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martes, marzo 03, 2026

Cartografía del buen trato

Obra de Eva Nacarro

Resulta muy ilustrativo que en español no dispongamos de un sustantivo para enunciar el buen trato. Sí lo hay para su antagonismo, el maltrato y todos los estragos afectivos que ocasiona, pero no para registrar la grata vivencia en la que una persona se siente tratada con afabilidad y atención por otra persona. Es una brecha lingüística que evidencia la tendencia a poner mayor énfasis en aquello que nos indigna que en lo que nos reconforta. En ocasiones nos referimos a la experiencia del buen trato como deferencia, respeto, cordialidad, cortesía, bondad, o incluso humanidad. Esta indefinición atestigua lo fácil que es caer en el solapamiento o la redundancia conceptual al intentar delinear con exactitud en qué consiste tratar bien y que nos traten bien. El buen trato se erige en una práctica relacional que cuando se posa en las interacciones hace que concurra todo el anterior repertorio de virtudes, y que converjan los sentimientos de apertura al otro. Representaría el instante en que se ejerce una gobernabilidad inteligente de la interdependencia, el justo reconocimiento del otro como sujeto portador de agencia y condición previa para que sea aprobada la nuestra. Estaríamos ante un evento que posibilita formas de ciudadanía ligadas al vivir bien.

Allanar la convivencia para hacerla apacible se sostiene en un buen trato consistente en el cuidado de la dignidad de la que es titular toda persona por el hecho de ser persona. Es un enunciado válido también para el respeto, lo que demuestra la intercambiabilidad de las grandes palabras que articulan el universo afectivo. El sociólogo Roy Baumesteir afirma que «la coordinación social solo es posible si los individuos aceptan una ficción compartida como si fuera una realidad». Una de las asombrosas ficciones que ha inventado la inteligencia creadora es la dignidad, una irrealidad en tanto ideación ética que sin embargo mejora nuestro comportamiento en el mundo real. La exigencia de su cuidado modela y configura nuestra forma de tratar a los demás. Gracias al esmero de la dignidad cualquiera que esté leyendo ahora este texto ha podido experimentar que allí donde destella la deferencia palidece la indiferencia. Cuando se despliega buen trato se procede con el amor y el valor positivo que toda persona solicita para sí misma, que es a su vez una definición asociada a la consideración. Tener en consideración a alguien induce a que lo tratemos bien, y tratarlo bien es tratarlo como un fin en sí mismo, y no como un medio, tal y como lo anunció Kant en su imperativo categórico. En el buen trato hay una aspiración universal, y aquí resuena de nuevo otra de las fórmulas del imperativo kantiano. No es que tratemos al otro como nos gustaría que nos tratase, es que lo tratamos así porque es como nos gustaría que todas y todos nos tratáramos en cualquier momento y en cualquier lugar. 

El buen trato es el prerrequisito de una convivencia ideada para cubrir las necesidades tanto afectivas como fisiológicas que nos delatan como seres muy vulnerables y quebradizos. La fragilidad no se aminora siendo más fuertes, sino más inteligentes, y el buen trato es el resultado de esa decantación racional en aras de urdir estrategias de cooperación y puntos de apoyo para cuidarnos y neutralizar un sinfín de agentes estresores. Aunque se suele incidir en que el buen trato y las buenas maneras son una estructura de resistencia contra lo incívico y la barbarie, a mí me parece que ante todo son condiciones basales y proactivas para alcanzar esa paz positiva que nos enseñó Johan Galtung, contextos de justicia social y mayor simetría de igualdad material que favorezcan oportunidades de florecimiento de lo que presumimos más humano. Ortega y Gasset escribió la célebre enunciación «yo soy yo y mis circunstancias», pero agregó una apostilla que desgraciadamente no ha pasado a la posteridad: «y si no salvo mis circunstancias, no me salvo a mí». La construcción de estas circunstancias y estas condiciones no son exclusivamente personales, sino ante todo sociales. Sentir que somos más coautores que autores de nuestra propia biografía nos insta a entender el buen trato como una fabulosa expresión de inteligencia vincular. Una razón diligente que propicie, a través del concierto de las existencias al unísono que somos, que cada cual pueda tener una existencia de la que hacerse cargo para elevarla a existencia lograda.

