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martes, julio 14, 2026

Emocracia, o el ocaso de la argumentación

Uno de los sesgos más llamativo por su transparencia operativa y su simplicidad es la devaluación reactiva. Su mecanismo es rudimentario, pero muy eficaz. Juzgamos la excelsitud o la inadecuación de un argumento no por lo que sostenga en sí mismo, sino por quien lo enarbola. La alta o baja calidad del argumento no descansa en su configuración, sino en quien es la persona u organización que lo defiende. A pesar de que este sesgo revela un fracaso superlativo de la inteligencia, se prodiga por doquier y prepondera en la esfera política. Una idea resulta aceptable si la propone el partido político con el que nos identificamos, pero se denuesta taxativamente si somos conocedores de que proviene del partido rival. Bruno Patino sostiene que cuando se desatan inercias de este cariz «las democracias se vuelven emocracias, no hay debate de ideas o incluso de opiniones, solamente debate de emoción». Es imposible no evocar aquí a Ortega Gasset cuando explicitó que las ideas se piensan, pero en las creencias se habita. La adhesión acrítica por mor de encontrar pertenencia y refugio emocional promociona las creencias, pero depaupera las condiciones para el florecimiento de la discrepancia democrática. Es una noticia funesta. La disconformidad es la única manera que hemos inventado los seres humanos para que los argumentos se mejoren a sí mismos  por el simple hecho de confrontarse discursivamente entre ellos.

En escenarios de emocracia se cercena la posibilidad del disenso. Se cierra la circulación de argumentos que difieran, pero que precisamente por ello pueden toparse con un argumento ignoto que ponga luz cognoscitiva allí donde reinaba la penumbra. En la emocracia se privilegia la inquina y la dialéctica biliosa. Cualquiera que haya vivido un episodio iracundo habrá experimentado que la emoción se inclina supersónicamente a la disputa y la reprobación, se encuentra cómoda en la desproporción melodramática, le encanta la hipérbole y la lectura apocalíptica de las tribulaciones,  propende a proteger una visión favorable de la propia persona más que a apoyar una idea, desvitaliza por completo el poder transfigurador de los argumentos cuando se comparten. En el emocionalismo democrático se da la bienvenida a la existencia de dos polos diametralmente opuestos y fanatizados, cada uno de los cuales se considera en posesión de la opinión correcta y cataloga como disparatada la del oponente. Esta es la estructura disyuntiva de la polarización. En el breve pero fabuloso Pensar la polarización, su autor, el profesor Gonzalo Velasco Arias, explica que «es la moralización de la esfera pública lo que explica decisivamente la polarización de los afectos. La moralización reduce el potencial comunicativo y político de las emociones a la indignación y el rechazo por lo intolerable. Descarta otros afectos como la alegría, el entusiasmo, la admiración o el deseo». El tribalismo discursivo consustancial a la polarización no es que induzca a encastillarnos en nuestra opinión por mucho que la opinión de nuestro interlocutor evidencie que la hemos construido de un modo erróneo, es que trata al interlocutor como alguien que no merece ser escuchado. Le deroga su condición de actor discursivo. Desde estas violencias se considera debilidad o deslealtad cualquier indicio de acercamiento empático hacia esa otredad divergente. 

Gonzalo Velasco sostiene que compensamos nuestras carencias epistémicas con la coherencia respecto al partido en el que hemos querido confiar, o sea, con la opinión puesta en circulación por un partido. Hay que resaltar que cada partido político se consagra a una animosidad dialéctica diseñada teatralmente con el fin de obtener una ventaja competitiva que le permita sumar votos en la democrática contienda electoral (en una emocracia siempre se está inmerso en campaña electoral).  Los agentes políticos son apremiados a rutinizarse como competidores extremadamente agonales en constante inducción a mostrarse beligerantes y descalificativos con sus oponentes. En cambio, la razón comunicativa nos ha enseñado que la conversación pública solo se torna fructífera cuando quienes participamos en ella cooperamos con nuestros argumentos a construir otros preferibles a los iniciales, a manufacturar evidencias compartidas que ofrezcan solubilidad a nuestros conflictos y hagan más fácil la vida en común. Hemos evolucionado como especie gracias a compartir un conocimiento que a la vez consideramos susceptible de ser mejorado, y que no ceja de circular para que en algún momento alguien lo afine en un proceso de participación y colaboración colectiva siempre en tránsito. No recuerdo a quien le leí que ninguna divergencia por muy abrumadora que sea logrará acabar jamás con la afinidad consistente en compartir un mismo logos. Emilio Lledó define el  logos, la palabra, la lengua, como el aire semántico que señala el mundo. El ser se hace ser humano por las palabras que es capaz de entender, de sentir y de comunicar. He aquí el consiguiente deber de hacer un uso público de la razón que nos aproxime a la democracia. Y nos distancie de la emocracia.

  

* Este es el último artículo de esta decimosegunda temporada de este Espacio Suma NO Cero. Hasta septiembre. Un abrazo.

