martes, octubre 13, 2026

Devaluar las palabras por inflación

Obra de Mauro Cano

Elegir bien las palabras que vamos a pronunciar y ensamblarlas en una sintaxis que las haga inteligibles acorta la distancia entre lo que queremos decir, lo que decimos y lo que nos gustaría que se entendiera de lo que estamos diciendo. Es una tarea que precisa cultivo y hábito. Hablar o escribir es decir lo que se quiere decir, y en muchísimas ocasiones el lenguaje se opone con una beligerancia desproporcionada a que lo logremos. Es terrible y dolorosamente contradictorio, porque solo podemos hablar con ese mismo lenguaje que se niega a ser dicho. El premio de conseguir derribar esta resistencia es que de repente empalabramos el mundo y se puede compartir. Conviene recordar que la palabra no solo demanda comprensión del significado que atesora, también exige escucha, una atención en la que estamos para el otro y el otro pone su atención al servicio de nuestras palabras. La palabra crea intersección e intersubjetividad. Por eso cuando dos personas rompen el vínculo de la amistad decimos que dejan de hablarse. Ya no habrá palabra compartida y por tanto tampoco tampoco se configurará la intersección en la que se engendra la amigabilidad., pero acaso sería más preciso afirmar que dejan de escucharse, porque lo que puedan decirse estará ya mediado por el odio o por la indiferencia, dos disposiciones que diluyen el horizonte valorativo de la palabra dicha. Cuando hablamos y escuchamos, cada palabra traza un recorrido en nuestro cerebro. Siri Hustved sostiene que «hay frases que una vez pronunciadas, nunca se olvidan. Se quedan grabadas en la memoria por la fuerte emoción que provocan. En un ensayo me refería a ellas como tatuajes cerebrales». Gracias a las palabras que pronunciamos o que escuchamos pronunciar damos forma y resonancia al silencio que nos habita y nos configura. Una borrosa estructura lingüística acarreará un entramado afectivo plano y difuso. Allí donde la palabra no comparece, el pensamiento no adviene y los sentimientos carecen de contorno y concreción.  

Las palabras enferman por su mal uso, pero fenecen por el abuso del mal uso. El mal uso es la recurrencia a clichés, lugares comunes, palabrería sin conciencia crítica, pero también a la polarización de los argumentos, a la simpleza discursiva o estereotipada que se jacta de la eliminación de matices, a la utilización de sofismas (argumentos mal construidos a propósito con el fin de manipular),  a las medias verdades, a los deshumanizadores eufemismos, a la momificación de la opinión, a la retórica asimilada como el arte de no callar y a la vez no decir nada, a provocar que se peleen las personas haciendo que en un primer momento se peleen las palabras que sabemos idóneas para prologar una refriega. Quien quiera manipular la realidad tendrá que manipular las palabras que la connotan, suprimir aquellas que señalan realidades que se pretenden encubrir, o ensuciar el silencio con una sobreabundancia de palabras cuyo desgaste acarreará asimismo el deterioro de su significado hasta que ya no signifiquen nada. Las palabras son instrumentos para construir la realidad compartida. Si se erosionan, se erosiona la vida en común que podemos constituir gracias a ellas. Aquí radica la responsabilidad cívica de saber hablar, saber escuchar, saber callar.

«La devaluación de la palabra también se da por inflación», explica Daniel Gamper en su ensayo Las mejores palabras. Unas páginas más adelante afirma que si la palabra puede devaluarse es porque posee valor. En la conversación pública y en las diferentes ágoras, tanto físicas como virtuales, frecuentemente se pronuncian grandes palabras vacías de ese valor que toda palabra reviste. A mí me gusta denominarlas palabras catedrales porque son mayestáticas por fuera, pero desoladoramente huecas por dentro. Proliferan en los diálogos cotidianos en los que las personas más ignorantes y por lo tanto más osadas arreglan el mundo desgranando dos o tres bravuconadas exentas de la más mínima ética, en los grandes discursos más pensados para la decoración que para una horizontalidad de la deliberación conjunta, en los momentos en que se requiere la construcción de eufemismos para edulcorar situaciones vergonzantes, en el fanatismo inherente a los malestares, en los debates en los que se hace trilerismo verbal para lograr rédito político a costa de fomentar el desafecto democrático y malcuidarnos como ciudadanía que somos con nuestros correspondientes derechos y deberes. Son palabras desgastadas de tanto decirlas para no decir nada meliorativo y civilizatorio. Deleuze postulaba que pensar filosóficamente sirve para hacer de la estupidez una cosa vergonzante. Ortega afirmaba que el quehacer filosófico consiste en hacer evidente lo latente. También en devolver a la palabra el significado que le hemos hurtado. Restituir su valor. Mostrar lo obvio que habita en las obviedades que somos incapaces de ver entre tanta verbosidad vana. 

 


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