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| Obra de Edward Gordon |
La aportación más notable de Donald Trump a la política es que ha hecho innecesaria la hipocresía. En sus enunciaciones no necesita ropajes retóricos para suavizar la deshumanización que habita en sus barbaridades dialécticas, ni eufemismos para encubrir acciones vergonzantes, ni almibarar sus expresiones para evitar el tan temible en la arena política daño reputacional. Presumir de malismo es su aval político. Algunos autores se refieren a este hecho lingüístico como la trumpización del lenguaje (faltón y desalmado), puesto que a Trump le han salido epígonos por todos lados que consideran elogiable mostrar insensibilidad ante el dolor de las personas más desfavorecidas. En un acto de campaña electoral no tuvo reparos en alardear narcisistamente de su aureolado poder: «Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y ponerme a disparar a la gente y no perdería votantes». En otra pública ocasión Trump tuvo a bien explicar cuál es la regla de oro que rige su conducta y hasta qué umbral sería capaz de desplegarla: «Mis límites son mis deseos». Para Trump sus límites son sus deseos porque sus deseos son ilimitados. Dicho con la explicitud que tanto le congratula: «No tiene límites». Cualquiera que haya pasado por las aulas sabrá que en lo que más se le insiste al alumnado durante todos los años que conforman el periplo escolar es justo todo lo contrario: «Nuestro límite es el otro, y por eso lo cuidamos, porque ese otro junto a todos los otros son quienes nos permiten ensanchar nuestros límites». El novelista y pensador Theodor Kallifatides comentaba hace poco en una entrevista que «naturalmente puedes ignorar al Otro, pero eso tiene consecuencias. Una de las más comunes es la hostilidad, el odio y, en algún momento, incluso la guerra».
Los griegos inventaron la palabra hybris para referirse a la desmesura. Una persona se desmesura cuando no sabe contenerse a sí misma, y con sus palabras y con sus hechos estropea tanto su vida como la vida de las personas con las que limita. Sucede que los otros limitan nuestras acciones por el simple hecho de que nuestras existencias son limítrofes, lindan unas con otras en una gigantesca membrana social que requiere gobernanza exterior con normas bien deliberadas y gobernabilidad interior con sentimientos bien confeccionados. Si cada existencia admitiera que sus límites no son los otros sino sus deseos, la vida compartida, la vida en común, la vida política, sería imposible. He aquí la paradoja. El político más poderoso del mundo es el mayor enemigo de la política.
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