jueves, julio 02, 2015

Palabras para decorar

Pintura de René Magritte
En teoría de la argumentación se suele señalar que una afirmación está vacía de contenido cuando la afirmación contraria en ese mismo contexto se antoja imposible. Este tipo de afirmaciones poseen un exclusivo fin decorativo. No  ofrecen información que abra nuevos ángulos de observación, o que el interlocutor no conozca, pero sirven para colorear el discurso, inyectar palabrería para que las frases se alarguen y los discursos parezcan más profundos y estéticos. Por ejemplo. Cuando en un sistema democrático un político electo afirma en mitad de una declaración que es un «demócrata convencido», no aporta nada, porque ningún político se definiría a sí mismo como lo contrario, «un dictador convencido». Yo al menos nunca se lo he oído decir públicamente a ninguno de nuestros representantes. En realidad jamás he oído a nadie hablar mal de sí mismo en público cuando hacerlo conllevaría consecuencias muy negativas para sus intereses y mantenerse callado los mantendría intactos. Este ejemplo rutinario demuestra que una virtud autorreferencial debería dejar de ser virtud cuando su antagonismo no se contempla como opción. Es pura retórica en la acepción más despectiva del término. Sin embargo su capacidad efectista es muy grande. Por eso se utiliza frecuentemente. Aquí no me refiero a algo que la pedagogía de vivir demuestra a cada instante. Todos sabemos que la ética se entroniza en los discursos, lo que no impide que luego en muchas ocasiones aparezca destronada en los actos a los que aludían esos mismos discursos. No. No me refiero a decir lo que presagiamos que a los demás les gustará oír. Me refiero a predicar de nosotros mismos aquello que sin embargo no tiene cabida en la dirección contraria.

Quizá no seamos muy conscientes de ello, pero nuestro discurso cotidiano está repleto de expresiones así, palabras que sirven para abrillantar nuestra reputación aunque se presenten hueras y estultas, hablar y hablar realizando simultáneamente la proeza de no aportar nada relevante. Predicamos de nosotros mismos argumentos en los que sería inconcebible afirmar lo contrario para lograr la adhesión de un tercero: «soy muy honrado», «soy muy sincero», «soy una buena persona», «no engaño a nadie», etc,, etc., etc. Una afirmación es relevante cuando discrimina otras afirmaciones, pero se vuelve innecesaria o mera gimnasia retórica cuando no discrimina ninguna. La existencia del lenguaje duplicó la realidad al referirse a ella sin ser ella, al señalar algo que no necesariamente estaba presente, o a hacer presente lo ausente, pero también el lenguaje posibilitó la construcción de la mentira, puesto que una palabra podía desvincularse de la realidad a la que supuestamente representaba. Recuerdo un verso de un poeta francés parnasianista que me gustaba mucho en la adolescencia y que desde entonces me aprendí de memoria: «palabras, palabras, palabras, estoy harto de todo lo que puede ser mentira». A mi poeta se le olvidó que el lenguaje también ofrece la posibilidad de no encarnarse en nada sin necesidad ni de distorsionar la realidad ni de omitirla. Pura decoración.



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martes, junio 30, 2015

Trampas al recordar



Vianey, Face
La desviación retrospectiva es la propensión a valorar hechos pretéritos con la información que poseemos en el presente, pero que era del todo inexistente cuando  acontecieron los hechos analizados. De este modo sesgamos la interpretación que hacemos del ayer al incluir en ella elementos posteriores. Leyendo el ensayo  Cómo hablar de dinero (Anagrama, 2015), su autor John Lanchester cita esta tendencia muy estudiada por los economistas del comportamiento: «explicar cosas que ocurrieron teniendo en cuenta no lo que parecían en su momento, sino cómo acabaron siendo». Este sesgo confirma que frases del acervo popular escritas en piedra como «el pasado, pasó», o «lo hecho, hecho está», no sean del todo ciertas.  El pasado no es un ente estático, no es una cosa que sucedió y que queda ahí calcificada para siempre. No. El pasado muta a medida que aflora nueva información. Yo mismo tuve que hacer un sobreesfuerzo para soslayar este sesgo al escribir durante estos dos últimos años un ensayo sobre un acontecimiento ocurrido hace treinta y tres años. En las biografías y monografías se examina algo ocurrido en el pasado, pero se tiende inconscientemente a utilizar la información (y sobre todo la valoración) que ya poseemos en el presente y que no existía cuando ocurrieron los hechos. Difícil que el análisis no se distorsione. 

