martes, diciembre 03, 2024

«Pienso, luego existes»

Obra de Richard Learoyd

La mayor corrosión a la que se expone un ser humano es a la ausencia de otro ser humano con el que poder interaccionar. Las tribus ancestrales lo sabían muy bien y punían con el aislamiento a quien vulneraba las normas más esenciales. Habían aprendido que nada ulcera más al alma que la privación de seres cercanos, la indisponibilidad de no tener a nadie con quien hablar y con quien sentirse apreciado y escuchado. La soledad es la desapacible situación en la que una persona encuentra severas dificultades para compartirse con otra persona, cuando sin embargo ese es su deseo. La narración en la que se configura nuestra interioridad no se entrelaza con las narraciones en las que se configura la interioridad de los demás. Entonces la soledad arraiga con fiereza. Queda cancelada la opción de relatar las historias que entretejen nuestra biografía y nos permiten pasar de ser nadie a ser alguien. Se complica franquear la esfera íntima para alcanzar la esfera común.   

Hablar de soledad es controvertido porque la soledad encierra aporías sorprendentes. Puede ocurrir que el lance en que estemos más acompañados sea cuando no nos acompañe nadie, del mismo modo que estar solos puede devenir en el instante en que menos solos nos encontremos. Se puede estar rodeado por todas partes de personas que sin embargo estén a miles de kilómetros de las afinidades que demanda la nuestra, y al revés, se puede estar sin nadie alrededor y sentir la reconfortante compañía de nuestra interioridad (la introspección es el premio con el que obsequia la soledad cuando es bienvenida). A la primera soledad la denominamos soledad impuesta, y a la segunda, soledad deseada. En la iniciativa voluntaria de estar a solas la intimidad que somos dialoga consigo misma con el propósito de brindar sentido y dar orientación a la existencia con la que nos encontramos al nacer y con la que desde entonces no nos ha quedado más remedio que hacer algo. No se trata de asociabilidad o retraimiento, sino de un repliegue de la persona sobre sí misma como prerrequisito propulsor para sopesar y tender lazos amorosos al vivencial universo interior que nos constituye como seres autorreflexivos. 

En la soledad impuesta despunta un exceso de observaciones de adentro que no se puede compartir con nadie de afuera. La soledad indeseada lo derrama todo de abatimiento, autorreproches y subestimación. Este aislamiento marchita a las personas, pone óxido encima de sus corazones, en sus ejercicios de indagación deja a la existencia sin asideros que protejan de caer en el sinsentido. Cuando una persona pasa mucho tiempo sola, es fácil que acabe mal acompañada. Machado explicó y resolvió este extrañamiento con un verso imbatible: «En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad». Aunque la soledad no intencionada es lacerante, simultáneamente es muy pedagógica porque enuncia con descarnada locuacidad la pequeñez de la persona que somos, la insignificancia que nos envuelve y que propendemos a olvidar con asombrosa facilidad. La soledad nos informa de que sin la convivencia y la alianza con los demás nuestra vida quedaría acotada a un número tan diminuto de posibilidades que perdería la condición de vida humana. 

En su soledad analítica Descartes llegó a la lúcida y célebre conclusión «pienso, luego existo». La soledad no nos desvela quiénes somos, sino quiénes nos constituyen, quiénes conforman las relaciones de interdependencia que nos abocan a la subjetividad en la que late nuestra existencia. En la soledad es fácil desembocar en la otredad con la que construimos nuestra mismidad: «pienso, luego existes». El ser humano no es necesariamente un lobo para el ser humano, como escribió lapidariamente Hobbes para legitimar conductas absolutistas, más bien sucede al contrario, la ausencia de seres humanos despoja a cualquier ser humano de aquello que lo hace humano.  ¿Y qué es lo que hace humano a un ser humano? Hegel escribió que se necesitan dos para ser un ser humano, así que si un ser humano no tiene a otro ser humano perdería aquello que lo hace humano: el vínculo. Curiosamente el vínculo que proporciona la soledad elegida, el mismo que arrebata la soledad no deseada. 


