Mostrando entradas con la etiqueta futuro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta futuro. Mostrar todas las entradas

martes, junio 16, 2026

Cuestionar el sentido común

Obra de Yvan Favre

Toda estructura que origina daño e iniquidad necesita ser legitimada a través de una narrativa que propenderá a que se la empareje con el sentido común. La apelación al sentido común es el recurso discursivo esgrimido con mayor frecuencia para propiciar la parálisis de la inventiva y de las alternativas. Cuando se afirma que algo es de sentido común, simultáneamente subyace la fraudulenta tesis de que todo contraargumento que lo ponga en entredicho es una incongruencia, o un enunciado fuera de lugar que no merece atención. El sentido común entraña mucho peligro cuando se alza en el argumento más desgranado para explicar por qué las cosas son así y no pueden ser de otra manera. Con su desparpajo habitual, David Groeber nos alerta en sus textos que la revolución ocurre cuando se da una transformación del sentido común. Cambiar la percepción pública del sentido común es cambiar aquello que sostiene la realidad y por tanto el primer movimiento para transformarla. En sus conferencias Graeber interpelaba a la audiencia con una interrogación subversiva: «¿Qué pasaría si no aceptamos esto?». En las clases y en las intervenciones públicas en las que participo, lo que más repito a quienes me escuchan es que habitamos en unas ideas cuyo incuestionamiento las invisibiliza y las metamorfosea en un código social que nos determina de modo inercial. Nos hospedamos en unas ideas, pero es notoriamente factible alojarse en otras. Trocar los marcos mentales no es solo ver el mundo de otra manera, es domiciliarnos en él ya de otro modo. 

La historia de la humanidad es un inmenso banco de pruebas para verificar nuestra condición de huéspedes de ideas que no cejan de revolotear. De aquí se desprende que la posesión de una buena memoria devenga decisoria para la imaginación creativa. Nada alecciona mejor para desperezar la energía disidente y construir un futuro deseable que otear el pasado. Si cultiváramos con más asiduidad el estudio de la biografía humana, veríamos de forma muy diáfana que hubo un momento en que todo lo que ahora damos por sentado se consideró irrealizable por la gran mayoría de las personas. Lo que ayer era quimérico hoy configura lo que releemos como evidente. Incluso no se precisa irse históricamente muy lejos para constatarlo. La memoria biográfica de cualquiera que ahora esté leyendo estas líneas habrá experimentado en su propia vida que lo que hace un par de decenios formaba parte del sentido común ahora resulta insensato y hasta ruborizante. En El camino inesperado, cuya lectura entre otras estoy recomendando a mi alumnado para las vacaciones de este verano, Rebecca Solnit insiste en que «la memoria nos da poder —sobre todo la memoria que es capaz de percibir los patrones más amplios, los cambios más dilatados—, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables. Las conversaciones intergeneracionales, el conocimiento de la historia y el hábito de poner las cosas en contexto contribuyen a ese poder». 

Es un ejercicio extremadamente estimulante jugar a adivinar qué ideas que ahora consideramos de un incuestionable sentido común serán redibujadas como estólidas en la próxima centuria. En Contra el desencanto, la obra galardonada este año con el premio Paidós de Ensayo, su autora, la politóloga Cristina Monge, puntualiza que «el hecho de predecir, enunciar y contextualizar la deliberación ya es una forma de construir un marco, y una manera de mirar que ya es perfomativa». Hablar no es perder el tiempo como se suele objetar tan a menudo entre quienes se olvidan que las palabras construyen mundo desde el mismo instante maravilloso en que lo enuncian. Al contrario, es de una relevancia inconmensurable trasladar a la conversación pública inventiva discursiva sobre qué sería bueno que entendiéramos por sentido común. Me viene ahora a la memoria un texto muy conocido de Hannah Arendt: «Humanizamos lo que sucede en el mundo y en nosotros mismos con solo hablar de ello, y al hablar de ello aprendemos a ser humanos». Hablar y pensar son dos prácticas muy depreciadas porque vivimos un momento en que todo aquello que no esté abocado a un fin utilitario se considera inoperante. Pero el concurso reflexivo es la única manera con que el alma toma forma. El punto nodal para todo lo demás.

 
Artículos relacionados:
Si no cuido mi circunstancias, no me cuido yo.
Recuperar el noble significado de la palabra «política».
Leer para afinar la memoria y la imaginación.

martes, julio 29, 2025

Pensar fuera del binomio optimismo-pesimismo

Obra de Edward Gordon

En una época de mi vida en la que las contrariedades se me agolpaban y no había forma de alcanzar los propósitos en los que colocaba más perseverancia, ingenio y denuedo, acuñé un aforismo que me repetía como si fuera un mantra: «me va todo tan mal que no me puedo permitir ser pesimisma».  En las páginas de su último ensayo, La vacuna contra la insensatez (Ariel, 2025), José Antonio Marina alude a un grafiti muy elocuente que ahonda en esta misma dirección: «hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores». Rebecca Solnit legitima la comparecencia de la desesperanza en los sentimientos, pero no en los análisis, porque el futuro no está hecho aún, y lo que pueda suceder en ese espacio abierto está muy determinado por lo que hagamos que ocurra en la imprevisibilidad del presente. Dicho con otras palabras. Es normal desolarse cuando las cosas van mal, es insensato aventurar que no van a ir bien. 

