jueves, agosto 13, 2015

El tedio no mata, pero te desangra



Obra de Hossein Zare
No hay ni un solo ejemplo en la historia de la humanidad en el que alguien haya creado algo valioso mientras bostezaba. Es la constatación del valor declinante del aburrimiento, de cómo nada destacable se domicilia en sus calles. Aquí conviene matizar rápidamente que no es lo mismo estar aburrido que ser aburrido. Se está aburrido cuando nada nos magnetiza. Se es aburrido cuando uno posee la capacidad de provocar lo anterior en la gente que está a su lado. Recuerdo haber escrito en el libro La educación es cosa de todos, incluido tú, que «el tedio no mata, pero te desangra». El tedio es la acepción noble del aburrimiento, más hipertrofiado, más enraizado, del mismo modo que el hastío es la acumulación y el consiguiente hartazgo del propio aburrimiento, su peligrosa cronificación y su encarnación en hábitos sentimentales que devienen en pautas de comportamiento. En esta geografía léxica hay otra palabra que no se puede olvidar: esplín, el tedio que provoca la experiencia de vivir. El término lo popularizó el gran Baudelaire con El esplín de París: pequeños poemas en prosa. Sería algo así como tedio existencial, el aburrimiento de verse centrifugado por la nulidad y el sinsentido de las cosas. Imposible no citar aquí también la naúsea de Sartre.

El tedio es la consecuencia de una profunda inhibición. La incapacidad para movilizar entusiasmo en una dirección al no encontrar estímulos para ello ni allí ni momentáneamente en ninguna otra parte. Uno sí puede dirigir cierta cantidad de energía y llevar a cabo una actividad mientras le embarga el aburrimiento, instalarse en el sudor laboral, incrustarse en la monotonía de que las cosas sucedan sin que suceda nada, pero no puede entusiasmarse, y sin entusiasmo es díficil activar las palancas verdaderamente creadoras. El sopor no es no hacer nada, sino hacer algo sin que proporcione ninguna gratificación. La ausencia de recompensas de la índole que sean nos marchita, nos atrofia, clausura la inauguración diaria del yo, la alegría que debería suponer desprecintarse con cada nuevo amanecer y curiosear qué nos deparará el día. Si la pereza mata lo posible, el tedio lo menosprecia, y hurta el brillo de cualquier actividad. Es la miopia que impide contemplar estímulos en el exterior porque se han eliminado las motivaciones en el interior. El cerebro aburrido fabrica esquemas interpretativos con los que borra todo interés del horizonte. Si la desidia es la escasez de predisposición, el aburrimiento niega que la predisposición sirva para algo. Cortocircuita el acceso a los canales de la motivación y por tanto ni inventa proyectos ni da forma al futuro. Al contrario. Embalsama el presente. De repente el tedio convierte el tiempo en una larga fila india de horas muertas, horas que parecen exceder abrumadoramente los sesenta minutos. El tedio hace real esa soporífera contradicción en la que se necesita mucho tiempo para que pase un poco de tiempo. A mí me gusta repetir que la tristeza todo lo que toca lo convierte en alma. El tedio todo lo que toca lo convierte en un tanatorio.



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martes, agosto 11, 2015

Escuchar es vivir dos vidas



Obra de Marcel Caram
Cuando nos topamos con alguien excesivamente locuaz y verborreico nos solemos quejar de que «es una persona que habla mucho». Si además milita en el agotador egotismo, esa religión que convierte el ego en el único lugar de peregrinación al que siempre se acaba dirigiendo su discurso, solemos agregar que «es una persona que no para de hablar… de sí misma». Sin embargo, cuando nos cruzamos con otra que nos presta atención jamás la acusamos fiscalizadoramente como  «es una persona que escucha mucho». Yo no he oído a nadie la cantinela quejumbrosa de que «es insoportable, no me interrumpe nunca», jamás he visto enfadarse a alguien porque «esta persona no para de escuchar». El motivo es sencillo. A todos nos gusta hablar y nos halaga que nos escuchen porque en ambos casos se satisfacen enraizadas motivaciones del ser humano como el reconocimiento y el cariño. Escuchar es evidenciar interés por el otro, y a todos nos encanta esa muestra de consideración hacia nuestra persona.

Hace ya tiempo le pregunté a mi sobrina, que entonces sumaba siete años, qué diferencia existe entre escuchar y oír. Quería demostrarle que son dos verbos con significados muy distintos que sin embargo a veces empleamos erróneamente. Me contestó que escuchar es prestar atención a lo que se oye. Me dejó tan atónito que no agregué nada. Escuchar es un acto intencionado, oír, no, y en esa intención descansan todas las virtudes empáticas de la escucha. El refranero nos recuerda con conmovedor optimismo que «hablando se entiende la gente», pero yo creo que debería modificarse por «escuchando se entiende la gente». Realmente deberíamos aproximarnos a realidades más veraces matizando que «escuchando se puede entender la gente, y a veces así tampoco». En la novela El mundo que deslumbra de la gran escrutadora del alma humana Siri Husvedt se afirma taxativamente a través de uno de sus protagonistas que la mejor estratagema para seducir consiste en escuchar.  «No pretendo ser un cínico cuando digo que escuchar es la primera regla de la seducción», comenta un personaje al recordar cómo se ligó a su pareja. Nada nos magnetiza más que una persona nos conceda su tiempo, nos preste sus oídos y nos empuje ligeramente para facilitar que de nuestros labios salgan palabras abrazadas a otras palabras. Quizá sí hay algo que nos atrae más, y es que el que nos escuche nos regale un halago, esa caricia que sobreexcita al ego, siempre que esté bien fundado y sea merecido. Escuchar es seductor, escuchar permite conocer información novedosa frente a la que uno pueda aportar que ya se la sabe de memoria, escuchar está muy bien retribuido sentimentalmente, escuchar es la única forma de documentar el alma de nuestro interlocutor. Escuchar de verdad es vivir dos vidas a la vez.



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