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martes, marzo 24, 2026

La felicidad es un asunto monetario , ¿sí o no?

Obra de Eva Navarro

Cada vez que veo o escucho un anuncio publicitario narrando las bondades felicitarias que ese producto podría prestar a nuestras vidas me viene a la memoria el aviso admonitorio de Jorge Riechmann: «Hay que desconfiar de quienes nos hablan de felicidad mientras en realidad se refieren a la venta de mercancías». Precavernos de quienes predicen plenitud si compramos lo que promocionan no es un asunto fútil. La mercancía es la quintaesencia del capitalismo de producción, de ahí su empecinamiento en que se afronte la felicidad como una cuestión monetaria, puesto que será el dinero el que nos permitirá adueñarnos de esas mercancías. Desde sus orígenes, el capitalismo de producción no solo tenía que producir mercancías para obtener beneficio, sino que su inherente lógica acumulativa empujaba a la compulsión de reciclar la ganancia para producir mayor número de mercancías en una menor cantidad de tiempo e incrementar la extracción del beneficio, que a su vez permitía reinvertir el lucro acumulado para de nuevo multiplicar la ganancia, así en una circularidad irrefrenable. He aquí el siempre más de la racionalidad capitalista.

El profesor Carlos Fernández de Liria lo explica con mucha más claridad expositiva: «El capitalismo es un sistema en el que se produce más para producir más. Se acumula capital para acumular más capital. Los capitalistas son como ratones en una rueda, que corren más deprisa a fin de correr aún más deprisa»Esta inercia acarrea el imperativo de que las personas compren lo que se produce, aunque ni sea necesario producirlo ni quien lo compra necesite comprarlo. Este tropismo se sofisticó hasta el punto de que ya no se produce para cubrir necesidades humanas, sino que se inventan nuevas necesidades para garantizar el incremento gradual de la producción en aras de no detener la escalada del beneficio. 

Los excedentes monetarios del capitalismo de producción y consumo pronto adivinaron que el lucro generaría mayor beneficio aún si en vez de retornar a la producción brincaba a la financiación. Se comprobó que los márgenes se expandían más financiando la adquisición de mercancías que vendiéndolas. El fabricante de automóviles Henry Ford afirmó en el segundo decenio del siglo pasado que para su cuenta de resultados le rentaba más conceder préstamos para las ventas de sus coches que la venta misma de los coches. La hybris monetaria dio la bienvenida al capitalismo de ficción, un mundo donde las mercancías desaparecen ante el encanto de los valores financieros, cuyo valor reside en aumentar su propio valor. El capital ya no necesitaba la materialidad de la mercancía, le bastaba con la inmaterialidad de la especulación.

Para evitar que la nueva forma de articular la subsistencia en común pudiera ser saboteada, el rasgo más distintivo del capitalismo consistió en establecer unas condiciones en las que toda persona para su supervivencia necesitara indefectiblemente la intermediación del capital. No era algo optativo, era tácitamente coercitivo. El trabajo se convirtió en mercancía, y como en el sistema capitalista nadie podía subsistir sin trabajo asalariado, se naturalizó la mercantilización de la propia vida humana. Esta naturalización, categóricamente fundamental para convertir el capital en riqueza, se exacerbó tanto que cuando a una persona se le quiere inquerir en qué está empleada basta con preguntarle qué es. La mercancía del trabajo se elevó a vector identitario y proveedor de prestigio social. Las inclinaciones y propensiones vitales quedaban reducidas al tiempo en que una persona era empleada por otra. Este hecho se eufemizó como autorrealización.

Lo meritorio del capitalismo es que desde sus albores se asentó una narrativa donde se releía a sí mismo como un orden acomodado a la supuesta tendencia natural del ser humano hacia el lucro. A día de hoy son muchas las personas que esgrimen este argumento, a pesar de que lo desdicen con un abrumador lote de actos en los que no hay atisbo alguno de que los realicen para lucrarse. Los bienes externos, los bienes del cuerpo y los bienes del alma se fundían en una sola categoría que podía satisfacerse con la mediación del dinero. Una buena vida se resumía en disponer de poder adquisitivo porque el discurso hegemónico anunciaba que con el valor de cambio que proporciona el dinero se podía satisfacer cualquier deseo. Por eso cuando calificamos a alguien como persona rica desdeñamos matizar en qué. Se sobreentiende que lo es en dinero. Pero el matiz no es que sea relevante, sino que en su utilización o no radica la forma de clasificar las prioridades de la vida y cómo ocuparnos de ellas. 

Una persona puede tener una vida opulenta e indigente a la vez dependiendo en qué: capital, bienes materiales, vínculos sociales, conocimiento reglado, salud, nexos afectivos, goces estéticos,  tiempo, creatividad, aprendizaje invisible, sabiduría, habilidad de descubrir belleza, atención, sentimientos de apertura al otro, discernimiento, gobernabilidad desiderativa, bondad discursiva, serenidad, etc., etc. El dinero es prioritario cuando escasea, pero deviene actor secundario cuando se obtiene de forma estable en cantidades que cubren la sostenibilidad material de la vida. A partir de ese umbral, lo felicitario se desvincula por completo del capital, aunque el capital jamás respaldará esta afirmación que acarrearía su propia devaluación. 

