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martes, abril 28, 2026

¿Cómo se llama la forma de organizar la convivencia?

Obra de Eva Navarro

Cada vez que escucho a alguien autodefinirse orgullosamente como apolítico, pienso para mis adentros:  «¿Pero es que a ti no te importas tú?».  Quien se autorretrata apolítico malentiende qué es la política, o desconoce que se trata de organizar la convivencia de una manera justa para que una comunidad funcione bien. Lo que probablemente quiera resaltar la persona apolítica no es su dejación o su alejamiento de la cosa pública, sino que profesa poca simpatía a cualquier partido político. En vez de apolítico querría decir apartidista. Ser apolítico es una empresa tan imposible como lo es no ser un ser cultural, un ser técnico o un ser autodeterminado. Aristóteles sostenía que «el ser humano es un animal político por naturaleza», pero apostilló algo cardinal que sirve para comprender la magnitud exacta de la política: «y quien crea no serlo o es un dios o es un idiota». En griego el término idiotes señalaba a la persona que se desatendía de los asuntos públicos y solo ponía atención y celo en los propios. Por eso precisamente se la definía como idiotes. Lo público era condición necesaria para configurar lo propio. 

El pensamiento griego convino en que la ciudad había surgido porque ninguna persona se bastaba a sí misma, y esa interdependencia encarnada en la ciudadanía delataba la continuidad entre la esfera pública y la esfera privada. No es que lo personal también sea político, sino que desde el instante en que hemos hecho de la convivencia un destino insoslayable, la política es ineludible en tanto que su concepción radica en articular esa misma convivencia. Cuando los clásicos griegos pensaban en cómo vivir juntos ya vivían juntos, así que sus ideas políticas se encaminaban a desvelar cómo vivir juntos de la mejor manera posible, para lo cual se tornaba impostergable dilucidar alternativas sobre lo posible. De aquí se desprende que quien en nuestros días niega lo posible está cercenando cruentamente la dimensión política de la vida humana. La política consiste en una negociación siempre inacabada ente lo necesario y lo posible, y luego llevar a los dominios de la acción el acuerdo alcanzado. Ser ciudadanía es deliberar en la conversación pública sobre las posibilidades de administrar lo común para que toda persona pueda acceder a una vida buena (aquí hay que puntualizar que no es lo mismo la vida buena que la buena vida escorada hacia la opulencia mercantilizada). La política estriba en armonizar los desacuerdos sobre qué queremos hacer con la vida compartida en virtud de qué es lo que valoramos como comunidad, y luego urdir el modo de trocarlo en práctica. Hacer un uso público de la razón en torno a nuestras existencias al unísono es la forma de gobierno ciudadano que da sentido a la democracia.  Nos concierne pensar los problemas comunes para delinear y crear unas condiciones idóneas merced a las cuales toda persona pueda desplegar sus potencias en el mundo. Que cualquiera albergue la posibilidad de hacer de su vida una vida alegre. 

Afirmar la condición apolítica teniendo todo lo anterior en cuenta es subrayar un elevado grado de descuido ante las circunstancias que nos atraviesan y condicionan. Ortega y Gasset nos enseñó que «yo soy yo y mis circunstancias, y si no cuido mis circunstancias no me cuido a mí». Somos hijos de nuestro tiempo, vástagos de las circunstancias que modelan el mundo en el que se inscribe nuestra vida y su forma de actuar en él. Negligenciar las circunstancias o resignarse con fatalidad irresoluta a ellas es ser negligente con la persona que somos. Para hacer hincapié de un modo hiperbólico del influjo poderoso de las circunstancias políticas que nos permean, en reiteradas ocasiones les comento a mis alumnas y alumnos que son más hijos de Donald Trump que de sus padres. El mandato del inquilino de la Casa Blanca y su forma de detentar el poder («mi único límite son mis deseos») infligen nuestra vida a través de decisiones y pautas de comportamiento que desgraciadamente muchas personas están mimetizando y transfiriendo a sus parcelas cotidianas de acción. Despolitizarnos e ignorar estas inercias supone un profundo vaciamiento de la democracia. Sería permitir sin nuestro consentimiento que otras personas elijan por nosotras qué queremos para nuestra persona y nuestra vida. Las más de las veces serán tecnócratas que con sus acciones y omisiones beneficiarán a quienes nos quieren clientes, contribuyentes, competidores y espectadores, pero no actores con ciudadana potencia autodeterminadora. A quien se declara apolítico con cierto aire ufano dan ganas de recordarle una obviedad: «la política no es lo que hacen los políticos, es lo que te hacen a ti».

