martes, julio 07, 2026

La esperanza es lo posible que orienta las acciones


Obra de Yvan Favre
Hace muchos años escribí un poema en prosa en el que me atrevía a concluir que sin ilusión la vida es como una criatura que aún no sabe andar; sin la esperanza es como una persona anciana a la que le pesan las piernas. La oscuridad se disipa allí donde centellea la esperanza, y el mundo se torna luminoso allí donde la gobernanza de la vida está presidida por la ilusión. Cuando hablo de ilusión no me refiero a ideaciones irreales que desbordan por completo nuestro campo de de actuación. Me refiero al impulso generativo que se despereza en nuestra subjetividad ante aquello que nos intensifica y nos potencia. La ilusión es una actividad reflexiva y tremendamente valorativa que pertenece en exclusividad a cada persona. Nadie puede ilusionar a nadie si en primer lugar una persona no se ilusiona a sí misma. En el reverso podemos encontrarnos con personas cuya ilusión mantiene una relación muy asimétrica con sus posibilidades. La ilusión se basa en razones, y cuando una persona no las tiene, pero actúa alentadamente como si sí las tuviera, entonces es una ilusa. Las personas ilusas emplazan mal sus deseos y desoyen lo que la realidad no para de repetirles. En este punto conviene distinguir entre ilusión y fantasía. Las personas ilusas son fantasiosas. Las que se ilusionan son imaginativas.
 
En el ensayo Esperanza para cínicos, el psicólogo Jamil Zaki define la esperanza como «una respuesta acertada a los mejores datos disponibles», y la opone al sesgo de negatividad que propende a centrarse en las malas señales y a desatender todos los demás detectores. Conceptualizo la esperanza como una forma de ordenar el futuro para extender las posibilidades de que se asemeje a lo planeado cuando ese porvenir aún era inexistente. Concuerdo con Terry Eagleton en que es posible tener esperanza sin el sentimiento de que las cosas en general van a salir bien. De hecho, se puede tener esperanza sin sucumbir a la aburrida dicotomía optimismo-pesimismo. El pesimismo no es irresoluto como creemos, es corrosivo. Remedios Zafra da en el clavo cuando apunta que el pesimismo destruye el nosotros. Paradójicamente es pesimista quien coteja el mundo con una idealidad tan optimista que luego nunca ve plasmada en ninguna parte. La realidad siempre queda en desventaja. Jamás se corresponde con lo esperado. 

La esperanza se abriga sobre algo claramente acotado que se adivina alcanzable, lo que hace que la persona sea más proclive a congregar energía y presteza para lograrlo. En su ensayo sobre esta disposición anímica, Byung-Chul Han sostiene que «la esperanza supone un movimiento de búsqueda. Es un intento de encontrar asidero y rumbo. Quizá sea precisamente por eso que nos lanza hacia lo desconocido, hacia lo intransitado, hacia lo abierto, hacia lo que todavía no es, porque no se queda en lo sido ni en lo que ya es». La esperanza es lo que todavía no es pero que puede ser, si se pone en circulación energía que convierta en acto lo que se halla en potencia. La esperanza es la subjetividad en movimiento dirigiéndose hacia aquello que le hace ser. Podrá haber personas optimistas y pesimistas, pero no concibo una persona sin esperanza, alguien que renuncia a franquear el acceso al ser que ya es. No es que la esperanza se ubique en un lugar o un tiempo que ha de llegar algún día, lo que nos convertiría en vidas aplazadas, sino que es la pujanza genuina que toda subjetividad lleva dentro y que se activa cuando se sabe existiendo de un modo tal que el mundo le ofrece confortabilidad. Acaso por este motivo el lenguaje corriente nos advierte que la esperanza es lo último que se pierde, porque quien pierde la esperanza sentencia al ser que es a dejar de ser. Byung-Chul Han afirma que «la esperanza nos trae el frescor de lo nonato». Más bien nos trae el frescor de la propia subjetividad encaminándose hacia lo que la vivifica.

martes, junio 30, 2026

Reírnos para restar importancia a lo que no la tiene

Obra de James Coates

 

