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martes, abril 07, 2026

Dime dónde pones la atención y te diré quién eres

Obra de Marcos Beccari

Entre las muchas frases célebres que escribió Ortega y Gasset se encuentra esta tremendamente aclaratoria: «Dime a qué atiendes y te diré quién eres». Esta afirmación puede voltearse y convertirse en un recurso retórico muy útil para responder al interrogativo qué somos: «Somos aquello que sabemos recibir del lugar en el que habita nuestra atención». Se puede colegir que una buena e incisiva pregunta no es inquirir a alguien a qué se dedica, sino en dónde suele permanecer más tiempo su atención. La atención no es solo una laureada habilidad cognitiva, es también y sobre todo una virtud ética. Lo que elegimos atender transforma nuestra experiencia de la vida, y es a la vez una manifestación de nuestros valores y nuestras prioridades, más aún en un momento epocal en que decrece la predisposición contemplativa en favor de las atenciones pasajeras. El ecosistema digital en el que estamos domiciliados secuestra con suma facilidad nuestra atención, pero sobre todo erosiona sus mecanismos para infrautilizarla, esclavizarla, o directamente expropiarla. Frente a la profundidad, se enfatiza la horizontalidad y su extensa superficie. Frente a la parsimonia serena en la que se complace la elaboración de lo valioso, la impulsividad propia de la digitalización apremia a saltar apresuradamente de un estímulo a otro sin arraigar en ninguno. Subordinados a estratégicos reforzadores intermitentes, acabamos viviendo un presente desahuciado del presente. 

En el ensayo coral El declive de la atención, su coordinador, el filósofo Amador Fernández-Savater, expone que «la atención es, en primer lugar, un trabajo negativo: vaciar, quitar cosas, de-saturar, suspender, abrir un intervalo, interrumpir, parar y detener. Es Simone Weil, pensadora por excelencia de la atención, quien ha sabido ver y explicar mejor esto». Unas líneas después Amador nos recuerda que para Weil «la formación de la atención es el verdadero objetivo del estudio y no las notas, los exámenes, la acumulación de saber o de resultados». Solo aprendemos cuando estamos a lo que estamos, una forma de residir en el instante a cada instante que se opone al malabarismo de hacer varias cosas a la vez y no aprender apenas nada de ninguna de ellas. Estar presente en el presente es algo muy serio que cada vez se topa con más adversidades, lo que supone el debilitamiento de la autonomía entendida como la habilidad de colocar la atención donde lo requiere nuestra voluntad, y no otra instancia ajena a ella.

Recuerdo una viñeta de la humorista gráfica Daniella Martí en la que están hablando tranquilamente unas mujeres sentadas en un parque. Entonces una de ellas afirma: «Quién nos iba a decir hace veinte años que hoy usaríamos la realidad para escapar de Internet». Para que atenúen la tentación de mirar compulsivamente sus dispositivos móviles y al mismo tiempo sorteeen las estrategias adictivas de la inteligencia algorítmica, a mis alumnas y alumnos les suelo proponer que intenten que su atención esté en el mismo lugar en el que se encuentra su cuerpo. Probablemente el magisterio más relevante que puede adquirir una persona es aprender a estar donde está y a no estar donde no está, poseer el discernimiento necesario para distinguir una acción de la otra, y disponer de la voluntad adecuada para ejecutar la acción valiosa y desechar la superflua. La sabiduría podría resumirse en el arte de saber dónde y cuándo poner nuestra atención y saber cuándo y de dónde retirarla. Porque, y volviendo a citar a Ortega y Gasset, «todo es extraño y maravilloso para unas pupilas bien abiertas». 

 

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martes, marzo 08, 2022

El feminismo es un movimiento, el machismo un comportamiento

Obra de Lita Cabellut

Hace unas semas escuché la siguiente conversacion entre una mujer y un hombre. Ambos tenían en torno a treinta y cinco años. De repente, el hombre le pregunta a la mujer qué piensa del feminismo. Con tono triunfal ella contesta: «No soy ni feminista ni machista, yo estoy a favor de la igualdad». Él empalidece, muestra estupefacción, y formula una puntualización: «El feminismo no es lo mismo que el machismo. El feminismo es un movimiento, el machismo es un comportamiento». Es desolador que aún haya mujeres que no perciban la diferencia entre feminismo y machismo. Y también descorazona que sea un hombre el que tuviera que apuntar las abismales disimilitudes entre ambas posiciones.

Una regla básica de la manipulación aconseja que si se desea corromper la realidad lo primero que se ha de corromper son las palabras que designan esa realidad. Contaminar un término es el primer paso para fracturar el poder de cambio que ese término pueda llevar semánticamente en germen. La igualación de feminismo y machismo es una contranarrativa que intenta hacer creer que el feminismo es un machismo ejercido por mujeres. En el debate público hay una corriente que no ceja en releer el feminismo como una analogía del machismo pero apuntando en la dirección opuesta, es decir, discriminar a los hombres por ser hombres, y no es así. Machismo es el conjunto de comportamientos y valores destinados a devaluar a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Feminismo es aceptar que el aunque los hombres y mujeres seamos diferentes no legitima ningún motivo de desigualdad. Las especificidades biológicas no deberían habilitar disparidades normativas, jurídicas y comportamentales. 