   
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martes, abril 14, 2026

La irreflexión moral

Obra de Eva Navarro

Poder imaginar el dolor y la alegría de otra persona, por la sencilla razón de que esa persona posee características constituyentes semejantes a todas las demás, es la entrada de acceso al pensamiento ético. La sensibilidad ética se asienta en un tipo de imaginación que no es creativa ni tampoco necesariamente empática. Hannah Arendt resume así esta práctica: «Uno piensa sus propios pensamientos, pero en el lugar de otra persona». Se trataría de una mixtura de reflexión crítica y sympathia, calibrar cómo le afectarían a los demás nuestras acciones en tanto que directa o indirectamente desembocarán en el espacio común en el que la vida se torna vida humana al compartirse. Anticipar las consecuencias de nuestras obras, hechos y palabras es un acto de profunda reflexividad, pero solo se puede llevar a cabo con el concurso de la ideación imaginativa y la admisión de un terreno político común sobre el que deliberar. La irreflexión propende a invisibilizar las consecuencias de aquellos actos que pueden infligir abundante daño en la vida concertada de los demás. Es muy fácil anular este sentido de responsabilidad cívica erradicando la idea de interdependencia y reemplazándola por la de sojuzgamiento, coerción o subalternidad. Cabe afirmar que si la reflexión está desprovista de ética, la interdependencia (que es la condición de posibilidad de la autonomía humana) deviene ininteligible y trae consigo una desatención hacia el otro que cristaliza en indiferencia. 

En Universalismo radical, Omri Boehm sostiene que «sin una idea abstracta de la humanidad, no queda claro qué puede haber de malo en el racismo». Se puede cambiar la palabra humanidad por dignidad y racismo por totalitarismo o autoritarismo. Arendt era más sencilla en su análisis: «No son grandes ideas abstractas sobre la humanidad las que derrotarán al totalitarismo (…) Para un alemán y un judío bajo el Tercer Reich apenas habría sido un signo de humanidad que los amigos se dijeran: ¿no somos ambos seres humanos?»«El totalitarismo había extirpado de lo humano el sentido de la responsabilidad», esclarece Arendt en su estudio sobre el origen de esta cruenta forma de habitar la realidad. Las ideaciones totalitarias se inoculan cuando se pierde la dimensión del otro como una singularidad dotada de dignidad, y se le aplica un consiguiente proceso de cosificación e irrelevancia. A mis alumnas y alumnos les comento con frecuencia que son personas extraordinarias, y cuando al escucharme esbozan una sonrisa de satisfacción, les apostillo que lo son exactamente igual que todas las demás. Ser persona es extraordinario porque albergamos una estructura autodeterminadora, aunque para este prodigioso cometido resultan insoslayables la cooperación de los demás y  disponer de un copioso repertorio de estrategias de cocreación y apoyo mutuo. 

En las ficciones totalitarias las personas pierden centralidad en las construcción de los juicios en favor de romantizadas e idílicas abstracciones vacías (a mí me gusta conceptualizarlas como palabras catedral, porque al igual que esas colosales construcciones son mayestáticas por fuera pero están huecas por dentro). En los regímenes totalitarios o autoritarios las entelequias aparecen prestas a sustituir a las personas, que es el primer paso para que prendan en la acción  política la deshumanización, el nihilismo antidemocrático o el resentimiento antipolítico. Esta deriva deshumanizadora opera en dos direcciones: deshumaniza a quienes en su toma de posición mandataria y administrativa solo atienden al arribismo neoliberal y a los absolutos dogmáticos (nación, patria, bandera, economía, mercado, divinidad), y a la par reifica a sus víctimas, a miles y miles de personas  a quienes se les niega la titularidad de una dignidad común a toda persona sustanciada en el derecho a tener derechos. Cuando este proceder que desconsidera a los demás prospera y progresivamente se va apoderando del espíritu del tiempo que nos ha tocado en suerte vivir, se puede presagiar qué mundo acontecerá porque ya aconteció una vez. En su libro sobre Adolf Eichmann, Hannah Arendt alerta que la banalidad con la que se ejecutaron los crímenes del Holocausto fue posible por la persistencia de irreflexión moral. Es un diagnóstico cuya vigencia debería precavernos e instarnos a pensar la vida compartida de un modo radicalmente distinto. 

