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martes, octubre 27, 2026

Mi límite es el Otro

Obra de Edward Gordon

La aportación más notable de Donald Trump a la política es que ha hecho innecesaria la hipocresía. En sus enunciaciones no necesita ropajes retóricos para suavizar la deshumanización que habita en sus barbaridades dialécticas, ni eufemismos para encubrir acciones vergonzantes, ni almibarar sus expresiones para evitar el tan temible en la arena política daño reputacional. Presumir de malismo es su garante político. Algunos autores se refieren a este hecho lingüístico como la trumpización del lenguaje (faltón, ramplón y desalmado), puesto que a Trump le han salido epígonos por todos lados que consideran un aval exhibir y verbalizar insensibilidad ante el dolor de las personas más desvalidas y desfavorecidas. En un acto de campaña electoral no tuvo reparos en alardear narcisistamente de su aureolado poder: «Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y ponerme a disparar a la gente y no perdería votantes». Vanagloriarse de algo así no es palabrería vana, es una forma de despreciar la vida ajena. Resulta  palmario que el peligro de enunciar esta monstruosidad no recae solo en quien la afirma, sino en quienes aplauden y asienten acivilizadamente al escucharla, y en quienes en vez de desaprobarla muestran tibieza o desdén.

En otra pública ocasión Trump tuvo a bien explicar cuál es la regla de oro que rige su conducta y hasta qué umbral sería capaz de desplegarla: «Mis límites son mis deseos». Para Trump sus límites son sus deseos porque sus deseos son ilimitados. Dicho con la explicitud que tanto le congratula: «No tiene límites». Cualquiera que haya pasado por las aulas sabrá que en lo que más se le insiste al alumnado durante todos los años que conforman el periplo escolar es justo en todo lo contrario: «Nuestro límite es el otro, y por eso lo cuidamos, porque ese otro junto a todos los otros son quienes nos permiten ensanchar nuestros límites». Dejar a la volatilidad del deseo particular cuestiones asociadas con la reflexión ética conlleva de forma indefectible la rotura del mundo interdependiente, al menos su constitución pacífica y hecha de nexo empalabrado. El novelista y pensador Theodor Kallifatides comentaba hace poco en una entrevista que «naturalmente puedes ignorar al Otro, pero eso tiene consecuencias. Una de las más comunes es la hostilidad, el odio y, en algún momento, incluso la guerra». 

Los griegos inventaron la palabra hybris para referirse a la desmesura. Una persona se desmesura cuando no sabe contenerse a sí misma, y con sus palabras y con sus hechos estropea tanto su vida como la vida de las personas con las que limita. Sucede que los otros limitan nuestras acciones por el simple hecho de que nuestras existencias son limítrofes, lindan unas con otras en una gigantesca membrana social que requiere gobernanza exterior con normas bien deliberadas y gobernabilidad interior con sentimientos bien confeccionados. Si cada existencia admitiera que sus límites no son los otros sino sus deseos, la vida compartida, la vida en común, la vida política, sería imposible. Se eliminaría la deliberación y el diálogo sobre lo conveniente y lo posible en el que se sostiene el espacio democrático. He aquí la paradoja. El político más poderoso del mundo es el mayor detractor de la política.   

  

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martes, octubre 06, 2026

El ser humano es el ser que quiere ser humano y dejar de serlo a la vez

Obra de Marcos Beccari

El primer día que comparto clases en Bachillerato comienzo escribiendo en la pizarra una enigmática frase para instar a la reflexión. Tomo un rotulador y apunto: «El ser humano es el ser que aspira a ser un ser humano». Al girarme observo caras  en las alumnas y los alumnos atravesadas de una mezcla de perplejidad y admiración que me congratulan al considerar que la extrañeza y el asombro son los dos grandes quicios que sostienen el pensamiento. El enunciado persigue propiciar un juego de interpelaciones, nunca dar nada por sentado, admitir con El Principito que «lo esencial es invisible a los ojos». La explicación de este aparente jeroglífico es muy sencilla. Los seres humanos somos una entidad biológica empeñada en mejorarse como entidad ética. No podemos deshabitarnos de los imperativos biológicos de la vida, pero sí podemos escoger cómo vivir, cómo tratarnos y cómo tratar a las demás existencias con quienes formamos la experiencia coral de la vida humana. Para optar por unas formas de comportamiento en menoscabo de otras resulta insoslayable discurrir en torno a qué es lo justo y lo deseable. Son ideas éticas que no se pueden demostrar científicamente. Solo podemos pensarlas, argumentarlas y acercarlas a la conversación pública para que se transfiguren en acción política y ulterior transformación de la realidad. «Si no me relaciono, me quedo sin yo», escribe Silvia Bardelás en su plausible ensayo Una conciencia nueva. A cómo articular esta vincularidad se dedica la ética, una contorsión reflexiva en la que el ser singular que somos se apresta a pensar en plural. El ser humano reflexionando en cómo favorecer ser un ser humano.

