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martes, febrero 10, 2026

«Nunca nos ocupamos de la costumbre porque sus atenciones son invisibles»

Obra de Tim Etiel

Recuerdo un poema del primer Nobel de Literatura, Sully Prudhomme, en el que describía la costumbre como «una forastera que suplanta a nuestra razón, una vieja ama de casa que se instala en el hogar. Es discreta, humilde y leal. Conoce todos los rincones. Nunca nos ocupamos de ella porque sus atenciones son invisibles. Conduce los pasos del ser humano por el camino que hubiera elegido. Sabe los fines que este persigue sin que haya de señalárselos, y le dice con voz queda: por aquí» Aunque el poema se refiere a la costumbre, su contenido se puede extrapolar a las virtudes o a los modernos valores. No en vano la génesis etimológica del término moral proviene de moralis, que a su vez deriva de mos-moris, que en latín significa costumbre. Es comprensible aceptar que la costumbre no es un decreto explícito, pero que decreta implícitamente. Prudhomme emparenta la costumbre con la monotonía, no así con la rutina, que es la fórmula urdida por la inteligencia creadora para que los seres humanos economicemos la energía que requiere acometer la tarea de vivir. Sin embargo, esta laudatoria descripción de la costumbre sufre un giro repentino y el poeta francés preconiza un peligro inminente: «¡Pero imprudente quien se abandone a su yugo una vez conocido! Esta vieja de paso monótono va adormeciendo la joven libertad, y todos los que insensiblemente se han dejado ganar por su fuerza oscura, son humanos por su fisonomía, pero son cosas por los movimientos»

Si Prudhomme temía que la costumbre nos deshumanizara y nos convirtiera en autómatas, hoy la amenaza toma una dirección opuesta que se resume en la desaparición de suelo firme en el que pisar. El paradigma neoliberal ha identificado costumbre con conformidad, y la ha desacreditado enconadamente acuñando el  sintagma amonestador zona de confort. Esta zona sería aquella en la que nos encontramos tan cómodos que al parecer nos sabotearíamos la posibilidad de poner tesón en descubrir realidades nuevas. Como para el capitalismo neoliberal nada nunca es suficiente,  precisa devaluar la satisfacción denostándola como conformismo o mediocridad. Estigmatiza la permanencia en la placidez y entroniza la inestabilidad revistiéndola de superación. Desde este prisma es fácil asentir con Byung-Chull Han que la autoexigencia es la nueva forma de autoexplotación. Ocurre que quienes reprueban la zona de confort se olvidan de que para salir de ella primero hay que entrar. En el tardocapitalismo cada vez es más difícil tener un refugio que guarezca de las muchas intemperies que asolan la vicisitud de existir, un conjunto de costumbres que presten calor hogareño y solidez vital frente a la precariedad y la liquidez del mundo. Si la zona de confort es el espacio donde las personas logramos ser plenas soberanas de nuestro tiempo y nuestras prácticas, entonces habitarla no es adocenamiento. Es resistencia.

Provoca perplejidad que las costumbres, los valores y las virtudes sean construcciones que adolecen de falta de autoría. Es fascinante la inescrutabilidad de su procedencia, lo imposible de rotular el punto cero en el que una costumbre se convirtió en modelo para el ánimo colectivo y se alojó finalmente en la interioridad de las personas determinando su manera de proceder. Hay un origen indefinido en la sedimentación de los actos que engendran costumbre y se metamorfosean en cultura. La costumbre expresa la decantación de la vida tras desplegarse sobre sí misma en su afán de crear belleza y formas de expresión para dotarse de sentido. Cristaliza en conducta cuando un gesto se revela tan fértil que la comunidad acuerda sin necesidad de hablarlo que merece ser reproducido. Pero siempre hay que estar alerta y tener presente el peligro deshumanizador vaticinado por Sully Prudhomme. El pensamiento crítico tiene la responsabilidad de poner en entredicho la favorable o desfavorable perennidad de la costumbre. Existieron costumbres que nuestra sensibilidad ética juzga horripilantes en el presente en el que vive, y por ello se han hecho acreedoras del arrinconamiento y el olvido. ¿Cuántas costumbres, ideas, paradigmas, que ahora impregnan lo cotidiano serán desechadas por quienes nos descenderán al someterlas a nuevas inspecciones y considerarlas irracionales, injustas, discriminatorias? Emplear la memoria para escrutar el pasado ayuda a estimular la imaginación para vaticinar el futuro, pero también para desvelar la oculta inercia de la costumbre. Para pensar por qué pensamos como pensamos y no de cualquier otra manera.