   

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martes, enero 24, 2023

Ser crítico no significa ser maleducado

Obra de Robin Eley

Hace unos años solía vindicar «que se peleen las palabras para que no se peleen las personas». Es un signo civilizatorio que las personas  desestimen el uso de la fuerza y se acojan a la jurisdicción de las palabras para tratar de arreglar sus desavenencias. Cuando soltaba esta frase en cursos, talleres o conferencias veía que la gente asentía con la cabeza mostrando su conformidad. Sin embargo, las cosas no son tan simples. Cualquiera dispone de bagaje vital suficiente para admitir que cuando las palabras se pelean es cuestión de un breve lapso que las personas que las pronuncian se acaben peleando también o, si no se pelean, lastimen la relación o directamente la cancelen. Hay palabras tan violentas como la propia violencia física. Lo contrario de la violencia no es la palabra, como se nos repite con gastada frecuencia, lo contrario de la violencia es la convivencia. Si alguien nos suelta una precipitada retahíla de palabras hirientes, palabras que quebrantan nuestro autoconcepto y nuestra dignidad, el corazón humano está programado para bombear irascibilidad, para que los sentimientos de apertura al otro se replieguen y dejen apresurado paso a los de clausura y su enorme atracción por el desenvolvimiento animoso y combativo en aras de restituir el equilibrio perdido. Una palabra inapropiadamente beligerante puede ser motivo más que suficiente para que dos personas se acaben haciendo mucho daño. Por culpa de  una palabra fuera de lugar se puede matar a un ser humano, pero también por culpa de una palabra oprobiosa se puede declarar una guerra en la que acaben muriendo miles de personas. Todo este marasmo reflexivo irrumpe en mi cabeza al encontrarme la siguiente reflexión en el precioso libro, un regalo de reyes, Otra vida por vivir de Theodor Kallifatides. El escritor griego afincado en Suecia pone en boca de su madre la siguiente luminosa sentencia: «Las palabras no tienen huesos, pero pueden romperlos».

Se le atribuye a Voltaire la aseveración «no estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo». Que uno tenga derecho a opinar no significa que pueda tomarse la licencia de elegir palabras animosas o lesivas cuando opte por emitir su opinión. La libertad de expresión que enarbola la sentencia de Voltaire vincula con el derecho a ser críticos, con tolerar el cuestionamiento de los discursos hegemónicos para no caer ni en el dogmatismo ni en la momificación de las ideas, pero no con el uso de la humillación, el desprecio, la vejación, la ridiculización, la palabra que destila deliberada hiel, la palabra con vocación de provocar gratuito dolor. No se trata de limitar la libertad de expresión, se trata de que bajo la prerrogativa de ese derecho no nos volvamos groseros, zafios o crueles. Theodor Kallifatides nos dice unas páginas más adelante que «una cultura no puede ser juzgada solo por las libertades que se toma, también se juzga por las que no se toma».  A las personas les ocurre lo mismo. No solo se nos puede juzgar por las palabras que decimos, también por aquello que podemos decir pero que omitimos por considerarlo irrespetuoso. Quienquiera es libre de ser maleducado, pero habla muy mal de una persona que pudiendo ser educada no lo sea. El sociólogo Erving Goffman llamaba deferencia negativa justo al comportamiento contrario, al de quienes pudiendo emplear palabras graves y duras para reprobar conductas deplorables, sin embargo optaban por palabras atentas y fraternales. Ser deferente en su dimensión negativa es tener motivos para zaherir con palabras terroríficas y no hacerlo, porque ninguna reprobación está por encima del respeto que toda persona merece por el hecho de ser una persona.

Las cosas se pueden decir de muchas maneras, pero aquella por la que finalmente nos decantemos será la que nos ornamente por fuera y nos instituya por dentro. A veces nos camuflamos en las palabras, pero a veces son las propias palabras las que nos desenmascaran y muestran con descarnada transparencia quiénes estamos siendo en el momento en que las hacemos fonación. Un insulto o una imprecación es inmundicia verbal que ensucia a quien la pone en su boca, no al que la recibe en sus tímpanos. Se puede caer muy bajo pronunciado una palabra, pero también se puede ser muy elegante eligiendo una formulación de palabras que afirmen lo mismo sin necesidad de ensuciar ni encanallar la interacción. Cualquier persona tiene libertad para sentir y usar palabras que pueden hacer mucho daño, y,  precisamente porque cualquiera tiene esa libertad de sentirlas y elegirlas, la persona bien educada no las utiliza, porque sabe muy bien que «las palabras no tienen huesos, pero pueden romperlos».  Disponemos de excedente de capital empírico para anticipar que si elegimos palabras con significados lacerantes estropearemos indefectiblemente la convivencia sin la cual la vida humana no puede ser humana. ¿Cuál es el limite que le debemos poner a las palabras? Theodor Kallifatides lo tiene muy claro: el Otro. Y unas líneas más abajo apostilla: «Naturalmente puedes ignorarlo, pero eso tiene consecuencias. Una de las más comunes es la hostilidad, el odio y, en algún momento, incluso la guerra». 