  

 
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martes, marzo 10, 2026

Lo que no tiene nombre

Obra de Guim Tios 

Se suele emplear la expresión «esto no tiene nombre» para subrayar un proceder indigno. Enuncia una mezcla de indignación e incredulidad ante lo que desborda por completo los límites de lo aceptable. «Lo que no tiene nombre» parece delatar la incapacidad del lenguaje para testimoniar un comportamiento tan aborrecible que las palabras se sienten inermes para abarcarlo, su molde lingüístico se revela demasiado estrecho para contener la abyección perpetrada. Asimismo en ocasiones afirmar que algo no tiene nombre es la forma de resaltar la gravedad perturbadora de los hechos. Este lugar común parece lamentarse de que la bajeza moral siempre albergará más podredumbre que la señalada por el lenguaje. Sin embargo, creo que sí tiene nombre aquello a lo que nos referimos cuando decimos que no lo tiene. No es que la infamia y sus derivados carezcan de un lugar en el diccionario, es que emitirlos nos obliga a la dolorosa admisión de su existencia. Su sola pronunciación identifica los fracasos cívicos de la familia humana, la evidente reiteración de esa acción que finalmente ha requerido ser visibilizada a través de la invención léxica. Si la palabra revela la sedimentación de la experiencia, que una palabra haya sido creada significa que aquello que denota ha ocurrido de forma recurrente. También ofrece la reconfortante certidumbre de que el ser humano está empecinado en ser mejor de lo que es. El anhelo de lo justo inspira a poner palabras a lo injusto para contrarrestarlo

Lo que no tenía nombre pasa a ser nominado para poder verbalizarse y compartirse en el espacio público. Muchas realidades infames que sí tienen nombre son ahora fácilmente detectables (y señaladas para incidir en su reprobación), porque hubo una primera vez fundacional en que se nombraron y pudieron trasladarse a una conversación pública que las deliberó, las comprendió y las estratificó éticamente. Es muy palmario que las palabras visibilizan lo que nuestros ojos no pueden ver, pero también visibilizan lo que miramos y no somos capaces de ver. El mundo deja de ser un acaecer informe cuando lo decantamos con el concurso del verbo. No es tarea nada fácil porque el lenguaje está condenado a correr apresuradamente detrás de los hechos para bautizarlos. Al nombrarse, lo ocurrido deja de ser borroso y recibe un contorno que lo acota y lo define. El lenguaje ofrece sentido a la empresa humana a través de narrativas que la articulan y la resignifican ininterrumpidamente. Muchos comportamientos que otrora fueron costumbre y se consideraban de sentido común ahora nos horrorizan porque los narramos con nuevo vocabulario y valoraciones éticas mucho más atentas que transforman por completo la fisonomía de esos mismos hechos. La palabra no solo cambia el mundo. Nos cambia a quienes lo habitamos.

A veces la abyección no es que no tenga nombre, es que se opta por la solemnidad de guardar silencio. Hay silencios que no son omisiones, sino mayestáticas formas de expresión que eligen la elegancia del enmudecimiento sin que se comprometan ni la indignación ni la repulsa. Este silencio sobreviene no por la ausencia de palabras, sino porque a pesar de conocerlas nos decantamos por no pronunciarlas para conferir mayor hondura a la narrativa de lo contemplado. El silencio se torna poco eficaz cuando irrumpe porque no sabemos qué recursos retóricos son las que expresan lo que querríamos decir, pero es muy válido cuando sustituye a unas palabras sobreentendidas. En este caso callar es una contundente forma de hablar.


