martes, julio 31, 2018

Más atención a la alegría y menos a la felicidad


Obra de Nick Lepard
Existe una inflación de alusiones a la felicidad en las narrativas de la gestión del yo. Hay una fijación por su vindicación que correlaciona proporcionalmente con la invisibilidad o minusvaloración de la alegría. Se habla mucho de la relevancia de ser feliz en el itinerario biográfico y muy poco del protagonismo que abriga la alegría en ese tránsito. Supuestamente la alegría es un gradiente mucho más modesto que la felicidad y esta condición la ha condenado a ser citada tangencialmente, o tratada como saldo. Se concede poco crédito a esa alegría que germina en los microacontecimientos del día a día, que paradójicamente es con mucha diferencia el lugar donde nuestra vida pasa más tiempo. En los grandes tratados la han castigado con la inatención por su frugalidad. Sin embargo, ha arraigado un sinfín de clichés en torno a la felicidad. Los que se dedican a escribir eslóganes para la gerencia del desarrollo personal promocionan desde hace tiempo una orden que prescinde de la alegría porque la subsume, pero que de puro abarcativa es huera: «sé feliz». Es un mandato tan vago como sorprendente porque las órdenes tienen como fin señalar la conveniencia de una dirección cuando es muy tentador tomar la contraria. Yo todavía no me he encontrado a nadie que titubee a la hora de elegir entre la felicidad o su ausencia. Con lo que sí me he topado es con gente muy extraviada para determinar conceptualmente de qué estamos hablando cuando hablamos de felicidad. Como es muy fácil detectar cuándo está uno alegre, pero no tanto cuándo uno es feliz (los verbos ser y estar son muy útiles para deslindar ambas magnitudes), resulta mucho más eficiente y sencillo promulgar la alegría y ser más precavidos en la insistencia de la felicidad. A favor de este argumento juega el hecho de que la alegría es el sentimiento que dimana a medida que se coronan los fines de la autonomía en los que se despliega la felicidad. La alegría y su imbricación con la acción y la actividad son indicadores fiables de la felicidad. A veces incluso son expresiones pleonásticas.

Reivindicar el vigor de la alegría es necesario en un momento en el que es inusual ver a la gente sonreír, pero es muy frecuente divisar en sus rostros cómo se amotinan la amargura, la abulia, el pesar, el estrés, el distrés, el agobio, el miedo, el cansancio. Recuerdo una sublime portada de una revista de psicología. En ella aparecían dos enormes fotos colocadas a cada lado. En la foto de la izquierda aparecía un grupo de niños jugando en el patio del colegio. Todo era bullicio, júbilo, energía, sonrisas, movimiento. En la foto de la derecha aparecía un vagón de metro de gente hacinada camino del trabajo. Todo era lóbrego y estático. Rostros serios, adustos, con las comisuras de los labios indicando tediosamente el suelo y desenmascarando una vida esclavizada y abostezada. El titular de la página era antológico: «¿Qué ha pasado para llegar hasta aquí?». Las posibles respuestas a esta interrogación conexan con el sentido de la vida humana, la civilización del trabajo, el tamaño de las plusvalías, la distribución de la riqueza, la inercia del mercado.

La alegría es un brote que se desata cuando nos encontramos en una situación que favorece nuestros intereses. De repente, el mundo ha concedido derecho de admisión a alguno de nuestros deseos, proyectos, o metas. Sentimos que la vida se alía con nosotros y esa alianza nos suministra altos niveles de una energía que se disemina con celeridad por todo el cuerpo. La cara y los ojos se ensanchan y refulgen, se realzan los pómulos, se estira la curva carnosa de los labios, aumentan los niveles de oxígeno, se estimulan los neurotransmisores en la circulación sanguínea, se incrementa la capacidad propulsora. En los momentos de mayor ebullición parece como si quisiéramos escapar del contorno de nuestra corporeidad, deshilachar las costuras que constriñen nuestra expansión. La alegría recluta lo mejor de nosotros y el cuerpo se nos queda pequeño. Cuando decimos que «no cabemos de gozo» lo que queremos señalar es que nuestra geografía corporal es demasiado diminuta para abrigar el tamaño agigantado que nos proporciona un hecho fruible. Cuando nos coloniza la alegría y nuestro cuerpo se torna insuficiente para sostener su irradiación, siempre nos dirigimos al encuentro del otro. Al no caber en nosotros solicitamos que el otro recoja ese desbordamiento. La alegría solo alcanza su plenitud cuando se comparte.