 

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martes, febrero 02, 2021

Ojalá tuviésemos una extensa zona de confort

Obra de Tom Root

Ayer pregunté a mis alumnos que si estaban de acuerdo en que los seres humanos sentimos una profunda aversión al cambio. Respondieron mayoritariamente que sí, que somos muy cómodos y nos disgusta implementar novedades en nuestra biografía. Me sorprendió mucho la respuesta. Les precaví de que cada vez que alguien les preguntara algo pusieran su atención en cómo estaba planteada la pregunta. Si una pregunta compleja se responde con la simplicidad de un monosílabo es porque la pregunta probablemente esconda una trampa. Cualquiera que haya estudiado un poco de argumentación y retórica conoce una ley inobjetable: Dime qué respuesta deseas y te diré cómo tienes que formular la pregunta. Volví a preguntar a las alumnas por nuestra renuencia a los cambios y volvieron a responder que sí, que a las personas nos da miedo o pereza cambiar. Les inquirí que si era así como afirmaban, por qué entonces en el pasado sorteo de la Lotería de Navidad los premiados mostraban tal grado de entusiasmo. Era evidente que el premio instituiría muchísimos cambios en su existencia, y sin embargo en las imágenes en las que salían las festivas celebraciones de los agraciados no vi a nadie amedrentado o agobiado. Me respondieron que era cierto, que todos queremos que nos toque el Gordo de Navidad incluso admitiendo que un premio así te modifica mucho la vida. Esta constatación tan simple corrobora la multiplicidad genética de los cambios. 

Se ha instaurado un mantra social en el que se reitera que los seres humanos somos muy reticentes a cambiar. No, no es cierto, y es muy fácil refutar esta monótona conclusión. Los seres humanos no sentimos la más mínima aversión al cambio, como sin embargo difunde de un modo recalcitrante cierta literatura vinculada con el neoliberalismo sentimental. Nos encanta introducir modificaciones y mutaciones en nuestra vida, pero solo si las elegimos de forma voluntaria y aceptamos desde nuestros presupuestos que su implantación mejorará nuestro bienestar y nuestro bienser. Amamos la novedad deseada, pero mostramos una sólida renuencia a cambiar si el cambio es impuesto por otros. El cambio es releído incluso como humillante si además de no elegirlo desde nuestra capacidad autodeterminadora nos deposita en una situación que no queremos o que nos empeora, nos provoca daño, clausura el despliegue de la emancipación, o simplemente actúa como arrogante domador de nuestros planes. Por muy plásticos que seamos, a todas nos incomoda que configuren nuestra vida sin que se nos tenga en cuenta, más todavía si la acción zarandea nuestro equilibrio, agrieta nuestra estabilidad, quebranta aquello que nos motiva y maltrata nuestra preciada tranquilidad. A todos nos enoja sobremanera que nuestra voluntad sea tratada como un actor secundario en cuestiones en las que debería ser el actor principal.

Todo lo que estoy escribiendo aquí supone elogiar y proteger la zona de confort, esa zona sobre la que ha lanzado su anatema el doctrinario neoliberal. Cada vez que se cita la zona de confort es para criticarla y para vaticinar los estragos a los que nos abocaría hospedarnos en ella. La zona de confort como constructo demuestra cómo los lugares comunes habitan acríticamente entre nosotros. En La razón también tiene sentimientos dediqué una merecida apología a esta zona cuya función adaptativa es operar como áncora de salvación. Habla muy mal de nosotros que la zona de confort sea tan reprobada cuando debería ser el mínimo que tuviera toda persona para luego dedicarse a los máximos con los que engalanar y colorear su subjetividad. Richard Sennet defiende que esta constante reprobación de la estabilidad y la tranquilidad se alienta desde el discurso neoliberal porque los objetivos de maximización monetaria del mundo corporativo requieren personas sin apenas raíces ni afectos que pongan en entredicho o dificulten  montos elevados de disponibilidad y entrega. Nadie sacrifica los tiempos y los espacios de una vida a los objetivos de una empresa si esa vida cobija otras ricas dimensiones vitales. Una vida estable en la que germinen proyectos afectivos, creativos, cooperativos, sociales, es una cortapisa para el capital. Una vida con vida es una vida que con su solo despliegue objeta la canibalización laboral de la vida. 

Es muy curioso que todo lo que beneficia a la salud del cerebro correlaciona con las virtudes que proporciona esta tan denostada zona de confort. Neurólogos como Facundo Manes, Ignacio Morgado o Francisco Mora coinciden en qué estrategias llevar a cabo para que nuestro cerebro mantenga una saludable vida neuronal: vinculación social, profundidad afectiva, redes de apoyo, práctica regular de ejercicio, realización de actividades cognitivas nuevas, buena alimentación, y cuidadosos segmentos de tiempo para dormir y descansar. Es en la zona de confort, y en los tiempos de vida que se le presuponen, donde podemos llevar a cabo todo este repertorio de estrategias. La zona de confort no adocena a nadie, (lo que adocena es lo que hagamos en ella), pero no tenerla nos hace peores a todos. 

 

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