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martes, febrero 11, 2025

«La vida nos es dada»

Obra de William La Chance

Las alumnas y los alumnos se sorprenden sobremanera cuando les comento que la existencia es algo con lo que nos encontramos en un determinado momento de primeriza lucidez. Una vez que nos apercibimos de que somos una existencia, no nos queda más remedio que ir decidiendo gradualmente qué hacer con ella. La existencia es el ínterin que transiciona de la cuna a la tumba, un lapso de tiempo que puede parecer muy breve o infinitamente largo según en qué y cómo lo empleemos. Nadie ha pedido nacer, pero una vez que nos nacen asumimos la tarea de hacer algo con el resultado de haber nacido. Resulta paradójico que nacer sea el acto toral en la vida de cualquier persona, pero no se nos haya pedido permiso para nacernos. Con inevitable hilaridad suelo comentar en la clase que ningún progenitor solicitó nuestra aquiescencia para arribar aquí, ni consensuó nuestra llegada, ni las condiciones en las que nos iba a traer, ni si se contemplaba la posibilidad de revocar la decisión después de disponer de cierto conocimiento de causa. Nadie tuvo la deferencia de preguntarnos si queríamos conocer la vida, si nos apetecía abandonar la inexistencia, si entre nuestras prioridades descollaba dejar de ser nada y pasar a oficializar ser algo. En un célebre texto, Ortega y Gasset sintetiza esta vicisitud universal: «La vida nos es dada, puesto que no nos la damos a nosotros mismos».  

La vuelta de tuerca viene a continuación. La vida que nos es dada no nos es dada hecha, sino que necesitamos hacérnosla, cada cual la suya según sus predilecciones y la miríada de elementos multifactoriales que la rodean y la condicionan. Ortega explicita esta coyuntura con otra sentencia lapidaria: «La vida es quehacer»Dicho de un modo menos sucinto. Se requiere aprender a vivir con una vida de la que, nos guste o no, tenemos que hacernos cargo hasta que la muerte nos escinda de ella. Biológicamente nos encontramos con la vida, pero a partir de ese instante somos los artífices de nuestra biografía conforme al conglomerado de acciones, omisiones y valores que adoptamos en medio de un universo de circunstancias predisponentes y prácticas culturales e institucionales. Nos encontramos con una existencia biológica y, a partir de una edad, con el deber insoslayable de convertirla en biográfica. Aquí radica el significado del aserto de Sartre cuando afirma que los seres humanos estamos condenados a ser libres. Tenemos la suerte de que podemos elegir entre una plétora de opciones (cuanto mayor sea la plétora, mayores serán las posibilidades de convocar satisfacción en el resultado), pero sufrimos la desventaja de que no podemos sortear la obligatoriedad de optar. He aquí la ironía humana en su máximo esplendor. Vivir es elegir, aunque no hayamos elegido vivir. 

Ortega deja consignado un tercer y último elemento en su célebre texto. Cada persona (Ortega utiliza el vocablo hombre, pero es más preciso el de persona) tiene que decidir qué va a hacer, pero «esta decisión es imposible si la persona no posee algunas convicciones sobre lo que son las cosas en su derredor, las otras personas, ella misma». Somos una existencia que nos es dada, pero no una existencia aislada en mitad de una nada, sino en confluencia con otras existencias a las que le ocurre exactamente lo mismo que a la nuestra. Somos existencias al unísono. Cada existencia le ha de brindar sentido, calor y hogar al lapso de tiempo en el que está siendo un ser existente, pero hacerlo de tal manera que la singularidad de su sentido cohabite cordialmente con el sentido que las demás personas quieran atribuirle a la existencia que ellas también son. He aquí el mundo de la vida humana, que es humana porque es compartida en un denso nudo de intereses, deseos, necesidades, proyectos, prioridades, valores. Al compartirse es mucho más fácil hacer con la existencia algo que se zafe de la mera supervivencia para internarse en el apasionante territorio de los fines y los valores personales. Existir es existir en un mundo de existencias para hacer con la nuestra un motivo de celebración. Y coadyuvar a que al resto le ocurra lo mismo. 

