Se le atribuye al etólogo Konrad Lorenz la tesis de que solo podemos mantener relaciones afectivas de calidad con
grupúsculos de no más de once personas. Colmada esta cantidad, el afecto y sus atributos de cuidado, ternura y atención se
difuminan, las interacciones se espacian y se vuelven más efímeras y superfluas. La dilatación en el tiempo y la dispersión geográfica favorecen que las relaciones terminen pivotando en torno a otros intereses. El antropólogo británico Robin Dunbar amplió la cifra de Lorenz y teorizó que nuestro orbe afectivo puede acoger aproximadamente hasta ciento cincuenta personas. Traspasada esta cifra los nexos afectivos se fragilizan, pierden calidad y profundidad. El afecto es una miscelánea
sentimental de afinidad, conectividad y complementariedad hacia alguien, pero para su despliegue se requiere un cultivo y una dedicación difíciles de llevar a cabo en un mundo apresurado y atestado de tareas y personas. Nuestra capacidad cognitiva solo puede articular un número limitado de relaciones con vinculación estable y significativa: el célebre número Dunbar. Estas cincuenta personas no conforman una afectividad homogénea, sino distintas capas de relaciones que se distribuyen entre personas cercanas, familia, amistades, personas íntimas, contactos significativos, etc. Este número aparece en estudios de comunidades ancestrales (como los cazadores-recolectores), no obstante, en ciudades donde la pauta es el anonimato, el guarismo decrece drásticamente hasta las diez o quince personas.
Si Lorenz y Dunbar nos recuerdan que el afecto tiene límites biológicos, el capitalismo emocional los desborda. Las plataformas digitales metrifican y monetizan nuestra necesidad de afecto, a pesar de contravenir nuestra propia infraestructura afectiva y su radio de acción. La caza y captura de likes se convierte en moneda de validación social, los mensajes de texto reemplazan a las conversaciones, las relaciones se orquestan como inversiones con plazos y objetivos que en caso de incumplirse se desechan. La hybris capitalista ha encontrado un filón en la esfera de los afectos, aunque su lógica lucrativa de siempre más atente contra la naturaleza del propio afecto contaminándolo de instrumentalidad. El afecto nos constituye y la configurabilidad de la persona que somos es el resultado de nuestra vida trenzada con otras vidas en un reducido círculo empático inmerso a su vez en un gigantesco tejido social. El afecto se alza en un gesto de disidencia en un mundo economizado cuyo criterio de valor está supeditado a la productividad, el rendimiento y la utilidad. Cuando abrazamos, escuchamos o simplemente estamos con alguien sin esperar otra contrapartida que la propia gratificación inserta en esa acción afectiva, desafiamos la lógica del capital que todo lo convierte en mercancía con valor de cambio.
Si el afecto es un acto de resistencia, ¿qué ocurre cuando no sentimos cariño por alguien?, ¿estamos capitulando ante las lógicas mercantilistas? El mundo pantalla y la masificación demográfica nos exponen a un sinfín de personas, pero el afecto solo florece en círculos muy pequeños. Para que lo que presumimos más humano no se diluya hasta desaparecer, hemos inventado una poderosa estrategia: que el sentimiento ceda paso a la virtud. La virtud es el modo de conducirnos de acuerdo a unos principios que consideramos irrevocables para que la convivencia sea un lugar acogedor y afable. La estratagema estriba en que donde no llegue el afecto llegue la ética. El afecto opera en las distancias cortas, en cambio, la ética lo hace en las distancias largas. El afecto se cuela en las relaciones cercanas, requiere proximidad, tiempo y reciprocidad. La ética se despliega en las relaciones con cualquier persona por muy alejada que se encuentre de la nuestra, precisamente porque es una persona que nos insta al deber de cuidar la dignidad de la que es portadora. Como quizá no sintamos cariño hacia ella, debemos exigirnos una conducta virtuosa. Es imposible ser amigo de quienes no conocemos, pero sí podemos tratarlos con la consideración que merece su dignidad en tanto miembros de la especie humana. He aquí la amistad cívica. Una forma de buen trato que desborda cualquier número. Cualquier círculo. Cualquier distancia geográfica.
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