Al hablar de alegría me refiero al epítome de todas esas disposiciones en las que aparecen el entusiasmo, la pasión, la efervescencia, el optimismo, el júbilo, la fruición, el gozo, la diversión, la vocación, la levedad, el buen humor, el carácter risueño, la tendencia creativa, o la embriagadora sencillez de estar contentos. Estos dinamismos recuerdan al estado de flujo autopsiado por Mihály Csikszentmihalyi, aquellas actividades que nos abducen tanto que desaparecen la sensación de esfuerzo y la usura del tiempo. La alegría hace ligero el vivir porque nos quita de encima el peso que adquieren las cosas. Etimológicamente el término proviene del latín alacer, alacris, que significa rápido, ágil, vivaz. En nuestro idioma se mantiene la palabra alacridad, que el diccionario de la Real Academia define como alegría y presteza del ánimo para hacer algo. A pesar de que la expresión «caerse el alma a los pies» indica lo contrario, es muy descriptiva para entender la alegría. La caída del alma no se debe a nuestra torpeza, sino a la carga excesiva que no ha podido sujetar, es decir, a la pesadumbre, aquello que pesa y guarda mucha gravedad. Entonces la vida ya no es ligera. Nos cuesta movernos. Nos cuesta hacer las cosas. Ya no hay alegría.

El contrapeso de la alegría es la tristeza. Frente a la aparente inanidad de la alegría, aparece la indiscutida sacralidad de la tristeza. Si la alegría se activa ante una situación favorable para nuestros propósitos, la tristeza es el resultado de lo contrario, cuando algo o alguien nos desposee de algo sustancial para nosotros, disloca nuestra meta, interfiere en el cumplimiento de nuestras expectativas, nos obliga a abdicar de nuestros deseos o a reemplazarlos. Pero la tristeza alberga funciones adaptativas de primerísimo nivel. Como escribí en La razón también tiene sentimientos (ver), «la tristeza todo lo que toca lo convierte en alma». Es una pedagogía nada desdeñable para conocer la territorialidad en la que confluyen emociones, cognición, sentimientos, deseos, valores, creencias, experiencias. En el ínterin de la tristeza se activan imprescindibles mecanismos autorreflexivos. Todo lo ligado a la hiel de la tristeza nos retrae y nos exhorta a la interiorización, a la atracción por las preguntas rutilantes, nos hace retractarnos de ideas que considerábamos inobjetables, nos acerca a todo lo que el fragor diario de tareas mecánicas e inaplazables ha convertido en desuso. A pesar de mi vindicación de la alegría, recelo de los que muestran insensibilidad a la tristeza, se avergüenzan de poder padecerla, o la vilipendian patologizándola como inconsistencia psicológica. Ahora bien, una cosa es la utilización profesoral de la tristeza y otra muy distinta es mortificarse con ella.

Sentir alegría cada vez que inauguramos un nuevo amanecer debería ser un hábito contraído con nosotros mismos. Parece una hipérbole, pero no lo es. Basta con que algo fracture la confortable cotidianidad en la que la vida se acurruca para advertir que esa misma cotidianidad es un gozo milagroso. En su reciente libro de aforismos, Tazas de caldo, Vicente Verdú señala algo análogo al afirmar que «cuando uno se lamenta de que en su vida no pasa nada no sabe de cuánto mal se libra». No habla bien de nosotros que solo valoremos las cosas cuando la corriente las arrastra y nos aleja de ellas. Para docilizar la alegría hace falta disciplinar la mirada, que es una manera poética de señalar la importancia de jerarquizar axiológicamente la vida para después estratificar las acciones y escalonar los propósitos. Hace unos años escribí que no hay ni un solo ejemplo en toda la historia de la humanidad en el que alguien haya creado algo valioso mientras bostezaba. Esta afirmación se puede parafrasear. Es complicado hacer existir algo valioso si la alegría no comparece en el proceso. Feliz verano a todos. Gracias por vuestros paseos lectores por este espacio. Nos veremos a mediados de septiembre. Hasta entonces. Un abrazo.




