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martes, octubre 06, 2026

El ser humano es el ser que quiere ser humano y dejar de serlo a la vez

Obra de Marcos Beccari

El primer día que comparto clases en Bachillerato comienzo escribiendo en la pizarra una enigmática frase para instar a la reflexión. Tomo un rotulador y apunto: «El ser humano es el ser que aspira a ser un ser humano». Al girarme observo caras  en las alumnas y los alumnos atravesadas de una mezcla de perplejidad y admiración que me congratulan al considerar que la extrañeza y el asombro son los dos grandes quicios que sostienen el pensamiento. El enunciado persigue propiciar un juego de interpelaciones, nunca dar nada por sentado, admitir con El Principito que «lo esencial es invisible a los ojos». La explicación de este aparente jeroglífico es muy sencilla. Los seres humanos somos una entidad biológica empeñada en mejorarse como entidad ética. No podemos deshabitarnos de los imperativos biológicos de la vida, pero sí podemos escoger cómo vivir, cómo tratarnos y cómo tratar a las demás existencias con quienes formamos la experiencia coral de la vida humana. Para optar por unas formas de comportamiento en menoscabo de otras resulta insoslayable discurrir en torno a qué es lo justo y lo deseable. Son ideas éticas que no se pueden demostrar científicamente. Solo podemos pensarlas, argumentarlas y acercarlas a la conversación pública para que se transfiguren en acción política y ulterior transformación de la realidad. «Si no me relaciono, me quedo sin yo», escribe Silvia Bardelás en su plausible ensayo Una conciencia nueva. A cómo articular esta vincularidad se dedica la ética, una contorsión reflexiva en la que el ser singular que somos se apresta a pensar en plural. El ser humano reflexionando en cómo favorecer ser un ser humano.

Tras estas aclaraciones y las apelaciones que suscita escribo otro enunciado debajo del anterior: «El ser humano es el ser que que aspira a dejar de ser el ser humano que es». La oposición frontal al primer planteamiento levanta quejas entre el alumnado que juzga inviable afirmar una cosa y su contraria. En su ensayo Ser o no ser (un cuerpo),  Santiago Alba Rico sostiene que «el ser humano es el único animal que huye de su cuerpo». Y agrega: «De hecho, es el único animal que tiene realmente cuerpo y lo tiene en la medida en que está siempre huyendo de él —y recayendo una y otra vez—. Casi todo lo que hacemos en nuestra vida —casi todo lo que ha hecho el ser humano desde hace 40.000 años— es una tentativa de dejar atrás, aumentando la velocidad, nuestro cuerpo mortal». Este deseo tan propio del transhumanismo y de los magnates tecnoautoriarios que han implosionado en los últimos dos decenios explica porque han desaparecido de nuestros imaginarios atributos que atestiguan nuestra humana y congénita fragilidad: vulnerabilidad, decrepitud, mortalidad y, antes de que ese final se precipite sobre nuestra existencia, el anhelo siempre inconcluso de afectividad. 

Desde la noche de los tiempos el desarrollo de la técnica tuvo como acicate suplir el considerado déficit biológico de nuestro cuerpo con respecto al cuerpo de otros animales que mostraban más rapidez, más fuerza, más agilidad, más resistencia. Por eso Prometeo tuvo la osadía de robar el conocimiento a los dioses y transformarlo en tecnologías que solucionan ingeniosamente muchos de los obstáculos que conlleva tener una existencia humana. Para estrechar la participación de la vulnerabilidad en nuestro cotidiano hemos inventado estrategias comunitarias, porque aprendimos que aquello que nos puede hacer daño se combate no siendo más fuertes, sino más inteligentes. La vulnerabilidad de nuestros cuerpos es política, y por eso solo se puede cuidar y atenuar con su politización, es decir, deliberando sobre ella en la conversación publica para sopesar propuestas y adoptar decisiones de clara genealogía política. La cooperación y el apoyo mutuo han sido una solución inteligente al problema común de la vulnerabilidad y el apremio de afectividad. 