Esta trampa cognitiva no tiene delimitaciones y sirve para consideraciones sobre aconteceres propios y ajenos. Ocurre frecuentemente cuando hacemos valoraciones de nuestra vida, cuando escrutamos los episodios que jalonan nuestra biografía, cuando nos damos una vuelta por el ayer y detenemos el paseo allí donde se produjo un fracaso (especialmente los de índole sentimental, aunque según las encuestas las rumiaciones laborales en tiempos de gran recesión suelen ser muy frecuentes). Entonces nos reprochamos las malas decisiones que tomamos en su momento, lo miopes que fuimos ante una obviedad, lo obtusos que nos mostramos ante lo que era una aparatosa evidencia, la trampa abstrusa que no vimos y que nos hizo vivir años estériles cuando era cristalino que lo mejor era zanjar ese proyecto y empezar uno nuevo. En estas introspecciones tendemos a olvidarnos de que adoptamos aquellas decisiones porque con los elementos de evaluación que disponíamos en ese instante nos parecieron buenas, o las menos malas del repertorio. Existe una expresión especialmente lacerante que utiliza la desviación retrospectiva para lanzar reproches y simultáneamente eximirse del contenido del propio reproche: «Te lo dije». Esta expresión suele ser tramposa y fácilmente refutable: «Me dijiste esto y muchas otras cosas más. Sin embargo, ahora sólo recuerdas la que verifica la nueva información, y omites el resto».



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jueves, junio 25, 2015

Recordar es relatarnos

Entre los huecos de la memoria, Dominique Appia
Recuerdo que con diecisiete años escribí un poema que empezaba así: «el recuerdo consiste en acariciar con el corazón lo que dejaron atrás nuestros ojos». Esta definición adolescente me vino inopinadamente ayer a la memoria al contemplar en la calle un enorme cartel en el que se explicaba cómo la etimología de recordar está formada por la hibridación de dos palabras, «re» (de nuevo) y «cordar» (cordis, corazón), es decir, que recordar es la actividad que consiste en «pasar de nuevo por el corazón». Leyendo hace unos meses a Daniel Khaneman su ensayo divulgativo Pensar deprisa, pensar despacio me topé con una afirmación que me provocó muchísima sorpresa, pero que simultáneamente corroboraba algo que yo llevaba intuyendo hacía tiempo en mi propia vida. En uno de los epígrafes de la obra, el psicólogo aunque premio Nobel de Economía defendía que el yo que siente no es igual al yo que recuerda. Su tesis es que entre experiencia y memoria se abren ciertas simas, huecos de la memoria como los que anuncia el cuadro de Dominique Appia que ilustra este texto y que yo utilice durante mi itinerario universitario para adornar mi habitación. La explicación de esos dos yoes de Khaneman es sencilla. Existe un yo que vive el presente y existe otro yo que lo convierte en materia de ficción cuando lo recuerda. Un yo que posa su atención en el aquí y ahora y un yo que se dedica a narrar historias con las que contarnos a nosotros mismos inspirándose en el presente psicológico pero cuando ya ha sido transfigurado en pasado. Ocurre que el yo que recuerda no lo recuerda todo. Sesga los recuerdos. Sesga la vida que nos queremos contar.

Podemos estar viviendo un episodio grato y placentero, un estado de flujo en el que una tarea abduce nuestra atención, sentir incluso que la habitualmente huraña felicidad (si es que esta palabra sigue significando algo tras su abuso polisémico) comparece para estar un rato con nosotros, pero probablemente dentro de unos días lo olvidaremos porque sólo recordamos vívidamente aquellos momentos que tuvieron un poderoso impacto emocional en nuestra memoria. No recordarnos, elegimos recuerdos, que es muy distinto, y elegimos aquellos recuerdos que poseen elevadas tasas de significado. Ocurre que la vida cotidiana está repleta de horas en las que no sucede nada significativo. Las denominamos acertadamente como horas muertas, aunque hay que vivirlas exactamente igual que las horas que no lo están.

La memoria no se dedica a desbrozar ingentes cantidades de bites de información, sino a codificar estímulos repletos de poderosos campos semánticos para que nosotros construyamos el relato con el que nos vamos narrando nuestra propia vida. Cuanto mayor y más profundo es el significado de un hecho (y el significado vincula con la carga afectiva), más recordamos el hecho. Cuanto más exento esté de significado, más probabilidades concurren para que el hecho emigre al cementerio del olvido. Marina lo explica muy bien en El laberinto sentimental cuando de un modo lacónico alerta de que «no tenemos memoria, somos memoria». Recordamos aquello que posee resonancia en nuestro microcosmos sentimental, las emociones nutricias, o cuando el modo de interpretar lo acontecido es primordial para el relato que estamos escribiendo de nuestra vida, aunque ese mismo acontecimiento sea banal para otros que también lo hubieran protagonizado. El significado de un hecho y su centralidad en el orbe afectivo para incorporarlo a la narración de nuestra vida es lo que discrimina el yo que recuerda, el que decide qué es lo que nuestro corazón volverá a acariciar. Por eso la memoria y la inteligencia forman alianzas muy generosas para nuestra supervivencia. Recordar para definitivamente olvidar es una proeza majestuosa de la inteligencia. Olvidar para no recordar es un paradójico donativo de la memoria.



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