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| Obra de Edward B. Gordon |
En muchas ocasiones las palabras abren una sima infranqueable entre lo que una persona afirma y lo que querría haber afirmado. Se trata de un riesgo inherente a un lenguaje condenado a correr apresuradamente detrás de la realidad para verbalizarla y poder así comprenderla. Aunque resulte antitético, hablar, y sobre todo escribir, es intentar que las palabras digan lo que parece que se oponen a que pueda ser dicho. La realidad se presenta en ocasiones tan díscola que parece sabotear cualquier intento de domesticación lingüística. Cuando Wittgenstein confesó que «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» debía haber experimentado reiteradamente la frustración de no encontrar la palabra idónea para desencriptar algo del mundo. Las palabras pretenden dibujar la palpitación de una realidad que es dinámica y transitoria, justo lo contrario que la naturaleza de las propias palabras, artefactos sonoros o codificados en signos hechos de la sedimentación de la experiencia humana. La contumaz renuencia de la que hace gala la vida no admite una exacta gubernamentalidad empalabrada. Sin embargo, sin la participación de la palabra no es viable la vida políticamente compartida. Podemos formar una densa urdimbre social porque hemos inventado la alquimia del lenguaje. Somos alquimistas porque transformamos el mundo en palabra, pero sobre todo somos genios creadores porque estamos facultados para generar mundo simplemente declarándolo a través de la palabra.
A día de hoy albergamos mas que suficiente biografía de la humanidad para poder inferir que son las palabras cívicas elegidas con bondad y pronunciadas con respeto las posibilitadoras de la confortabilidad de la vida en común. Esta certeza no obsta para que nos aqueje un momento epocal en que el argumento más aceptado no es el discursivamente mejor construido, ni tampoco el esgrimido con respetuosa asertividad, sino el más envalentonadamente enconado. El enfado, la grosería, la barbaridad insidiosa, el relato estereotipado, la imputación de mala intención, el lugar común defendido con astringente animosidad, suelen premiarse con la viralidad y la difusión mediática. La espectacularización de la salida de tono opaca el uso moderado de la razón pública. La belicosidad y el irrespeto obstruyen la cooperación sin la cual es insostenible el mantenimiento del diálogo. La palabra lacerante restringe la avenencia recíproca con la que se tejen los nexos y se edifica toda posible convivencia. El estruendo sepulta el silencio requerido para pensar y deliberar en unas mínimas condiciones de higiene argumentativa. Cuando en vez de la palabra fraternal se emplean estas estrategias, no se busca solución ni consenso, sino azuzar la confrontación. La violencia discursiva ofrece muchos más réditos en el corto plazo que la palabra sosegada, pero solo desde la razón cordial se puede armonizar el desacuerdo hasta convertirlo en un pacto parcialmente satisfactorio para quienes son afectados por él. La palabra educada monopoliza la solución de cualquier desavenencia. Tanto en la conversación pública como en los círculos íntimos.
La violencia física puede destrozar un cuerpo, pero la violencia discursiva puede destrozar la totalidad de la persona. Con los estudios de ontología del lenguaje de Rafael Echeverría aprendimos que el sufrimiento descansa sobre los juicios que hacemos sobre aquello que sucede. Significa que podemos intervenir sobre los hechos que ocurren, pero que también pueden intervenir los demás. Aquí radica el compromiso que supone hacer un uso público de la razón, el deber cívico de elegir aquellas palabras que, a pesar de conllevar crítica, impugnación o cuestionamiento, no inflijan daño ni deterioro. Las declaraciones son extremadamente intrusivas en la vida de las personas, porque quien declara algo está construyendo el mundo con sus palabras, a pesar incluso de los límites con los que el lenguaje nos escinde de una realidad siempre atravesada de recovecos indecibles. En este punto se demarca la sustancial diferencia entre recibir un golpe en el cuerpo y que alguien introduzca de golpe un mundo en nuestro mundo solo con declararlo. Tenemos una responsabilidad pública en todo lo que decimos y cómo lo decimos (o en aplaudir a quien lo dice). Al decirlo o al aplaudirlo construimos un mundo hecho a imagen y semejanza de nuestras palabras y nuestros aplausos. Pocas acciones conllevan tanta responsabilidad.