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martes, julio 24, 2018

Medicina lingüística: las palabras sanan



Obra de Alyssa Monks
En un mundo que aconseja reiteradamente el cuidado de la imagen, yo abogo por el cuidado de las palabras en sus tres grandes disposiciones: las palabras que decimos, nos decimos y nos dicen. Deberíamos acentuar un escrúpulo más acendrado a la hora de decantarnos en la elección de palabras, puesto que literalmente nos va la vida en ello. Somos seres narrativos, nuestra biografía son eventos esparcidos por los días que hilvanamos a través de un relato que nos vamos contando a nosotros mismos para introducir sentido y memoria en esa amalgama de sucesos. A Ulrich Beck le leí que no siempre coincide la historia de nuestra vida, entendida como cadena de acontecimientos reales, con nuestra biografía, que es la forma narrativa con la que escribimos esos acontecimientos en nuestro entramado afectivo.  Me alío junto a Emilio Lledó cuando en Elogio de la infelicidad postula que «en el habla se coagula nuestra intimidad, la mismidad que buscamos». La trama literaria en la que nuestra historia muda a biografía y nos va configurando como una entidad empalabrada modula nuestro estilo cognitivo y afectivo, y ambos el repertorio de nuestras accciones y omisiones, que nos van esculpiendo una existencia con su buril invisible.  Somos una corporeidad amenizada de palabras.

En su libro, hasta hace unos meses inédito, Extravíos, el atribulado aunque cáustico Emil Cioran afirma en uno de sus brillantes aforismos que «en cada uno de nosotros yace un profeta. La obsesión del futuro, que nos lleva a intervenir en la realidad para alterarla, vierte un falso contenido en las sensaciones del presente». Opino más bien que en cada uno de nosotros habita un novelista con el cometido de anotar lo que nos acontece para que nuestro pasado, presente y futuro respiren al unísono. Nos pasamos la vida relatándonos a nosotros mismos, contándonos nuestras peripecias y otorgando un sentido al cúmulo de días en los que se aglutina la eventualidad de vivir. El doctor Oliver Sack, célebre por su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, comentaba que cada persona se narra a sí misma la historia de su vida todo el tiempo. En Experimentos con la verdad, ese cazador de coincidencias que es el gran Paul Auster repasa su trayectoria y alude a sus primeros años de escritor recordando que en aquella época «me analizaba a mí mismo como si fuera un animal de laboratorio». Rimbaud resumió este malabarismo de recursividad mental con un tan contundente como enigmático «yo es otro». Dentro de nosotros se aloja un huésped con el que nos encanta hablar. En mis ensayos aparece repetida de forma totalmente deliberada mi definición acientífica de alma que conexa con esta imagen verborreica. «El alma es esa conversación que mantenemos con nosotros mismos a todas horas contándonos lo que nos ocurre a cada segundo». Lledó de nuevo susurra con su prosa envolvente que «en las palabras sabemos decirnos aquellos momentos en los que hemos sido algo más que el aire que se llevan los días». Las palabras dan vida a la vida vivida. En las palabras resucita el ayer digno de resurrección. La invención de la forma verbal del futuro logra que las palabras den ensoñadora morfología a lo que está por venir.

El lenguaje no solo describe el mundo, también lo crea. En la dilucidación y discriminación de la palabra que vamos a emplear y en cómo vamos a pronunciarla se encapsula el ser en cuya transitoriedad habitamos. Gozamos de plena soberanía para escoger qué palabras serán las que nos expliquen quiénes somos y en qué consiste nuestra instalación en el mundo. Se minusvalora la impregnación de nuestro lenguaje en la volatilidad anímica y afectiva, pero cada palabra que sale para afuera nos revela indicios de quién habita y cómo de la piel para dentro, y cada palabra que se adentra al interior desde fuera provoca mutaciones allí donde se aposenta. Es aquí donde el verbo alberga capacidad medicinal. El término medicina lingüística se lo leí hace tiempo a Dylan Evans en su obra Emoción. La ciencia del sentimiento.  «Hablar acerca de nuestros sentimientos funciona como una válvula de seguridad que permite la salida del vapor excedente de una tubería obstruida». Las palabras confieren efectos medicinales cuando son compartidas. Como apunta el propio Evans, «desahogarse significa hablar de emociones (sic) desagradables con el fin de hacerlas desaparecer». El lenguaje es una herramienta muy poderosa para inducir sentimientos, pero también lo es para contrarrestar aquellos que nos ulceran. El autosabotaje o la estabilidad de la autoestima se labran en el armamentario verbal con el que nos indagamos, nos retratamos y nos pronosticamos. Hay palabras hirientes, lesivas, vejatorias, lancinantes, jibarizadoras, pero asimismo las hay redentoras, lenitivas, analgésicas, energizantes, reparadoras, ansiolíticas. Podemos encontrar todo un repertorio lingüístico que correlaciona con la farmacopea destinada a la sanación del alma.

