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martes, abril 21, 2026

Leer para afinar la memoria y la imaginación


Obra de Edward B. Gordon
En el folclore lector y en el universo de las personas letraheridas se suele afirmar que leer es un placer. Como todas las aseveraciones categóricas, esta afirmación requiere matices. A veces leer es una práctica muy placentera, pero en otras ocasiones no es así, incluso en algunas circunstancias desfavorecedoras puede llegar a ser un momento tortuoso. Leer deviene placer cuando ha arraigado el hábito de la lectura, pero puede resultar una agonía lesiva si se trata de una práctica aislada o perpetrada de manera puntual por exigencias utilitaristas. Para quien ha adquirido su entrenamiento, leer sí es un placer, por supuesto. Es una experiencia fruitiva, pero también constitutiva. En realidad, no leemos, nos leemos a través de lo que leemos, y mientras nos leemos nos escribimos, vamos sedimentándonos en una narración que convierte la contingencia de lo que nos acontece en un relato que intenta sujetar lo incierto y la imprevisibilidad que nos circunda. Gracias a esta capacidad narrativa nuestra vida muta en una biografía. 

Ante la inminente llegada del Día del Libro este jueves 23 de abril, hay que ser precavidos en la idealización de la lectura (leer no nos hace mejores personas como predica quienes militan en los libros) y en su demonización (leer no sirve para nada). Cabe puntualizar que leer no nos hace virtuosos, nos hace virtuosos comportarnos con virtud. Pero también conviene rebatir que afirmar que leer no sirve para nada es una enmienda a la totalidad absolutamente falsa. La infravaloración de los saberes prácticos en favor de los saberes instrumentales y técnicos ha perjudicado notablemente la merecida valoración de la lectura.  Llevamos varios decenios desdeñando la utilidad de lo inútil, por emplear el juego de palabras esgrimido irónicamente en el célebre libro de Nuccio Ordine. Aunque es una aburrida redundancia, hay que  constatar una vez más que la lectura va mucho más allá de esas funcionalidades cuantificables e inmediatas que tanto idolatran los feligreses del dataísmo y la medición burocrática. Si la cultura es como el aire que respiramos, tal y como afirma Antonio Monegal en el libro que le hizo merecedor del Premio Nacional de Ensayo, la lectura es el alimento que ingerimos sin ser muy conscientes de que nos estamos alimentando. La lectura es una generosa proveedora de herramientas lingüísticas con las que poder organizar mejor la realidad. Facilita nuestra condición de seres narrativos. Abastece al cerebro de su nutriente natural. Configura nuestra persona como el resultado de una ilación semántica y relacional que demanda sentido y congruencia y cuya construcción solo es posible con el concurso crítico del verbo. Cuando nacemos y abandonamos el útero materno llegamos a un útero  cultural que el lenguaje atestigua, y que solo podemos entenderlo recurriendo a él. Advenimos a un mundo empalabrado, y serán las palabras las que colaboren a instalarnos en él.  La lectura es imbatible para este cometido. 

La práctica lectora fomenta la atención, la pausa, el recogimiento, la concentración, dimensiones muy dañadas por la celeridad del mundo y la voracidad de los tiempos exigidos por la productividad y la extracción del beneficio económico. Cada vez es más difícil poseer soberanía sobre grandes cantidades de tiempo, y leer requiere no solo tiempo, sino tiempo de calidad. La falta de soberanía sobre nuestro propio tiempo es el gran escollo de la vida vivible. Lo podemos sentir cuando la lectura nos devuelve esa potestad, aunque sea momentáneamente. Pero aún hay mas. Leer estimula la memoria y la imaginación, dos elementos cognitivos que instan a no resignarse a admitir que el mundo es como es y no puede ser de otra manera. La memoria certifica que la realidad humana fluye y muta de manera permanente, una constatación que nos protege de ese pesimismo complaciente en insistir que nada se puede cambiar. Pensar es ante todo concebir posibilidades, y toda posibilidad es la constatación de que todo es susceptible de ser mejorado (también empeorado).  Resulta muy curioso cómo la doctrina neoliberal recalca que a través del esfuerzo cualquier persona puede convertir su vida en aquello que desee, pero  es refractaria a admitir que el cambio pueda plasmarse también en la organización social. Leer nos pone en contacto con las ideas y los sentires de personas que escapan a nuestra esfera de actuación. Es un ejercicio insuperable para agregar a los demás en los diálogos que entablamos con nuestra interioridad. También para conversar con lo posible. No hay instante más subversivo que aquel en que las palabras aproximan el mundo que declaran al pronunciarse como posibilidad. Buen Día del Libro 2026. 
 
