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martes, octubre 20, 2026

La belleza es el ser en movimiento

Obra de Marcos Beccari

Recuerdo una rotunda respuesta que da el cineasta Manuel Summers en una entrevista días después de que le detecten un avanzado cáncer y le pronostiquen tres meses de vida. La aciaga noticia le ha cambiado por completo la forma de instalarse en el mundo. Con su habitual jocosidad y agudeza Summers entrega un aforismo para la posteridad: «Ahora veo la misma belleza en una puesta de sol que en un huevo frito». El inminente advenimiento de la muerte le había afilado la sensibilidad de tal modo que percibía su vínculo con el mundo hasta en lo más aparentemente insignificante. Advertir la irrecuperabilidad de lo que acontecía a su alrededor le facultaba para descubrir nexos que antes le pasaban inadvertidos. Veía la belleza. La belleza es una relación creada por la subjetividad al contacto con el mundo. No es una cualidad inmanente de las cosas, sino un impulso afectivo que irrumpe cuando uno se siente ser. De súbito, la existencia que nos hemos encontrado al nacer se acopla con el ser que se es en los lazos que le hacen ser. Silvia Bardelás comparte en su ensayo Una conciencia nueva una definición de belleza que me parece merecedora de plausibilidad: «La capacidad de sentir belleza es la subjetividad misma en movimiento, porque la subjetividad es el acto de ser sujeto». Unas líneas más adelante, la autora abrevia y entrega otra definición de una preciosidad emocionante: «La belleza aparece en el acto de ser». Esta intuición no insta a la atomización ni a la despolitización ni al ensimismamiento solipsista. Puede parecer una vivencia demasiado individual, pero la individualidad no es individualismo. Al contrario, somos una subjetividad incanjeable que necesita a las demás subjetividades incanjeables para que el ser pueda ser en plenitud. Creo que la belleza consiste en el acontecimiento de sentir el ser que ya se es. El instante en que la armonía disuelve el sinsentido y ser y estar se acompasan y conforman una sinonimia irrompible.

Desgraciadamente por querer estar en todas partes ante la posibilidad de perdemos una experiencia gratificante (FOMO), estar deviene más relevante que ser. Por eso el JOMO, el gusto de perder, como reza el subtítulo del ensayo de Juan Evaristo Valls, vindica un poderoso cambio cultural y pregona un «no hacer nada, no ser nadie, no ir a ninguna parte». La belleza, y su coadyuvante la alegría, hacen inmediato acto de presencia si somos donde estamos y estamos donde somos. La concurrencia de la belleza sucede cuando las personas disponemos de tiempo propio para celebrar que el pensamiento se desenvuelva sobre sí mismo y sobre la suspensión momentánea de los acontecimientos. La pausa es el prólogo de la belleza. Sin embargo, esta enunciación quedaría escamoteada si no precisamos que  la pausa también es el enemigo a batir de la cultura neoliberal empecinada en sobresaturar la vida humana de actividad productiva y microdemandas de toda índole que erosionan el tiempo propio hasta empujarlo a su disolución. El ser languidece cuando está allí donde la bóveda de clave son una rentabilidad y una ganancia que le impiden hacerse el que ya es. La belleza concurre donde no hay inversión, sino inmersión.

Como expresa Simone Weil, atender es resistir la cómoda indiferencia, y solo con suma atención se vuelve nítida la belleza. A mí me gustaba definir la autonomía como la facultad privativa de toda persona para decidir en qué lugar colocar su atención, aunque quizá antes de ponerla en algún sitio hay que cultivarla para tenerla a disposición, más aún en un momento epocal en que el desarrollo tecnológico confabula para que la atención lo desatienda todo. Cuando nos volvemos atentos no solo cuidamos la dignidad de la que es titular toda persona por el hecho de serlo, sino que nuestra atención es obsequiada con la belleza que se derrama por todas partes cuando el ser es donde está. La belleza visibiliza el nexo que anuda nuestra subjetividad al mundo. Cuando se siente este nexo, todo lo ajeno deja de resultar ajeno, y la vida deviene lugar querido. Es el mayor regalo al que podemos aspirar. Un regalo que no se puede regalar.

