martes, febrero 03, 2026

«Opino, luego existo»

Llevamos un tiempo en el que la democratización de la palabra ha construido el falso silogismo «opino, luego existo». Asociar la opinión con la existencia social ha hecho que abunden quienes sienten la urgencia de tener que decir algo para no devaluar su propia vida. Hasta hace muy poco era la academia, la ciencia y los medios tradicionales de comunicación quienes ostentaban el monopolio de la palabra  pública. Ahora la digitalización del mundo ofrece la posibilidad de que cualquier persona pueda expresarse, y además su voz pueda alcanzar una audiencia exorbitante, gracias a los muchos lugares de enunciación anclados en el universo pantallizado. Esta democratización de los pareceres es fabulosa, pero a la vez nos debería precaver. El papel de la conversación pública es dotarnos de diferentes perspectivas sobre las dificultades inherentes a la convivencia que los seres humanos consideramos irrevocable y que nos ha convertido en sujetos con derechos y deberes políticos. Generar consenso y disenso para robustecer el catálogo de posibles soluciones a la vida compartida. 

Tener libertad de expresión y lugares públicos donde mostrarla no significa estar obligado a tener opinión sobre todas las cosas que conforman la conversación ciudadana. Significa que se puede hacer un uso público de la razón para expresar la opinión, pero que ese uso no concede blindaje al contenido de la opinión ni la eleva a la categoría de derecho. Tenemos derecho a la libertad de expresar nuestra opinión, pero este derecho trae en su anverso el deber de admitir que nos la puedan refutar, y que no ocurre nada anómalo ni irrespetuoso porque sea así. En los regímenes democráticos cualquier persona puede opinar de lo que considere oportuno (salvo que sus afirmaciones promocionen odio o jaleen la destrucción de Derechos Humanos), pero deberíamos tener cautela a la hora de opinar sobre cuestiones cuyo desconocimiento ensombrece nuestro argumentario. No se trata de dejar en manos de la expertocracia y la tecnocracia el valor democrático de la opinión (y la confluencia de perspectivas que testimonian la pluralidad humana), sino el de arrogarnos el deber de escuchar en vez de hablar sobre aquellos temas de los que no disponemos de una opinión lo suficientemente fundada como para llevarla al ágora. Se trataría de exigirnos nuestra propia gubernamentalidad sobre un hecho tan crucial para la comunidad política como es construir cuestionamiento a través de la circulación de la palabra, elevar el silencio a práctica ética y política. Guardar silencio desde la conciencia del propio límite no empobrece la conversación pública. La depura y la limpia de ruido.

El hablar se torna habladuría o lenguaje vano cuando ponemos narrativa a lo que no sabemos, bien porque a lo largo de nuestra vida no hemos puesto o no hemos podido poner atención sobre esa realidad concreta, o porque desborda nuestros límites epistémicos y solo podemos ofrecer una paupérrima interpretación acreedora de mantenerse en silencio o ser expresada en la esfera privada. En cambio, deberíamos ser más atrevidos a la hora de visibilizar nuestra mirada y nuestro posicionamiento sobre cuestiones relacionadas con cómo nos gustaría que fuera la vida compartida en el tiempo y las circunstancias que nos ha tocado en suerte vivir. Todas las personas podemos enunciar qué noción de vida queremos para poder vivirla de una modo satisfactorio y sostenerla en un marco de diálogo. Quizá no todas las personas tengamos opinión sobre todo, pero todas tenemos o deberíamos tener un posicionamiento respecto a la forma de vida que consideramos digna. Por desgraciada proliferan las opiniones sobre aquello de lo que estamos manifiestamente poco instruidos, y solemos envolver en silencio cuestiones indisolubles del hecho de tener una existencia de la que nos tenemos que hacer cargo en un ámbito compartido con otras existencias a las que les ocurre exactamente lo mismo que a la nuestra. Ojalá el abrumador acceso al conocimiento y el trasvase de perspectivas nos ayuden a distinguir lo uno de lo otro. Y luego expresarnos para que la palabra contribuya a la comprensión de lo común. Y a mejorarnos colectivamente.


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