 
 

martes, julio 22, 2025

Memoria para impugnar el presente e imaginación para crear el futuro

Obra de Anna Davis y Daniel Rueda

Leo en el formidable último libro de la escritora y activista Rebecca Solnit, El camino inesperado, que «si la gente es miope cuando mira al pasado, también lo es cuando mira al futuro».  Estudiar la historia humana desde marcos temporales amplios supone contrarrestar esas dioptrías cognitivas y comprobar con evidencia empírica cómo van mutando las mentalidades a la vez que transforman el mundo que habitan. Solnit describe con una belleza conmovedora la exorbitante pedagogía disidente que alberga el análisis de la historia de la humanidad, «contemplar el lento transitar de las ideas desde los márgenes hasta el centro, ver cómo aquello que primero es invisible y después se considera imposible se acaba convirtiendo en algo ampliamente aceptado». La historia no es que esté atestada de ejemplos que nos enseñan que lo que una vez se juzgó descabellado ahora nos parece tan necesario que ya no podemos concebir el mundo sin su presencia, es que está constituida por este poderoso e inacabable impulso de inteligencia creadora. Para observar algo así se requiere amplia mirada histórica. Desafortunadamente nuestras deliberaciones sobre lo posible utilizan la corta de alcance mirada biográfica. 

Uno de los propósitos más encomiables de la evaluación crítica es no dar por sentado lo que damos por sentado, o al menos someter a escrutinio por qué damos por sentado lo que quizá es muy discutible. La mirada histórica es fantástica para este cometido al poner en entredicho la inmutabilidad del presente con la ayuda del pasado. Contemplar en retrospectiva cómo se registraron cambios que eludieron la capacidad predictiva de los analistas de la época es un motivo más que suficiente para que no le pongamos ninguna traba a nuestra imaginación. La memoria es una colaboradora inestimable para la creación imaginativa y la novedad, del mismo modo que la amnesia o el olvido son coadyuvantes de lo establecido y de alentar una inacción ignorante de la historia y los perennes cambios que la configuran. Ocurre que estamos anegados de noticias de actualidad, una hiperinflación de estímulos informativos desperdigados y fragmentados que opacan la historia y la posibilidad de entenderla con criterios de causalidad. La actualidad es información sin pasado y sin ese contexto con el que solo es posible el entendimiento. Esta sobresaturación de actualidad y ruido promueve un pensamiento apresurado que desdeña el análisis contextual y se olvida de cómo las ideas se forjan de manera incremental más que de forma explosiva, omisión funesta para fomentar conciencia y activismo. Solnit explica que «una de las cosas que desaparecen cuando solo se mira lo inmediato es que prácticamente todo cambio es gradual y que incluso las victorias absolutas suelen ir precedidas de pasos intermedios». Utiliza una metáfora hermosa para ilustrar esta relegada obviedad. «Hay que recordar que un roble fue una bellota y después un frágil arbolillo».

Daniel Innerarity cifra en cinco las grandes dimensiones de la inteligencia humana: capacidad de habérsela con la novedad, cuestionamiento y ruptura con lo existente, capacidad crítica, gestión de la incertidumbre y aportación de nuevas ideas. La imaginación tiene un papel estelar en el cometido epistemológico, y resulta harto incompresible su subestimación en la creatividad política. ¿Por qué apenas empleamos potencia imaginativa en dilucidar qué tendría que ser una vida buena en el tiempo histórico y tecnológico que nos toca vivir? ¿Por qué que aceptamos que hace años no podíamos prefigurar lo que ahora es factible y sin embargo nos cuesta tanto admitir que pueda ser factible dentro de unos años lo que ahora imaginan quienes cultivan esa fabulosa facultad cognitiva, o directamente lo reprobamos como quimérico e imposible? Si vivimos en un mundo inimaginable para nuestros antepasados, ¿por qué esta cerrazón a concebir formas más reconfortantes y justas de organizar la existencia? Los filósofos Nick Srnicek y Alex Willlian hablan de parálisis en el imaginario político. En Los límites de lo posible Alberto Santamaría sostiene que «la imaginación ha ido perdiendo progresivamente su estructura crítica, su factor desestabilizador del orden en tanto que desvío de los postulados comerciales».  

Esta preocupante deriva y esclerosis de la imaginación encuentra alianzas cognitivas en el sesgo de la negatividad que hace que propendamos a fijarnos en aquello que nos provoca miedo o indignación, los nutrientes naturales de los informativos diarios. Este tropismo es muy dañino para la imaginación política puesto que privilegia la resistencia a lo que nos provoca temor frente al ejercicio de darle una forma más gratificante al futuro y a las posibilidades de acción. Es muy palmario que todo lo que vemos ahora a nuestro alrededor hubo un momento en que no existió, y si ahora existe es porque alguien tuvo la osadía de imaginarlo. Solnit nos precave contra el desaliento y la inacción tan propios de la mirada biográfica: «El mundo está escrito por un número infinito de personas, una de las cuales eres tú, y los desenlaces sorprendentes a menudo se deben a la intervención de actores a los que se había menospreciado». Conviene recordarlo entre tanta actualidad.