Vivimos aquejados por la tiranía de la superioridad pesimista. Se suele afirmar que una persona optimista es una persona mal informada, de ahí que se la descalifique como ilusa, ingenua, o buenista. Por el contrario, al pesimismo se le concede holgura epistémica y una brillante lucidez que además nadie necesita acreditar. Esta asignación de valores ha fomentado que quien aspira a gozar de prestigio intelectual secunde un disciplinado pesimismo, y si desea aumentar su aura, no repare en inflacionar sus ideaciones luctuosas. A diferencia de las personas optimistas, a quienes se les apremia a que demuestren la pertinencia de sus argumentos, a las pesimistas no se les exige discursivamente nada cuando anuncian la irreversibilidad de lo que va mal. Es sabido que mostrarse pesimista no acarrea exigencia alguna. Basta con oscurecer las apreciaciones sobre la realidad, y por supuesto negarle su condición de cónclave de posibilidades. También prestigia presentar enmiendas a la totalidad, o elevar al rango de categoría infrangible lo que no es sino una anécdota aislada. Con una asombrosa facilidad conferimos verosimilitud y autoridad a los mensajes dicotómicos, absolutos, totalizadores, reduccionistas, catastrofistas, inapelables, siempre y cuando ofrezcan motivos para amedrentarnos o indignarnos. Recuerdo acudir a una asamblea activista en una plaza en la que de repente se puso a llover. La mayoría de quienes asistíamos corrimos a guarecernos de la lluvia. Entonces una persona gritó totalmente airada: «¿Cómo vamos a cambiar el mundo si porque llueva suspendemos la asamblea?». Era una interrogación tramposa que validaba el manual del pesimista indignado y totalizador. Quien lea este artículo convendrá que es perfectamente compatible aspirar a mejorar el mundo y no acabar empapado. 

Existe un posicionamiento inteligente que sostiene que pensar el mundo desde la dicotomía optimismo-pesimismo adolece de falta de sentido. Byung-Chul Han afirma en El espíritu de la esperanza que «en el fondo, el pesimismo no se diferencia tanto del optimismo. En realidad, es su reflejo inverso. (...) Tanto el optimista como el pesimista son ciegos para las posibilidades. Nada saben de eventos que puedan dar un giro sorprendente al curso de los acontecimientos. Carecen de imaginación para lo nuevo». Noam Chomsky define a la persona ejemplar como aquella que sigue intentándolo a pesar de que sabe que no hay esperanza. En su ensayo Optimismo contra el desaliento desmenuza esta aparente aporía. No podemos saber si la situación en la que nos encontramos es irrevocable o mejorable, pero «lo que sí que sabemos, sin embargo, es que si sucumbimos a la desesperación ayudaremos a asegurar que lo peor pase. Y si tomamos las esperanzas que existen y trabajamos para hacer el mejor uso de ellas, podría haber un mundo mejor»

En Una filosofía del miedo, el agudo Bernat Castany Prado da en la clave: «La confianza en el mundo no es optimismo. Es algo más parecido al viejo argumento kantiano según el cual, si actuamos como si existiera el progreso, entonces nuestras acciones serán de tal tipo que puede que hagan que la historia progrese». Los desenlaces aún no han acontecido y se construyen sobre aquello que hacemos que ocurra. Si alentamos una situación, aumentan las posibilidades de que se dé la situación alentada. Esta forma de instalación en la existencia sirve tanto para las expectativas biográficas como para la imaginación política de construir un  mundo más decente y confortable para quienes lo habitamos ahora pero también para quienes serán sus huéspedes mañana. Se requiere pensar de otro modo para imaginar de otro modo y actuar de otra manera. Leernos desde otras temporalidades y otras perspectivas que inspiren a intervenir en los espacios de acción concertada más allá del binomio reductor optimismo y pesimismo. Aquí termina la undécima temporada de este Espacio Suma NO Cero, la cita semanal en la que todos los martes del curso académico he compartido mi voz y mi mirada sedimentada en escritura. Ojalá quienes hayáis leído estos artículos hayáis encontrado en ellos motivos para dialogar con vuestra propia persona.  Buen verano para todas y todos.

 

Artículos relacionados:
Diálogo, cooperación y responsabilidad.
Memoria para impugnar el presente, imaginación para crear el futuro.
Cuidar los contextos para cuidar los sentimientos.  