Ocurre que el cuerpo que somos deviene rémora para la megalomanía omnipotente de la hybris neoliberal. En su afanada desmesura de dejar atrás el cuerpo por parte de un determinismo tecnológico exento de fines éticos y control democrático hasta hemos comenzado a externalizar la cognición, la actividad hasta ahora privativa de la racionalidad humana y que nos coloca en un paisaje totalmente inédito en la biografía de la humanidad. Así que somos el ser humano que aspira a ser un ser humano y por otra parte somos el ser humano que está deseando dejar de ser un ser humano y sobrepasarlo. En todo este enjambre de ideas éticas y tecnócratas hay una noticia fabulosa que rara vez se enfatiza como se merece. Tanto en el primer enunciado como en el segundo late con fuerza el deseo de vivir por encima del de sobrevivir. Los seres humanos no deseamos sobrevivir, sino vivir. En la necesidad no hay deseo. Solo hay deseo donde hay elegibilidad. Quizá sea este el necesario punto de partida de todas las demás deliberaciones para alcanzar la categoría ética de ser humano. Bienvenidas y bienvenidos a la decimotercera temporada de este Espacio Suma NO Cero*.

 

(*) Este espacio nació en la primavera de 2014. Un espacio Suma NO Cero es un entorno afectivo y político donde las interacciones generan satisfacción mutua a quienes participan en ellas. 


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martes, abril 28, 2026

¿Cómo se llama la forma de organizar la convivencia?

Obra de Eva Navarro

Cada vez que escucho a alguien autodefinirse orgullosamente como apolítico, pienso para mis adentros:  «¿Pero es que a ti no te importas tú?».  Quien se autorretrata apolítico malentiende qué es la política, o desconoce que se trata de organizar la convivencia de una manera justa para que una comunidad permita a sus miembros desplegar sus potencias. Lo que probablemente quiera resaltar la persona apolítica no es su dejación o su alejamiento de la cosa pública, sino que profesa poca simpatía a cualquier partido político. En vez de apolítico querría decir apartidista. Ser apolítico es una empresa tan imposible como lo es no ser un ser cultural, un ser técnico o un ser autodeterminado. Aristóteles sostenía que «el ser humano es un animal político por naturaleza», pero apostilló algo cardinal que sirve para comprender la magnitud exacta de la política: «y quien crea no serlo o es un dios o es un idiota». En griego el término idiotes señalaba a la persona que se desatendía de los asuntos públicos y solo ponía atención y celo en los propios. Por eso precisamente se la definía como idiotes. Lo público era condición necesaria para configurar lo propio. 

El pensamiento griego convino en que la ciudad había surgido porque ninguna persona se bastaba a sí misma, y esa interdependencia encarnada en la ciudadanía delataba la continuidad entre la esfera pública y la esfera privada. No es que lo personal también sea político, sino que desde el instante en que hemos hecho de la convivencia un destino insoslayable, la política es ineludible en tanto que su concepción radica en articular esa misma convivencia. Cuando los clásicos griegos pensaban en cómo vivir juntos ya vivían juntos, así que sus ideas políticas se encaminaban a desvelar cómo vivir juntos de la mejor manera posible, para lo cual se tornaba impostergable filtrar y dilucidar alternativas sobre lo posible. De aquí se desprende que quien en nuestros días niega lo posible está cercenando cruentamente la dimensión política de la vida humana. La política consiste en una negociación siempre inacabada ente lo necesario y lo posible, y luego llevar a los dominios de la acción el acuerdo alcanzado. Ser ciudadanía es deliberar en la conversación pública sobre las posibilidades de administrar lo común para que toda persona pueda acceder a una vida buena (aquí hay que puntualizar que no es lo mismo la vida buena en la que se despliegan las pasiones alegres afines al ser que la buena vida escorada hacia la opulencia mercantilizada). La política estriba en armonizar los desacuerdos sobre qué queremos hacer con la vida compartida en virtud de qué es lo que valoramos como comunidad, y luego urdir el modo de trocarlo en práctica. Hacer un uso público de la razón en torno a nuestras existencias al unísono es la forma de gobierno ciudadano que da sentido a la democracia.  Nos concierne pensar los problemas comunes para delinear y crear unas condiciones idóneas merced a las cuales toda persona pueda extender su vitalidad en el mundo. Que cualquiera albergue la posibilidad de hacer de su vida una vida alegre. 

