La literatura sobre gestión del cambio dedica
abundante bibliografía a las resistencias que generan los cambios en las
personas. La palabra cambio siempre se presenta de un modo laudatorio, se le
atribuye un prestigio asociado decididamente irrefutable. El cambio, mudar o
alterar una cosa o situación, es un valor en sí (y por eso las siglas políticas
lo enarbolan en sus eslóganes para recolectar votos), pero en una extraña
paradoja a su lado suelen aparecer adosadas resistencias congénitas, inercias
que suelen releerlo con animadversión. La siempre picajosa realidad indica que
las cosas no son exactamente así ni de sencillas ni de dicotómicas. Los seres
humanos somos reluctantes al cambio cuando las cosas van bien, pero lo deseamos
cuando comprobamos que van indefectiblemente mal. Conviene agregar a este
diagnóstico una variable de enorme centralidad en nuestra convivencia íntima
con los procesos de cambio. Nos amistamos e ilusionamos con aquellos cambios
sobre los que tenemos control, pero nos llevamos muy mal con aquellos que son
impuestos sin la participación de nuestra voluntad. Un lugar interdisciplinario para el análisis de las interacciones humanas. Por Valle Bilbao.
viernes, mayo 29, 2015
Anatomía del cambio
La literatura sobre gestión del cambio dedica
abundante bibliografía a las resistencias que generan los cambios en las
personas. La palabra cambio siempre se presenta de un modo laudatorio, se le
atribuye un prestigio asociado decididamente irrefutable. El cambio, mudar o
alterar una cosa o situación, es un valor en sí (y por eso las siglas políticas
lo enarbolan en sus eslóganes para recolectar votos), pero en una extraña
paradoja a su lado suelen aparecer adosadas resistencias congénitas, inercias
que suelen releerlo con animadversión. La siempre picajosa realidad indica que
las cosas no son exactamente así ni de sencillas ni de dicotómicas. Los seres
humanos somos reluctantes al cambio cuando las cosas van bien, pero lo deseamos
cuando comprobamos que van indefectiblemente mal. Conviene agregar a este
diagnóstico una variable de enorme centralidad en nuestra convivencia íntima
con los procesos de cambio. Nos amistamos e ilusionamos con aquellos cambios
sobre los que tenemos control, pero nos llevamos muy mal con aquellos que son
impuestos sin la participación de nuestra voluntad. viernes, octubre 03, 2014
Día Mundial de la Sonrisa
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| Sonrisa. Óleo de Cristina Blanch, 2002 |
Como primer viernes de octubre, hoy es el Día Mundial de la Sonrisa. Todavía recuerdo una antológica portada de una revista de Psicología. En ella figuraban dos ilustrativas fotos. En la de la izquierda aparecía un nutrido grupo de niños en el patio del colegio a la hora del recreo. Todo transparentaba abundante algarabía, movimiento, bullicio, risas. En la foto de la derecha se mostraba un atiborrado vagón de metro con gente camino del trabajo. Todo eran rostros adustos, plúmbeos, abatidos, la desolación acunándose en lo elocuente de sus rasgos. El titular de la portada era brillante: «¿Qué ha pasado para llegar hasta aquí?». Auténticamente genial. La sonrisa es una opinión del alma cuando el alma se toma en serio las cosas serias, pero desinfla de gravedad todo lo demás. No es que sea un paréntesis abierto en mitad de la aciaga existencia, es que desautoriza que la existencia sea algo aciago, aunque sin caer ni en el patetismo ni en el ridículo melífluo de releer la vida como un algodón de azúcar.
El ser humano a medida que va cumpliendo años deja escalonadamente de reír y sonreír. Los niños se ríen infinidad de veces al día, los adultos infinidad de veces ningún día. Cuando las sonrisas se acumulan y decoran la fisonomía con frecuencia se convierten en buen humor, uno de los principios constituyentes para encarar cualquier proyecto mancomunado. Desafortunadamente muchos no lo saben, pero una sonrisa es una alfombra roja que se tiende al otro para que pase sabiéndose invitado y agasajado. Nada nos imanta a los demás con tanta intensidad como el magnetismo milagroso de una sonrisa. En un mundo cada vez más ansiógeno y depresivo, todas las encuestas sobre relaciones humanas señalan que uno de los valores que siempre alcanzan el podio es que nos hagan reír, descorchar una sonrisa, pasar un buen rato. Existe un proverbio japonés que alaba esa conducta aunque pragmáticamente la orienta a la pedagogía comercial: «Si no sabes sonreír, no se te ocurra poner una tienda». Me atrevo a versionar el proverbio y reconducirlo hacia cualquier interacción. «Si no sabes sonreír, siempre tendrás a varios kilómetros a todo el que esté a tu lado».
martes, julio 15, 2014
Dime qué ánimo tienes y te diré cómo piensas
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| Obra de Brian Calvin |

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