Siendo niño me llamaba mucho la atención el bálsamo bíblico en el que se demandaba la llegada del lenguaje porque «una palabra tuya bastará para sanarme». Entonces no lo entendía, pero ahora sé que la palabra permite la intersubjetividad, y es esa intersubjetividad la que acaricia y ayuda a sanar la subjetividad cuando está enferma o afligida. Los sentimientos fecundados por una situación adversa, una expectativa derrumbada, un momento de flaqueza en el que nos desencuadernamos, o la irrupción de un acontecimiento aciago (un acontecimiento es un suceso que interrumpe la cadencia de lo ordinario), pueden ser transformados o revertidos gracias al poder restaurador del lenguaje. Los sentimientos se elicitan pero también se derogan con la presencia de los argumentos. Aunque en el título de este artículo afirmo que las palabras sanan, no es exactamente así. No nos curan las palabras, sino los argumentos cuya argamasa está hecha de ellas. Los argumentos poseen capacidad sanadora, como si en su interior semántico llevaran un ungüento milagroso. Oyente y hablante se ensamblan curativamente a través de una siderurgia discursiva.  El ser que estamos siendo conecta con el otro, que es un ser que también está siendo, merced a la palabra, que es la síntesis en donde palpita la vida compartida. Sanan las palabras eslabonadas en el zigzagueo de los argumentos con los que acompañamos a nuestro interlocutor, o él nos acompaña a nosotros. A pesar de que llevo muchos años estudiando su mecanismo, me sigue maravillando la evidencia empírica de cómo la publicidad de la pena atenúa la pena. Es obvio que para publicitarla no nos queda más remedio que encajonarla en un léxico y en una sintaxis. De repente, el oyente deviene en una especie de curandero lingüístico. Cura la palabra expresada, pero sobre todo cuando es palabra escuchada. Hay algo rotundamente contradictorio en este apoteósico dinamismo. La pena al verbalizarse y compartirse se encoge, pero la alegría empalabrada y compartida se expande. Sentimentalmente, hablar siempre sale a cuenta.



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martes, julio 17, 2018

Las emociones no tienen inteligencia, los sentimientos sí


Obra de Alyssa Monks
Sorprende cómo ciertos términos se instalan rápida y cómodamente en el argumentario colectivo. El de inteligencia emocional ha colonizado vastas regiones disciplinarias y resulta complicado hablar de aspectos vinculados a la interacción humana sin que alguien no lo traiga a colación. En mi periplo académico como estudiante de Filosofía no lo escuché ni una sola vez, y eso que muchas asignaturas deconstruían temas capitales que ahora parecen exclusivos de la inteligencia emocional. La primera vez que oí este término fue en el departamento de investigación y desarrollo de una empresa madrileña de formación en la que entré a trabajar. Eran los años en que Daniel Goleman se convirtió en una celebridad. Todavía recuerdo el instante en que una compañera me prestó su ensayo, casi un best seller, Inteligencia emocional. Me lo entregó con una solemnidad legataria de las obras iniciáticas. Lo leí con atención absorta, que es como hay que leer cuando se quiere aprender. Un par de décadas después puedo afirmar que los sentimientos son el resultado de la acción política, las emociones de la dotación genética. Por naturaleza albergamos emociones, por cultura cobijamos sentimientos. Las emociones no tienen inteligencia, pero los sentimientos sí.