Resulta muy alentador descubrir que en las encuestas sobre qué nos gusta de las personas, los dos aspectos que más valoramos de ellas sean la amabilidad y el sentido del humor. Nos congratula estar con personas con las que sentimos confortabilidad y nos apresuran a hacernos reír. Nuestra socialidad está tan enraizada que nos encantan las personas risueñas, y de forma innata tendemos a segregarnos preventivamente de las hurañas, o de las que moran la existencia con irascibilidad y suspicacia. Quienes se prodigan en el mal humor son proclives a destilar iracundia y a afilar una mirada avinagrada sobre su derredor que oscurece la convivencia. En las antípodas se ubica el buen humor. Suele manifestarse en personas que hacen la vida fácil a los demás, quitan peso a lo que acaece, atribuyen pronta revocabilidad a los reveses cotidianos, entonan palabras que rezuman cordialidad y se suman al mundo con vocación celebratoria. Aunque la risa es involuntaria, es indicativo de la inteligencia modificar los marcos de referencia y reírnos de ellos para escamotear importancia a lo que no la tiene, que es casi todo lo que envuelve nuestro día a día, y conferírsela a las cosas serias, que si nos detenemos a reflexionar son bastantes menos de las que nos hace admitir la precipitación diaria de la vida. Y sin embargo cada vez resulta más difícil vernos reír. Cada vez concedemos más seriedad y trascendentalidad a lo que no se lo merece. O dicho con otras palabras. La distancia que el humor nos permite tomar de nuestra propia persona cada vez es más estrecha. Y sin la colaboración de esta perspectiva poco a poco vamos empequeñeciendo la vida.

A medida que va cumpliendo años, el ser humano deja escalonadamente de reír. En la infancia nos reímos infinidad de veces al día, en la adultez infinidad de veces ningún día, a pesar de que nada nos imanta a los demás con tanta intensidad como el magnetismo del humor. La racionalidad humorística es una estrategia para hurtarle gravedad a las cosas que nos suceden, una herramienta ética para combatir pasiones tristes como el miedo, puesto que reírnos de la realidad es un ardid iconoclasta de la inteligencia para minar su temible jerarquía de dominación. Movilizar la risa sin humillar, sin ridiculizar, sin apelar al físico de las personas o a aquello que les provoca inseguridad frente a los demás, sin recurrir a esa imputación velada que es el sarcasmo, sin alinear nuestra gracia con la desgracia ajena. Xavi Puig, del desternillante y crítico El Mundo Today, lo aclara en el ensayo Hacer reír«el humor sin el humanismo es un arma peligrosa». En cambio, constituye una señal de clarividencia reírnos de nuestra futilidad, trastocar en cómica la gravedad hiperbólica y tergiversada que le conferimos a la trama de la vida,  interpretar como hilarante el rebuscado sentido que le damos a todo lo que nos rodea para que no nos asedie el sinsentido y la obtusidad. Quien se ríe accede asimismo a la práctica de estar presente en la instantaneidad del presente. El regocijo del que emana la hilaridad imprime sabiduría, puesto que hace que la persona se encuentre donde se encuentra, y evite el autosabotaje tan frecuente de no estar donde está. Aunque parezca un enigmático juego de palabras, se trata de una de las aspiraciones más meritorias del conocimiento práctico en un mundo atestado de pantallas y una industria de la distracción que no para de sofisticar sus mecanismos captores.

Bernat Castany Prado vindica el humor con ternura para no ponernos por encima del objeto de la risa. Como todo aquello que deviene funcionarial, el humor puede tener un uso liberador o sometedor. En su libro Una filosofía de la risa, Castany Prado apremia reconocernos no solo como ignorantes, sino también como insignificantes. Cuando el humor expresa las singularidades humanas (vulnerabilidad, mortalidad, intrascendencia, imperfección, ambigüedad, contradicción), cuando nos restamos importancia y nos sumamos inanidad, invertimos la autoría de la risa. La realidad deja de reírse de nuestra persona porque es nuestra persona quien se adelanta a adoptar la liberadora práctica de reírse de sí misma. Castany lo sumariza en un aforismo precioso: «Debemos aprender a estar a la altura de nuestra pequeñez». Ojalá atesoremos humor suficiente para reafirmar esta pequeñez, dejar atrás un sitio tan reducido como nuestra persona, y salir a disfrutar y a agradecer la inconmensurable grandeza del mundo.  