 

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martes, mayo 16, 2023

«Ganarse la vida»

Obra de Mary Sales
En el lenguaje coloquial es tristemente usual la expresión «ganarse la vida». Se esgrime para indicar que una persona ha de obtener ingresos con el objeto de poder hacer frente a sus necesidades vitales. «Ganarse la vida» deviene tarea en la que una persona vende tiempo y habilidad para ser retribuida con un pago periódico que llamamos salario, o emolumento si es a cambio de un proyecto autónomo en el que también deposita tiempo y destreza epistémica. «Ganarse la vida» no tiene que ver con lo electivo de la vida, sino con sustentar las necesidades que nos acucian en tanto que somos entidades biológicas. Ninguna persona se gana la vida con un trabajo por cuenta propia o ajena porque ya posee la vida desde el instante prodigioso en que fue concebida. Si el lenguaje fuera inocuo y no ideológicamente performativo diríamos que se trata simplemente de encontrar formas monetarias con las que adquirir bienes para cubrir necesidades. «Ganarse la vida» explicita cómo la retórica afecta a la mirada, permea en la construcción de la subjetividad y constituye imaginarios con invasiva centralidad en la vida compartida. La realidad discursiva engendra realidad política.

A través de un sorprendente malabarismo semántico, la expresión «ganarse la vida» eleva el capital a la categoría biológica de la vida, como si fueran dos entidades sinónimas y por tanto con valor análogo. Esta sinonimia también prorrumpe cuando en las conversaciones se sustituye la pregunta «¿en qué trabajas?», que formulada con más corrección debería ser «¿cómo adquieres ingresos?», por la enigmática «¿qué eres?». La complejidad inextricable de la identidad humana se simplifica en identidad laboral. Llama la atención cómo trabajo y vida se superponen como si conformaran una unidad, y provoca rareza porque una de las características de la obtención de ingresos es la de malbaratar tiempo de vida en favor de un tiempo de producción que en muchas más veces de las deseadas no aporta nada relevante a la existencia, tan solo dinero, con frecuencia en cantidades exiguas e inicuas, o directamente daña el cuerpo y enajena el intelecto. No quiero banalizar el dinero, porque es tan relevante que es lo que reclamamos a cambio de entregar la disponibilidad de nuestro tiempo. El dinero es primordial cuando escasea, pero queda desligado de las fuentes de alegría cuando las necesidades básicas están satisfechas. Recibir una retribución salarial a través de un empleo que fagocita las mejores horas del día todos los días se ha naturalizado tanto que ha sido expurgado de nuestra imaginación crítica. En su último ensayo, El bucle invisible, Remedios Zafra comparte su asombro al comprobar «la legitimación de que es normal ocupar la totalidad de nuestros tiempos de vida con trabajo y conexión». Este absolutismo laboral (Zafra lo nomina vidas-trabajo) se atestigua cuando enunciamos que vivimos de la profesión que desempeñamos. Confundimos narrativamente obtener recursos económicos (actividad lucrativa) con existir (hacer algo con la existencia), y estar vivos (un fenómeno biológico) con sentirnos vivos (una evaluación afectiva). 

«El verdadero plebiscito diario es la elección entre el no a la muerte y el sí a la vida», escribe Bernat Castany Prado en el sublime sin interrupción ensayo Una filosofía del miedo. Curiosamente ganarse la vida es una de las formas más sencillas de perderla, esto es, derogar el sí a la vida en favor de una alienación que mata gradual e incruentamente. Las lógicas de productividad y rentabilidad capitalistas intentan acortar los tiempos y fijarse tan solo en el resultado económico, siempre incrementándolo con respecto al ejercicio anterior. Erradican de la ecuación el placer de hacer y lo colocan en el valor económico que deriva de lo hecho. Es un choque frontal con la vida, porque las motivaciones que más enraízan en las personas no tienen que ver con el resultado final, sino con aquello que nos permite disfrutar hasta llegar a él. Las derivas del mundo económico desdeñan el camino y anclan toda su atención en el resultado. De ahí que, como personas subyugadas a tener que ganarnos la vida, nos «moviliza más un terminar por fin que el hacerlo bien», como escribe Remedios Zafra en las páginas finales de su ensayo. Sin embargo, sentirse vivo es hacer bien, que no rápido ni rentable, aquello que uno ama tanto que está deseando volver a hacerlo porque en ese quehacer está involucrado todo lo más valioso de su ser. Y se anhela hacerlo no solo bien, sino mejor que la vez anterior. Así en un bucle que llamamos sentido y plenitud.


