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| Obra de Eva Navarro |
Se pueden definir las pasiones alegres como la vitalidad que el cuerpo expresa cuando hacemos uso de nuestras potencias en los diferentes haceres que conforman el existir. Es un término acuñado por Spinoza que blinda a la alegría de la inanidad con la que se la suele acusar por quienes demandan absoluta productividad y lucro a todo lo asociado a la existencia. Spinoza nos enseñó que la alegría es la transición del ser humano de una perfección menor a una mayor. Lo que nos potencia en el obrar nos alegra, y lo que nos alegra nos potencia en el obrar. Esas potencias están vinculadas con la creación y el aprendizaje: cultivar afectos, trazar lazos de comunidad, crear artefactos culturales, amistarse con el conocimiento, imaginar proyectos, delinear ideas que traigan nuevas ideas, hacer del juego y el disfrute formas de instalación en el mundo de la vida compartida. Conlleva mucha dificultad definir que son las pasiones alegres, pero quizá pueda entenderse a qué nos referimos si enunciamos que son la fuerza afín a la vida, aquellas que imprimen vitalidad y nos invitan a proseguir. Cuando estas pasiones alegres se movilizan, la vida se reafirma a sí misma. Esta maravilla sucede cuando lo que hacemos y lo que somos se celebra sincronizadamente.Las pasiones alegres interseccionan con el florecimiento humano, y se contraponen a aquellas actividades inspiradas por el imperativo de la producción y el afán de lucro. La alegría es el sentimiento que emana cuando le decimos sí a la vida y la vida acepta la propuesta. Es la forma de habitarse con lucidez.
Con las pasiones alegres la vida se da vida a sí misma y se compromete con todo lo que sucede a su derredor que lo considera una prolongación de su alegría. Se trataría de una afirmación a la vida que induce a proseguir lo iniciado, pero no porque perpetúa el ser, sino porque le configura un sentido que trae adosada una energía deseante renovada. Aquí el deseo no es la plasmación de una carencia, sino el despliegue de una potencia, de aquello que vincula con el ser que estamos siendo y que al hacerse nos hace ser. Ocurre algo idéntico pero en la dirección contraria con las pasiones de singo opuesto. Cuando las pasiones tristes irrumpen, la vida se quita vida a sí misma, drena energía hasta hacer del ser una entidad macilenta. Con las pasiones tristes la vida se contrae. El miedo, la inseguridad, la intranquilidad, el desasosiego, el odio, la angustia, la abulia, la servidumbre a propósitos en cuya configuración nuestra voluntad no participa, son sentimientos y predisposiciones que expropian a la vida del empuje de la vida. Nos desarraigan de las pasiones alegres y nos precipitan a las pasiones tristes. Hay muchas pasiones de cariz abatido enmascaradas en narratividades que gozan de un elevado predicamento social: meritocracia, esfuerzo, disponibilidad, éxito, realización, competencia, utilitarismo, lucro. Son disposiciones del capitalismo tardío que infligen sufrimientos en el alma ahora conceptualizados como problemas de salud mental. No son problemas mentales. Son problemas de la organización política de la vida compartida.
Hay una obviedad superlativa que cualquier persona habrá experienciado en su senda biográfica: Aunque la alegría brota desde lo más hondo del ser, es centrífuga, y a pesar de que la tristeza proviene del mismo lugar, es centrípeta. Las pasiones alegres brotan en un hacer que al hacerse nos hacen ser, pero también ir al encuentro de otros seres que a su vez se contagian de esa alegría. Cualquiera que ahora esté leyendo este artículo aspira a que la ecología de la alegría se apodere de su vivir, y nadie por voluntad propia se aferra a padecer tristezas y desalientos. Anhelamos lo alegre con la misma vitalidad que intentamos sortear la pesadumbre. En infinidad de ocasiones nuestra inherente vulnerabilidad nos coarta la elección de qué sentir, pero nuestra capacidad reflexiva sí sabe qué contextos y qué quehaceres nos proveen de pasiones alegres y cuáles nos abastecen de pasiones tristes. En la taxonomización que empleo en mis trabajos denomino a las primeras sentimientos de apertura (el ser que somos se abre y se expande a un mundo que redibuja bello) y a los segundos sentimientos de clausura (el ser se confina y en su atomización apresura el truncamiento de una vida compartida buena). Solo con la comparecencia de las pasiones alegres y su consustancial capacidad de extender el poder de vivir se puede aprender lo muchísimo que la vida enseña si le prestamos atención. Las pasiones alegres se alzan en criterio para elegir el modo de vida. ¿Qué hacer entonces cuando las pasiones tristes colonizan nuestros días? ¿Cómo apartar esa tristeza que aparece súbitamente sin que le hayamos concedido permiso de admisión? En su maravilloso Manual de filosofía portátil, Juan Arnau sintetiza la propuesta de Spinoza: «La receta moral de Spinoza es simple. Combatir las inclinaciones negativas con inclinaciones positivas más poderosas. No ofrecer una resistencia directa al mal. Sortearlo, esquivarlo, pasar a otra cosa. La razón nunca podrá someter a las pasiones. La mejor estrategia es sustituir unas por otras». Lo que no puede conseguir nuestra racionalidad, lo alcanza nuestra alegría.

