martes, marzo 31, 2020

Más días de confinamiento, más posibilidades de conflicto


Obra de Serge Najjar
Es relativamente sencillo pasar sin demasiados agobios estos días de confinamiento a los que nos obliga el estado de alarma social decretado por el gobierno, si uno dispone de un entorno grande y amable, unas personas queribles y otea un horizonte no especialmente tempestuoso al concluir el régimen de cuarentena. Los espacios juegan un papel determinante en la salud tanto de las interacciones con los demás como en la introspección personal, pero también la situación en la que se encontrará uno cuando la pandemia pueda ser absorbida sin miedo al colapso por el sistema sanitario. A pesar de que estar recluidos forzosamente nunca resulta grato, por las redes se pueden ver infinidad de vídeos y fotografías en los que la gente muestra su ingenio para sobrellevar lo mejor posible la cuarentena y eliminar la usura de un tiempo que parece amontonarse de manera informe. Desde su condición de internaútas, las personas comparten en el ultramundo digital sus tácticas para confabular la cuarentena de un modo creativo y pedagógico, que el encierro sirva para aprender, que permita el acceso a tiempos y disposiciones afectivas vetadas hasta hoy por la celeridad que nos solicita la producción.  Sin embargo, resulta difícil no añadir a esta romantización del encierro qué ocurrirá en hogares levantados en infraviviendas con un  claustrofóbico y minúsculo número de metros cuadrados en los que ni el entorno es amable, ni las personas...


* Este texto se puede leer íntegramente en el libro Acerca de nosotros mismos. Ensayos desde el confinamiento (CulBuks).  Fecha de publicación: junio 2020.

viernes, marzo 27, 2020

¿Aprenderemos algo de todo esto?


Obra de Thomas Ehretsmann
Hace un par de días una lectora me preguntaba si aprenderemos algo de la sobrecogedora situación que estamos viviendo con la pandemia del coronavirus y sus consecuencias colaterales. Todos queremos que esto acabe lo antes posible, y para que acabe pronto nos necesitamos unas y otros, pero a la vez se respira cierto consenso en que cuando llegue la pospandemia no queremos regresar al mundo que nos trajo hasta aquí. Asumir todo esto requiere mucha deliberación y mucha renovación de ideas, y no es fácil hacerlo en condiciones de reclusión forzada y en muchos casos con horizontes vitales sombríos. La amable lectora formulaba su interpelación por escrito, pero era fácil presagiar un aliento descorazonador en sus palabras. Me interrogaba que si tras finiquitar el confinamiento y recuperar ligeramente el tono que tenían nuestras existencias a.c. (abreviación ingeniosísima acuñada por la filósofa Ana Carrasco que evidentemente significa antes del coronavirus), no se nos olvidará lo que ahora nos parece prioritario y supraordinado a todo lo demás. Colocaba en lo más alto de su lista lo sencillo, lo cotidiano, las personas, lo humano. Y agregaba: «Cuando pasan las situaciones difíciles se nos olvida lo pensado y se vuelve a pasar de la reflexión personal, de la humanidad, de la humildad de reconocer que nos necesitamos, otra vez al materialismo, a la lucha por subir rápido a toda costa, al miedo de reconocer las dificultades, a falsear lo que somos y sentimos. A veces creo que los seres humanos estamos programados para autodestruirnos y que no conseguimos interiorizar el aprendizaje para que de forma natural lo pongamos en práctica y seamos mejores personas y mejoremos nuestra sociedad. ¿Por qué será que olvidamos rápido cuando mejoran las circunstancias?»

Mi respuesta sorteó rápidamente este esquema derrotista. Traté de explicarle que en el círculo empático las personas suelen comportarse con bastante plausibilidad, nada que ver con esa visión suya de la deshumanización y la autodestrucción...


* Este texto se puede leer íntegramente en el libro Acerca de nosotros mismos. Ensayos desde el confinamiento (CulBuks).  Fecha de publicación: junio 2020.



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martes, marzo 24, 2020

La humanidad se inauguró con un acto de ayuda



Obra de  Jarek Pucze
En mis conferencias suelo contar una anécdota preciosa que le leí a Zygmunt Bauman (1925-2017) en su ensayo Confianza y temor en la ciudad. Vivir con extranjeros. Esta anécdota figura en la última página de La capital del mundo es nosotros, libro en el que se recuerda permanentemente la importancia de los demás en nuestras vidas, los sentimientos y formas de habitar la realidad que surgen de compartir espacios y propósitos, y la certeza de que esos nexos afectivos han nacido no sólo para amortiguar nuestra vulnerabilidad, sino para nuestro florecimiento como personas. Recuerdo que acababa de corregir las galeradas y justo unas horas antes de que el libro fuera a máquinas me encontré con esta anécdota. Era tan emocionante que llamé a la editorial para que por favor no mandaran nada a ningún lado sin antes incluir este pequeño relato, la historia que demuestra que la humanidad se inauguró con un acto de ayuda. Cuando empleo la palabra humanidad me refiero a una de las acepciones del diccionario de la Real Academia, a la que señala que la humanidad es la sensibilidad, la compasión de las desgracias de otras personas.

Bauman recuerda lo impactante que fue para él lo que les contó en sus años de estudiante su profesor de antropología. Gracias al descubrimiento de un esqueleto fósil con la pierna rota se pudieron fechar los albores de la sociedad humana...


* Este texto se puede leer íntegramente en el libro Acerca de nosotros mismos. Ensayos desde el confinamiento (CulBuks).  Fecha de publicación: junio 2020.

 


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