 

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martes, mayo 07, 2024

La utilización del odio

Los clásicos sostenían que el odio une a los semejantes, mientras que el amor une a los diferentes. El odio cohesiona a quienes conforman un nosotros uniforme que se fortalece anatematizando al grupo de los otros. Maillard Chantal afirma que el odio es una forma de la voluntad, una forma de desear, definición que me resulta muy plausible. El odio es el sentimiento que nace de desear infligir un daño al otro, cuya manifestación más exacerbada sería su eliminación física. En la cultura política democrática, el empleo auxiliar del odio es muy tentador porque recluta adeptos sin necesidad de urdir discursos educados y sólidamente argumentados. Frecuentar la inquina política crea fans, que aplauden la marrullería como forma de hacer política, pero implica caer en la simpleza de los lugares comunes del pensamiento. Los tópicos conforman un paisaje yermo de ideas y de posibilidades, no aportan nada que no sean rastrojos discursivos al diálogo público, y por tanto empobrecen la calidad deliberativa de las democracias. El pluralismo sin el cual las democracias languidecen se daña cuando la política se reduce a la expresión descalificativa y al trazo grueso para contentar a los correligionarios.

En La política de las emociones, el politólogo Toni Aira sopesa los sentimientos más nucleares que se utilizan en el ámbito político. Cuando aborda el odio elige a Donald Trump como el más prominente representante de su instrumentalización e instigación para cosechar réditos electorales. Aira es taxativo:  «Algunos autores defienden que este odio puede servir para ganar las elecciones, pero no para gobernar. Coincido con ello, si se refieren a "gobernar" en clave de servicio y de trabajo constructivo para la ciudadanía, para una sociedad, para un país o para un conjunto de ellos. Difiero, en cambio, si por "gobernar" se entiende la ocupación del poder, porque eso, máxime en tiempos de campaña permanente, se puede hacer perfectamente y de forma efectiva con la generación calculada de odio y con una buena identificación de públicos a quienes dirigirlo». Desgraciadamente el trumpismo como forma de instalarse en la esfera política ya no es privativo de Trump. Sus émulos se propagan por doquier.

Si odiar es odiarse, es de una parvularia sencillez atizar el odio en una persona que alberga una vida cuajada de malestares. La filósofa y escritora alemana Carolin Emcke, en su muy recomendable ensayo Contra el odio, aporta una esclarecedora matización para entender por qué el odio prende tan fácilmente en los corazones de las sociedades desencantadas: «El odio es siempre difuso. Con exactitud no se odia bien. La precisión traería consigo la sutileza, la mirada o la escucha atentas; la precisión traería consigo esa diferenciación que reconoce a cada persona como un ser humano con todas sus características e inclinaciones diversas y contradictorias. Sin embargo, una vez limados los bordes y convertidos los individuos, como tales, en algo irreconocible, solo quedan unos colectivos desdibujados como receptores del odio, y entonces se difama, se desprecia, se grita y se alborota a discreción». He aquí la tétrada deshumanizadora que se repite en bucle a lo largo de la historia humana: ignorancia, dogmatismo, miedo, odio.

Una buena noticia entre tanto análisis desalentador. Daniel Innerarity sostiene que el hostigamiento verbal, los elevados índices de conflictividad, la hostilidad gestual, la teatralidad de las ofensas, la ridiculización, el lenguaje vehementemente bélico, la espectacularización del desprecio al adversario, ratifican la solidez de las instituciones. Que los actores políticos recurran a estas tácticas del odio demuestra la estabilidad democrática. En el ensayo La libertad democrática  teoriza que «quien se pasa el día insultando es un mal educado, pero no un violento que utilizará la fuerza para desbancar a sus oponentes». Y agrega: «vivimos en una época en la que hay mucho odio y poca violencia. Conviene no confundir ambas cosas. Este grado de hostilidad intensa que padecemos hoy en nuestras democracias no tiene nada que ver con la violencia armada organizada. El odio no es la antesala de la violencia, sino que puede estar sustituyéndola». Páginas después zanja el asunto: «la opinión pública de las democracias avanzadas se ha convertido en un reñidero donde el odio es compatible con la fortaleza institucional». 

Es sencillo establecer un paralelismo para añadir inteligibilidad a este escenario social. Igual que con las personas que queremos y que nos quieren nos permitimos barbaridades verbales a sabiendas que podrán ser enmendadas sin que la relación quiebre y fenezca, el ecosistema democrático transige con estas trifulcas poco edificantes porque la solidez flexible de las instituciones las absorbe sin consecuencias antidemocráticas. Esta especie de resiliencia institucional no obsta para que el debate público se autoexigiera impregnarse de maneras respetuosas en las que escuchar al otro sea considerado una virtud democrática, y no la concesión de una ventaja al enemigo que la lógica de la competición electoral tildaría de movimiento insensato. Innerarity lo explica maravillosamente bien: «El principal deber político consiste en resistir la facilidad con que confundimos nuestras preferencias ideológicas con una superioridad moral e interpretamos la discrepancia en términos de mala voluntad». Creo que más que un deber político debería elevarse a deber humano. Un principio básico para que el odio no asome con tanta simplicidad.

 
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