martes, julio 21, 2015

Economía relacional

Melancolía, de Munch
En el ensayo La vida auténtica de Erich Fromm leo una certera definición de locura: «Es la desvinculación absoluta del individuo».  Expresada así puede resultar una descripción críptica, pero  significa simplemente que el hombre es un ser cuya existencia está ligada a una urdimbre, a una organización social que nos transfunde a todos en «existencias al unísono» (un feliz hallazgo lingüístico que escenifica muy bien nuestra condición y que compartí aquí hace unas semanas). El propio Fromm pormenoriza: «El hombre necesita relacionarse con sus congéneres y con la naturaleza. Si vive absolutamente desvinculado, es un demente». Recuerdo que en uno de sus ensayos sobre las fatalidades de un exceso de digitalización en nuestras vidas, el pensador Nicholas Carr en vez de utilizar el término desvinculación esgrimía el más contemporáneo de desconexión. La soledad sería aquella situación en la que una persona no puede conectar con otras pese a desearlo, un escenario en el que se intenta compartir actividades o intimidad con otros infructuosamente. La sobreabundancia de desconexión o de desvinculación mineraliza a las personas.

Como somos seres en perpetua interacción con nuestros pares, hemos hecho de la convivencia un ecosistema insoslayable. En este cosmos social hormiguean congéneres con necesidades, intereses y deseos plurales y muchas veces divergentes a los nuestros. Por eso necesitamos articular esta realidad inevitable no sólo con normativa (Derecho), sino con una idea ética de sujeto que nos ennoblezca a todos y nos incentive desde la convicción a incluir a los demás en nuestras deliberaciones. Se trata de lograr paisajes más prósperos, situaciones de suma no cero donde el interés común se sitúe por encima del interés privado, los Derechos Humanos prevalezcan sobre la actividad lucrativa, promocionar relaciones menos líquidas, una versión de nosotros mismos más abrillantada por la sana degustación del otro, y que al otro le ocurra exactamente lo mismo al acomodarnos en su biografía. Esta semana he releído atentamente El capitalismo funeral de Vicente Verdú, en cuyas últimas páginas se comparte una visión esperanzadora del mundo gracias a las cada vez más arraigadas ideas de cooperación, que nacen de sentimentalizar nuestra condición de «existencias al unísono». El autor lanza una pregunta y responde al instante: «¿Inventarse otro sistema? Ya no es preciso. Basta encauzar positivamente los anhelos relacionales que se hallan presentes». Una economía relacional que desplace a la razón económica como exclusiva manera de leer el mundo. A mí me gusta insistir en una de las prescripciones kantianas para preservar la dignidad del corrosivo roce cotidiano: «Tratar a los demás con la misma equivalencia que solicitamos para nosotros». Algo parecido a lo que Erving Goffman definió como consideración. Secularmente las religiones han encapsulado significados análogos en la célebre Regla de Oro en su sentido positivo: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti». Habría que añadir una coda que cambiaría el signo de los tiempos y humanizaría la realidad: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti, al margen de que la relación se dé en el orbe de la intimidad o en el del mercado».