 

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martes, junio 17, 2025

«De lo que recordamos, lo sorprendente es que algo sea cierto»

Obra de Tim Etiel

Cada vez me suscitan más interés los sesgos y la centralidad que guardan para la vida cotidiana. Es muy llamativo cómo nuestro cerebro se pauta a sí mismo cuando se dedica al procesamiento de la información. La psicología cognitiva ha descrito como desviación retrospectiva la propensión a interpretar un acontecimiento pretérito con la información disponible en el presente, pero que era absolutamente nonata cuando ocurrió el acontecimiento. Recordar es reconstruir, y en esta artesanal tarea podemos incurrir en trampas cognitivas al añadir un conocimiento y unas perspectivas afectivas, éticas y culturales que entonces eran del todo inexistentes. En nuestras biografías  este sesgo opera de forma ininterrumpida. Se examina algo domiciliado en el pasado y se propende a utilizar la información y la valoración que no existían cuando sobrevinieron los hechos que ahora forman parte de nuestro patrimonio memorativo. Al exponernos a información posterior recreamos el episodio confiriéndole un sentido desconocido cuando ocurrió. Explicamos las cosas del ayer no como nos parecían que eran, sino como ahora nos parece que fueron. El pasado no es un ente estático, no es un punto inanimado que acaeció y que queda ahí calcificado para siempre. El pasado muta a medida que aflora nueva información que lo rehabilita. La arquitectura dinámica de lo pretérito está en una continua interacción con el presente que hace que lo pasado no se clausure jamás. La archiconocida expresión «el pasado, pasado está» es por tanto una enunciación sumamente inexacta.  

La modificabilidad inacabable del pasado se explica porque el presente reasigna significación a cada acontecimiento. Nietzsche escribió que no existen los hechos, sino sus interpretaciones, que es como declarar que no existe el pasado, sino la forma en que la memoria lo recuerda. Ulric Neisser argumenta que la memoria no es una reproducción pasiva del pasado, sino  una reconstrucción activa. En una línea complementaria, Ulrich Beck  sostiene que en numerosas ocasiones hay una abrumadora disparidad entre nuestra vida (lo ocurrido) y nuestra biografía (cómo nos contamos lo ocurrido). Tengo un hermano mellizo y, cuando  evocamos episodios de nuestra infancia, me asombra comprobar cómo nuestros recuerdos y nuestras estimaciones sobre la localización de un mismo hecho divergen tanto que llegan a poner en cuestión la existencia fáctica del hecho mismo. Estoy persuadido de que quienquiera que ahora esté leyendo este texto podrá sumar ejemplos de su experiencia diaria. Quizá vivir consista en aprender a contarse asumiendo que la vida se presta a ser un cuento narrado con la parcialidad de quien lo protagoniza. 

Cuando un hecho migra a recuerdo, el hecho ya es una reinterpretación que abre un hiato incognoscente con lo sucedido. Basada en la peculiaridad de que la rememorización no es posible fuera de este umbral, el neurocientífico Michael S. Gazzaniga sostiene en El cerebro ético una hipótesis desconcertante que deberíamos tener muy presente cada vez que sometemos a escrutinio nuestra historia de vida: «De todas las cosas que recordamos, lo más sorprendente es que algunas sean ciertas». Si la memoria es una reconstrucción forjada con los elementos cognitivos y afectivos propios de la interpretación, ¿podemos mentirnos sin saberlo? ¿El olvido es electivo o involuntario en la praxis evocativa? ¿Nuestro acervo memorativo es una ficción renovable con cada nueva auditoría a la que lo sometamos? En su denodada defensa del continuo devenir de la vida Heráclito aseveró que «no nos podemos bañar dos veces en el mismo río», y acaso puede ocurrir que tampoco podamos rememorar dos veces el mismo hecho. La naturaleza de estas preguntas incluso es susceptible de desbordar lo personal e íntimo y adentrarse en la dimensión histórica. ¿Qué hay de verosímil en las narraciones que las sociedades hacen de sí mismas y de sus vecinas, y de las que emana la historia? ¿No están igualmente impregnadas de interpretaciones, sesgos y categorías filtradas por quienes en ese momento detentaban el poder político, económico, epistémico? La interrogación cardinal no es por tanto indagar cuál es mi pasado, nuestro pasado, sino cómo lo recuerdo, cómo lo recordamos. La pregunta la formula Joan-Carles Mèlich en su último ensayo tras advertir que nadie sabe en el fondo quién es. Quizá nunca lo sepamos y este sea quizá el conocimiento más genuino al que podamos aspirar.