 

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martes, mayo 05, 2026

El número Dunbar y la rebelión del afecto

Obra de Edward B. Gordon

Se le atribuye al etólogo Konrad Lorenz la tesis de que solo podemos mantener relaciones afectivas de calidad con grupúsculos de no más de once personas. El antropólogo británico Robin Dunbar amplió la cifra de Lorenz y teorizó que nuestro orbe afectivo puede acoger aproximadamente hasta ciento cincuenta personas. Colmada esta cifra los nexos afectivos se fragilizan y desarticulan, pierden calidad y profundidad. Las especificidades afectivas de cuidado, ternura y atención se difuminan, las interacciones se espacian y se vuelven más efímeras y superfluas. La dilatación en el tiempo y la dispersión geográfica propician que las relaciones terminen pivotando en torno a otros intereses, o poco a poco languidezcan a causa de un gradual vaciamiento. El afecto es una miscelánea sentimental de afinidad, conectividad y complementariedad hacia alguien, pero para que enraíce se requiere un cultivo y una dedicación difíciles de llevar a cabo en un mundo apresurado, pavimentado de transitoriedad y atestado de tareas y personas. Según Dunbar,  nuestra capacidad cognitiva solo puede articular un número limitado de relaciones con vinculación estable y significativa. Estas ciento cincuenta personas no conforman una afectividad uniforme, sino distintas capas vinculares que se distribuyen entre personas cercanas, familia, amistades, personas íntimas, contactos significativos, etc. Este número aparece en estudios de comunidades ancestrales (como los cazadores-recolectores), no obstante, en grandes ciudades donde la pauta es el anonimato, el guarismo decrece drásticamente hasta las diez o quince personas. 

Si Lorenz y Dunbar nos recuerdan que el afecto tiene límites biológicos, el capitalismo emocional los desborda. Las plataformas digitales y las redes sociales metrifican y monetizan nuestra necesidad de afecto, a pesar de contravenir nuestra propia infraestructura afectiva y su radio de acción. En la megalópolis digital la caza y captura de likes se convierte en moneda de validación social, los mensajes de texto reemplazan a las conversaciones, la virtualidad orilla a la presencialidad, la infinitud horizontal penaliza lo profundo,  las relaciones se orquestan como inversiones con plazos y objetivos que en caso de incumplirse se desechan enseguida. La hybris capitalista ha encontrado un filón en la esfera de los afectos, aunque su lógica lucrativa de siempre más atente contra la naturaleza del propio afecto contaminándolo de instrumentalidad. El afecto nos constituye, y la configurabilidad de la persona que somos es el resultado de nuestra vida trenzada con otras vidas en un reducido círculo empático inmerso sin embargo en un gigantesco tejido social. El afecto se alza en un gesto de disidencia en un mundo economizado cuyo criterio de valor está anclado a  la productividad, el rendimiento y la utilidad. Cuando abrazamos, hablamos, escuchamos o simplemente estamos con alguien sin esperar otra contrapartida que la propia gratificación inserta en esa acción afectiva, desafiamos el empecinamiento del capital de convertirlo todo en mercancía orientada a maximizar su valor de cambio. El afecto desmercantiliza y desinstrumentaliza nuestra relación con el mundo. Nos demuestra que somos mucho más que actores económicos que calculan todo con afán de lucro. Es pura subversión.

Si el afecto es un acto de resistencia, ¿qué ocurre cuando no sentimos cariño por alguien?, ¿estamos capitulando ante las lógicas que se aplican a las transacciones económicas? El mundo pantalla y el hacinamiento urbanita nos exponen a un sinfín de personas, pero el afecto solo florece en círculos pequeños. Para que lo que presumimos más humano no se diluya hasta desaparecer, hemos inventado una poderosa estrategia: que el sentimiento ceda paso a la virtud. La virtud es el modo de conducirnos de acuerdo a unos principios que consideramos irrevocables para que la convivencia sea un lugar acogedor y armonioso. La estratagema estriba en que llegue la ética allí donde no alcanza el sentimiento afectuoso. El afecto opera en las distancias cortas, en cambio, la ética lo hace en las distancias largas. El afecto se cuela en relaciones cercanas que requieren iteración y reciprocidad. La ética se introduce en las relaciones con cualquier persona por muy alejada que se encuentre de la nuestra, precisamente porque es una persona que nos insta al deber de cuidar la dignidad de la que es portadora. Como quizá no sintamos cariño hacia ella, debemos exigirnos una conducta virtuosa. Es imposible trabar amistad con personas que no conocemos, pero sí podemos tratarlas con la consideración que merece su dignidad en tanto pertenecientes a la especie humana. He aquí la amistad cívica. Una forma de buen trato que desborda cualquier número. Cualquier círculo. Cualquier distancia geográfica. 