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martes, noviembre 26, 2024

Civilizarnos es ampliar los cuidados

Obra de Bob Barlett

La civilización se inauguró en el instante en que un ser humano ayudó a otro ser humano que requería auxilio. Ese ser humano observó que su semejante era incapaz de sortear unilateralmente la adversidad que le estaba estropeando la vida, y probablemente lo ayudó porque sintió que la solicitud de esa ayuda era idéntica a la que su persona había sentido en otras ocasiones en las que se releyó vulnerable e inerme. Nuestros ancestros corroboraron que sus entidades biológicas eran por naturaleza muy deficitarias para solucionar los profusos problemas a los que los confrontaba el hecho de estar vivos, pero que urdiendo y fomentando estrategias de cooperación se podía vivir con menos sobresaltos y con una mayor prevención sobre los siempre acechantes peligros. Aprendieron el salto evolutivo que suponía que en vez de convertir el dolor ajeno en objeto de rechazo lo tradujeran en acción de cuidado. En vez de sentir que despilfarraban energía no retornable en cuidar a otro ser humano, enseguida descubrieron que ese coste inicial era minúsculo en comparación con la protección global que se formalizaba si el grupo actuaba de la misma manera. Auxiliarse, o cuidarse, según la terminología contemporánea, se constituyó en el momento fundante de una alianza que miles de años después conceptualizamos coloquialmente como tener humanidad, culturalmente como civilización, políticamente  como servicios públicos.

El progreso civilizatorio y las conquistas sociales se pueden compendiar en la ampliación del cuidado sobre nuestros semejantes, pero sobre todo por quienes son aquejados por la miseria, la enfermedad, la violencia, las guerras, las catástrofes naturales, el maltrato, la marginación, la exclusión, la explotación, la aporofobia, la homofobia, el desempleo crónico, la pobreza salarial, la asfixia habitacional, la expropiación de tiempo y agencia. Cuanto más prospere la sensibilidad y el cuidado, más densidad civilizatoria propiciaremos a nuestros contextos, más dignidad y más transferencia de valor le brindaremos a la vida humana. A día de hoy protegemos y cuidamos institucionalmente a personas en situaciones que hace menos de un siglo resultaban ilusas o directamente inconcebibles para los marcos de comprensión desde los que se interpretaba el esquema de valores y el armazón discursivo de la vida. Seguro que dentro de un tiempo pertenecerán al orden normativo muchos de los cuidados que ahora son tildados de inasumibles o quiméricos. 

Esta intuición invita a caer en la cuenta de algo que gradualmente ha sido expulsado de la conversación pública. Estamos tan desentrenados que no tenemos músculo imaginativo para hacer prospectivas sólidas con las que inventar atrevidos horizontes de futuro. La imaginación es la habilidad de pensar posibilidades, y propende a esclerotizarse si no se utiliza con asiduidad. Junto a este déficit imaginativo, disponemos de una memoria tan exigua que nos dificulta retrotraernos y analizar retrospectivamente cómo lo que para el punto de vista dominante de tiempos pretéritos no precisaba ayuda colectiva ahora goza de un merecido consenso social, a pesar de que en materia de derechos la irrevocabilidad no existe, y lo que damos por sentado puede dejar de estarlo en cualquier involutivo momento. (Abro paréntesis. Más en este tiempo de liderazgos que abogan por la depredadora ética del bote salvavidas, electoral y paradójicamente respaldada por quienes más sufrirán sus desgarradoras consecuencias. Cierro paréntesis).

¿Qué dominios de la agencia humana que ahora son desatendidos y generan tiranteces políticas y reticencias públicas serán en un futuro cuidados en tanto preciados e impostergables para cualquier persona? Recuerdo asentir con la lectura de Adela Cortina su afirmación de que llegará un momento en que nuestros sucesores hablarán de las personas pobres y sin opciones de planes de vida para su vida como ahora hablamos horrorizados de la existencia de esclavos en siglos anteriores. Para ello es condición basal comprender y ensanchar la semántica del cuidado y ampliar sus áreas de acción en la experiencia de la vida entrelazada. Si no extendemos los cuidados, no nos estamos civilizando. Ampliar el cuidado es crear posibilidades en el espacio compartido para que cualquier persona pueda llevar adelante una vida parecida a la que deseamos para nuestras personas queridas.

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