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| Obra de Edward B. Gordon |
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Un lugar interdisciplinario para el análisis de las interacciones humanas. Por Valle Bilbao.
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| Obra de Edward B. Gordon |
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| Obra de Eva Navarro |
Poder imaginar el dolor y la alegría de otra persona, por la sencilla razón de que esa persona posee características constituyentes semejantes a todas las demás, es la entrada de acceso al pensamiento ético. La sensibilidad ética se asienta en un tipo de imaginación que no es creativa ni tampoco necesariamente empática. Hannah Arendt resume así esta práctica: «Uno piensa sus propios pensamientos, pero en el lugar de otra persona». Se trataría de una mixtura de reflexión crítica y sympathia, calibrar cómo le afectarían a los demás nuestras acciones en tanto que directa o indirectamente desembocarán en el espacio común en el que la vida se torna vida humana al compartirse. Anticipar las consecuencias de nuestras obras, hechos y palabras es un acto de profunda reflexividad, pero solo se puede llevar a cabo con el concurso de la ideación imaginativa y la admisión de un terreno político común sobre el que deliberar. La irreflexión propende a invisibilizar las consecuencias de aquellos actos que pueden infligir abundante daño en la vida concertada de los demás. Es muy fácil anular este sentido de responsabilidad cívica erradicando la idea de interdependencia y reemplazándola por la de sojuzgamiento, coerción o subalternidad. Cabe afirmar que si la reflexión está desprovista de ética, la interdependencia (que es la condición de posibilidad de la autonomía humana) deviene ininteligible y trae consigo una desatención hacia el otro que cristaliza en indiferencia.
En Universalismo radical, Omri Boehm sostiene que «sin una idea abstracta de la humanidad, no queda claro qué puede haber de malo en el racismo». Se puede cambiar la palabra humanidad por dignidad y racismo por totalitarismo o autoritarismo. Arendt era más sencilla en su análisis: «No son grandes ideas abstractas sobre la humanidad las que derrotarán al totalitarismo (…) Para un alemán y un judío bajo el Tercer Reich apenas habría sido un signo de humanidad que los amigos se dijeran: ¿no somos ambos seres humanos?». «El totalitarismo había extirpado de lo humano el sentido de la responsabilidad», esclarece Arendt en su estudio sobre el origen de esta cruenta forma de habitar la realidad. Las ideaciones totalitarias se inoculan cuando se pierde la dimensión del otro como una singularidad dotada de dignidad, y se le aplica un consiguiente proceso de cosificación e irrelevancia. A mis alumnas y alumnos les comento con frecuencia que son personas extraordinarias, y cuando al escucharme esbozan una sonrisa de satisfacción, les apostillo que lo son exactamente igual que todas las demás. Ser persona es extraordinario porque albergamos una estructura autodeterminadora, aunque para este prodigioso cometido resultan insoslayables la cooperación de los demás y disponer de un copioso repertorio de estrategias de cocreación y apoyo mutuo.
En las ficciones totalitarias las personas pierden centralidad en las construcción de los juicios en favor de romantizadas e idílicas abstracciones vacías (a mí me gusta conceptualizarlas como palabras catedral, porque al igual que esas colosales construcciones son mayestáticas por fuera pero están huecas por dentro). En los regímenes totalitarios o autoritarios las entelequias aparecen prestas a sustituir a las personas, que es el primer paso para que prendan en la acción política la deshumanización, el nihilismo antidemocrático o el resentimiento antipolítico. Esta deriva deshumanizadora opera en dos direcciones: deshumaniza a quienes en su toma de posición mandataria y administrativa solo atienden al arribismo neoliberal y a los absolutos dogmáticos (nación, patria, bandera, economía, mercado, divinidad), y a la par reifica a sus víctimas, a miles y miles de personas a quienes se les niega la titularidad de una dignidad común a toda persona sustanciada en el derecho a tener derechos. Cuando este proceder que desconsidera a los demás prospera y progresivamente se va apoderando del espíritu del tiempo que nos ha tocado en suerte vivir, se puede presagiar qué mundo acontecerá porque ya aconteció una vez. En su libro sobre Adolf Eichmann, Hannah Arendt alerta que la banalidad con la que se ejecutaron los crímenes del Holocausto fue posible por la persistencia de irreflexión moral. Es un diagnóstico cuya vigencia debería precavernos e instarnos a pensar la vida compartida de un modo radicalmente distinto.
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El diálogo se torna imposible cuando se pierde la dimensión del otro.
No hay mayor poder que quitarle a alguien la capacidad de elegir.
El ser humano es el ser que puede dialogar.