 

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martes, marzo 07, 2017

El mayor acto de deferencia hacia una persona



Obra de Duarte Vitoria
Siempre he considerado la deferencia como un acto imprescindible en el rito de las interacciones para una convivencia amable. Ser deferente es una muestra  de respeto y cortesía, tener en consideración al otro con el que se comparte el trajín humano y todas las consecuencias que se citan en el contexto de la interactuación. Esta definición nos obliga a su vez a descifrar qué es el respeto y la consideración. Recurro al padre de la microsociología, el canadiense y muy estimulante para la reflexión sobre los minúsculos y cotidianos rituales interpersonales Erving Goffman (1922-1982), para que me eche una mano en este aseado ejercicio de minería semántica. «La consideración es aquella actuación en la que se preserva la cara del otro». De nuevo una definición se apoya en los hombros de otra, lo que transparenta que el lenguaje funciona redárquicamente, como todo en la realidad. «¿Y qué es la cara?», pregunto yo. Dejemos que sea de nuevo Erving Goffman el que conteste, puesto que la cara es un término pivotal en su bibliografía: «Puede definirse el término cara como el valor social positivo que una persona reclama efectivamente para sí por medio de la línea que los otros suponen que ha seguido durante determinado contacto». 

Teniendo en cuenta este andamiaje de definiciones, quizá ahora podamos desentrañar qué es la deferencia. Comparto aquí mi propia definición: «La deferencia es la conciencia sedimentada en conducta de que el otro posee un patrimonio de valor positivo en una cantidad como mínimo igual a la que yo solicito para mí». De ahí que la deferencia sea un comportamiento de consideración hacia el otro o, mejor todavía, hacia el amor propio del otro, o, siendo más preciso aún, hacia la cara del otro. Goffman traza dos direcciones de la deferencia: una en sentido positivo y otra en sentido negativo. En mi definición anterior yo señalo la positiva, pero la negativa guarda mucha más centralidad en las interacciones. La deferencia negativa es no lastimar la sacralidad del otro con un puñal verbal o conductual cuando su comportamiento sin embargo nos ha puesto fácil que la sajemos de un tajo. Vemos en el otro la debilidad humana de la que nosotros también estamos constituidos y en vez de conducirnos por la filogénetica reciprocidad y la apetencia pulsional de cobrarnos el Talión se despierta la motivación sentimental de la piedad. Probablemente nos hallemos en el momento más culminante de respeto a una persona, y por extensión al acontecimiento cotidiano de irnos humanizando. Después de haberlo estudiado tanto, no tengo la menor duda de que el sentimiento de la compasión  posee un protagonismo absoluto en este instante radicalmente humano. 

No se trata de desatender la reprobación de una mala conducta, o de silenciar una crítica si el otro la merece, o de acallar una disensión en un escenario de disparidad de puntos de vista, sino de no rellenar ni la apreciación ni la crítica ni la disensión con expresiones afiladamente lacerantes por muy merecedor que sea de ellas nuestro destinatario. Dicho de una manera muy coloquial, la deferencia en su punto cenital se traduce en no hacer leña del árbol caído. Goffman codifica el refrán con el nombre más académico de «rito de evitación», es decir,  «no violar la esfera ideal del otro». No herir al otro cuando sería muy sencillo infligirle daño severo es ser deferente en su dimensión negativa, que es una deferencia mucho más elevada aún que en su dimensión positiva (solidificada en los ceremoniales del elogio, la gratitud o en líneas de acción que conllevan recompensa para el otro). En la deferencia negativa descansa la consideración, no solo al otro, sino también a nosotros mismos. Goffman señala que la mejor manera de preservar el amor propio entendido como autorrespeto y como la concentración de la dignidad que toda persona posee por el hecho de ser persona, es preservar el amor propio de los demás. «Sobre todo cuando es muy fácil y muy tentador hacerlo añicos», agrego yo.



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