Afirmar la condición apolítica teniendo todo lo anterior en cuenta es subrayar un elevado grado de descuido ante las circunstancias que nos atraviesan y condicionan. Ortega y Gasset nos enseñó que «yo soy yo y mis circunstancias, y si no cuido mis circunstancias no me cuido a mí». Somos hijos de nuestro tiempo, vástagos de las circunstancias que modelan el mundo en el que se inscribe nuestra vida y su forma de actuar en él. Negligenciar las circunstancias o resignarse con fatalidad irresoluta a ellas es ser negligente con la persona que somos. Para hacer hincapié de un modo hiperbólico del influjo poderoso de las circunstancias políticas que nos permean, en reiteradas ocasiones les comento a mis alumnas y alumnos que son más hijos de Donald Trump que de sus padres. El mandato del inquilino de la Casa Blanca y su forma de detentar el poder («mi único límite son mis deseos») infligen nuestra vida a través de decisiones y pautas de comportamiento que desgraciadamente muchas personas están mimetizando y transfiriendo a sus parcelas cotidianas de acción. Despolitizarnos e ignorar estas inercias supone un profundo vaciamiento de la democracia. Sería permitir sin nuestro consentimiento que otras personas elijan por nosotras qué queremos para nuestra persona y nuestra vida. Las más de las veces serán tecnócratas que con sus acciones y omisiones beneficiarán a quienes nos quieren clientes, competidores y espectadores, pero no actores con ciudadana facultad autodeterminadora. A quien se declara apolítico con cierto aire ufano dan ganas de recordarle una obviedad: «la política no es lo que hacen los políticos, es lo que te hacen a ti».

   
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martes, octubre 15, 2024

Aprender a decir no sé

Obra de Javier Aquilue

Gabriel García Márquez afirmó en una ocasión que lo más crucial que le había ocurrido después de cumplir los cuarenta años fue aprender a decir no. A mí me gusta participarle a mis alumnas y alumnos que uno de los aprendizajes más nucleares que los seres humanos necesitamos incorporar a nuestras prácticas desde una edad temprana es aprender a decir no sé, y no sentir ni vergüenza ni desdoro por ello. Un no sé como aceptación de desconocimiento e ignorancia, pero también como expresión de titubeo, duda, fluctuación epistémica, como posición indeterminada en la que no nos atrevemos a afirmar algo ni tampoco a desestimarlo. Simplemente no lo sabemos o no lo tenemos claro. Manifestar nuestro desconocimiento debería ser la respuesta más recurrente ante la avalancha de temas que nos impactan en el día a día y desbordan el perímetro de nuestro saber. Por no decir no sé una persona puede animarse a proferir irracionalidades que, sumadas a las de otras muchas personas análogas, albergan la capacidad de convertir el espacio compartido en un espacio discursivamente insalubre. En los centros educativos es una divisa incuestionable que las personas tenemos que aprender a hablar, pero creo que habría que dedicar similar tiempo lectivo a aprender a callar cuando nuestra voz ensucia el espacio común de la palabra. El célebre «solo sé que nada sé» socrático debería devenir automatismo que nos protegiera de nuestra procacidad cuando nos aventuramos a hablar de aquello de lo que sin embargo solo disponemos de aproximaciones ambiguas y volátiles. Para aprender es condición insoslayable saber que no se sabe, y admitirlo, al menos en nuestro fuero interno. Quien está seguro de poseer conocimiento no necesita buscarlo, no le acucia el deseo de dialogar con la opinión divergente, de escuchar a la otredad, de confrontarse con la variedad de lo múltiple que le permita aprovisionarse de perspectivas hasta ese instante impensadas. «Sólo quien ama la verdad puede buscarla de continuo. Esta es la razón por la cual la duda no es enemiga de la verdad, sino un estímulo constante para buscarla». No es una ocurrencia propia. Lo asevera Nuccio Ordine en las páginas del hermosísimo La utilidad de lo inútil. 