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| Obra de Helena Georgiou |
La antropóloga y activista ecofeminista Yayo Herrero recordaba la semana pasada en Ctxt las palabras que Elon Musk había pronunciado el 8 de marzo de 2025. Ese día Elon Musk afirmó que «la debilidad fundamental de Occidente es la empatía». Antes de proseguir, leamos a la profesora y ensayista Belén Altuna, investigadora de la empatía y la compasión, qué hay detrás de esta palabra tan recurrente en el vocabulario sentimental: «El término 'empatía' apenas tiene cien años de existencia, pero por supuesto no así el fenómeno al que hace referencia, solapado durante siglos por los que ahora se consideran algunos de sus posibles efectos: benevolencia, compasión, bondad, humanidad, interés y preocupación por el otro, etc». A mí me gusta argumentar que la empatía, más que facilitarnos la cabriola de ponernos en el lugar del otro, consiste en pensar cómo nos gustaría que nos tratase ese otro si él estuviera en nuestro lugar, y luego trasladarlo a la acción. Yayo Herrero se adhería irónicamente a la opinión de Elon Musk desde todo este amplísimo arco afectivo que alberga la empatía: «Tiene razón. El escollo crucial para el proyecto del fascismo del fin de los tiempos, que él nombra como proyecto de Occidente, es el amor». Amor es una palabra desgastada por un abuso de su uso, pero para eludir ambivalencias podemos definir el amor como la actitud en la que nos preocupa el cuidado del otro, un mostrar interés por lo que le interesa al otro y un actuar en conformidad a las demandas descubiertas en ese interés.
El amor comparece en la interacción cuando el otro reviste importancia para mí y por ello emprendo acciones para extender su bienestar. En el amor el otro se erige en eje rector, y esa referencia nos señala una dirección: solo con humanidad se puede mejorar la humanidad. En los sentimientos de odio el otro también acapara centralidad, pero para fines antagónicos a los del cuidado. La filósofa brasileña Marcia Tiburi define la violencia hermenéutica como la del punto de vista que aplasta al otro y no lo reconoce, y sostiene que el pensamiento fascista se nutre de esta violencia. Sus consecuencias más manifiestas son la despersonalización, la glacial abstracción (el otro deja de ser una persona para convertirse en número, subcategoría o cosa), la atribución de maldad, o sea, su criminalización, su consiguiente señalamiento como chivo expiatorio, la confiscación de cualquier atributo que lo humanice para desposeerlo así de esos derechos que los totalitarismos interpretan como obstáculos. El odio prende enseguida cuando una persona estereotipa así a los miembros de un grupo. Y es muy fácil estereotiparlo de este brutal modo cuando se juzga sin benevolencia, compasión, bondad, humanidad. Sin esa empatía que cita Musk.
Desgraciadamente no podemos empatizar con lo distal y lo abstracto, pero sí imaginarlo para transfigurarlo en objeto de reflexión. Golden Allport sospechaba que los prejuicios, el odio y el racismo surgen de la falta de contacto con las alteridades. Precisamente los artefactos creativos sirven para eludir este hándicap y hacer próximo lo que se halla lejos. Jamás podremos convivir con ciertas realidades, pero podemos conocerlas, imaginarlas y entenderlas gracias a su plasmación en películas, novelas, canciones, documentales, obras de teatro, fotografías, exposiciones, testimonios, es decir, en una inmensa trama de referencias ficcionales y también reales. A diferencia de la historia, que presenta hechos, la ficción muestra qué sintieron las personas ante esos hechos y facilita que imaginemos sus vidas. En el ensayo Leer la mente, el escritor Jorge Volpi explica este mecanismo y lo hace de una manera encomiable. La imaginación es un elemento de altísima considerabilidad para incorporar la dimensión del otro, por muy remota que esté físicamente de la nuestra. Si no podemos imaginar, no podemos reflexionar desde la sensibilidad ética. Pensar en las consecuencias de nuestros actos en la vida de los demás es un ejercicio que solo se puede acometer con la capacidad humana de hacer presente lo ausente. Con el ejercicio del poder imaginativo.
En el incisivo ensayo Somos libres de cambiar el mundo. Pensar como Hannah Arendt, su autora, Lyndsey Stonebridge, cuenta la procelosa vida y el original pensamiento de la celebre filósofa. En la primavera de 1955, Arendt impartió en Estados Unidos un curso de Ciencia Política. Se presentó en el aula cargada de novelas, biografías, obras de teatro y testimonios. No quiero que empaticen, anunció al alumnado, aunque las vivencias descritas son a menudo horribles y merecedoras de gran empatía. Quiero que comprendan. Y añadió: «La imaginación es el requisito previo de la comprensión. Deben imaginar cómo se ve el mundo desde el punto de vista en el que se encuentran estas personas. Es el mundo común a todos nosotros y es el que hay entre ustedes y ese otro lugar».