Desde hace ya unos cuantos años se nos martillea con la idea de que sin inteligencia emocional no podemos aspirar a una vida plena y autorrealizada, pero me temo que estamos delante de un enunciado incompleto que totaliza el orbe emocional y neglige el orbe cívico. Recuerdo que en una jornada sobre educación alternativa me referí a varias cuestiones monopolizadas ahora por la inteligencia emocional, aunque nominándolas más acertadamente como cuestiones de «educación sentimental». En el receso una profesora me confesó que le había llamado mucho la atención que empleara el vocablo sentimental en vez del de emocional. Las emociones son dispositivos grabados en nuestros circuitos nerviosos. Francisco Mora señala que las emociones se refieren a procesos inconscientes codificados en nuestro cerebro que nos empujan a defendernos de amenazas o ataques físicos. Están insertas en nuestra dotación genética. La alegría persigue mantener un curso de acción favorable o impulsarnos a la inauguración de uno nuevo. La tristeza avisa de las pérdidas y nos predispone a urdir estrategias para no tropezar en la misma falla. La ira nos suministra energía para combatir aquello que oblitera la conquista de alguno de nuestros intereses. El miedo nos alerta de una amenaza que flota en los inputs ambientales haciendo peligrar nuestro equilibrio. La sorpresa nos echa una mano para absorber la irrupción de lo inesperado. La repugnancia nos aleja impulsivamente de aquello que nos desagrada. En el instante en que la intelección actúa sobre cualquiera de estas emociones básicas, la emoción muda a sentimiento. 

La mejor prescripción que he leído sobre la articulación de las emociones señalaba con una sencillez aplastante que para regularlas bastaba con pensar en ellas. La reflexión eleva la emoción a la urdimbre sentimental. Antonio Damasio postula que las emociones básicas son primarias, pero al pensarse se convierten en emociones secundarias o sentimientos. En cualquiera de sus ensayos (pero sobre todo en En busca de Spinoza), el neurocientífico aclara que las emociones operan en el teatro del cuerpo y los sentimientos en el de la mente. Nuestro cuerpo nos dice cosas que si sabemos interpretarlas bien devienen en información entrante de primer nivel. En mi ensayo La razón también tiene sentimientos (ver) expliqué lo que supone algo así: «Las emociones suelen alcanzar de un modo rápido la superficie facial, pero las consecuencias somatoviscerales de los sentimientos se manifiestan en el interior del organismo y por tanto se pueden ocultar o manipular». Unas líneas más adelante pormenorizo: «Si las emociones evalúan los incentivos de la recompensa y la repulsa para vertebrar la vida, los sentimientos son el resultado del que se sirve todo sujeto para orquestar la realidad según su batería de predilecciones y comparaciones». Para comprender lo que sentimos necesitamos comprender el mundo de la vida compartida. En Aprender a convivir, José Antonio Marina asegura que «todos los sentimientos pueden ser inteligentes o estúpidos. Por eso debemos enseñar a los niños no sólo a sentirlos, sino también a analizarlos».

Llevo un tiempo educando a un gato y puedo testificar que posee una inteligencia emocional parecida a la de cualquiera de nosotros. Lo que no posee es una aventura ética en la que transforme sus emociones en sentimientos y sus sentimientos en virtudes. Tampoco posee la ficción ética de la dignidad, que es sin embargo el eje central de la pericia humana y el desiderátum para afinar nuestra humanización siempre en tránsito. Puedo parecer hiperbólico, pero tiendo a recelar de todo aquel que en sus disquisiciones repite una y otra vez la relevancia de la inteligencia emocional, pero omite el valor común sobre el que se alfabetizan correctamente todas las respuestas emocionales (la dignidad). Como he escrito muchas veces, somos humanos porque nos relacionamos con el otro, habitamos una comunidad reticular, convivimos con subjetividades análogas a nosotros. Para alcanzar una convivencia afable no hay que cambiar los sentimientos que somos capaces de elicitar, pero sí hay que dar prevalencia a unos en menoscabo de otros. Toda la educación se basa en manipular el deseo, y hacerlo de un modo que lo dirijamos a lo deseable. Lo deseable forma parte de las elucubraciones éticas, fundamentales para domeñar al deseo y sentir acorde a lo deseado, un plano cuya jurisdicción pertenece al orbe sentimental, pero no al emocional. Para que esto ocurra necesitamos aprender a valorar bien, premisa para sentir bien, que a su vez es el preámbulo para actuar bien. Para este cometido urge saber cómo nos gustaría que fuese la convivencia y qué esperamos del ser humano que somos. Y ahí entra la inteligencia, pero no una inteligencia cualquiera, sino aquella que piensa con una mirada crítica, creadora y ética. Una inteligencia sentimental.