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martes, junio 29, 2021

Eutanasia: tener una muerte buena

Obra de Alexander Millar

La Ley Orgánica para la regulación de la Eutanasia entró en vigor el pasado viernes 25 de junio. Por fin la eutanasia es un derecho en España. La ampliación de derechos es siempre una noticia plausible para el proyecto coral que es la humanidad. Los derechos facultan y extienden posibilidades. Esta obviedad merece ser recalcada. El viernes aparecía en la portada de un medio conservador un enfermo de ELA con enormes ganas de seguir viviendo, un reportaje contraprogramado para detractar la ley de la eutanasia y emparejarla al homicidio. Conviene subrayar que los derechos no son obligatorios, no son exigencias cuyo incumplimiento acarrea punición, no son imposiciones, como sin embargo sí lo son los deberes.  El derecho a la eutanasia significa que podrá acogerse a ella quien lo desee y cumpla los supuestos de terminalidad establecidos en su articulación. Quien no quiera seguirá exactamente igual que ahora. Aunque acaba de legalizarse, desde hace tiempo se practicaban diferentes variantes de eutanasia que desvelaban la urgencia de este tema en las agendas del diálogo político. La eutanasia pasiva supone la omisión de tratamiento que prolongue artificialmente la vida. La eutanasia indirecta comparece cuando en los procesos de docilización del dolor se añaden acciones que acorta la vida. Y queda la eutanasia activa. Como señala Raquel Malla Mora en el capítulo La muerte y el proceso de morirse. Pérdida y duelo del libro Gerontología, «es la acción que busca provocar la muerte del enfermo terminal que voluntaria y libremente la solicita reiteradamente para terminar con una situación que es irreversible y que le provoca un sufrimiento insoportable». Esta eutanasia activa es la que ha entrado en vigor.

Etimológicamente eutanasia significa buena muerte. Su genética léxica proviene del griego eu, que significa bueno, y del término thanatos, muerte. Se trata por lo tanto de morir en paz cuando se considera que esa paz está quebrada o a punto de interrumpirse. El diccionario de la Real Academia nos da muchas pistas para evitar equívocos discursivos.  En su acepción médica anuncia que la eutanasia es «muerte sin sufrimiento alguno», pero en su acepción general pormenoriza que se trata de la «intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura». Habría que agregar que se trata de un paciente sin perspectiva de cura que lo ha solicitado en perfecto uso de sus facultades sabiendo que lo que le espera antes de concluir definitivamente su existencia será un proceso traumático y doloroso, en el que no se descarta la emergencia de irreductibles sufrimientos físicos. Esta apostilla argumentativa es crucial. Para poder solicitar la eutanasia se ha de sufrir una enfermedad grave e incurable, o un padecimiento enorme, crónico e imposibilitante certificado por un responsable médico. En el preámbulo de la ley también se añade que puede ser un «padecimiento incurable que la persona experimenta como inaceptable y que no ha podido ser mitigado por otros medios». Si se sigue leyendo se verá que esta persona, mayor de edad, tendrá que ser capaz y consciente en el momento de hacer la solicitud, con toda la información por escrito y conociendo los cuidados paliativos como alternativa a la eutanasia. 

El derecho a la eutanasia es la posibilidad de elegir una muerte buena cuando la vida se ha degradado hasta límites tan insoportables que consideramos que morir es una opción más apetecible que vivir. Insisto en que como derecho es optativa (y elimina su condición delictiva) y nadie está obligado a ella. Refutar que la eutanasia es matar en vez de ayudar a morir dignamente a quien no desea continuar vivo en esas penosas condiciones, explica muy bien cómo alojamos el mundo en narraciones muy heterogéneas, y que la deliberación sobre ese mismo mundo no es otra cosa que la disputa por el valor y la semántica de las palabras. Morir y matar no son sinónimos. Confundir la intrínseca violencia que alberga el verbo matar con morir no es analfabetismo conceptual, es una falla epistémica que demuestra que las polaridades ideológicas, los credos teocráticos, las cosmovisiones gestadas desde la visceralidad, contaminan e incluso atrofian peligrosamente las tramas en las que se despliega el pensamiento. En los supuestos en los que la Ley de la Eutanasia ha sido aprobada, morir es dejar de estar muriendo cuando vivir es un sinvivir. Es una ley que celebra la dignidad. La dignidad es el valor común que nos hemos dado los seres humanos a nosotros mismos por el hecho de ser seres humanos, y nos lo hemos autoatribuido porque podemos elegir, podemos optar emancipándonos de los marcos de dominación del instinto. De todo el abanico de elecciones, hay dos con enorme aura y centralidad: elegir con qué fines queremos imbuir de sentido el continuo de nuestra vida, y cómo y cuándo morir en el infausto caso de que una enfermedad irrevocable y dolorosa nos confine a una existencia indeseada. Esta segunda posibilidad ya está articulada como derecho. Gran día para la dignidad humana.

