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| Obra de Richard Learoyd |
Los valores éticos son formas de obrar que consideramos idóneas para embellecer la convivencia y dotarla de confortabilidad para configurarnos a través de los proyectos que solo se pueden urdir gracias a las condiciones de posibilidad que ofrece esa misma convivencia. Sin embargo, el conocimiento de los valores éticos es insuficiente para que devengan operativos. Se requiere su transferencia a la acción. Esto sucede cuando la voluntad se pone en marcha y moviliza energía y aperturas para introducir esos valores en la cotidianidad de nuestro proceder. En uno de sus lúcidos aforismos Baltasar Gracián postulaba que de poco sirve ensanchar el conocimiento si el corazón se queda atrás. Para evitar que el corazón se quede rezagado tenemos a nuestra disposición la virtud, el instante en que un valor ético se transfigura en haceres y praxis de vida. Esta distinción permite matizar que la crisis de valores con la que se suele denunciar este momento epocal en realidad es una crisis de virtudes.
¿Qué es una virtud? se pregunta André Comte-Sponville en su Pequeño tratado de las grandes virtudes. «Es una fuerza que actúa o que puede actuar. Así la virtud de una planta o de un medicamento es curar, la de un cuchillo, cortar». Y unas líneas después agrega que la virtud de un ser humano es aquello que le hace humano, «la potencia específica que él tiene de afirmar su propia excelencia, es decir, su humanidad». Es virtuoso quien se comporta con la humanidad que le confiere ser humano. Esta es la razón por la que podemos instruir valores en la escuela, pero también es el motivo por el que nadie puede erigirse preceptor de virtudes. Las virtudes no se pueden impartir en el aula, sólo se pueden observar en quienes las practican. Los valores se enseñan, pero las virtudes se aprenden. La virtud es el hábito que favorece que hagamos las cosas de un modo excelente, y los hábitos se adquieren por la repetición familiar de los actos. José Antonio Marina esclarece que «un hábito es una pauta de respuesta estable, aprendida, que facilita la acción, la hace más sencilla, agradable y eficaz».
Es fácil establecer símiles. Quienes hacen deporten y quieren mejorar, entrenan; quienes tocan música y quieren mejorar, ensayan; quienes escriben y quieren mejorar, corrigen, quienes elaboran conocimiento científico y quieren mejorar, observan; quienes quieren actuar mejor, repiten aquellas acciones que estimamos son excelentes. Desgraciadamente es frecuente olvidarse de que todo lo que consiste en hacer se aprende haciéndolo. Las virtudes son los valores hechos acciones que a través de su repetición se interiorizan y culminan con la modulación del carácter. Son hábitos de comportamiento que refinan nuestra persona y a aquellas con quienes nos concertamos para construir vida vinculada. El banco de pruebas que es la biografía de la humanidad permite testar y distinguir qué facilita esta vida radicalmente humana y qué formas de conducirnos la roen y la resquebrajan. Es relevante apuntar que un proceder propende a repetirse si conjuga con la delectación que secreta el propio despliegue iterativo del proceder. Aristóteles defendía que no hay felicidad sin virtud. También es factible indicar que no puede haber virtud sin felicidad (sin fruición, sin goce, sin entusiasmo). Sócrates decía que quien conoce el bien actúa bien. Más bien ocurre que quien actúa bien se siente bien, lo que le insta a seguir actuando bien hasta adoptar un hábito que congenia con lo bueno. Es una noticia fabulosa para que el corazón no se quede atrás.