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martes, junio 23, 2026

Hacer mundo al declararlo

Obra de Edward B. Gordon

En muchas ocasiones las palabras  abren una sima infranqueable entre lo que una persona afirma y lo que querría haber afirmado. Se trata de un riesgo inherente a un lenguaje condenado a correr apresuradamente detrás de la realidad para verbalizarla y poder así comprenderla. Aunque resulte antitético, hablar, y sobre todo escribir, es intentar que las palabras digan lo que parece que se oponen a que pueda ser dicho. La realidad se presenta en ocasiones tan díscola que parece sabotear cualquier intento de domesticación lingüística. Cuando Wittgenstein confesó que «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» debía haber experimentado reiteradamente la frustración de no encontrar la palabra idónea para desencriptar algo del mundo. Las palabras pretenden dibujar una realidad que es dinámica y transitoria, justo lo contrario que la naturaleza de las propias palabras, artefactos sonoros o codificados en signos hechos de la sedimentación de la experiencia humana. La contumaz renuencia de la que hace gala la vida no admite una exacta gubernamentalidad empalabrada. Sin embargo, sin la participación de la palabra no es viable la vida políticamente compartida. Podemos formar una densa urdimbre social porque hemos inventado la alquimia del lenguaje. Somos alquimistas porque transformamos el mundo en palabra, pero sobre todo somos genios creadores porque estamos facultados para generar mundo simplemente declarándolo a través de la palabra. 

A día de hoy albergamos mas que suficiente  biografía de la humanidad para poder inferir que son las palabras cívicas elegidas con bondad y pronunciadas con respeto las posibilitadoras de la confortabilidad de la vida en común. Esta certeza no obsta para que nos aqueje un momento epocal en que el argumento más aceptado no es el discursivamente mejor construido, ni tampoco el esgrimido con respetuosa asertividad, sino el más envalentonadamente enconado. El enfado, la grosería, la barbaridad insidiosa, el relato estereotipado, la imputación de mala intención, el lugar común defendido con animosidad, suelen premiarse con la ultraviralidad y la difusión mediática. La espectacularización de la salida de tono opaca el uso moderado de la razón pública. La belicosidad y el irrespeto obstruyen la cooperación sin la cual es insostenible el mantenimiento del diálogo. La palabra lacerante restringe la avenencia recíproca con la que se tejen los nexos y se edifica toda posible convivencia. El estruendo sepulta el silencio requerido para pensar y deliberar en unas mínimas condiciones de higiene argumentativa. Cuando en vez de la palabra fraternal se emplean estas estrategias, no se busca solución ni consenso, sino azuzar la confrontación. La violencia discursiva ofrece muchos más réditos en el corto plazo que la palabra sosegada, pero solo desde la razón cordial se puede armonizar el desacuerdo hasta convertirlo en un pacto parcialmente satisfactorio para quienes son afectados por él. Aunque es sorprendente la cantidad de personas que no deben saberlo por cómo actúan, la palabra educada monopoliza la solución de cualquier desavenencia. Tanto en la conversación pública como en los círculos íntimos.

La violencia física puede destrozar un cuerpo, pero la violencia discursiva puede destrozar la totalidad de la persona. Con los estudios de ontología del lenguaje de Rafael Echeverría aprendimos que el sufrimiento descansa sobre los juicios que hacemos sobre aquello que sucede. Significa que podemos intervenir sobre los hechos que ocurren, pero que también pueden intervenir los demás. Aquí radica el compromiso que supone hacer un cuidadoso uso público de la razón, el deber cívico de elegir aquellas palabras que, a pesar de conllevar crítica, impugnación o cuestionamiento, no inflijan daño ni deterioro. Las declaraciones son extremadamente intrusivas en la vida de las personas, porque quien declara algo está construyendo el mundo con sus palabras, a pesar incluso de toparnos los límites del lenguaje. En este punto se demarca la sustancial diferencia entre recibir un golpe en el cuerpo y que alguien introduzca de golpe un mundo en nuestro mundo solo con declararlo. Tenemos una responsabilidad pública en todo lo que decimos y cómo lo decimos (o en aplaudir a quien lo dice). Al decirlo o al aplaudirlo construimos un mundo hecho a imagen y semejanza de nuestras palabras y nuestros aplausos. Pocas acciones demandan  tanta responsabilidad. 