La conducta machista coacciona, degrada y minusvalora a una mujer por ser mujer. El feminismo pugna porque en el espacio común en el que se despliega la vida humana ningún género esté penalizado por la desigualdad. Dicho con un eslogan fácil de entender y memorizar: la dignidad no tiene género. Feminismo o machismo es una excluyente elección ética, y por tanto una manera de entender el vínculo con quienes irremisiblemente construimos convivencia política. Estoy seguro de que, incluso entre quienes ponemos empeño en erradicarlos, la herencia cultural hace que nuestro comportamiento figure atestado de micromachismos, es decir, microgestos insertados en las inercias de la vida cotidiana que a fuerza de repetirlos pasan inadvertidos y campan allí donde los radares de la conciencia no los detecta. Escuchar a quienes tienen una sensibilidad más aguda que la nuestra para descubrir estos puntos ciegos de nuestra conducta y revocarlos es primordial para mejorarnos. Necesitamos desasirnos de legados intelectuales que secularmente han discriminado a las mujeres para subordinarlas a través de mapas valorativos aceptados social y acríticamente. Hoy 8M es el día elegido para recordarlo y vindicarlo.

 

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martes, julio 27, 2021

Las personas sin rostro y sin nombre

Obra de Maria Svarboba

En el ensayo Las cosas como son y otras fantasías (Anagrama, 2020), de Pau Luque, me topo con una reflexión que manuscribo en mi cuaderno de apuntes. Un amigo israelí del autor le cuenta su experiencia en las contiendas que participó estando en el ejército, «cómo silban las balas que te pasan cerca, cómo aprendes a observar y a ser observado, cómo el otro es cada vez más otro porque nunca tiene cara». La conclusión es desoladora, pero muy instructiva para entender economía del comportamiento: «La vida de la gente sin cara no te importa». Es inevitable evocar aquí a Levinas y su planteamiento del rostro. El rostro es el antónimo del dato. Cuando vemos el rostro de una persona, esa persona deja de ser un dato, una etiqueta o un gélido número para ser alguien cuyos ojos develan vida y biografía humanas. Levinas sostiene que «nosotros llamamos rostro al modo en el cual se presenta el otro, que supera la idea del otro en mí». Gracias a la presencia corpórea del rostro la alteridad se libera de lo etéreo y conceptual y aterriza en un cuerpo que aloja las posibilidades de la experiencia humana. El otro sigue siendo una otredad, pero una otredad que nos iguala. El rostro nos descubre semejantes. Al no vernos diferentes se disipa la indiferencia.

Hace unas semanas finalicé la lectura de Biografía de la inhumanidad de José Antonio Marina. Una de las conclusiones que extraje de sus páginas es lo fácil que resulta cometer inhumanidades simplemente modificando la narrativa que inspira nuestra conducta. Basta con despersonalizar al otro, convertirlo en una árida abstracción, atribuirle maldad, confiscarle cualquier atributo que lo humanice. Queda así justificada cualquier acción destinada a infligir dolor, sufrimiento o provocar la muerte. La historia de la humanidad es pródiga en ejemplos sanguinolentos que calcan esta lógica. El ser sin rostro formaría parte de un grupo que por mera oposición denominamos Ellos, la antítesis de Nosotros. Huelga decir que Ellos son siempre los bárbaros, los incivilizados, los malos, lo que por una simple maniquea maniobra argumentativa convierte a los miembros de Nosotros en civilizados, respetuosos y buenos. Un ejercicio muy útil para comprender y mejorar la convivencia es averiguar qué ficciones se narran ciertos individuos para que consideren a las personas que habitan esa abstracción llamada Ellos acreedoras de daño. Con un Ellos estigmatizado y abstracto es fácil despeñarse por la pendiente de la infamia. Marina afirma que para conducirnos con inhumanidad es suficiente con pervertir los sentimientos, derribar los parapetos morales y disponer de instituciones que legitimen conductas envenenadas. La inducción de odio es muy sencilla cuando a las personas las estereotipamos con categorizaciones grandilocuentes y por tanto imprecisas e injustas. Basta con etiquetarlas prejuiciosamente de un modo negativo y repulsivo para que los miembros de la entidad abstracta se conviertan en seres negativos y repulsivos.

Los sentimientos de clausura, con el odio en su cénit, son mucho más contenidos y temperados cuando nos relacionamos con personas a las que proveemos de rasgos identitarios y cotidianidades biográficas, cuando su fragilidad y su vulnerabilidad se empotran en nuestros ojos y nos susurran que son idénticas a las nuestras. La abstracción no moviliza ni la compasión ni la bondad. La personalización, sí. En las tribus arcaicas se acostumbraba a no poner nombre a las criaturas antes de nacer. Como la mortalidad infantil era muy elevada, había que esperar hasta que la vida de la criatura no corriera peligro. El motivo era simple, pero funcional. Si la criatura tenía nombre, el dolor si luego moría era más intenso y longevo. También lo era el tiempo que requería el olvido para ejecutar su labor de borrado. El nombre permitía que la criatura pasara de ser nadie a ser alguien, disolvía todo lo abstracto para definirse y concretarse. La personalización, y el trato iterado en el que se despliega, favorecen los sentimientos más hermosos que albergamos los seres humanos. Una de las consignas bélicas repetida entre los soldados de la Gran Guerra era no mirar jamás a los ojos del enemigo. El contacto ocular rebajaba las posibilidades de dispararle. Los prejuicios, el racismo, la homofobia, los fundamentalismos, los fanatismos, los patriotismos, operan con seres sin rostro y sin nombre. «Y la vida de la gente sin cara no te importa».


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