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martes, julio 10, 2018

«Mejor solo que mal acompañado»



Obra de Michele del Campo
El refranero sentencia con sarcasmo taxativo que «mejor solo que mal acompañado». Es una afirmación que goza de notoriedad en el discurso social. Sartre escribió que «el infierno son los otros», porque la mirada del otro me desasosiega al desconocer qué soy para esos ojos que me miran y al mirarme me impiden ser nadie y al concederme el rango de ser alguien me obligan a evaluar éticamente mi conducta. Hace unos años objeté a Sartre con la sencilla afirmación de que «el infierno es una vida en la que no hay otros». Que la ausencia de otros sea un infierno no significa que su presencia nos permita abrir las puertas del cielo. La compañía es motivo de conflictos, disensos y consensos, negociaciones agotadoras, contraprestaciones, capitulaciones, acuerdos, deberes, compromisos, etc. La compañía puede devenir amenaza, incordio, u obstáculo, aquello que gangrena la serenidad que mantiene uno consigo mismo. Con la mala compañía estas situaciones se hipertrofian y propenden a contaminarse e incluso a afectar a la salud. A pesar de su sobreuso, el término persona tóxica describe muy bien la polución que puede respirar uno a su derredor si tiene la mala suerte de coincidir con alguien contaminante. Resulta curioso que en las evaluaciones de la convivencia el foco del proyector se oriente hacia estos vectores, porque la compañía que soluciona satisfactoriamente sus conflictos, articula bien sus negociaciones, posee elevadas tasas de adaptabilidad en la liturgia de las concesiones, acompasa los intereses, expurga los sentimientos de clausura, logra acceder a las fuentes de la felicidad.

Es en la compañía grata donde anidan el afecto y el reconocimiento, que son los dos quicios sobre los que se sostiene la vida humana. Es cierto que la soledad elegida es medicinal, que los retiros íntimos son reparadores y balsámicos para retornar fortalecido al rebaño social, que es en los dominios de la soledad donde aumenta la calidad de los necesarios soliloquios. Todo esto es cierto, pero como la soledad es un acontecimiento anfibio, también lo es que la soledad no voluntaria calcifica el cerebro cuando se vuelve crónica, que los monólogos interiores no dejan de ser una antología de diálogos con la exterioridad exquisitamente seleccionados, que si uno pasa mucho tiempo a solas acabará mal acompañado por la sencilla razón de que una conciencia excesivamente afanada en sí misma acaba generando entropía. Sí, a veces estar solo es la peor compañía posible. Aparte de para señalar la toxicidad de las compañías desaconsejables, «mejor solo que mal acompañado» se ha metamorfoseado en un lema para justificar las lógicas de la desvinculación y la glorificación del yo atomizado. Resume de modo lacónico un análisis disruptivo de la sociabilidad. Se santifica al individuo eligiendo un elemento de comparación arbitrario en el que ese individuo sale bienparado. Confrontar una situación con otra peor hace mejor lo comparado, sin embargo no lo hace necesariamente bueno. A este «mejor solo que mal acompañado» se le puede dar muy fácilmente la vuelta enfocando los sensores hacia una entronización de la convivencia: «Mejor bien acompañado que solo». En el ordenamiento de las palabras y en la propia comparación respira toda una pedagogía de la vida. En el lenguaje el orden de factores sí altera el producto. «Mejor solo que mal acompañado» alaba el individualismo, «mejor bien acompañado que solo» loa la convivencia. 