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martes, junio 16, 2026

Cuestionar el sentido común

Obra de Yvan Favre

Toda estructura que origina daño e iniquidad necesita ser legitimada a través de una narrativa que propenderá a que se la empareje con el sentido común. La apelación al sentido común es el recurso discursivo esgrimido con mayor frecuencia para propiciar la parálisis del disenso y la inventiva de otras posibilidades. Cuando se afirma que algo es de sentido común, simultáneamente subyace la fraudulenta tesis de que todo contraargumento que lo ponga en entredicho es una incongruencia o un enunciado fuera de lugar que no merece atención. El sentido común entraña mucho peligro cuando se invoca como dogma de razonamiento para explicar por qué las cosas son así y no pueden ser de otra manera. Con su desparpajo habitual, David Groeber nos alertaba en sus textos que la revolución ocurre cuando se da una transformación del sentido común. Cambiar la percepción pública del sentido común es cambiar aquello que sostiene la realidad y por tanto el primer movimiento para transformarla. En sus conferencias Graeber interpelaba a la audiencia con una interrogación subversiva: «¿Qué pasaría si no aceptamos esto?». En las clases y en las intervenciones públicas en las que participo, lo que más repito a quienes me escuchan es que habitamos en unas ideas cuyo incuestionamiento las invisibiliza y las metamorfosea en un código social que nos determina de modo inercial. Nos hospedamos en unas ideas, pero es notoriamente factible alojarse en otras. Trocar los marcos mentales no es solo ver el mundo de otra manera, es domiciliarnos en él ya de otro modo. 

La historia de la humanidad es un inmenso banco de pruebas para verificar nuestra condición de huéspedes de ideas que no cejan de revolotear. De aquí se desprende que la posesión de una buena memoria devenga decisoria para la imaginación creativa. Nada alecciona mejor para alentar a la movilización colectiva y a la vindicación de un futuro deseable que visitar el pasado. Si cultiváramos con más asiduidad el estudio de la biografía humana, veríamos de forma muy diáfana que hubo un momento en que todo lo que ahora damos por sentado se consideró irrealizable por la gran mayoría de las personas. Lo que ayer era quimérico hoy configura lo que releemos como evidente. Incluso no se precisa irse históricamente muy lejos para constatarlo. La memoria biográfica de cualquiera que ahora esté leyendo estas líneas habrá experimentado en su propia vida que lo que hace un par de decenios formaba parte del sentido común ahora resulta insensato y hasta ruborizante. Se puede inferir por ende que el sentido común es una invención parcial en perpetua transitoriedad. En El camino inesperado, cuya lectura entre otras estoy recomendando al estudiantado para las vacaciones de este verano, Rebecca Solnit insiste en que «la memoria nos da poder —sobre todo la memoria que es capaz de percibir los patrones más amplios, los cambios más dilatados—, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables. Las conversaciones intergeneracionales, el conocimiento de la historia y el hábito de poner las cosas en contexto contribuyen a ese poder». 

Es un ejercicio extremadamente estimulante jugar a adivinar qué ideas que ahora juzgamos de un incuestionable sentido común serán redibujadas como estólidas en la próxima centuria. En Contra el desencanto, la obra galardonada este año con el premio Paidós de Ensayo, su autora, la politóloga Cristina Monge, puntualiza que «el hecho de predecir, enunciar y contextualizar la deliberación ya es una forma de construir un marco, y una manera de mirar que ya es perfomativa». Hablar no es perder el tiempo como suelen objetar tan a menudo quienes olvidan que las palabras construyen mundo desde el mismo instante en que lo enuncian. Al contrario, sería de una relevancia inconmensurable para el tejido social trasladar a la conversación pública inventiva discursiva sobre qué sería bueno que entendiéramos por sentido común aplicado a nuestra condicion irrevocable de existencias al unísono. Me viene ahora a la memoria un texto muy conocido de Hannah Arendt: «Humanizamos lo que sucede en el mundo y en nosotros mismos con solo hablar de ello, y al hablar de ello aprendemos a ser humanos». Hablar y pensar son dos prácticas muy depreciadas porque vivimos en una lógica dominante en la que todo aquello que no esté abocado a un fin utilitario se considera inservible. Pero el concurso reflexivo es la única manera con que el alma toma forma. El punto nodal para todo lo demás.

 
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