 

martes, febrero 07, 2023

Una nostalgia alegre

En la novela La nostalgia,  Milan Kundera explica la etimología de la palabra nostalgia. «En griego regreso se dice nóstos. Algos significa sufrimiento. La nostalgia es el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar». Según el filósofo Diego Garrocho, autor del ensayo Sobre la nostalgia, este sentimiento de tristeza data de 1688 cuando «Johannes Hofer, un médico suizo, acuñó el término para describir la enfermedad que sufrían los soldados lejos de su patria». Otras etimologías hablan no de patria, sino de la añoranza que sentían los soldados por su hogar. Nostalgia es por lo tanto una tristeza que irrumpe cuando se echa en falta aquello que una vez formó parte intrínseca del hogar afectivo en el que nos guarecemos del relente de la vida. Evocamos algo que nos perteneció y del que hemos sido desposeídos, y al hacerlo nos volvemos animales nostálgicos. La nostalgia alude a un ser y a un tiempo finiquitado al que no podemos retornar y cuya sola alusión memorativa nos apresura a la aflicción. En tanto que su regreso es una empresa irrealizable, puesto que nada nos puede devolver el ayer, sentir nostalgia es saberse derrotado de antemano. De ahí que el poeta alertara de que la nostalgia es un error.

También podemos sentir nostalgia por aquello que nunca llegó a suceder. Lo estrambótico de este sentimiento es que a veces sentimos nostalgia de lo que creemos que sí ocurrió, aunque no llegara nunca a cristalizar en el mundo de la vida compartida. La falsificación del ayer, la reinvención del patrimonio evocativo, la capacidad de construir recuerdos apócrifos o reconstruirlos hasta alumbrar versiones ficticias, la elasticidad con la que los hechos y las interpretaciones se entrecruzan discursivamente alumbrando marcos semánticos novedosos, son ejercicios que demuestran la maravillosa capacidad inventiva del cerebro humano. Lo más alucinante de muchos de nuestros recuerdos es que sean ciertos. Sentir nostalgia por lo que no ha sucedido es una forma peligrosa de anclarnos al ser que pudimos llegar a ser, pero que no fuimos, porque la vida contrarió nuestros deseos; o porque nuestro sistema electivo creyó adoptar la mejor decisión para ese momento y que años después nuestros nuevos escrutinios consideran errada. Normal que la nostalgia vincule con el sufrimiento, porque vernos en esa incompletud es sentirnos segregados de aquello que una vez nos afanamos en incorporar a nuestra vida sin conseguirlo. No es cierto que solo seamos lo que logramos, también estamos hechos de la materia de lo que intentamos. Ahora bien, mortificarnos evocando lo posible ya imposible es una manera de hacernos daño. La nostalgia no es solo un error, también es una forma de lastimarnos. 

«Los recuerdos se van si dejan de evocarse una y otra vez», escribe Kundera, pero sería iluso argumentar que lo pretérito puede retornar si lo rememoramos a menudo. Todo aquello que dejó de ser presente para desvanecerse en el pasado se convierte en una narración. Nos relacionamos con el ayer a través del relato que hacemos de él. Devolvemos al presente lo que ocurrió a través del ejercicio memorativo, que a su vez es claramente narrativo. En el lenguaje coloquial se suele decir que lo pasado, pasado está. Sin embargo, el pasado muta, porque es una narración que a su vez sufre modificaciones cada vez que una nueva información aporta ángulos desacostumbrados sobre los hechos evocados. Nietzsche nos enseñó que no existen los hechos, sino las interpretaciones, lo que significa que el ayer es una narración siempre inacabada porque siempre podremos disponer de información nueva que metamorfosee el contenido de nuestra interpretación. Existe un sesgo muy habitual en el mundo de los recuerdos. La desviación retrospectiva consiste en analizar hechos pretéritos utilizando información que sin embargo era nonata cuando ocurrieron los hechos escrutados. Como todos los sesgos, no somos conscientes de cómo polucionan cognitivamente nuestros juicios. Si recordamos el ayer sin tristeza entonces sortearíamos la nostalgia, o nos imbuiríamos en una nostalgia alegre, que lingüísticamente es un oxímoron pero afectivamente es verosímil. Ya no habría aflicción, sino una alegría en la reminiscencia que opera como refuerzo identitario o como palanca de autoafirmación. Me adhiero a quienes vindican una nostalgia alegre que nos invite a disfrutar del presente, el lugar en el que se despliega el mundo de la vida, esa misteriosa mezcla de pasado y proyección en continuo proceso a través de los diálogos que entablamos con nuestra memoria y nuestros sueños. Nos pasamos el día hablando con el ser que fuimos, con el que estamos siendo y con el que nos gustaría ser.  A esta conversación ininterrumpida la llamamos alma. Una nostalgia alegre impulsada siempre hacia lo que está por venir. 


  Artículos relacionados: