martes, marzo 29, 2022

«Faltan soñadores, no intérpretes de sueños»

Obra de Martiros Saryan

En el ensayo Las preguntas siguen, la activista y ensayista Noemi Kleim expone que «los niños no solo deben saber lo mal que van las cosas, sino que también necesitan referencias de cómo pueden cambiarlas». Me parece una apreciación muy oportuna y muy necesaria. Frente a los retratos que insisten en mostrarnos la fealdad del mundo, ofrecer filosofía de la posibilidad y la transformación, espolear la imaginación ética y política para soñar otros horizontes que amplíen los límites de lo posible. Existe una inflación de argumentos para recordar las miserias del mundo, pero una recesión preocupante para avistar y nombrar las posibilidades que podemos insertar en ese mismo mundo para contrarrestarlas (además de su estigmatización a través del vocablo denostativo del buenismo). Prolifera un discurso muy aceptado de la inevitabilidad de lo que hay que se sostiene en la coerción discursiva de pensar otras opciones de vida que no sean las que propone el determinismo económico. La amable prosa de Irene Vallejo nos recuerda en uno de sus artículos periodísticos algo que como comunidad política deberíamos plantearnos más a menudo: «Hablamos de la ética de los cuidados, pero falta por construir su épica. Carecemos de historias sobre héroes que cuidan, frente a la manida fábula de los campeones que derrotan y triunfan». Es cierto. Adolecemos de falta de testimonios de personas que con sus sentimientos y acciones ofrezcan otras formas de vivir la vida, arquetipos que con su ejemplaridad nos estimulen a pensar de otro modo y a soñar otras maneras de orquestar la convivencia a fin de que todas y todos vivamos mejor. Este reduccionismo acomodaticio queda perfectamente resumido en la letra de una canción de rock del grupo granadino 091 que, entre guitarrazos y una voz que aúlla, señala que «faltan soñadores, no intérpretes de sueños».    

Todas las mañanas comienzo las clases que estos días imparto en Bachillerato preguntando qué día es hoy. Cuando mis alumnas y alumnos me recuerdan la fecha, entonces afirmo que hoy es un día extraordinario. El primer día me miraron con extrañeza, pero ahora ya saben muy bien a qué me refiero porque lo repito como si fuera un salmo laico: «Es un día extraordinario porque es irrepetible. Nunca lo vamos a volver a vivir». Y les interpelo: «¿No os sentís abducidos por unas insujetables ganas de aprovecharlo?». Ortega y Gasset recalcó que «la vida humana consiste siempre en un quehacer, en una tarea para construir la propia vida». Vivir es un acto constructivamente poético y cada uno de nosotros y nosotras un poeta o poetisa con capacidad de crear belleza al mirar de un modo singular que determine un actuar también singularizado. Saber que es así y constatar que el día que desprecintamos es irrepetible debería impulsarnos a vivirlo con alegría y con la inteligencia suficiente como para que a su vez hagamos en él las tareas que lo conviertan en el prólogo de días que nos donarán incluso más delectación y plenitud. Esta tarea requiere liberar la imaginación y ver posibilidades en las realidades.

Para evitar equívocos de en qué consiste aprovechar el día, cito a Nietzsche, que es el autor de la definición más hermosa de qué hacer para sacar jugo a la vida: «Vive de tal manera que una vez acabado lo que has vivido desees volver a vivirlo». Es una definición perfecta de lo que considero un deber poético de cualquier persona hacia sí misma, y por tanto hacia el recinto social, en el que cada una alcanza su autonomía, y hacia la red institucional en la que se puede transformar la idea en acción.  En Escuela de aprendices, Marina Garcés también prescribe una fórmula muy útil: «Busca lo que te importa y trátalo como un fin en sí mismo. Todo lo que instrumentalices te acabará instrumentalizándote». Reordenar prioridades y preguntarnos por lo relevante del vivir bien es divisar otras opciones, agrietar la realidad para incrustar la posibilidad. Necesitamos plantearnos preguntas nuevas para no paralizarnos en las respuestas de siempre. Seremos más proclives a abastecernos de interrogantes novedosos, si somos lo suficientemente críticos para entender que la existencia es el destino en el que se da cita la posibilidad. Javier Muguruza esgrimió hace tiempo el imperativo de la disidencia: «Siempre nos cabe soñar con un mundo mejor al que nos ha tocado en suerte, y podemos contribuir a su mejora negándonos a secundar lo que nos parezca injusto e insolidario, sin tener en cuenta las consecuencias que pueda granjearnos». Ojalá pensar nos imante siempre hacia lo posible, la única manera de mejorar lo que ya existe. 

