martes, noviembre 03, 2026

Virtudes para que el corazón no se quede atrás

Obra de Richard Learoyd

Los valores éticos son formas de obrar que consideramos idóneas para embellecer la convivencia y dotarla de confortabilidad para configurarnos  a través de los proyectos que solo se pueden urdir gracias a las condiciones de posibilidad que ofrece esa misma convivencia.  Sin embargo, el conocimiento de los valores éticos es insuficiente para poder ser implantados. Se requiere su transferencia a la acción, que la voluntad se ponga en marcha y movilice energía y aperturas para introducir esos valores en la cotidianidad del proceder en nuestros lugares de coexistencia. En uno de sus lúcidos aforismos Baltasar Gracián postulaba que de poco sirve ensanchar el conocimiento si el corazón se queda atrás. Para evitar que el corazón se quede rezagado tenemos a nuestra disposición la virtud, el instante en que un valor ético se transfigura en haceres y praxis de vida. Esta distinción permite matizar que la crisis de valores con la que se suele denunciar este momento epocal en realidad es una crisis de virtudes.

¿Qué es una virtud? se pregunta André Comte-Sponville en su Pequeño tratado de las grandes virtudes. «Es una fuerza que actúa o que puede actuar. Así la virtud de una planta o de un medicamento es curar, la de un cuchillo, cortar». Y unas líneas después agrega que la virtud de un ser humano es aquello que le hace humano, «la potencia específica que él tiene de afirmar su propia excelencia, es decir, su humanidad». Es virtuoso quien se comporta con la humanidad que le confiere ser humano. Por este motivo podemos enseñar valores en la escuela, pero nadie puede ser preceptor de virtudes. Las virtudes no se pueden impartir en el aula, sólo se pueden observar en quienes las practican. La virtud es el hábito que favorece que hagamos las cosas de un modo excelente, y los hábitos se adquieren por la repetición familiar de los actos. José Antonio Marina esclarece que «un hábito es una pauta de respuesta estable, aprendida, que facilita la acción, la hace más sencilla, agradable y eficaz».

Es fácil establecer símiles. Quienes hacen deporten y quieren mejorar, entrenan; quienes tocan música y quieren mejorar, ensayan; quienes escriben y quieren mejorar, corrigen, quienes elaboran conocimiento científico y quieren mejorar, observan; quienes quieren actuar mejor, repiten aquellas acciones que estimamos son excelentes.  Desgraciadamente es frecuente que nos olvidemos de que todo lo que consiste en hacer se aprende haciendo. Las virtudes son los valores hechos acciones que a través de su repetición se adquieren y modulan  el carácter. Son hábitos de comportamiento que refinan nuestra persona y a aquellas con quienes nos concertamos para construir vida vinculada. El banco de pruebas que es la biografía de la humanidad permite testar y distinguir qué facilita esta vida radicalmente humana y qué formas de conducirnos la roen y la quebrantan. Ahora bien, es relevante apuntar que un proceder se puede repetir si se alinea con la delectación en el propio despliegue iterativo del proceder. Aristóteles defendía que no hay felicidad sin virtud. También es factible indicar que no puede haber virtud sin felicidad (o sin fruición, sin goce, sin entusiasmo). Sócrates decía que quien conoce el bien actúa bien. Más bien ocurre que quien actúa bien se siente bien, lo que le insta a seguir actuando bien. Una noticia fabulosa para que el corazón no se quede atrás.

 

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martes, octubre 27, 2026

Mi límite es el Otro

Obra de Edward Gordon

La aportación más notable de Donald Trump a la política es que ha hecho innecesaria la hipocresía. En sus enunciaciones no necesita ropajes retóricos para suavizar la deshumanización que habita en sus barbaridades dialécticas, ni eufemismos para encubrir acciones vergonzantes, ni almibarar sus expresiones para evitar el tan temible en la arena política daño reputacional. Presumir de malismo es su garante político. Algunos autores se refieren a este hecho lingüístico como la trumpización del lenguaje (faltón, ramplón y desalmado), puesto que a Trump le han salido epígonos por todos lados que consideran un aval exhibir y verbalizar insensibilidad ante el dolor de las personas más desvalidas y desfavorecidas. En un acto de campaña electoral no tuvo reparos en alardear narcisistamente de su aureolado poder: «Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y ponerme a disparar a la gente y no perdería votantes». Vanagloriarse de algo así no es palabrería vana, es una forma de despreciar la vida ajena. Resulta  palmario que el peligro de enunciar esta monstruosidad no recae solo en quien la afirma, sino en quienes aplauden y asienten acivilizadamente al escucharla, y en quienes en vez de desaprobarla muestran tibieza, desdén, o la temible indolencia.

En otra pública ocasión Trump tuvo a bien explicar cuál es la regla de oro que rige su conducta y hasta qué umbral sería capaz de desplegarla: «Mis límites son mis deseos». Para Trump sus límites son sus deseos porque sus deseos son ilimitados. Dicho con la explicitud que tanto le congratula: «No tiene límites». Cualquiera que haya pasado por las aulas sabrá que en lo que más se le insiste al alumnado durante todos los años que conforman el periplo escolar es justo en todo lo contrario: «Nuestro límite es el otro, y por eso lo cuidamos, porque ese otro junto a todos los otros son quienes nos permiten ensanchar nuestros límites». Dejar a la volatilidad del deseo particular cuestiones asociadas con la reflexión ética conlleva de forma indefectible la rotura del mundo interdependiente, al menos su constitución pacífica y hecha de nexo empalabrado. El novelista y pensador Theodor Kallifatides comentaba hace poco en una entrevista que «naturalmente puedes ignorar al Otro, pero eso tiene consecuencias. Una de las más comunes es la hostilidad, el odio y, en algún momento, incluso la guerra». 

Los griegos inventaron la palabra hybris para referirse a la desmesura. Una persona se desmesura cuando no sabe contenerse a sí misma, y con sus palabras y con sus hechos estropea tanto su vida como la vida de las personas con las que limita. Sucede que los otros limitan nuestras acciones por el simple hecho de que nuestras existencias son limítrofes, lindan unas con otras en una gigantesca membrana social que requiere gobernanza exterior con normas bien deliberadas y gobernabilidad interior con sentimientos bien confeccionados. Si cada existencia admitiera que sus límites no son los otros sino sus deseos, la vida compartida, la vida en común, la vida política, sería imposible. Se eliminaría la deliberación y el diálogo sobre lo conveniente y lo posible en el que se sostiene el espacio democrático. He aquí la paradoja. El político más poderoso del mundo es el mayor detractor de la política.   

  

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