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martes, marzo 10, 2026

Lo que no tiene nombre

Se suele emplear la expresión «esto no tiene nombre» para atestiguar un proceder indigno. Enuncia una mezcla de indignación e incredulidad ante lo que desborda por completo los límites de lo aceptable. «Lo que no tiene nombre» parece delatar la incapacidad del lenguaje para testimoniar un comportamiento tan reprobable que las palabras se sienten inermes para abarcarlo, su molde lingüístico se revela demasiado estrecho para contener la abyección perpetrada. A veces afirmar que algo no tiene nombre es la forma de resaltar la gravedad perturbadora de los hechos. Este lugar común parece lamentarse de que la bajeza moral siempre albergará más podredumbre que la señalada por el lenguaje. Sin embargo, creo que sí tiene nombre aquello a lo que nos referimos cuando decimos que no lo tiene. No es que la infamia y sus derivados carezcan de un lugar en el diccionario, es que emitirlos nos obliga a la responsabilidad de admitir su existencia. Su sola pronunciación delata los fracasos cívicos de la familia humana, la evidente reiteración de esa acción que finalmente ha requerido ser visibilizada a través de la invención léxica. Si la palabra revela la sedimentación de la experiencia, que una palabra haya sido creada significa que aquello que denota ha ocurrido reiteradamente. También ofrece la reconfortante certidumbre de que el ser humano está empecinado en ser mejor de lo que es. El anhelo de lo justo inspira a poner palabras a lo injusto para contrarrestarlo

Lo que no tenía nombre pasa a ser nominado para poder verbalizarse y compartirse en el espacio público. Muchas realidades infames que sí tienen nombre son ahora fácilmente detectables (y señaladas para incidir en su reprobación), porque hubo una primera vez fundacional en que se nombraron y pudieron trasladarse a una conversación pública que las deliberó, las comprendió y las estratificó éticamente. Es muy palmario que las palabras visibilizan lo que nuestros ojos no pueden ver, pero también visibilizan lo que miramos y no somos capaces de ver. El mundo deja de ser un acaecer informe cuando lo decantamos con el concurso del verbo. No es tarea nada fácil porque el lenguaje está condenado a correr apresuradamente detrás de los hechos para bautizarlos. Al nombrarse, lo ocurrido deja de ser borroso y recibe un contorno que lo acota y lo define. El lenguaje ofrece sentido a la empresa humana a través de narrativas que la resignifican ininterrumpidamente. Muchos comportamientos que otrora fueron costumbre ahora nos horrorizan porque los narramos con nuevas valoraciones éticas que transforman por completo la fisonomía de esos mismos hechos. La palabra no solo cambia el mundo. Nos cambia a quienes lo habitamos.

A veces la abyección no es que no tenga nombre, es que se opta por la solemnidad de guardar silencio. Hay silencios que no son omisiones, sino mayestáticas formas de expresión que eligen la elegancia del enmudecimiento sin que se comprometan ni la indignación ni la repulsa. Este silencio sobreviene no por la ausencia de palabras, sino porque a pesar de conocerlas nos decantamos por no pronunciarlas para conferir mayor hondura a la narrativa de lo contemplado. El silencio se torna poco eficaz cuando irrumpe porque no sabemos qué palabras son las que expresan lo que querríamos decir, pero es muy válido cuando sustituye a unas palabras sobreentendidas. En este caso callar es una contundente forma de hablar.


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