martes, noviembre 07, 2017

El afecto, o cómo pasar de pensar en singular a pensar en plural



Obra de Sean Cheetham
La manera de resolver diferencias con el otro correlaciona con cómo sentimos al otro. Los males del mundo no se deben a que no sepamos quedarnos quietos en una habitación, como defendía Pascal, sino más bien a que los seres humanos no hemos aprendido a compatibilizar pacíficamente la divergencia. Los profesores William Ury y Roger Fisher establecieron en los años setenta del siglo pasado unas pautas universales para resolver diferencias, el célebre método de  los cuatro principios: separar a las personas del problema, centrarse en los intereses en vez de la posición, inventar creativamente soluciones en beneficio mutuo, utilizar criterios objetivos. Más tarde Ury y Fisher ampliaron los principios y los sistematizaron. Surgió así el Modelo de los Siete Elementos. Los profesores descubrieron que el tipo de relación que mantengamos con quien hemos de limar la incompatibilidad marcará nuestra forma de afrontar esos principios. Como la diferencia percibida, sea real o apócrifa, no deja de ser una narración, como el conflicto no posee realidad extramental, ese relato tomará una u otra dirección en función de la cantidad y la calidad de afecto que presida la relación. 

Si hay afecto, presumiblemente la manera de compatibilizar la divergencia será pacífica e integradora. Si el afecto escasea, o si se ha volteado en animosidad, será beligerante y distributiva. Yo lo tengo empíricamente comprobado cada vez que explico en clase el dilema del prisionero. Propongo a los alumnos que elijan qué opción de las varias que se presentan tomarían si fueran ellos los protagonistas del famoso dilema. La policía arresta a dos sopechosos, los incomunica en celdas diferentes y les propone elegir entre confesarse culpables o inocentes de un delito. El trato es el siguiente. Si ambos confiesan, serán condenados a seis años de prisión; si ninguno confiesa, la condena será de un año; pero si uno de ellos confiesa y el otro no, el primero será liberado y el segundo sufrirá una pena de diez años. Cuando estamos prisioneros con alguien que no conocemos y hemos de adoptar una decisión que depende a su vez de la que tomará el otro prisionero con el que no podemos hablar, impera el recelo, la desconfianza, la defección. Los alumnos se decantan por la opción en la que ellos salen mejor parados relegando a la nada lo que le pueda ocurrir al otro prisionero. Compiten. Sin embargo, basta con permutar una variable para cambiar por completo la decisión. Si el otro prisionero es una persona con quien nos une un profundo afecto, todos elijen la opción que beneficia a ambos, a pesar de que esa elección empeora la que satisface el interés individual. Se coopera.

Cada vez albergo menos dudas de que la humanización se inauguró el día en que alguien en vez de pensar en singular pensó en plural. La cultura entendida como una segunda naturaleza (la segunda navegación aristotélica) se atarea en regular esa primera persona del plural para que gracias a la convivencia podamos combatir nuestras gigantescas limitaciones individuales y acceder a una vida buena. La aspiración humanizadora estriba en teñir de afecto la relación con los demás para tomar decisiones de índole cooperativa. Con el próximo nos alcanzan los sentimientos de apertura, el cariño, el afecto, la ternura, la compasión, el perdón, el cuidado, el amor, pero con el lejano no, de tal modo que debemos establecer otra fórmula que pueda impregnar de algo parecido al afecto la relación en la que sin embargo es dificil que lo haya porque el planeta Tierra posee dimensiones inabarcables y somos casi ocho mil millones de seres humanos los que lo habitamos. Pues bien, hemos encontrado esa fórmula. Humanizarnos consiste en utilizarla y afinarla cada vez más. Hemos deducido que donde no llega el afecto sería bueno que nos alcanzara la conducta ética, que es la racionalización de ese afecto. Con el desconocido no podemos sentir el mismo afecto que con quien nos une la cariñosa familiaridad o la conexión que emana de compartir facultativamente nuestro tiempo y nuestras actividades, pero sí podemos comportarnos afectuosamente con él. Lo valoramos como un equivalente en la dignidad que demandamos para nosotros y nos comportamos con él en concordancia a esta estimación. Estamos delante de la convertibilidad del afecto en virtud. Cada vez estoy más persuadido de que el civismo y la cultura no persiguen otro fin.