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Leo en el formidable último libro de la escritora y activista Rebecca Solnit, El camino inesperado, que «si la gente es miope cuando mira al pasado, también lo es cuando mira al futuro». Estudiar la historia humana desde marcos temporales amplios supone contrarrestar esas dioptrías cognitivas y comprobar con evidencia empírica cómo van mutando las mentalidades a la vez que transforman el mundo que habitan. Solnit describe con una belleza conmovedora la exorbitante pedagogía disidente que alberga el análisis de la historia de la humanidad, «contemplar el lento transitar de las ideas desde los márgenes hasta el centro, ver cómo aquello que primero es invisible y después se considera imposible se acaba convirtiendo en algo ampliamente aceptado». La historia no es que esté atestada de ejemplos que nos enseñan que lo que una vez se juzgó descabellado ahora nos parece tan necesario que ya no podemos concebir el mundo sin su presencia, es que está constituida por este poderoso e inacabable impulso de inteligencia creadora. Para observar algo así se requiere amplia mirada histórica. Desafortunadamente nuestras deliberaciones sobre lo posible utilizan la corta de alcance mirada biográfica.
Uno de los propósitos más encomiables de la evaluación crítica es no dar por sentado lo que damos por sentado, o al menos someter a escrutinio por qué damos por sentado lo que quizá es muy discutible. La mirada histórica es fantástica para este cometido al poner en entredicho la inmutabilidad del presente con la ayuda del pasado. Contemplar en retrospectiva cómo se registraron cambios que eludieron la capacidad predictiva de los analistas de la época es un motivo más que suficiente para que no le pongamos ninguna traba a nuestra imaginación. La memoria es una colaboradora inestimable para la creación imaginativa y la novedad, del mismo modo que la amnesia o el olvido son coadyuvantes de lo establecido y de alentar una inacción ignorante de la historia y los perennes cambios que la configuran. Ocurre que estamos anegados de noticias de actualidad, una hiperinflación de estímulos informativos desperdigados y fragmentados que opacan la historia y la posibilidad de entenderla con criterios de causalidad. La actualidad es información sin pasado y sin ese contexto con el que solo es posible el entendimiento. Esta sobresaturación de actualidad y ruido promueve un pensamiento apresurado que desdeña el análisis contextual y se olvida de cómo las ideas se forjan de manera incremental más que de forma explosiva, omisión funesta para fomentar conciencia y activismo. Solnit explica que «una de las cosas que desaparecen cuando solo se mira lo inmediato es que prácticamente todo cambio es gradual y que incluso las victorias absolutas suelen ir precedidas de pasos intermedios». Utiliza una metáfora hermosa para ilustrar esta relegada obviedad. «Hay que recordar que un roble fue una bellota y después un frágil arbolillo».
Daniel Innerarity cifra en cinco las grandes dimensiones de la inteligencia humana: capacidad de habérsela con la novedad, cuestionamiento y ruptura con lo existente, capacidad crítica, gestión de la incertidumbre y aportación de nuevas ideas. La imaginación tiene un papel estelar en el cometido epistemológico, y resulta harto incompresible su subestimación en la creatividad política. ¿Por qué apenas empleamos potencia imaginativa en dilucidar qué tendría que ser una vida buena en el tiempo histórico y tecnológico que nos toca vivir? ¿Por qué que aceptamos que hace años no podíamos prefigurar lo que ahora es factible y sin embargo nos cuesta tanto admitir que pueda ser factible dentro de unos años lo que ahora imaginan quienes cultivan esa fabulosa facultad cognitiva, o directamente lo reprobamos como quimérico e imposible? Si vivimos en un mundo inimaginable para nuestros antepasados, ¿por qué esta cerrazón a concebir formas más reconfortantes y justas de organizar la existencia? Los filósofos Nick Srnicek y Alex Willlian hablan de parálisis en el imaginario político. En Los límites de lo posible Alberto Santamaría sostiene que «la imaginación ha ido perdiendo progresivamente su estructura crítica, su factor desestabilizador del orden en tanto que desvío de los postulados comerciales».
Esta preocupante deriva y esclerosis de la imaginación encuentra alianzas cognitivas en el sesgo de la negatividad que hace que propendamos a fijarnos en aquello que nos provoca miedo o indignación, los nutrientes naturales de los informativos diarios. Este tropismo es muy dañino para la imaginación política puesto que privilegia la resistencia a lo que nos provoca temor frente al ejercicio de darle una forma más gratificante al futuro y a las posibilidades de acción. Es muy palmario que todo lo que vemos ahora a nuestro alrededor hubo un momento en que no existió, y si ahora existe es porque alguien tuvo la osadía de imaginarlo. Solnit nos precave contra el desaliento y la inacción tan propios de la mirada biográfica: «El mundo está escrito por un número infinito de personas, una de las cuales eres tú, y los desenlaces sorprendentes a menudo se deben a la intervención de actores a los que se había menospreciado». Conviene recordarlo entre tanta actualidad.
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