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martes, febrero 07, 2023

Una nostalgia alegre

En la novela La nostalgia,  Milan Kundera explica la etimología de la palabra nostalgia. «En griego regreso se dice nóstos. Algos significa sufrimiento. La nostalgia es el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar». Según el filósofo Diego Garrocho, autor del ensayo Sobre la nostalgia, este sentimiento de tristeza data de 1688 cuando «Johannes Hofer, un médico suizo, acuñó el término para describir la enfermedad que sufrían los soldados lejos de su patria». Otras etimologías hablan no de patria, sino de la añoranza que sentían los soldados por su hogar. Nostalgia es por lo tanto una tristeza que irrumpe cuando se echa en falta aquello que una vez formó parte intrínseca del hogar afectivo en el que nos guarecemos del relente de la vida. Evocamos algo que nos perteneció y del que hemos sido desposeídos, y al hacerlo nos volvemos animales nostálgicos. La nostalgia alude a un ser y a un tiempo finiquitado al que no podemos retornar y cuya sola alusión memorativa nos apresura a la aflicción. En tanto que su regreso es una empresa irrealizable, puesto que nada nos puede devolver el ayer, sentir nostalgia es saberse derrotado de antemano. De ahí que el poeta alertara de que la nostalgia es un error.

También podemos sentir nostalgia por aquello que nunca llegó a suceder. Lo estrambótico de este sentimiento es que a veces sentimos nostalgia de lo que creemos que sí ocurrió, aunque no llegara nunca a cristalizar en el mundo de la vida compartida. La falsificación del ayer, la reinvención del patrimonio evocativo, la capacidad de construir recuerdos apócrifos o reconstruirlos hasta alumbrar versiones ficticias, la elasticidad con la que los hechos y las interpretaciones se entrecruzan discursivamente alumbrando marcos semánticos novedosos, son ejercicios que demuestran la maravillosa capacidad inventiva del cerebro humano. Lo más alucinante de muchos de nuestros recuerdos es que sean ciertos. Sentir nostalgia por lo que no ha sucedido es una forma peligrosa de anclarnos al ser que pudimos llegar a ser, pero que no fuimos, porque la vida contrarió nuestros deseos; o porque nuestro sistema electivo creyó adoptar la mejor decisión para ese momento y que años después nuestros nuevos escrutinios consideran errada. Normal que la nostalgia vincule con el sufrimiento, porque vernos en esa incompletud es sentirnos segregados de aquello que una vez nos afanamos en incorporar a nuestra vida sin conseguirlo. No es cierto que solo seamos lo que logramos, también estamos hechos de la materia de lo que intentamos. Ahora bien, mortificarnos evocando lo posible ya imposible es una manera de hacernos daño. La nostalgia no es solo un error, también es una forma de lastimarnos. 

«Los recuerdos se van si dejan de evocarse una y otra vez», escribe Kundera, pero sería iluso argumentar que lo pretérito puede retornar si lo rememoramos a menudo. Todo aquello que dejó de ser presente para desvanecerse en el pasado se convierte en una narración. Nos relacionamos con el ayer a través del relato que hacemos de él. Devolvemos al presente lo que ocurrió a través del ejercicio memorativo, que a su vez es claramente narrativo. En el lenguaje coloquial se suele decir que lo pasado, pasado está. Sin embargo, el pasado muta, porque es una narración que a su vez sufre modificaciones cada vez que una nueva información aporta ángulos desacostumbrados sobre los hechos evocados. Nietzsche nos enseñó que no existen los hechos, sino las interpretaciones, lo que significa que el ayer es una narración siempre inacabada porque siempre podremos disponer de información nueva que metamorfosee el contenido de nuestra interpretación. Existe un sesgo muy habitual en el mundo de los recuerdos. La desviación retrospectiva consiste en analizar hechos pretéritos utilizando información que sin embargo era nonata cuando ocurrieron los hechos escrutados. Como todos los sesgos, no somos conscientes de cómo polucionan cognitivamente nuestros juicios. Si recordamos el ayer sin tristeza entonces sortearíamos la nostalgia, o nos imbuiríamos en una nostalgia alegre, que lingüísticamente es un oxímoron pero afectivamente es verosímil. Ya no habría aflicción, sino una alegría en la reminiscencia que opera como refuerzo identitario o como palanca de autoafirmación. Me adhiero a quienes vindican una nostalgia alegre que nos invite a disfrutar del presente, el lugar en el que se despliega el mundo de la vida, esa misteriosa mezcla de pasado y proyección en continuo proceso a través de los diálogos que entablamos con nuestra memoria y nuestros sueños. Nos pasamos el día hablando con el ser que fuimos, con el que estamos siendo y con el que nos gustaría ser.  A esta conversación ininterrumpida la llamamos alma. Una nostalgia alegre impulsada siempre hacia lo que está por venir. 


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