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martes, octubre 31, 2017

Con el amor propio hemos chocado



Obra de Sean Cheetham
Lo confieso públicamente en este Espacio Suma NO Cero. No me gusta la expresión amor propio. Es equívoca y encierra en sí misma una contradicción semántica irresoluble. El amor es un poderoso sistema de motivación en el que se aglomeran muchos sentimientos en los que siempre aparece la figura del otro, un potente deseo para eslabonar una biografía con otra biografía en la estrategia vital, un proyecto para yuxtaponer los fines propios con los fines del otro a través de un ensamblaje que hace millones de años revolucionó axiológicamente la vida humana. En sus albores, el amor era la cristalización del cuidado al otro. No guardaba relación ni con la atracción física ni con la sexualidad. Amar a alguien era sinónimo de cuidarlo, atenderlo, prestarle atención, ayudarlo. Esa experiencia del cuidado que requiere nuestra connatural fragilidad es la que nos confirió la humanidad que ahora nos singulariza en el reino de los seres vivos. Aunque parezca antitético, estar asistidos es lo que permite que podamos valernos por nosotros mismos en todo lo demás. Sin embargo, en el amor propio se suprime la presencia del otro y es uno mismo el que, en un ágil ejercicio de funambulismo sentimental, se desdobla para cuidarse. 

Con el amor propio ocurre algo que a mí no deja de sorprenderme cada vez que incursiono en sus dominios para estudiarlo. A pesar de la enorme malla tupida de palabras que poseemos para describir lo que acaece y así colorear con más precisión los muchos cromatismos del mundo, el amor propio indica dos direcciones explosivamente dispares. Le ocurre lo mismo a la soberbia y al orgullo, con quienes el amor propio comparte estrechos lazos de parentesco. En el ensayo La razón también tiene sentimientos agrupé familiarmente los tres conceptos bajo la nominalización de las desmesuras del ego. En una dirección el amor propio vincula con conductas que sedimentan en una terquedad fósil, en empecinamiento o cerrilismo, en la cultivada inutilidad de ser orgulloso (que nada tiene que ver con sentir orgullo). Tener amor propio en este caso significa no claudicar cuando todos los indicios recolectados desde la racionalidad invitan a hacerlo. No se capitula para no admitir el yerro y por tanto nuestra condición de seres falibles, o para  no aceptar una propuesta presentada por otro que, en una absurda interpretación competitiva de la vida, lo situaría por encima de nosotros. La mayoría de los analistas de conflictos con los que he hablado suelen afirmar que el setenta por ciento de los problemas se cronifican a causa del inmovilista amor propio de los implicados. El amor propio es un muro imposible de franquear por los protagonistas que sin embargo saben muy bien que la posible solución a su conflicto se localiza precisamente al otro lado.

La extraña ramificación de esta expresión nos conduce también hacia un territorio absolutamente distinto. Amor propio es sinónimo de autorrespeto. El autorrespeto es proteger la propia dignidad en las inevitables interacciones con los demás que nos depara el nicho humano compartido. Se trataría de preservar de cualquier mácula el valor que poseemos por el hecho de ser personas. Tener amor propio cursa aquí con la auroral idea del cuidado, porque es el deber estricto de cuidar de nuestra propia dignidad e impedir que nadie la lastime. Entramos en la esfera de la identidad, la autoestima, el autoconcepto, la consideración, el prestigio, la reputación, el valor positivo que todo ser humano reclama para sí. Tener amor propio es mantener intacta toda esa esfera de valores positivos y beligerar contra aquel que intente abollarla. Aunque los fines que persigue el amor propio en esta segunda acepción son siempre meritorios, no están exentos de riesgos en los que es fácil tropezar. Quererse a uno mismo es plausible, pero si ese amor se vuelve insoportablemente excesivo, si se profesa con devoción enfermiza, entonces se pervierte en egolatría. La egolatría y la estupidez acaban fundiéndose en una misma entidad, como muy bien advirtieron los clásicos que estudiaron los pecados capitales. Como todo en exceso es veneno, vindiquemos el amor propio, pero no seamos negligentes con los matices. Amor propio, sí, pero en la dirección que nos mejora. Y en la porción adecuada. 