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martes, julio 08, 2025

LLamar a las personas por su nombre

Obra de Edward Gordon

Para evitar la tergiversación, el malentendido o la vaguedad solemos invitar a llamar a las cosas por su nombre. Lo mismo ocurre con las personas para evitar la deshumanización, la cosificación y la abstracción. Llamar a las personas por su nombre tiene un hondo impacto en la interacción que mantenemos con ellas. En El poder de la amabilidad, el neurólogo Jonathan Benito explica que «cuando una persona nos llama por nuestro nombre se activan mecanismos cerebrales de máxima importancia e impacto para nuestro cerebro. (...) De manera inmediata, se activan regiones de la corteza prefrontal medial, que son áreas asociadas, entre otras cosas, con nuestra propia identidad. La activación de estas regiones consigue incrementar muchísimo la atención». Cuando comparto clases, según piso el aula el primer día solicito a las alumnas y alumnos que escriban su nombre en un papel y lo coloquen en la mesa a modo de tarjeta. Les puntualizo que pongan aquel con el que les gustaría que les llamase. Hay algo alquímico en comprobar cómo reaccionan cuando me dirijo a su persona, cómo su frecuente desatención se reconvierte en inmediata concentración con tan solo enunciar la palabra en la que se resume su subjetividad. El nombre ejerce un poder sobre la atención que al instante se focaliza en quien lo ha pronunciado. 

Al dirigirnos a las personas por su nombre estamos tejiendo lazos de reconocimiento, consideración, aprecio, cordialidad, deferencia, todo lo más relevante de la vida cuando esa vida tiene cubiertas las demandas básicas para su sostenibilidad. Nombrar a una persona es decirle te valoro como la singularidad que eres. En ese preciso instante se impugnan los mecanismos de la deshumanización y se celebran sus opuestos, acometer la creación de vínculo, festejar la vecindad humana, afirmar la individualidad y dar crédito a la historia propia de la que toda persona es acreedora. En las tribus arcaicas se acostumbraba a no poner nombre a las criaturas antes de nacer. Como la mortalidad infantil era muy elevada, había que esperar hasta que la vida de la criatura no corriera peligro. El motivo era simple, pero funcional. Si la criatura tenía nombre, el dolor si luego moría era más intenso y longevo. También lo era el tiempo que requería el olvido para ejecutar su labor de borrado. El nombre permitía que la criatura pasara de ser nadie a ser alguien. 

Nombrar a alguien es señalar que no nos es indiferente, puesto que su nombre lo diferencia de todas las demás personas. Como vivimos bajo el anhelo de querer ser sujetos, que se dirijan a nuestra persona por nuestro nombre es una forma de recordarnos que somos ese sujeto que suspiramos ser. Somos seres lingüísticos que requerimos del concurso del lenguaje para positivarnos en el ser que somos. Las personas dejan de ser borrosas cuando podemos referirnos a ellas con un nombre que les concede univocidad. Nombrarlas propicia una afectación identitaria, les despoja de la anónima condición de masa y las convierte en una corporeidad con agencia y capacidad autodeterminadora. En Humano, más humano, Josep Maria Esquirol describe la magia de este proceso con su habitual belleza: «Lo que verdaderamente nos interpela no es una categoría gramatical, sino el hecho de que alguien, en tanto que alguien, merezca nombre. Así pues, el nombre es solo la pista que apunta hacia lo que verdaderamente importa: la profundidad de lo humano». Es fascinante comprobar cómo lo inagotable de nuestra singularidad se acota a un nombre, cómo ese nombre vertebra las discontinuidades del existir que luego narrativamente hilamos y cohesionamos en un relato llamado biografía. Nuestro nombre es la casa levantada con materiales lingüísticos en la que descansa nuestra mismidad. Aquí radica el ejercicio de dignidad que involucra llamar a las personas por su nombre. En un mundo donde el anonimato, el estereotipo y la deshumanización acechan por doquier, a través del nombre propio se reconoce el valor inherente del que esa persona es titular por el hecho extraordinario de ser una persona. 

  
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martes, enero 28, 2025

Necesidad de terceros lugares

Obra de Tim Eitel

Hace unos días una alumna comentaba en clase que para zafarse de la dependencia emocional había que poseer una buena autoestima. Asentí al escucharla, aunque consideré preciso agregar que para emitir juicios amables sobre nuestra propia persona no basta con relacionarnos sensatamente con nuestro interior, debemos disponer de un satisfactorio grupo de apoyo en el exterior. El grupo de apoyo es un reforzador de lo mejor de las personas porque satisface la necesidad humana de pertenencia (la incorporación de unos demás significativos a nuestros procesos dinámicos de subjetivación), porque se erige en compañía con la que sentir que la vida se torna apetecible de ser vivida. Aristóteles argumentó que nadie querría vivir una vida en la que no hubiera personas amigas. Cuando en la actualidad se habla de un modo tan manido del cultivo y práctica de la resiliencia, se tiende a omitir que la resiliencia posee una honda genealogía intersubjetiva. No hay mejor analgesia contra los dolores del alma que saberse bien acompañado. Nada restaña con más premura una herida que unas palabras balsámicas pronunciadas por alguien con quien nos anuda el afecto. Recuerdo ahora cómo el filósofo Santiago Beruete jugaba con la etimología en uno de sus ensayos. Describía de manera apócrifa que el término atribulado era un adjetivo que indicaba el compungido estado de ánimo que embarga a las personas sin tribu. Los terceros lugares a los que se refiere el título de este artículo serían esos espacios en los que dejamos de estar atribulados porque estamos con la tribu.