 

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martes, marzo 22, 2022

La mirada poética es la mirada que ve belleza en el mundo

Obra de Didier Lourenço

Ayer se celebró el Día de la Poesía y también el inicio de la estación primaveral. La primavera aloja el momento del año en que todo estalla de vida y fulgor. Normal que hace un par de decenios la UNESCO adoptara la fecha del equinoccio de primavera para festejar la poesía, porque comparten muchas similitudes. Erróneamente creemos que la poesía es solo un género literario, un estilo que estructura las palabras en versos y retuerce el lenguaje y su sintaxis con licencias libérrimas vetadas a la rigidez del resto de géneros. A mí me gusta definir poesía como la capacidad de ver belleza en el mundo. Es una forma de instalarnos en los pliegues del mundo de la vida que vincula con la atención, tanto en su acepción sensitiva (estar atento) como en su acepción ética (ser atento). Cuando estamos y somos atentos la belleza de las cosas se empotra en la absorción de nuestra mirada. En realidad, la belleza no se posa sobre las cosas, sino que la mirada poética reconfigura como bello lo que una mirada menos creativa interpretaría como prosaico e incluso como grisáceo. La belleza conexa con el impulso evocador del que mira, no con lo mirado. La palabra poesía tiene su genética léxica en la palabra griega poiesis. Significa crear, componer, adoptar, fabricar, así que la mirada poética crea la belleza del mundo al mirarlo de un modo novedoso y sorprendente. Recuerdo que en una entrevista Emilio Lledó comentaba que le hubiera encantado enseñar a niñas y niños de once y doce años a mirar bien el mundo, a educar su mirada para comprender y sentir mejor.

Para vivir esta experiencia epistémica y poética simultáneamente es fundamental no dar nada por sentado (basta con sabernos vulnerables y mortales para que todo en derredor se metamorfosee en un regalo de un valor inconmensurable), asombrarnos ante hechos que la cotidianidad ha naturalizado primero y eclipsado después. La mirada poética puede resemantizar y por tanto sublimar todo lo que observa hasta lograr la proeza de que lo que antes parecía una trivialidad ahora resulte una antología de la inteligencia humana, o una maravilla de la naturaleza. Compartiré una breve sucesión de ejemplos. Abrir un grifo y que salga agua. Pulsar un botón y que unas ondas electromagnéticas calienten líquido o  alimentos. Tostar una rebanada de pan que acompañará a un café humeante mientras por la ventana se cuela un amanecer de un rojo somnoliento. Bajar a la calle y  contemplar en las hacinadas aceras la biodiversidad humana y el armónico entrelazamiento de interdependencias opacadas por su propia ubicuidad. Subirte a un coche y alcanzar una velocidad insuperable para cualquier animal. Hablar con una persona y entenderla y que te entienda gracias a una pluralidad de sonidos semánticos que se exilian de la boca y se refugian en los tímpanos, y que llamamos lenguaje. Entrar en un edificio atestado de personas y hacerlo tranquilamente porque un ordenamiento jurídico y una infraestructura cívica custodian que la vida sea respetada y pueda desplegarse sin sobresaltos al lado de la de los demás. Saber que hemos ficcionado éticamente que toda persona con la que nos cruzamos posee dignidad por el hecho de serlo y es tan valiosa que ponerle precio sería vergonzante. Asentir que cualquiera de esas personas poseen autonomía porque pertenecen a una comunidad política. Comprobar en lo más recóndito del entramado afectivo que un argumento sólidamente confeccionado posee soberanía para transformar un sentimiento, y que esta operación inducirá cambios en la plasticidad del cerebro y en la gramática cultural que precinta la vida. Tener la capacidad de soñar horizontes posibles porque el mundo siempre es susceptible de ser mejorado, y que si nuestros antecesores hubieran negado esta afirmación nada de lo que existe ahora existiría. Podría continuar hasta el infinito, pero con estos ejemplos es suficiente para entender lo que estoy intentando explicar. Igual que la memoria organiza el pasado, la mirada organiza el presente, y le concede significado. Podemos ver lo extraordinario agazapado en lo ordinario, pero para verlo necesitamos una mirada educada en el asombro. Baudelaire nos dijo que «lo maravilloso nos envuelve y nos empapa como la atmósfera, y sin embargo no lo vemos».  Cuánta razón le asistía al autor de Las flores del mal.

Matthew Lipman y Ann Sharp, progenitores de la filosofía para niños, proponían que nos debíamos pertrechar de un pensamiento crítico (capacidad para cuestionarnos lo que quizá no sea tan evidente como parece, luxar las narrativas que se apropian y patrimonializan el sentido común), pensamiento creativo (rastrear soluciones desacostumbradas a los problemas, o inventar problemas para alcanzar soluciones de otro modo inaccesibles) y pensamiento ético (tener en cuenta la existencia de las personas prójimas a la hora de adoptar decisiones, aunque sean de genealogía personal, porque impactarán de una u otra manera en sus vidas). Si una de estas tres dimensiones no es convocada a la hora de evaluar el mundo, la evaluación queda incompleta. Creo que a esta triada le falta el pensamiento poético.  Todas y todos hemos leído en El principito de Saint Exupery que «lo esencial es invisible a los ojos». A los ojos, sí, pero no a la mirada poética, la que intensifica la vida porque logra ver lo que no se ve.

 


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