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martes, marzo 17, 2026

La fuerza del mejor argumento frente al argumento de la fuerza

Este pasado sábado falleció el filósofo Jünger Habermas, autor de la teoría crítica y de la ética del discurso. En esta última sostenía que un criterio de evaluación del progreso cívico radicaba en decantarnos por el uso de la fuerza del mejor argumento en detrimento de argumentar con la fuerza. Se trataría de que el mejor argumento desgranado prosperara y se alzara en la solución al problema. Aquí se asienta una de las conquistas humanas más plausibles de todos los tiempos, incluso me atrevería a identificarla como la gran invención que nos hizo humanos. Hemos aprendido que las discrepancias se resuelven con la participación de la palabra y no con el concurso de la violencia. Nace así una nueva matriz de significado. La solución a cualquier conflicto sea de la índole que sea es patrimonio exclusivo de una palabra ofrecida en forma de diálogo. Los conflictos se pueden terminar a golpes, pero solo se pueden solucionar hablando educadamente. Este hallazgo no obsta para que en muchísimas ocasiones las personas y las instituciones contravengan esta certeza empírica y decidan golpearse, lanzarse bombas o matarse. Por eso nos referimos a estas desoladoras situaciones como regresiones cívicas.

Una de las críticas más recurrentes a la teoría de Habermas es que su alabada razón comunicativa se llevaba a cabo en condiciones ideales que inadvertían muchas de las flaquezas humanas que hacen tan difícil lo que en teoría resulta tan fácil. El diálogo es un instrumento tanto comunicativo como afectivo propicio para el florecimiento de las interacciones entre las personas, siempre y cuando las personas se muestren respetuosas, cordiales, escuchen educadamente a la contraparte, sepan reconocer que un conflicto solo se soluciona si quienes lo tienen quedan satisfechos con lo que acuerdan para solventarlo. Pero, ¿qué sucede cuándo las fricciones emergen en escenarios de animosidad, gritos, exabruptos, insultos, cuando los argumentos son invectivas que atentan contra la dignidad de la persona que los escucha, cuando la pretensión de atribuir culpabilidad y zaherir a la contraparte se antepone a la de encontrar una solución concertada? ¿Cómo puede sobrevivir el diálogo cuando se neglige el cuidado por la cara del otro, se traspasa el umbral ético y se celebra el irrespeto y la humillación?  Por desgracia proliferan las ocasiones en que la torpeza humana propicia el advenimiento de estos contextos tan asfixiantes para la racionalidad. 

En los obituarios he leído que Habermas proponía «la fuerza del mejor argumento, esto es, una razón que no vence, sino que convence». Me viene a la memoria la celebérrima alocución de Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca ante quienes habían encomiado la muerte de la inteligencia. «Venceréis pero no convenceréis, porque para vencer basta con la fuerza bruta, pero para convencer se necesita persuadir». Añado que persuadir es una tarea argumentativa que implica mucha pedagogía, mucho tiempo y mucho denuedo. Ahora bien, nadie puede ser convencido por otra persona, sino que las personas se convencen a sí mismas haciendo uso del argumento que consideran más idóneo (el mejor, según la terminología de Habermas), aunque ese argumento proceda de un agente externo. Los argumentos por tanto no solo han de estar bien confeccionados, mostrar claridad y coherencia, sino que su capacidad transformadora requiere de la aquiescencia de quien los escucha, una disposición afectiva que a mí me gusta denominar bondad discursiva: revocar un argumento propio y adherirse a otro, aunque su autoría provenga de fuera, porque está más sólidamente construido y es más adecuado para sostener la idea tratada.

Se pueden dominar las estructuras del argumento, conocer las falacias, aplicar técnicas de escucha activa, optimizar las leyes de la persuasión, pero la razón comunicativa fenece si no hay una disposición ética a reconocer al otro como interlocutor válido y a admitir que unos argumentos son más idóneos que otros. De poco sirve que la razón comunicativa coja velocidad epistémica si la cordialidad se queda a la zaga. Es la bondad discursiva la que modifica los marcos hermenéuticos del problema. Querer entender deviene más relevante que hablar bien para que te entiendan, una tarea de paz positiva que es muy anterior al propio diálogo y que nos atañe promocionar a quienes aspiramos a militar en un uso racional de la acción comunicativa. El refranero nos anuncia que dos personas no riñen si una de ellas no quiere, pero omite que dos personas jamás solucionarán un conflicto si una ellas no desea solucionarlo.

 

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