Los terceros lugares reciben su nombre en contraposición al hogar (primer lugar) y al segundo lugar, atribuido al trabajo (dicho con propiedad, al empleo, a esa relación social en que a cambio de un salario entregamos nuestro tiempo y nuestro conocimiento o habilidad a un empleador). Es frecuente la queja de quienes descubren que su vida se puede sintetizar en el desplazamiento que los lleva de casa al trabajo y del trabajo a casa. Los terceros lugares son los espacios donde se quebranta esta deriva inercial y se despliegan otros propósitos con el afán de acceder a una vida con mayor significado. Se trata de emplazamientos donde se pueden cultivar las interacciones, la conexión social, la red de apoyo. La relevancia de estos lugares radica en que satisfacen necesidades profundamente arraigadas en el ser afectivo en que estamos constituidos. Necesitamos sentirnos queridos, reconocidos, aprobados, validados, valorados. Necesitamos compañía, ternura, afecto, comprensión, diálogo, colaboración, atención. Necesitamos involucrarnos junto a otras personas en actividades no mediadas por el dinero para cubrir hondas motivaciones que nos proveen de sentido y de alegría. 

En los terceros lugares relajamos el hermetismo que en otros espacios consideramos artilugio de precaución. La cadencia productiva cede su lugar a la desaceleración en la que se complace la vida exonerada de optimizar resultados, dividendos y todas esas dimensiones con que la retórica economicista ha colonizado los imaginarios. Al ser sitios preponderantemente electivos, en los terceros lugares prevalece la fraternidad y la cooperación, el ludismo y los sentimientos de apertura al otro. Son lugares donde los verbos escuchar, cuidar, atender, compartir, se yerguen en protagonistas.  Esto no elude la ocurrencia de conflictos, pero sí que haya bondad a la hora de tratarlos, que es la única forma de solucionarnos. Los terceros lugares son generativos de conversación, facilitan la posibilidad de expresarnos para satisfacción del ser relacional que somos. La escritora Ursula K Le Guin sostiene que «escuchar es un acto de comunidad que requiere un lugar, tiempo y silencio». En ellos es sencillo advertir las abundantes concomitancias entre las preocupaciones de los demás y las nuestras, y que la mayoría de los problemas que nos abruman no son problemas personales, sino consecuencias estructurales de cómo se articula políticamente la forma de compartir la vida en común. Son puntos de encuentro poblados de ojos que al mirarnos ratifican nuestra condición de personas, oídos receptores que nos humanizan al ponerse al servicio de nuestras palabras. 

En los terceros lugares nuestra subjetividad se reclina para sentirse cómoda. Son sitios que aunque no sean nuestro hogar devienen hogareños, que aunque no sean nuestros constituyen un nosotros. Desgraciadamente la sociedad digital precipita una peligrosa reducción de estos espacios en favor de la virtualidad. La pantallización del mundo empuja a que las personas nos presentemos descorporeizadas en la gran mayoría de nuestras interacciones. También la prisa consustancial al extractivismo capitalista confisca nuestros tiempos en favor de una producción nunca satisfecha. Los terceros lugares nos desdigitalizan, nos corporeizan, nos instan a un encuentro cara a cara, más pausado y más abarcativo que cualquiera de los que ofrece la ecología digital. Cuando dos o más personas se encuentran, se dan cuenta de que, a pesar de poder diferir en formas de conceptualizar la vida, comparten extensos campos de convergencia, que es la razón por la que las personas llamamos semejantes a todas las demás personas. Los terceros lugares ofrecen irrefutable idoneidad para practicar la diferencia y apresurarnos a contemplar la heterogeneidad, la asombrosa paradoja de que a pesar de que todas seamos tan iguales seamos a la vez personas tan disímiles. Somos diferentes en lo adjetivo, pero somos semejantes en lo sustantivo. Humanizarnos comienza por admitir esta obviedad que los terceros lugares visibilizan a cada paso que demos en ellos. 


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