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martes, febrero 17, 2026

La ejemplaridad inversa

Obra de Helena Georgiou

En una comunidad educada bien el comportamiento valorado como modélico irradia magnetismo. Hay algo atrayente en su despliegue que induce a la mímesis en quien lo observa, la tentativa de replicarlo en el propio obrar a sabiendas de que mejora la praxis vital. El estudioso de la ejemplaridad pública y autor de la acuñación de este sintagma, Javier Gomá, afirma que lo excelente emana seducción. El propósito último de la educación radica en que las personas aprendan a discernir esa excelencia y acaben sintiendo la imantación de lo idóneo para transferirlo a su proceder y facilitar el convivir bien. En realidad, estamos hablando de ensalzar y cultivar la admiración, el sentimiento que nos mejora al contemplar lo mejor y ponerlo en práctica. 

Desgraciadamente la seducción que emana de lo excelente palidece en este momento epocal. Hemos transitado de la ejemplaridad edificante a una ejemplaridad inversa que ha cercenado lo que hasta ayer considerábamos valioso y por tanto acreedor de recibir atención y cuidado. Podríamos definir la ejemplaridad inversa como la estima social hacia la transgresión sórdida, donde el modelo a imitar ya no es quien encarna la virtud, sino quien ostenta con orgullo su contravalor. Lo que seduce no es lo excelente ni lo admirable, sino lo execrable y lo reprobable. La ejemplaridad inversa se regodea en mostrar insensibilidad, grosería, autoritarismo, mendacidad, desconsideración, narcisismo, desvergüenza, excentricidad, megalomanía, despotismo, engreimiento. Hacer ostentación de lo malo se ha erigido en instrumento para sumar correligionarios. El malismo atrae y recluta militancia. Mauro Entrialgo ha publicado un ensayo recogiendo múltiples ejemplos de este giro histórico del que nos ha tocado ser apesadumbrados testigos directos. Se admira el mal, pero sobre todo la libertad de quien lo perpetra. Quien muestra imperturbabilidad ante el padecimiento ajeno, o implementa medidas para originarlo arbitrariamente, o vitupera cualquier alusión a la dignidad humana, recibe aplausos y vítores. Lo abyecto opera como una fuerza de atracción que nos arrastra hacia lo que antes nos repelía. Ya no se pretende calcar la excelencia, ahora se trata de disponer de la impunidad de la que hacen gala los nuevos bárbaros. 

Los grupos se cohesionan a través de la liberación de las emociones menos proclives para una convivencia cívica. Azuzar el orbe emocional y el sobredimensionamiento de la mala intención de los demás es la baza del verbandalismo, el lance en el que las personas hacen del verbo un acto vandálico. El magnetismo de la bondad ha sido suplantado por la espectacularización de la ley del más fuerte. La desinhibición ha derrotado a las restricciones cívicas y celebra el advenimiento de un brutismo irrestricto. La ejemplaridad inversa extiende un barniz monocromo sin apenas oposición, como si vindicar un mundo que no maltrate a quienes lo habitamos fuera una petición extemporánea formulada por personas ingenuas. Estos contravalores ofrecen réditos electorales, garantizan adhesiones, incrementan la simpatía ciudadana, se enarbolan como modelos. Esta avalancha de ejemplaridad inversa ha precipitado el declive de la hipocresía. Nadie necesita urdir estratagemas de enmascaramiento, desgranar argumentos meramente cosméticos, elegir los pretextos y las coartadas más arteras para ocultar las verdaderas intenciones. La hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud. Este enojoso tributo ha dejado de ser pagado. 

Para quienes aún consideran la dignidad un valor inalienable, contemplar cómo se extrema la ejemplaridad inversa trae en su envés el anhelo irrenunciable de la vieja ejemplaridad. En este escenario de desinhibición bruta admirar la belleza y la excelencia se convierte en un gesto de disidencia política. El bárbaro demanda el aplauso constante para validarse, en cambio, la virtud se sostiene por sí misma creando núcleos de resistencia sin tomar ruido social alguno. Solo con sentimientos buenos en el interior  y justicia en el exterior de las personas puede florecer una gratificante vida humana. Un dominio vetado por completo a la ejemplaridad inversa.

 

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