Sé que es una evidencia pueril apuntar que necesitamos a los demás. No sólo nos aprovisionan de bienestar material y afectivo, sino que nos han dado la vida. ¿Hay acaso mayor necesidad para vivir que recibir una vida? Por increíble que parezca, yo tengo que recordárselo a los asistentes a mis cursos y a mis conferencias. La cultura egocéntrica y competitiva ha invadido tan napoleónicamente el imaginario que se nos olvida que hemos estado en el interior del cuerpo de una mujer nueve meses, y fuera de ese cuerpo pero recibiendo una protección similar unos cuantos lustros. Lo he repetido en este Espacio Suma NO Cero un sinnúmero de veces. Para alcanzar la independencia necesitamos una tupida red de dependencia, pero no solo con el afán de garantizar la satisfacción de nuestras necesidades primarias, sino como única posibilidad de internarnos en una vida feliz. La inteligencia se hace más inteligente cuando interactúa con otras inteligencias, los afectos son más afectuosos al lado de otros afectos, los sentimientos se ennoblecen en la interacción con otros sentimientos nobles, la persona que estamos siendo mejora cuando convive con las personas que consideramos mejores, nuestra felicidad (ética de máximos) necesita un marco de felicidad política (ética de mínimos). No se trata de elegir entre estar solo o mal acompañado. Se trata de aprender a estar solo, aprender a acompañar y aprender a estar acompañado. O sea, aprender a existir.



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martes, julio 03, 2018

«Amarás al prójimo como a ti mismo»



Obra de Stephen Wrigth
El mandato bíblico «amarás al prójimo como a ti mismo» prevé que uno sabe amarse, pero sobre todo nos recluye en una paradoja que merece atención. Al reproducir en la relación con el otro ese supuesto saber amarse, la prescripción nos ancla en el egocentrismo como referencia para cuando excursionemos fuera de él. Un mandato destinado a establecer una gramática universal del comportamiento lo pone todo en manos del amor que se profesa uno a sí mismo. Es un riesgo elevado. Basta con comprobar la ingente cantidad de adeptos que posee la autoflagelación, o cómo el deber de la autoestima se degrada en soberbia, vanidad o narcisismo, tres desmesuras del ego en su afán de ensachar su grosor y mostrarlo al ojo público, para aceptar que el amor a uno mismo merece a su vez ser especificado, o eliminado como foco autorreferencial. En el conmovedor ensayo La penúltima bondad, su autor Josep Maria Esquirol cita a Levinas para contar una anécdota relacionada con este mandamiento divino, el segundo del reglamento. Cuando Buber y Rosenzweig, traductores de la Biblia al alemán, se enfrentaron a la traducción de este versículo, buscaron segregar el amor al otro de un acto egocéntrico. Como explica Esquirol, «querían evitar que la medida del amor a los demás fuera la del amor a uno mismo, es decir, no querían de ninguna manera que el amor propio fuera la óptima medida del amor a los demás». La transcripción final quedó traducida del siguiente e inspiradísimo modo: «Ama a tu prójimo, él es como tú».

Al ser la otredad un alter ego, una equivalencia a nuestra mismidad, bastaría con tratarla como nos tratamos a nosotros para dispensarle un comportamiento encomiable. Se podría verbalizar también así: «Ama a tu prójimo porque amarle es amarte». La palabra prójimo deriva de proximus, término formado por prope (cerca) y el sufijo ximus (más). Significa el más cercano, cuyo sustantivo es próximo. El prójimo es el próximo porque somos semejantes. Para el relato bíblico, todos somos criaturas creadas por Dios. Para el relato secular, todos somos semejantes porque formamos parte de esa familia humana empecinada en humanizarse. De este modo amar a un semejante desemboca indisolublemente en amarse uno a sí mismo. Pero con esta fórmula no soslayamos al yo (ni la posible degeneración de su amor propio), volvemos a reafirmarlo, aunque sea para  sugerir que en el yo que somos descansa la afiliación a la humanidad. Acaso una fórmula mucho más efectiva, que aunque no elude al yo al menos le obliga a repensar a los otros yoes, sería «Ama a tu prójimo como te gustaría que el prójimo te amara a ti». Al hablar de lo que nos gustaría estamos señalando valores, aquello que sería bueno que existiera en nuestro comportamiento. El verbo amar significa cuidar, atender, preocuparse. Desde esta nueva perspectiva convergemos en la regla ética de oro de todas las religiones en su vertiente positiva: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti». En esta regla damos por hecho que a nosotros nos gustaría que nos trataran bien. Esta presunción es nuclear. Resulta más sencillo prescribir cómo quiero que me traten a explicar cómo quiero tratarme yo. Quizá Kant se inspiró en este detalle al formular su imperativo categórico.

