lunes, enero 04, 2016

La confianza en el nuevo año



Resultan muy elocuentes las felicitaciones con las que alfombramos el advenimiento de un nuevo año. Muchas de ellas privilegian el cumplimiento de nuestros deseos. La gente, tanto la próxima como la algo alejada de nuestras palpitaciones más íntimas, nos lo recuerda en locuciones precocinadas en su léxico pero bienintencionadas en su fin: feliz y próspero año nuevo, que el nuevo año te conceda tus deseos, felicidad, alegría, prosperidad, amor y paz, buena entrada de año, salud, suerte, que el éxito te acompañe, que se cumplan los sueños que uno desea alcanzar, etc., etc. Sea cual sea la rúbrica de la felicitación, su arquitectura posa su atención en el futuro, ese lugar que nuestra cabeza alcanza con mucha más antelación que nuestros pies, y sobre todo en la confianza de que ese futuro será cordial y benevolente con lo que nos propongamos. Aristóteles definía la confianza como una ficción sobre que las cosas que pueden salvarnos están próximas. La confianza siempre es una hipótesis positiva sobre algo ubicado en el porvenir cuyo logro no depende unilateralmente de nosotros. La redundancia de desear en las felicitaciones colmar deseos vincula con la confianza de que el nuevo año como agente externo nos dará su beneplácito y se portará bien con nosotros en la parte alicuota que le corresponde. De este modo, y siempre que nos pongamos manos a la obra (al pozo de los deseos, a las estrellas fugaces y a las doce uvas yo siempre les pido suerte, del resto ya me encargo yo), la esencia aleatoria o enigmática de la vida encarnada en un nuevo año nos dejará cumplir próximamente aquello que ahora sentimos como una carencia, o nos ayudará a mantener intacto lo que ahora connotamos como una grata presencia. Resumiendo. Será condescendiente con nuestros deseos. 

El deseo es una ficción empecinada en convertirse en real. No siempre es fácil satisfacerla, y ese es el motivo de que nos encomendemos al azar, al destino, a los nuevos guarismos del año estrenado, o a alguna entidad sobrenatural con el propósito de que interceda por nosotros y nos ayude en la trashumancia de la expectativa a su logro. Frente a  la solicitud del cumplimiento de deseos, yo prefiero el cumplimiento de proyectos. Comparado con la pulsión un tanto evanescente del deseo, el proyecto se antoja un conglomerado de anhelos muy urdidos que nos ayuda a dibujar el contorno de los días que están por llegar. Requiere pensar lo que todavía no existe y colocar nuestras competencias y nuestras energías en esa dirección en aras de transfigurar la realidad y modearla según el autogobierno de nuestras posibilidades. No es tan iridiscente como el deseo, no es tan irresoluto como una meta, no es tan prosaico como un objetivo, pero al igual que les ocurre a todos ellos, el proyecto va igualmente conexo a la confianza, al cumplimiento de expectativas sobre las que planea una incertidumbre que tratamos de neutralizar con elementos diversos (habilidades, esfuerzo, perseverancia, paciencia, prudencia, conocimiento). El proyecto da forma al futuro que queremos para nosotros y es una de las manifestaciones más inobjetables de nuestra condición de seres autónomos y proteicos. Más o menos todos confiamos en que el nuevo año que acabamos de desprecintar tratará con amabilidad nuestros proyectos. Como yo no discuto la meritocracia pero sí su asimétrica participación en un mundo embrollado de relaciones de poder y decisorios factores ambientales, ante el nacimiento de un año siempre me gusta pedir no que el nuevo año nos conceda nuestros propósitos, sino que no interfiera en que se cumplan aquellos que nos merecemos, que sea dócil con todos los proyectos de los que nos hayamos hecho dignos acreedores. Dicho de un modo más metafórico y también más bonito. Que uno por fin asalte los castillos de los que fue injustamente desterrado, o que siga habitando aquellos en los que se siente cómodo y querido. Suerte.