Tras estas aclaraciones y las apelaciones que suscita escribo otro enunciado debajo del anterior: «El ser humano es el ser que que aspira a dejar de ser el ser humano que es». La oposición frontal al primer planteamiento levanta quejas entre el alumnado que juzga inviable afirmar una cosa y su contraria. En su ensayo Ser o no ser (un cuerpo),  Santiago Alba Rico sostiene que «el ser humano es el único animal que huye de su cuerpo». Y agrega: «De hecho, es el único animal que tiene realmente cuerpo y lo tiene en la medida en que está siempre huyendo de él —y recayendo una y otra vez—. Casi todo lo que hacemos en nuestra vida —casi todo lo que ha hecho el ser humano desde hace 40.000 años— es una tentativa de dejar atrás, aumentando la velocidad, nuestro cuerpo mortal». Este deseo tan propio del transhumanismo y de los magnates tecnoautoriarios que han implosionado en los últimos dos decenios explica porque han desaparecido de nuestros imaginarios atributos que atestiguan nuestra humana y congénita fragilidad: vulnerabilidad, decrepitud, mortalidad y, antes de que ese final se precipite sobre nuestra existencia, el anhelo siempre inconcluso de afectividad. 

Desde la noche de los tiempos el desarrollo de la técnica tuvo como acicate suplir el considerado déficit biológico de nuestro cuerpo con respecto al cuerpo de otros animales que mostraban más rapidez, más fuerza, más agilidad, más resistencia. Por eso Prometeo tuvo la osadía de robar el conocimiento a los dioses y transformarlo en tecnologías que solucionan ingeniosamente muchos de los obstáculos que conlleva tener una existencia humana. Para estrechar la participación de la vulnerabilidad en nuestro cotidiano hemos inventado estrategias comunitarias, porque aprendimos que aquello que nos puede hacer daño se combate no siendo más fuertes, sino más inteligentes. La vulnerabilidad de nuestros cuerpos es política, y por eso solo se puede cuidar y atenuar con su politización, es decir, deliberando sobre ella en la conversación publica para sopesar propuestas y adoptar decisiones de clara genealogía política. La cooperación y el apoyo mutuo han sido una solución inteligente al problema común de la vulnerabilidad y el apremio de afectividad. 

Ocurre que el cuerpo que somos deviene rémora para la megalomanía omnipotente de la hybris neoliberal. En su afanada desmesura de dejar atrás el cuerpo por parte de un determinismo tecnológico exento de fines éticos y control democrático hasta hemos comenzado a externalizar la cognición, la actividad hasta ahora privativa de la racionalidad humana y que nos coloca en un paisaje totalmente inédito en la biografía de la humanidad. Así que somos el ser humano que aspira a ser un ser humano y por otra parte somos el ser humano que está deseando dejar de ser un ser humano y sobrepasarlo. En todo este enjambre de ideas éticas y tecnócratas hay una noticia fabulosa que rara vez se enfatiza como se merece. Tanto en el primer enunciado como en el segundo late con fuerza el deseo de vivir por encima del de sobrevivir. Los seres humanos no deseamos sobrevivir, sino vivir. En la necesidad no hay deseo. Solo hay deseo donde hay elegibilidad. Quizá sea este el necesario punto de partida de todas las demás deliberaciones para alcanzar la categoría ética de ser humano. Bienvenidas y bienvenidos a la decimotercera temporada de este Espacio Suma NO Cero*.

 

(*) Este espacio nació en la primavera de 2014. Un espacio Suma NO Cero es un entorno afectivo y político donde las interacciones generan satisfacción mutua a quienes participan en ellas. 