 

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martes, abril 08, 2025

Vida buena, buena vida

Obra de Tim Etiel 

El capitalismo se puede definir de múltiples maneras, y una de ellas es apelando a su antónimo. Probablemente la palabra que significa justo lo contrario de capitalismo es suficiente. Dicho de otra manera más sencilla: el capitalismo es una forma de habitar la vida en la que nunca nada puede dejar satisfecho a nadie. Hace unos años Guilles Lipovetsky escribió un aleccionador ensayo titulado La sociedad de la decepción en el que escrutaba el papel generativo de la insatisfacción como elemento medular del sistema capitalista. Se requieren personas insatisfechas que palíen este malestar a través de prácticas ligadas al intercambio monetario, o a una autorrealización vinculada con prácticas laborales rayanas a la autoexplotación, y tan desvitalizadas que la disponibilidad de tiempo se tome como un privilegio. Una persona contenta con lo que ya tiene estaría cometiendo la horrible imprudencia de estar colocando palos en la rueda del sistema. Para evitar este fatal desenlace existe una ubicua industria de la persuasión destinada a que cualquier persona se pliegue a considerar que le hace falta lo que le falta, y se entristezca por ello, o al menos sienta menoscabada su alegría, y ponga toda su subjetividad al servicio de su consecución. 

Para afrontar este propósito, la industria de la persuasión homologa necesidades y deseos (la necesidad es aquello que en su ausencia malograría una vida, el deseo es la presencia de una carencia que solicita con irritada insistencia dejar de serlo), concierne la idea de felicidad a satisfacción material (una felicidad asociada al consumo y a una alegría mercantilizada), fomenta el analfabetismo financiero de convertir en sinónimos endeudamiento con riqueza, iguala conformismo con mediocridad, demoniza la aceptación (la sermoneada y estigmatizada zona de confort), atribuye grisura a cualquier atisbo de moderación, torna en palabras idénticas sencillez y simpleza, silencia la interdependencia y amplifica una individualidad ilusa y narcisista, fomenta la emulación pecuniaria, asocia la riqueza a la virtud y la pobreza al demérito, justifica las desigualdades con la mitología de la meritocracia, etc., etc., etc. Gracias a estas dinámicas de transmutación de ficciones el sistema de producción y el sistema de financiación se mantienen a pleno rendimiento, y a la par satisfacen una rentabilidad obligada a crecer y extender el margen en cada nuevo ejercicio. Cuando una persona obtiene lo que le faltaba, verá que le faltan nuevas cosas hasta ese instante impensadas y ahora codiciadas, así en un proceso siempre ineluctable e inacabado, y que solo puede ser momentáneamente satisfecho con la mediación del dinero. La retórica del discurso hegemónico anuncia que cuando una persona accede a la adquisición de muchos bienes accede a la buena vida, aunque sempiternamente será una buena vida susceptible de ser mejorada, porque la biología del capitalismo se sustancia en querer y tener siempre más. Una forma de azuzar este sentimiento de insuficiencia consiste en incitar la comparación como fuente de legitimidad. La buena vida que podamos culminar palidecerá como una medianía si la parangoneamos con las ubicadas en el pináculo de las formas comunes de éxito que publicitan los relatos sociales. 

Frente a esta buena vida, está la vida buena, un repertorio de virtudes en las que el capital pierde centralidad y se torna periférico. Como en este caso el orden de factores sí altera el producto, una buena vida difiere notablemente de una vida buena. La buena vida vincula con el tener y está mediada por el capital y la objetualización de la alegría. La vida buena vincula con el ser, y está mediada por todo lo que es inmune a la mercantilización. En realidad no se trata de tener una vida buena, sino de tener una vida digna, prerrequisito ineludible para desde esa condición basal construir una vida buena. Cuando mis alumnas y alumnos hablan maravillas del dinero, les comento con un lenguaje lo más explicativo posible que por muchos recursos económicos que atesoren jamás podrán comprar pensamiento, ni habilidad analítica, ni regulación desiderativa, ni ponderación, ni vertebración narrativa de la vida, ni atención en la mirada, ni potencia volitiva, ni creatividad, ni afectos, ni alegría, ni sensibilidad, ni criterios de evaluación, ni estratificación de prioridades y expectativas, ni orientación, ni horizontes de sentido con los que construir una subjetividad moderada, ni reposicionarse, ni activar disfrutes no mercantilizados, ni pericia para autodeterminarse con sensatez y tener la plena posesión de su propia persona. Todo lo que consiste en hacer, y que por lo tanto se aprende haciendo, no se puede comprar. 

Hemos atribuido valor a todo lo que tiene precio, y en nuestros juicios de estimación hemos devaluado todo lo que no se puede comprar, olvidando que no se puede comprar precisamente porque es tan valioso que no tiene precio. Frente al depredador siempre más, oponer el cabal no quiero más porque tengo suficiente, o incluso más que suficiente. Contener la voracidad insatisfecha del capital con la serenidad inteligente de quien, una vez cubiertas las necesidades que le permiten adentrarse en una vida digna, desestima el papel del capital como agente de sentido. He aquí el momento fundante de la vida buena. 


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