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martes, octubre 24, 2017

Preguntar «¿quién tiene razón?» no tiene sentido



Obra deDuarte Vitoria
En los dominios de la deliberación discutir por ver «quién tiene razón» es no entender qué significa la deliberación. Aristóteles explicó que se delibera sobre lo que no tiene incidencia ni por el azar ni por la necesidad, es decir, sobre lo que puede ser de múltiples maneras. Si en una discusión uno de los interlocutores se atribuye la posesión de la razón, entendida aquí como sinónimo de estar en lo cierto, es a costa de denegársela a su oponente, que rara vez afirmará no poseerla también. Yo he comprobado empíricamente que si quieres que alguien te dé la razón, debes dejar de insistir en que la tienes. Para analizar este curioso microcosmos, Schopenhauer escribió el opúsculo El arte de tener razón. Podíamos releerlo como «El arte de salirse uno con la suya». Este pequeño ensayo se publicó póstumamente, de hecho, Schopenhauer renegó en vida de él. En sus páginas reflexiona en torno a las artimañas, argucias y subterfugios discursivos a los que la gente se aferra para tener razón. «Reuní todos los artificios fraudulentos que tan a menudo aparecen en las disputas y expuse claramente cada uno de ellos en su esencia peculiar, ilustrándolos con ejemplos y dando a cada uno un nombre». La batería de recursos argumentativos para ganar una discusión, sin importar si los métodos utilizados son limpios, asciende a treinta y ocho.

En las discusiones mal entendidas lo nuclear no es demostrar que uno está en lo cierto, sino que uno tiene la razón. Parece lo mismo, pero no lo es. La verdad objetiva de una proposición dista mucho de su posible aprobación por los que la discuten. En este tipo de discusiones no se procura que la evidencia más sólida salga a la luz, sino que cada interlocutor se afana en que se le dé la razón. La propia finalidad de la discusión (tener razón) provoca el deseo contrario en los participantes de la discusión (no dársela). Si le damos la razón al que confiesa tenerla, le concedemos una superioridad que quizá ya no recuperemos, aparte de admitir que el argumento defendido por nosotros hasta entonces era endeble o incluso erróneo. Si he errado en una apreciación que consideraba válida, ¿por qué no me iba a ocurrir lo mismo en otras? Para evitar este riesgo negamos en bloque todo lo que provenga del otro, que a su vez mimetizará nuestra conducta y se comportará del mismo modo argumentativo con nosotros. Nos adentramos a toda velocidad en un diálogo de besugos, hilarante expresión coloquial que metaforiza a la vez el cerrilismo y la necedad. Se trata de triunfar en la discusión, de tener la razón o evitar ser contrariado, no en ofrecer puntos de encuentro para convalidar posturas.

Detrás de una afirmación deliberativa puede cohabitar otra gran afirmación deliberativa y ambas son legítimas incluso si se presentan como contradictorias. ¿Quién tiene razón? es una pregunta que en este contexto no tiene respuesta porque la interrogación no tiene sentido. En mis clases y talleres, y sin que los alumnos sepan qué están haciendo, suelo llevar a cabo un ejercicio muy sencillo que ratifica que dos enunciados opuestos de naturaleza deliberativa pueden convivir perfectamente sin caer en contradicción. Si no se acepta de antemano esta posibilidad, dialogar es una acción inútil. Dialogar partiendo de que uno tiene la razón y que por lo tanto no va a cambiar de postura le roba el sentido prístino al diálogo.  Normal que uno acuda a juegos sofísticos, a desleales ardides retóricos, a falacias, a sofismas, a tretas sentimentales. Se emplea una sofisticada ingeniera argumentativa no para hallar una solución mancomunada, sino para salirse uno con la suya. Estamos ante un diálogo en el que la inteligencia como proveedora de recursos argumentativos tiene mucho protagonismo, pero la bondad muy poco. Y sin bondad no hay diálogo posible. Schopenhauer concluyó de un modo parecido, pero él empleó el término «mala fe», que podríamos definirlo como la voluntad del interlocutor para no entenderse con el otro, o sea, discutir por discutir, o discutir no para hallar una solución, sino para sacar brillo al orgullo de tener razón.  Se entiende así que la última de las estratagemas con la que Schopenhauer remata su opúsculo se refiera a este hecho: «Cuando se nota que el adversario es superior y que acabará no dándonos la razón, se adoptará un tono ofensivo, insultante, áspero. El asunto se personaliza, pues el objeto de la contienda se pasa al contendiente y se ataca, de una manera u otra, a la persona». La soberbia acaba de convertir una discusión en un conflicto. El amor propio se encargará de cronificarlo. El odio en ramificarlo. El rencor en perpetuarlo. El orgullo en no tratarlo. Quedan presentados los que forman el séquito en el funeral del diálogo.



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