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martes, junio 16, 2026

Cuestionar el sentido común

Obra de Yvan Favre

Toda estructura que origina daño e iniquidad necesita ser legitimada a través de una narrativa que propenderá a que se la empareje con el sentido común. La apelación al sentido común es el recurso discursivo esgrimido con mayor frecuencia para propiciar la parálisis del disenso y la inventiva de otras posibilidades. Cuando se afirma que algo es de sentido común, simultáneamente subyace la fraudulenta tesis de que todo contraargumento que lo ponga en entredicho es una incongruencia o un enunciado fuera de lugar que no merece atención. El sentido común entraña mucho peligro cuando se invoca como dogma de razonamiento para explicar por qué las cosas son así y no pueden ser de otra manera. Con su desparpajo habitual, David Groeber nos alertaba en sus textos que la revolución ocurre cuando se da una transformación del sentido común. Cambiar la percepción pública del sentido común es cambiar aquello que sostiene la realidad y por tanto el primer movimiento para transformarla. En sus conferencias Graeber interpelaba a la audiencia con una interrogación subversiva: «¿Qué pasaría si no aceptamos esto?». En las clases y en las intervenciones públicas en las que participo, lo que más repito a quienes me escuchan es que habitamos en unas ideas cuyo incuestionamiento las invisibiliza y las metamorfosea en un código social que nos determina de modo inercial. Nos hospedamos en unas ideas, pero es notoriamente factible alojarse en otras. Trocar los marcos mentales no es solo ver el mundo de otra manera, es domiciliarnos en él ya de otro modo. 

La historia de la humanidad es un inmenso banco de pruebas para verificar nuestra condición de huéspedes de ideas que no cejan de revolotear. De aquí se desprende que la posesión de una buena memoria devenga decisoria para la imaginación creativa. Nada alecciona mejor para alentar a la movilización colectiva y a la vindicación de un futuro deseable que visitar el pasado. Si cultiváramos con más asiduidad el estudio de la biografía humana, veríamos de forma muy diáfana que hubo un momento en que todo lo que ahora damos por sentado se consideró irrealizable por la gran mayoría de las personas. Lo que ayer era quimérico hoy configura lo que releemos como evidente. Incluso no se precisa irse históricamente muy lejos para constatarlo. La memoria biográfica de cualquiera que ahora esté leyendo estas líneas habrá experimentado en su propia vida que lo que hace un par de decenios formaba parte del sentido común ahora resulta insensato y hasta ruborizante. Se puede inferir por ende que el sentido común es una invención parcial en perpetua transitoriedad. En El camino inesperado, cuya lectura entre otras estoy recomendando al estudiantado para las vacaciones de este verano, Rebecca Solnit insiste en que «la memoria nos da poder —sobre todo la memoria que es capaz de percibir los patrones más amplios, los cambios más dilatados—, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables. Las conversaciones intergeneracionales, el conocimiento de la historia y el hábito de poner las cosas en contexto contribuyen a ese poder». 

Es un ejercicio extremadamente estimulante jugar a adivinar qué ideas que ahora juzgamos de un incuestionable sentido común serán redibujadas como estólidas en la próxima centuria. En Contra el desencanto, la obra galardonada este año con el premio Paidós de Ensayo, su autora, la politóloga Cristina Monge, puntualiza que «el hecho de predecir, enunciar y contextualizar la deliberación ya es una forma de construir un marco, y una manera de mirar que ya es perfomativa». Hablar no es perder el tiempo como suelen objetar tan a menudo quienes olvidan que las palabras construyen mundo desde el mismo instante en que lo enuncian. Al contrario, sería de una relevancia inconmensurable para el tejido social trasladar a la conversación pública inventiva discursiva sobre qué sería bueno que entendiéramos por sentido común aplicado a nuestra condicion irrevocable de existencias al unísono. Me viene ahora a la memoria un texto muy conocido de Hannah Arendt: «Humanizamos lo que sucede en el mundo y en nosotros mismos con solo hablar de ello, y al hablar de ello aprendemos a ser humanos». Hablar y pensar son dos prácticas muy depreciadas porque vivimos en una lógica dominante en la que todo aquello que no esté abocado a un fin utilitario se considera inservible. Pero el concurso reflexivo es la única manera con que el alma toma forma. El punto nodal para todo lo demás.

 
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martes, junio 09, 2026

¿Qué significa verdaderamente ser un ser humano?

Obra de Eva Navarro

Todos los cursos comienzo mis clases escribiendo en la pizarra mi definición de ser humano: «el ser humano es el ser que aspira a ser un ser humano». Con la colaboración del alumnado desentraño el enigmático jeroglífico. Somos una entidad biológica que ha inventado la cultura, y merced a esta invención ahora aspiramos a comportarnos con nuestros semejantes de forma ética. La humanidad no es solo el conjunto de seres que pueblan la tierra, también revela una categoría ética. Cuando afirmamos de alguien que no tiene humanidad, no le estamos despojando de ninguna esencia, simplemente queremos señalar con ese adjetivo descalificativo que esa persona es impávida ante el dolor que inflige a otras personas con sus decisiones, o que es impertérrita y por lo tanto incompasiva ante el sufrimiento ajeno. Dicho con la contundencia breve de un aforismo: es inhumana aquella persona que trata a las demás personas como si no fueran personas. 