En sus exploraciones sobre economía del comportamiento, Daniel Kahneman documentó una desconcertante limitación de nuestra mente: «Nuestra excesiva confianza en lo que creemos saber y nuestra aparente incapacidad para reconocer las dimensiones de nuestra ignorancia y la incertidumbre del mundo en que vivimos». Dicho de otra manera. Propendemos a sobrestimar lo que entendemos del mundo y a minusvalorar escandalosamente el papel del azar en el devenir de los acontecimientos. De este modo no atendemos a lo imprecisas que son muchas de nuestras opiniones.  A nuestro cerebro no le importa en absoluto la veracidad de lo que afirmamos, tan solo anhela pacer tranquilamente en un mullido campo de certezas. Este es uno de los motivos por el que nos abrazamos tan entusiasmadamente a prejuicios y estereotipos. El cerebro se siente cómodo y despliega estabilidad creyendo que sabe de aquello de lo que apenas tiene idea (que es una definición bastante fidedigna de qué es un prejuicio). Unos años más tarde de recibir el Nobel por estas investigaciones, Kahneman publicó el trabajo Ruido, junto a Olivier Sibony y Cass Sunstein, en el que defendía que, además de la ignorancia, un vector central en nuestras opiniones y decisiones era el ruido, la tamaña variabilidad a la que se enfrenta el juicio a la hora de adoptar una decisión. El Premio Nobel volvía a incidir en la ignorancia sobre la que se edifican nuestras certezas. «Paradójicamente, es más fácil construir una historia coherente cuando nuestro conocimiento es escaso, cuando las piezas del rompecabezas no pasan de unas pocas. Nuestra consoladora convicción de que el mundo tiene sentido descansa sobre un fundamento seguro: nuestra capacidad casi ilimitada para ignorar nuestra ignorancia». 

En muchas más ocasiones de las que estaríamos dispuestos a admitir, nuestras afirmaciones se instituyen por preferencias emocionales e intuiciones prematuras que con el tiempo se cronifican y se invisten de una certidumbre que más tarde desestima con altanería cualquier evaluación crítica. La ausencia de escrutinio las perpetúa aún más y podemos llegar a estar persuadidos de certezas categóricamente disparatadas. La celeridad y la verborrea de un mundo saturado de agotadores estímulos se alía para que tendamos a reunir muy pocas observaciones y, provistos de juicios frugales y súbitos plagados de falibilidad, nos atrincheremos numantinamente en posturas como si detrás de ellas hubiese un poderoso respaldo epistémico. Rara vez reparamos que nuestros juicios y nuestros posicionamientos están claramente atravesados del sesgo de atribuir una excesiva confianza a nuestro propio criterio. Nos creemos preparados para emitir juicios sobre cualquier asunto que sintamos nos interpela. En las primeras páginas de su Discurso del Método Descartes compartía algo que le despertaba estupefacción, y que cuatro siglos después se mantiene vigente. El autor de la duda cartesiana escribió que nadie cree poseer un grado suficiente de belleza, pero todas las personas sí creen poseerlo cuando se refieren a su inteligencia. Esta falsa sensación de seguridad cognitiva favorece la paradoja de que el individuo contemporáneo sea muy desconfiado para unas cosas y a la par muy crédulo para otras. Los bulos, la posverdad, las mentiras, las medias verdades, la reproducción de fake news, los tópicos, los sofismas, la destrucción del lenguaje, la tergiversación de datos contrastados, las ideas conspirativas, el negacionismo de toda índole, los prejuicios, la aporofobia, la xenofobia, la homofobia, la emocracia, la arbitrariedad, el autoritarismo discursivo, los sentimientos de animadversión y miedo, etc., prenden con facilidad en las personas que subliman su conocimiento o muestran dogmática reticencia a aceptar la magnitud de su ignorancia. Frente al sabelotodo que dice ya lo sé, frente al indiferente que dice no me interesa, frente al soberbio que afirma ya lo sabía, el que ama el conocimiento dice no lo sé. Tres palabras que pronunciadas con más asiduidad embellecerían el mundo.   


 

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