martes, noviembre 22, 2016

El rechazo como productor de identidad



Obra de Nigel Cox
A mí me gusta afirmar que mi patria son las personas que he conocido, las conversaciones que he entablado, las relaciones que he mantenido y el amor que han destilado, los discos que he escuchado, las películas que he visto, los libros que he leído, las disciplinas que he estudiado, el edificio sentimental que he construido, las actividades que he desempeñado, los deseos que no he cumplido, los acontecimientos que me han envuelto con su velo de vida y me han singularizado en la persona que soy y no en ninguna otra de los siete mil trescientos cuarenta y nueve millones de ellas que deambulan por el planeta Tierra. Todo lo citado aquí es un permanente productor de identidad que nace del incesante martilleo de experiencias gratas y también por supuesto del saldo negativo de las acerbadas. Resulta paradójico que la identidad individual de cualquiera de nosotros se nutra de estos yacimientos tan hogareños y tentaculares y sin embargo la identidad colectiva recurra a frescos gigantescos tremendamente borrosos. Baudrillard afirma que la identidad de hoy se encuentra en el rechazo, así que para la manutención de los anclajes identitarios de un colectivo basta con sobreexcitar el orgullo de pertenencia e inflamar el odio hacia un tercero. Solo con azuzar el amor y el odio políticos, territoriales, identitarios o religiosos en las direcciones adecuadas se pueden cohesionar mágicamente los afectos tribales. El juego dialéctico necesita localizar un enemigo sobre el que verter el sentimiento de odio y ficcionar unos valores de adherencia que nos eleven sobre nuestro rival, al que por supuesto le atribuimos el deseo de abolirlos. La pócima es muy simple, pero muy eficaz.

Recuerdo una deslumbrante viñeta de El Roto en la que aparecía dibujada una bandera blanca y un texto en el que se podía leer que «las banderas las pinta el diablo». Si damos con un enemigo demonizado hasta la caricatura y flameamos una bandera que exagere superficialmente nuestro ego, obtendremos un correligionario predispuesto al combate. Esta mecánica primitiva nos informa de la sobrecogedora simpleza con la que nos conducimos las personas. Yo siempre recuerdo que el ser humano es un agente que en muchas ocasiones administra su comportamiento desde la racionalidad, pero en otras tantas lo hace desde una irracionalidad que debería ponernos en guardia y hacernos recelar de la inteligencia como capacidad infalible. Al contrario. La inteligencia es muy falible y por eso los seres humanos somos capaces de cualquier cosa si se dan cita las circunstancias apropiadas. En su libro póstumo, Aflorismos, Carlos Castilla del Pino advertía con muy buen criterio que no debemos tener miedo al otro, sino a nosotros mismos. Mi admirado Battiato guarda en su abultado repertorio una canción que incide en esta idea. Se titula Serial killer. Sumariamente afirma en el texto que no debes tenerme miedo porque lleve una pistola en el bolsillo, y un cinturón repleto de balas, y esconda en el pecho unas cuantas granadas, y sujete un cuchillo entre los dientes, debes tenerme miedo porque soy un hombre como tú.  Mi poeta favorito en mi adolescencia acuñó un verso precioso para que la racionalidad levante diques protectores que inhiban parte del tribalismo irracional. A pesar del tiempo transcurrido desde que lo leí por vez primera lo cito aquí sin necesidad de recurrir a mis cuadernos. «Mi patria no se circunscribe a un número concreto de hectáreas de tierra, se halla en el cumplimiento estricto de los Derechos Humanos en cualquier lugar del mundo». Normal que me aprendiera de memoria esta maravillosa loa a la fraternidad.



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miércoles, noviembre 16, 2016

La pobreza agujerea el bolsillo y el cerebro



Obra de Duarte Vitoria
Se suele vincular la pobreza con la incapacidad de establecer unos mínimos elementales para la protección y el cuidado de la existencia material. A pesar de que esta afirmación describe una realidad tremendamente lacerante, es una lectura muy reduccionista. Recuerdo haber escrito en un artículo de prensa de hace dos décadas que la pobreza no solo te agujerea los bolsillos hasta dejártelos vacíos, también te horada con meticulosidad el cerebro. Asociamos la pauperización a la falta de bienestar sensitivo, al hostigamiento de unas condiciones económicas muy endebles, al infierno cotidiano de contar y repensar cada moneda antes de intercambiarla por un bien imprescindible, a la expulsión del consumo como ritual lúdico, a rezar o a encomendarse a algún ente sobrenatural para que ningún imponderable por minúsculo que sea te condene a un impago o te despoje de otro recurso primario, pero nos olvidamos de cursarla también con la corrosiva y gradual pérdida de bienestar psíquico. La ausencia crónica de recursos básicos provoca disturbios en todos los flancos de la experiencia humana. La pobreza material no sólo trae adosadas aflicción, frustración, tristeza o pena (exacerbadas además por un contexto de opulencia y de omnipresentes relatos publicitarios que matrimonian la felicidad con el hiperconsumo), también se lleva por delante las estrategias para que cualquier persona se pueda construir como un sujeto válido. Es en los pobres  (el neolenguaje los denomina con su habitual asepsia sector vulnerable)  donde la dignidad (tener derecho a tener  derechos) pierde su condición utilitaria de mejorarnos a todos y se convierte en una palabra decorativa para embellecer peroratas políticas.

El pasado viernes el Papa celebró  un encuentro en el Vaticano con los sin techo de Europa. Francisco los exhortó a que «no perdáis la capacidad de soñar». Curiosamente eso es lo primero que se pierde cuando la pobreza atropella la vida de cualquier persona. Soñar es la ficción con la que damos forma al futuro para orientar el presente. En la miseria, el despotismo del aquí y ahora pulveriza la idea de porvenir. Nadie vive tan intensamente el alabado carpe diem como una persona acribillada por la pobreza. La pérdida de lo más primario de la soberanía individual expulsa ferozmente del vocabulario la palabra proyecto. La gran aportación de Abraham Maslow no fue estratificar las grandes motivaciones humanas en su célebre pirámide, sino postular la imposibilidad de subir un peldaño de esa pirámide si previamente no se había alcanzado el situado más abajo. Si no se tienen cubiertas las necesidades más primarias, no sólo no se puede acceder a lo emplazado más arriba, es que ni tan siquiera uno fantasea con esa conquista. La pobreza y sus contemporáneos vecinos (la precariedad, la inestabilidad, la incertidumbre, la volubilidad, la revocabilidad arbitraria implantada en el mercado laboral) eliminan la capacidad de construir horizontes vitales en los que proyectar nuestra autorrealización y surtir de sentido nuestra vida. Hace unos días un muy amable y versado lector de La capital del mundo es nosotros me comentó que lo que más le había gustado del libro es cómo se transparentaba que sin un mínimo de recursos es inalcanzable la autonomía de cualquier sujeto. Matizo que una persona autónoma es aquella que elige qué fines desea para ir construyendo su vida. Esta autonomía es lo que nos hace valiosos y diferentes al resto de los animales. Ser pobre no es sólo morirte de hambre o de frío. Pobre es todo ser humano que no puede hacer uso de lo que le hace ser un ser humano.



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