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| Obra de Tim Etiel |
La autenticidad se podría definir como la cualidad de una persona en la que no se percibe una pronunciada distancia de separación entre su mundo discursivo y sus prácticas de vida. La persona auténtica habitaría en las palabras con las que se enuncia, articularía su mundo aferrada a unos valores elegidos voluntariamente, se configuraría como una subjetividad incanjeable en tanto que los hitos de su autodeterminación han sido levantados desde la opción personal e intransferible. Las personas somos idénticas en lo sustantivo (nos constituye la tríada compuesta por la vulnerabilidad, la afectividad y la mortalidad), pero diferimos en lo adjetivo. Es en la esfera de esta adjetividad de donde emanan las condiciones de la autenticidad. En Ser y tiempo, Heidegger distinguía entre una existencia auténtica y otra inauténtica. En la inautenticidad el ser vive plegado al discurso social dominante, se estructura con expectativas heterónomas, se presenta expurgado de narrativas escritas de su puño y letra. Por el contrario, en la autenticidad el ser vive conforme a lo que espera de sí mismo, y por tanto su día a día se engalana de acciones en continuidad con lo que predica su verbo y experiencia su universo afectivo. La contemporánea individualización del sentido nos enfrenta a la construcción incesante de autenticidad, o a su fracaso, a una vida alienada y disociada atestada de los dolorosos sentimientos de expropiación e insuficiencia. La creciente vindicación de autenticidad connota la abundancia de artificios, impostura, mendacidad, estrategias de marketing, relatos publicitarios, la exigencia neoliberal de convertir al yo en una marca. Esta reivindicación nos precipita a la exigencia de vivir a la altura de las propias expectativas, y trae adjuntado un riesgo muy frecuente en su ejecución. Entre la autoestima alta y el engreimiento hay una delgada línea en la que ambas demarcaciones intersectan peligrosamente. También se pueden padecer pasiones muy tristes que cursan con la imposibilidad de hacernos el ser que ya sabemos que somos. Una autoestima en perpetua crisis que desahucia de vida a la vida.
En el ensayo Yo siendo yo, Hans Laguna escruta la autenticidad en el mundo de las celebridades del universo pop, y en sus primeras páginas aclara de qué está hablando cuando se refiere este término tan vago: «Una persona es auténtica cuando es fiel a sí misma. Es decir, cuando se comporta conforme a ‘quien es realmente’. A su ‘yo verdadero’. Es este un concepto metafísico del que, sin embargo, todos tenemos una noción intuitiva. Nos parece de sentido común que, al margen del mundo exterior, cada uno de nosotros tiene una esencia que nos define. Y, todavía más, que es mejor vivir de acuerdo con ella. La realización personal no sería otra cosa que estar en armonía con esa identidad que sentimos como propia». Parece ser que es auténtico quien se erige en autor de su vida y declina ser espectador pasivo de su propia biografía. Es auténtica toda persona que se autodetermina conforme a idearios no polucionados por los mandatos del contexto socioeconómico y político, o por los de la cultura y el destino de clase en el que sin embargo recala toda existencia al desembocar en la vida compartida.
Atendiendo a estas definiciones, y en un mundo que entroniza al yo como mónada autárquica, la mayor acusación que puede recibir alguien es la de inauténtico. Ser un falsario, pretender parecer lo que no se es, vivir en la impostura, son imputaciones gravísimas que pueden hundir la reputación de cualquiera. La difundida autenticidad es un valor muy preciado, pero no necesariamente un valor ético. Se puede ser muy auténtico y muy abyecto a la vez. En la era de la fantasía de la individualidad (cito el título del ensayo de Almudena Hernando), la sobrevaloración de ser tú mismo no garantiza ningún comportamiento cívico. De hecho son muchas las ocasiones en la que seguramente cualquiera de quien ahora esté leyendo estas líneas habrá deseado espetarle a alguien: «Por favor, deja de ser tú mismo y empieza a ser alguien mejor».
Con la autenticidad ocurre una paradoja similar a la que sucede con la humildad. Quien presume de autenticidad ya no es una persona auténtica, igual que quien se autodenomina humilde abandona el seno de la humildad. Los soportes donde se asienta la autenticidad son percibidos por los demás, jamás por el propio sujeto. Si alguien se cree auténtico, ya no lo es. Si quien es auténtico lo escenifica, deja de serlo. Si se suscribe como auténtico porque así se lo hacen saber los demás, su aura de autenticidad se desvanece. La persona genuinamente auténtica lo es porque no sabe que lo es. Probablemente ni tan siquiera se habrá planteado en qué consiste la depuración de serlo. Este es el motivo por el cual la persona auténtica naturaliza y no ve en su proceder lo que para sus observadores resulta digno de admiración.
Frente a la blancura que descubrió David Le Breton en personas que querían desaparecer por el agotamiento de ser, las personas que exhiben su autenticidad quieren aparecer, extender su visibilidad, crear marca, manufacturarse del tal modo que descollen para que la mirada ajena se fije en ellas. La pedagogía neoliberal prescribe que el yo debe guionizarse por el mismo relato normativo que el del emprendimiento empresarial. Es palmario que el ser que somos (sea lo que sea el ser que somos) no es una empresa ni un proyecto lucrativo, lo que no obsta para que proliferen los relatos que se empecinan en que nos tratemos como si fuéramos entes corporativos obcecados en encontrar una ventaja personal que nos posicione en el mercado. Ser auténtico es un criterio que puntúa alto en esta competición en la que se da la insoluble paradoja de que para que te vean como auténtico hay que dejar de serlo. A fuerza de hiperdemandarla, la autenticidad se desvirtúa hasta degradarse en artificio o recurso. Ser auténtico para alcanzar un fin es abiertamente inauténtico.
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