martes, marzo 03, 2015

Rápida geografía del miedo



The coming storm, 2010 (Michele del Campo)
El miedo es una de las seis emociones básicas con las que nuestro organismo tiene la deferencia de alertarnos. Surge cuando anticipamos una amenaza o un peligro que puede dañar nuestro equilibrio y lastimar nuestra balsámica tranquilidad. El miedo nos informa acerca de un acontecimiento en el que algo valioso para nosotros puede salir malparado o perder su condición de conquistado, nos notifica la presencia de un escollo que se interpone entre el mundo de lo que ahora es y el mundo de lo que nos gustaría que fuese luego. La irrupción de esta emoción provoca tres respuestas que ya no pertenecen al repertorio emocional, sino que son tamizadas por la racionalidad y por la auditoría de posibilidades: lucha, huida y sumisión. A la hora de elegir no hay respuestas verdaderas y falsas, sino que una contestación es mejor que otra en función de la coyuntura en la que estemos inmersos.

Erróneamente se tiende a equiparar miedo con cobardía, una sinonimia habitual en el lenguaje coloquial que lo tergiversa todo. El miedo es una emoción, pero la cobardía es un sentimiento que nos invita a claudicar ante la amenaza aceptando sus condiciones a pesar de no estar de acuerdo con ellas, o a dar por supuesto que toda tentativa de enfrentamiento nos conduce a la derrota y adelantarlo nos hace bajar los brazos y evitar lo que consideramos un vano gasto de energía. Frente a la cobardía encontramos su antagonismo, la valentía. Cobardía y valentía mantienen una relación de polos opuestos. La valentía no impide el miedo, sino que una vez pronosticado el peligro se erige en un sentimiento dinámico que opone recursos, evalúa un catálogo de soluciones y agrega a la voluntad la más adecuada de todas para proteger el equilibrio y la tranquilidad amenazados. Existe otro sentimiento que suele aflorar con el miedo, la temeridad. La temeridad suele irrumpir por una errática incubación de expectativas, bien porque no se anticipa la amenaza y por tanto no nos preparamos para combatirla, bien porque se anticipa pero se relee de una manera que minimiza su impacto y por tanto nos incapacita para enfrentarnos correctamente a ella. El atrevimiento llega sin la escolta del pensamiento crítico, sin preparar las competencias precisas ni los recursos adecuados para restañar un peligro no previsto o minusvalorado. Estas son las contestaciones de nuestro organismo ante el miedo y su metabolización en diferentes sentimientos que desembocan en distintas acciones. Es tremendamente útil tener miedo. Es muy empobrecedor responder equivocadamente ante él.



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viernes, febrero 27, 2015

La media verdad



Obra de Anna Wypych
Estos días no he dejado de interrogarme sobre la arquitectura de la media verdad mientras contemplaba cómo los celadores de nuestra felicidad colectiva la enarbolaban una y otra vez en el debate del estado de la nación. El máximo administrador del bien común no mentía, pero tampoco decía la verdad, y ese territorio brumoso y sin balizar en el que copulan la verdad y la mentira bien merece una sosegada cartografía. En las afirmaciones que son media verdad es difícil delimitar su exactitud geográfica, rotular con círculos en qué zonas la afirmación es cierta y dónde se interrumpe para transformarse en falsedad. Ahí radica la eficacia de esta maniobra dialéctica. La bibliografía señala la existencia de dos grandes tipologías de la mentira. Por un lado se encuentra la mentira por omisión, que consiste en silenciar información en aras de modificar la voluntad de un tercero, puesto que si la compartiéramos con él tomaría decisiones muy distintas que no beneficiarían nuestros propósitos (por eso se la ocultamos). Como explica José María Martínez en La psicología de la mentira (Paidós, 2005) «se miente por temor a las consecuencias». A mí me hace mucha gracia esa excusa tan coloquial que suelen soltar algunas personas convencidas de su inocencia: «No le mentí, simplemente no le dije nada». Este ardid es mentir. Esgrimir una mentira por omisión. 

Asimismo nos podemos encontrar con la mentira por comisión, aquella en la que se adultera la realidad y se incluyen aditamentos ficticios, se inventan los pasajes que mejor se acomodarán en los tímpanos de nuestro interlocutor. Adolfo León Gómez en su obra Breve tratado sobre la mentira resume muy bien ambas categorizaciones: «La mentira consiste en un acto lingüístico contrario a las intenciones, pensamientos, creencias, sentimientos, que el acto lingüístico implica pragmáticamente». Y la media verdad, ¿qué ingredientes combina para arraigar con éxito? Se trata de una falacia que participa misceláneamente del árbol genealógico de ambas mentiras. Oculta datos, fabula con otros, y los envuelve con elementos verosímiles a sabiendas de que para perpetrar una mentira con éxito es primordial intercalarla entre unas cuantas verdades. La falacia de la media verdad es muy utilizada porque además de su probada eficacia protege la reputación en el fatídico caso de que te descubran habitando una mentira. Siempre se podrá aducir malinterpretación, tergiversación, olvido sin dolo, tendenciosidad por parte del objetor, o una errática asignación de significados. La media verdad y su utilización estratégica de mentiras por omisión y por comisión, verdades parciales y calculadas ambivalencias persigue fines análogos a los de la manipulación: doblegar la voluntad de un tercero para que adopte un curso de acción que probablemente no tomaría en caso de disponer de toda la información. Recuerdo haber leído algún ensayo sobre la gestión del consultor político en el que con jerga muy técnica y enjundiosa se invitaba al político a comportarse maquiavélicamente en los debates. Se prescribía que toda pregunta destinada a un político ha de ser contestada no para satisfacer al que la formula, sino para persuadir y contentar al que la escuchará luego en un informativo o la leerá más tarde en la prensa. La media verdad se alza así en inherente estratagema política para fines proselitistas, si es que político y proselitismo no son un agotador pleonasmo.



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