recibir un golpe en el cuerpo y que alguien introduzca de golpe un mundo en nuestro mundo solo con declararlo. Tenemos una responsabilidad pública en todo lo que decimos y cómo lo decimos (o en aplaudir a quien lo dice). Al decirlo o al aplaudirlo construimos un mundo hecho a imagen y semejanza de nuestras palabras y nuestros aplausos. Pocas acciones conllevan tanta responsabilidad. 


Artículos relacionados: 

 

 

martes, junio 16, 2026

Cuestionar el sentido común

Obra de Yvan Favre

Toda estructura que origina daño e iniquidad necesita ser legitimada a través de una narrativa que propenderá a que se la empareje con el sentido común. La apelación al sentido común es el recurso discursivo esgrimido con mayor frecuencia para propiciar la parálisis del disenso y la inventiva de otras posibilidades. Cuando se afirma que algo es de sentido común, simultáneamente subyace la fraudulenta tesis de que todo contraargumento que lo ponga en entredicho es una incongruencia o un enunciado fuera de lugar que no merece atención. El sentido común entraña mucho peligro cuando se invoca como dogma de razonamiento para explicar por qué las cosas son así y no pueden ser de otra manera. Con su desparpajo habitual, David Groeber nos alertaba en sus textos que la revolución ocurre cuando se da una transformación del sentido común. Cambiar la percepción pública del sentido común es cambiar aquello que sostiene la realidad y por tanto el primer movimiento para transformarla. En sus conferencias Graeber interpelaba a la audiencia con una interrogación subversiva: «¿Qué pasaría si no aceptamos esto?». En las clases y en las intervenciones públicas en las que participo, lo que más repito a quienes me escuchan es que habitamos en unas ideas cuyo incuestionamiento las invisibiliza y las metamorfosea en un código social que nos determina de modo inercial. Nos hospedamos en unas ideas, pero es notoriamente factible alojarse en otras. Trocar los marcos mentales no es solo ver el mundo de otra manera, es domiciliarnos en él ya de otro modo. 

La historia de la humanidad es un inmenso banco de pruebas para verificar nuestra condición de huéspedes de ideas que no cejan de revolotear. De aquí se desprende que la posesión de una buena memoria devenga decisoria para la imaginación creativa. Nada alecciona mejor para alentar a la movilización colectiva y a la vindicación de un futuro deseable que visitar el pasado. Si cultiváramos con más asiduidad el estudio de la biografía humana, veríamos de forma muy diáfana que hubo un momento en que todo lo que ahora damos por sentado se consideró irrealizable por la gran mayoría de las personas. Lo que ayer era quimérico hoy configura lo que releemos como evidente. Incluso no se precisa irse históricamente muy lejos para constatarlo. La memoria biográfica de cualquiera que ahora esté leyendo estas líneas habrá experimentado en su propia vida que lo que hace un par de decenios formaba parte del sentido común ahora resulta insensato y hasta ruborizante. Se puede inferir por ende que el sentido común es una invención parcial en perpetua transitoriedad. En El camino inesperado, cuya lectura entre otras estoy recomendando al estudiantado para las vacaciones de este verano, Rebecca Solnit insiste en que «la memoria nos da poder —sobre todo la memoria que es capaz de percibir los patrones más amplios, los cambios más dilatados—, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables. Las conversaciones intergeneracionales, el conocimiento de la historia y el hábito de poner las cosas en contexto contribuyen a ese poder». 

Es un ejercicio extremadamente estimulante jugar a adivinar qué ideas que ahora juzgamos de un incuestionable sentido común serán redibujadas como estólidas en la próxima centuria. En Contra el desencanto, la obra galardonada este año con el premio Paidós de Ensayo, su autora, la politóloga Cristina Monge, puntualiza que «el hecho de predecir, enunciar y contextualizar la deliberación ya es una forma de construir un marco, y una manera de mirar que ya es perfomativa». Hablar no es perder el tiempo como suelen objetar tan a menudo quienes olvidan que las palabras construyen mundo desde el mismo instante en que lo enuncian. Al contrario, sería de una relevancia inconmensurable para el tejido social trasladar a la conversación pública inventiva discursiva sobre qué sería bueno que entendiéramos por sentido común aplicado a nuestra condicion irrevocable de existencias al unísono. Me viene ahora a la memoria un texto muy conocido de Hannah Arendt: «Humanizamos lo que sucede en el mundo y en nosotros mismos con solo hablar de ello, y al hablar de ello aprendemos a ser humanos». Hablar y pensar son dos prácticas muy depreciadas porque vivimos en una lógica dominante en la que todo aquello que no esté abocado a un fin utilitario se considera inservible. Pero el concurso reflexivo es la única manera con que el alma toma forma. El punto nodal para todo lo demás.

 
Artículos relacionados:
Si no cuido mi circunstancias, no me cuido yo.
Recuperar el noble significado de la palabra «política».
Leer para afinar la memoria y la imaginación.