Hace poco le leí al neurocientífico Francisco Mora en su último ensayo que «los otros son nuestra referencia humana, constantemente activa, con la que día a día nos construimos a nosotros mismos». La mismidad se configura con el acontecimiento de la alteridad. Nuestra existencia no solo intersecciona con otras existencias en un destino comunitario, sino que mi existencia se autoconstruye con todas las demás existencias a las que a su vez ayudo a autoconstruirse. ¿Y cómo queremos que nos traten esas otras existencia que nos determinan y a las que determinamos en un dinamismo al unísono? Somos humanos, es decir, somos humus, provenimos de la tierra, somos muy limitados, y queremos que nos traten de tal modo que no nos limiten más de lo que ya nos restringe nuestra naturaleza. Ese tratar bien se puede sintetizar en que los demás nos cuiden y sean bondadosos con nosotros para combatir nuestras limitaciones y minimizar la participación del infortunio en nuestras vidas. Somos tan pequeños y frágiles que mendigamos cuidados que preserven nuestro cuerpo y afectos que resguarden nuestra urdimbre sentimental. Nuestra condición mendicante aspira a un bienestar que sólo es posible con la presencia fraternal de los demás en el exterior y sentimientos nobles hacia ellos en el interior. Que nos traten con cuidado y afecto es el pico más elevado al que puede ascender nuestra vulnerabilidad. Podemos pormenorizar un poco más el mandado y, asumiendo nuestra pequeñez y nuestra interdependencia para paliar nuestra menesterosidad, formularlo así: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti cuando te sientes inerme y desamparado».

Tratar al otro como nos gustaría que nos tratasen a nosotros es tratarlo como un igual, tratarlo con fraternidad, puesto que somos hermanos en la aventura humana. Nos gustaría que nos trataran con generosidad, con bondad, que es el proceder que se da cuando colaboramos a allanar el camino del otro, a extender sus posibilidades, a facilitar su florecimiento. Amar al prójimo estribaría en ser bondadoso con él. En ser dadivoso. Estamos en los dominios de la acción humana en la que el animal humano se da. Darse es antónimo de intercambiar, vender, comprar, mercadear, invertir. Nos damos porque es lo que gustaría que hiciesen con nosotros. Algunos autores señalan el absurdo que supone este darse, en el que inopinadamente se prioriza al otro sobre uno mismo (y que se divisa con claridad en las relaciones presididas por afectos profundos, como por ejemplo las que se establecen entre padres e hijos, o entre personas en las que los fines de uno acaban siendo los fines del otro, y al revés). Este absurdo deja de serlo si se argumenta que intelectivamente es lo más ventajoso para todos si todos reprodujésemos esta lógica en nuestros cursos de acción, pero también se puede señalar que en esta proclividad hacia al otro descansa el sentido de la humanidad (como defiende Levinas).

Al solicitar amar al otro nos adentramos en el reino de la cordura, término maravilloso sobreutilizado como sinónimo de sensatez, pero que vincula etimológicamente con el corazón. La palabra proviene de cor-cordis, corazón, y ura, sufijo que indica actividad. La cordura es todo comportamiento impulsado por el corazón. Somos cuerdos cuando actuamos con el corazón (dicho con terminología menos lírica, cuando nos guía un entramado afectivo atravesado de orientación ética), y dejamos de serlo cuando disgregamos de nuestra conducta las virtudes que nos gustaría que formaran parte del repertorio del corazón humano. El insensato es el que emplea mal la inteligencia, como lo indica el diccionario, pero la malogra porque se despreocupa del bienestar del otro en aras de optimizar su satisfacción personal. Actuar así es una imprudencia, que es el sinónimo más inmediato de la insensatez. San Agustín nos invitaba al célebre «Ama y haz lo que quieras». La nomenclatura contemporánea indica lo mismo cuando invita a respetar la dignidad del otro si uno aspira a que respeten la suya. Toda esta retórica la podemos abreviar en un sencillo pero profundo «sé cuerdo». Todo añadido sería redundante.



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