Gracias a la perspicacia de Hannah Arendt comprendimos que la soledad es el caldo de cultivo donde germina el pensamiento totalitario. Al invocar este concepto conviene precisar que nos referimos a la soledad no elegida, la que corroe el carácter y marchita la vida cuando se vuelve crónica. En las antípodas de este desamparo se halla la solitud, ese recogimiento que habilita la posibilidad de la reflexión creativa. Si pensar consiste en que una persona se divida en dos para que pueda escucharse mientras se habla, la solitud ofrece las condiciones idóneas para entablar este asombroso diálogo. Necesitamos momentos de solitud para interrumpir el ruido del mundo, enunciarnos y escucharnos.
En Los orígenes del totalitarismo (1951), Arendt define la soledad como «un páramo donde una persona se siente abandonada por todo lo humano y por la compañía humana, incluso cuando la rodean los demás». Es obvio que Arendt no conoció la eclosión de la tecnología ni la hiperconectividad que sostiene el espejismo de la compañía (sobre todo la que ofrecen las burbujas filtro y las cámaras de eco tan proliferantes en el panóptico digital). Paradójicamente nunca antes en la biografía de la humanidad hemos estado tan conectados ni a la vez nos hemos sentido tan poco vinculados. Este debilitamiento de los lazos sociales instaura un vacío que las ideas totalitarias explotan ofreciendo sucedáneos de seguridad, identidad, pertenencia y sentido. El pensamiento incubado en circunstancias de atomización social y soledad indeseada tiende a imantarse hacia la victimización y la creación de chivos expiatorios. Se busca un enemigo común que vigorice la filiación mediante una simplificación caricaturesca de problemas abrumadoramente complejos. Cuando los vínculos se fragilizan, la vulnerabilidad se vuelve campo fértil para las respuestas autoritarias y uniformes que no admiten réplica ni matiz.
Samantha Rose Hill, estudiosa de Arendt, afirma que «la soledad surge cuando el pensamiento está separado de la realidad, cuando el mundo común ha sido reemplazado por la tiranía de las demandas lógicas coercitivas». La soledad favorece el desmantelamiento de la realidad en favor de ficciones encapsuladas en narraciones que brindan previsibilidad y expectativas securitarias. Resulta inevitable evocar el verso de Antonio Machado en el que susurraba que «en mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad». La soledad, que no la solitud, deviene potente distorsionador cognitivo.
Para prevenir el auge de regímenes opresivos es crucial fortalecer los vínculos comunitarios, ofrecer espacios seguros para la expresión y el diálogo, admitir que la grandeza de las ideas humanas reside en su polifónica pluralidad. Como señala Máriam Martínez-Bascuñán en El fin del mundo «cuando las personas se ven privadas de vínculos significativos y de espacios de reflexión, buscan pertenencia, propósito y sentido en los movimientos que, paradójicamente, prosperan destruyendo el tejido social que debería sostenernos: la confianza, la palabra compartida, la experiencia común». Resistir al totalitarismo no solo es una cuestión de activismo político, sino de rescate existencial. El cuidado mutuo en comunidades diversas aderezado de una bondad discursiva que reconozca el valor de la otredad se antoja antídoto contra el miedo y el recelo. La solitud favorece el juicio crítico, la comunidad celebra la presencia de los demás. Los sentimientos de apertura al otro no solo vinculan afectivamente, sino que humanizan los entornos al reconocer en los demás la titularidad de una dignidad inalienable como miembros de la familia humana. Elevar a las personas a esta categoría desactiva la fabricación de enemigos. Y el despotismo de las simplificaciones.





