martes, marzo 07, 2017

El mayor acto de deferencia hacia una persona



Obra de Duarte Vitoria
Siempre he considerado la deferencia como un acto imprescindible en el rito de las interacciones para una convivencia amable. Ser deferente es una muestra  de respeto y cortesía, tener en consideración al otro con el que se comparte el trajín humano y todas las consecuencias que se citan en el contexto de la interactuación. Esta definición nos obliga a su vez a descifrar qué es el respeto y la consideración. Recurro al padre de la microsociología, el canadiense y muy estimulante para la reflexión sobre los minúsculos y cotidianos rituales interpersonales Erving Goffman (1922-1982), para que me eche una mano en este aseado ejercicio de minería semántica. «La consideración es aquella actuación en la que se preserva la cara del otro». De nuevo una definición se apoya en los hombros de otra, lo que transparenta que el lenguaje funciona redárquicamente, como todo en la realidad. «¿Y qué es la cara?», pregunto yo. Dejemos que sea de nuevo Erving Goffman el que conteste, puesto que la cara es un término pivotal en su bibliografía: «Puede definirse el término cara como el valor social positivo que una persona reclama efectivamente para sí por medio de la línea que los otros suponen que ha seguido durante determinado contacto». 

Teniendo en cuenta este andamiaje de definiciones, quizá ahora podamos desentrañar qué es la deferencia. Comparto aquí mi propia definición: «La deferencia es la conciencia sedimentada en conducta de que el otro posee un patrimonio de valor positivo en una cantidad como mínimo igual a la que yo solicito para mí». De ahí que la deferencia sea un comportamiento de consideración hacia el otro o, mejor todavía, hacia el amor propio del otro, o, siendo más preciso aún, hacia la cara del otro. Goffman traza dos direcciones de la deferencia: una en sentido positivo y otra en sentido negativo. En mi definición anterior yo señalo la positiva, pero la negativa guarda mucha más centralidad en las interacciones. La deferencia negativa es no lastimar la sacralidad del otro con un puñal verbal o conductual cuando su comportamiento sin embargo nos ha puesto fácil que la sajemos de un tajo. Vemos en el otro la debilidad humana de la que nosotros también estamos constituidos y en vez de conducirnos por la filogénetica reciprocidad y la apetencia pulsional de cobrarnos el Talión se despierta la motivación sentimental de la piedad. Probablemente nos hallemos en el momento más culminante de respeto a una persona, y por extensión al acontecimiento cotidiano de irnos humanizando. Después de haberlo estudiado tanto, no tengo la menor duda de que el sentimiento de la compasión  posee un protagonismo absoluto en este instante radicalmente humano. 

No se trata de desatender la reprobación de una mala conducta, o de silenciar una crítica si el otro la merece, o de acallar una disensión en un escenario de disparidad de puntos de vista, sino de no rellenar ni la apreciación ni la crítica ni la disensión con expresiones afiladamente lacerantes por muy merecedor que sea de ellas nuestro destinatario. Dicho de una manera muy coloquial, la deferencia en su punto cenital se traduce en no hacer leña del árbol caído. Goffman codifica el refrán con el nombre más académico de «rito de evitación», es decir,  «no violar la esfera ideal del otro». No herir al otro cuando sería muy sencillo infligirle daño severo es ser deferente en su dimensión negativa, que es una deferencia mucho más elevada aún que en su dimensión positiva (solidificada en los ceremoniales del elogio, la gratitud o en líneas de acción que conllevan recompensa para el otro). En la deferencia negativa descansa la consideración, no solo al otro, sino también a nosotros mismos. Goffman señala que la mejor manera de preservar el amor propio entendido como autorrespeto y como la concentración de la dignidad que toda persona posee por el hecho de ser persona, es preservar el amor propio de los demás. «Sobre todo cuando es muy fácil y muy tentador hacerlo añicos», agrego yo.