 

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martes, junio 02, 2020

Cada vez tenemos mayor conocimiento, cada vez sabemos menos


Obra de Thomas Ehrestmann
Existen tres conceptos que a veces se administran indistintamente cuando hablamos de aprender: información, conocimiento y sabiduría. La información son datos descontextualizados o con conexiones débiles sobre hechos o circunstancias. El conocimiento es información interconectada con otra información para constituir un entramado de perspectiva y sentido. La sabiduría es el uso del conocimiento para dialogar con la vida y articular una mejor y más confortable habitabilidad en ella. La inflación informativa que padecemos está provocando una deflación de sabiduría. Entre medias, el conocimiento ha quedado como objeto para evaluar meritocráticamente la empleabilidad. Este ecosistema genera paradojas tremendamente contraintuitivas. Poseemos mucha información, y si no la tenemos ubicada a la distancia de un clic, pero no conocimiento, y el conocimiento que albergamos o bien es técnico, o no lo hemos hecho memoria y aprendizaje como para metamorfosearlo en sabiduría. Sólo se aprende lo que se ama, como reza el título de uno de los ensayos del neurocientífico Francisco Mora, pero los tiempos de producción (y los cada vez más colonizadores de cualificación para producir) canibalizan los tiempos pausados que requiere el cultivo diario del amor, que es la única forma de transformar la enseñanza en aprendizaje. Aquí incluyo las cuatro dimensiones que los griegos daban a ese amar que dota de brillo e intensidad todo lo que toca: filia, eros, storgé, ágape. Sin atención ensimismada nada se aprende. Para atender absortamente hay que sentir afecto sobre lo que ponemos la atención para que esa atención haga germinar nuevos y profundos afectos. Los griegos lo supieron enseguida y llamaron a esa atención filosofía: amor por sentir y comprender mejor los saberes de la vida.

La desbocada acumulación competitiva de conocimiento con valor de uso en el mercado hurta los espacios y los tiempos del saber que se hace práctica de vida. En una conferencia semanas antes de decretarse el estado de alarma social le escuché al profesor Fernando Broncano decir con cierto tono pesaroso que en los últimos tiempos las personas no tienen biografías, tienen currículo; no tienen experiencia, tienen titulación. Hace unos días hablaba con mi mejor amigo que el conocimiento cuya semántica se refiere de un modo cada vez más monopolizado a conocimiento técnico, no produce implicaciones, no es palanca para la nutrición biográfica, no posee ninguna soberanía sobre la capacidad deseante. Sólo el pensar brinda sentido, se convierte en ensanchamiento de la sensibilidad, nos insubordina para que aprendamos a desobedecer nuestros propios deseos cuando nos jibarizan o nos esclavizan, y puede finalmente arribar a expresión de vida relacional y afectiva. Los conocimientos teóricos se minusvaloran porque tenemos una idea muy reduccionista de la teoría. Según esta acepción, teoría es todo ejercicio especulativo, ideas que van y vienen en su infinito deambular, significantes que flotan sin llegar a posarse en las cosas que se hacen. Disiento profundamente. La teoría es sedimentación de la práctica que genera práctica. La práctica es el despliegue de la teoría que genera teoría. No son enemigos frontales, no son contrapuntos que se equilibran, son una misma respiración. La teoría de los saberes prácticos es pura práctica, aunque, como bien matiza Marina Garcés en Ciudad Princesa, «la teoría que no se ocupe de elaborar las condiciones que nos permiten pensar de otra manera solo puede acabar siendo ideología o dogmatismo».

La condescencia con la que se trata a las humanidades en la oferta curricular es hija de la irrelevancia de los saberes prácticos, puesto que en el orden capitalista se dedeña todo saber que no extienda las posibilidades laborales y por extensión el acaparamiento de lo monetario. Secularmente se denominaba práctico al conocimiento que modifica y plenifica el carácter. Práctico era todo artefacto que servía para pensar la realidad, para comprendernos cuando intervenimos en el mundo e intentamos acomodarnos en alguno de sus pliegues en busca de una serenidad no reñida con el inconformismo crítico. Ahora práctico no es el que se autodetermina con el conocimiento, sino el que aprende habilidades perfectamente acreditadas por la industria de la titulación para ser reclutado por el mercado. En un mundo tan pragmático y técnico, deberíamos reivindicar lo práctico no como una significación maravillosamente inútil (como hace Nuccio Ordine), o como algo no lucrativo (Martha Nussbaum), sino como el instrumento que nos permite pertrecharnos de adminículos conceptuales y de una historia sobre nosotros mismos para pensar y sentir con más profundidad y horizonte. Pensar no es hacer abstracción. No es especulación. No es teorizar sin hacer. Pensar es un pensar juntos para crear saberes y haceres que conversen con la vida siempre con el noble propósito de tratarnos mejor unas a otras. De todo a lo que todos podemos aspirar, no hay nada más práctico.  Nada más noble. Nada más sabio.

  

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