Traigo todo esto a colación porque el pasado domingo estuve siguiendo atentamente el encuentro del Papa con la sociedad civil española celebrado en el Palacio de los Deportes de Madrid. Si tuviera que resumir su intervención, la podría condensar en una sucinta interrogación con la que León XIV interpeló a los doce mil asistentes, y que me sirve ahora para titular este artículo: «¿Qué significa ser verdaderamente humano?». La pregunta es muy pertinente en un momento epocal en que se suscribe sumisamente la subordinación de todos los valores humanos a los criterios de productividad y extracción de beneficio económico (como en su alocución reseñó varias veces el Sumo Pontífice) de las grandes corporaciones. Nos hemos avenido a conceder sin cuestionamiento ni ético ni político que el valor de cualquier persona se instituye en el valor que el mercado le designa en función de cuán útil es para su operatividad. En Civilización o barbarie, Alán Barroso resume irónicamente esta configuración axiológica al señalar que formamos parte de «una sociedad que ha sustituido los sueños colectivos por hojas de Excel». La lógica de ganancia turbocapitalista que expropia de vida a la vida de las personas se puede sintetizar en «más, siempre más». Este voraz más siempre más es económico y sostiene que los intereses del ser humano se reducen exclusivamente a la índole monetaria. Como esta unidimensionalidad opera en demedro de todas las demás dimensiones humanas y de los sistemas que sostienen la vida en el planeta, que derruye sin dilación, en vez de capitalismo se podría hablar de capitaclismo. 

Ser humano no es una esencia que hay que alcanzar, sino algo que construimos comunitariamente en conformidad con aquellos valores a los que conferimos predominancia. En un artículo reciente Javier Sádaba escribía que «ser humano es sentirse y construir en igual con otros». Aristóteles afirmó que el ser humano es un animal político por naturaleza. En otras de sus definiciones el estagirita aclaró que somos el único animal que habla con el propósito de poder discenir junto a sus congéneres en torno a lo justo y lo injusto, lo conveniente y lo inconveniente, lo deseable y lo deleznable. En el luminoso ensayo Dignos de ser humanos, Rugter Bregman no tiene el más mínimo atisbo de duda en subrayar nuestra condición vincular al sentenciar que «el ser humano es una máquina de aprendizaje hipersocial. Estamos hechos para aprender, establecer contactos sociales y jugar». En Breve historia de los Derechos Humanos nos explica Pasqueale Gianniti que para el personalismo la persona es una unidad ontológica fundadora de acciones materiales, que se correlacionan con valores e irradian un contenido normativo en todos los niveles de la acción humana.  También la define como un centro irradiador de derechos y deberes. Esta irradiación ratifica su carácter comunitario.

Cuando los seres humanos tuvimos la deslumbrante ocurrencia de dotarnos de dignidad al considerarnos entidades valiosas, también fuimos muy conscientes de que sin una infraestructura material común nadie puede construir una biografía, solo puede aspirar a sobrevivir. Se admitió que la cobertura de las necesidades humanas era un asunto insoslayable que nos competía como sujetos políticos. Si somos valiosos como prescribe nuestra dignidad, ningún ser humano debería supeditar su vivir a la zozobra de sobrevivir dirimiendo sin pausa cómo alcanzar los recursos mínimos. Estas tribulaciones eran ineludibles en épocas primitivas, pero resulta ominoso que lo sigan siendo en la era de la gobernanza democrática, la productividad tecnológica y la alfabetización aparejada al acceso masivo al conocimiento. La historia de la humanidad puede corroborar con un sinfín de ejemplos que la precarización y la pauperización crean las condiciones idóneas para que afloren los abusos de poder. Inventamos los Derechos Humanos para evitar estos abusos y el abrumador deterioro social que traen adosados. La dignidad se alzó en el derecho a tener derechos, a que en la vida de cualquier persona se cumplan íntegramente los treinta artículos que conforman la Declaración Universal. No solo los derechos cívicos y políticos, también los económicos y sociales. Los primeros se desvanecen sin los segundos, los segundos languidecen sin los primeros.  Se necesitan mutuamente.

Nos hicimos titulares de dignidad porque los seres humanos somos subjetividades susceptibles de optar por aquello que brinda sentido y puntos cardinales a  nuestra vida. Todas las personas hemos experimentado en alguna ocasión que nos desvivimos con aquellas predilecciones que elegimos hacer cuando podemos elegir. Desvivirse por algo escogido voluntariamente es el instante en que una persona está más viva. La dignidad como derecho propulsa que puedan acontecer muchos momentos así. A todas y todos nos atañe cuidarla para llegar a ser el ser humano que aspiramos a ser.

   
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